Nuestra casa era Haydeé

Existe cierta fotografía mítica, una más entre tantas otras, donde se le ve a Haydeé Santamaría junto a Celia Sánchez en la Sierra Maestra. Es 1958 y ambas marchan en una columna del ejército rebelde. Pero no están solas, detrás de ellas viene toda una generación de mujeres que han decidido combatir en nombre de la revolución. Desde Melba Hernández, allá por los tiempos del Moncada, hasta Vilma Espín, Aleida March o el mismísimo pelotón Mariana Grajales, donde “La Gallega” y Rita García luchan codo a codo (mientras Teté Puebla sueña con el futuro). Porque aquí, el compromiso viaja más allá del tiempo y el espacio. Es casi la síntesis de lo que significa consolidar un poder político popular. 

Sin embargo, la imagen de Haydeé sigue ahí, tomando café en Casa de las Américas, al tiempo que funciona como ese eje social y político que atraviesa pinturas, obras literarias y corrientes estéticas. No por nada, su trabajo cultural se traducirá en el ashvattha (ese mítico árbol sagrado de los vedas), del cual brotará la imagen de Roque Dalton, Mario Benedetti, Julio Cortázar y hasta un joven Mario Vargas Llosa, que a pesar de lo que digan sus biógrafos, todavía creía en un mundo mejor. 

Pero la leyenda no se termina ahí, existe otra foto, una donde se le ve a Haydeé Santamaría abrazando a su madre, justo en el instante en que sale de prisión. Es 1954 y a través del lente de Constantino Arias podemos entender todo el dolor que embarga a la familia. Nada traerá de vuelta a Abel, o tal vez sí. Eso no nos toca decidirlo a nosotros. Puesto que hemos vuelto un año atrás y ahora estamos en 1953, en el Hospital Saturnino Lora. 

De allí emergerá aquel legendario alegato de Fidel Castro titulado: “La historia me absolverá”. Sin embargo, nosotros estamos atentos a lo que le ocurre a la hermana de Abel Santamaría. Porque al final, la verdadera historia se construye desde sus palabras. Quizá por eso, la periodista Marta Rojas busca capturar la mirada de Haydeé cuando la presentan en Santiago de Cuba, para procesarla por la Causa no. 37. Ella, como nosotros, sabe que eso es lo realmente importante en este momento. Ya que de esa mirada emergerá toda una época en la historia de las letras latinoamericanas. 

Y es que sin el trabajo de Haydeé, el Premio Casa de las Américas no tendría el prestigio que ahora tiene. Y sin ese premio, qué hubiera sido de “Los relámpagos de agosto” de Jorge Ibargüengoitia, o de “Mascaró, el cazador americano” de Haroldo Conti, que ese año compartió el galardón con “La canción de nosotros”, de Eduardo Galeano. No hay duda, todo proceso de descolonización también se lleva a cabo desde la cultura. Ese conjunto, que gracias a la dominación imperialista, a veces se asemeja  más a una máquina prehistórica que a un vehículo de revolución política. 

Por eso y más, la imagen de Haydeé Santamaría seguirá viajando, ya sea en un poema de Margaret Randall o en aquella fotografía de Astudillo de 1969, donde está recostada en una silla mientras escucha  a Silvio Rodriguez.