Tlacaelel Acosta1
El marxismo latinoamericano es una jungla en la que no existen señalamientos ni caminos trazados de antemano que lleven a un lugar determinado. Pero como en cualquier tipo de travesía, el contar con los elementos indispensables para no quedar a la deriva es un asunto de supervivencia. De este modo, y para evitar el extravío, propongo entender al marxismo latinoamericano simultáneamente como fenómeno sociohistórico; como proceso político y como categoría analítica. ¿La razón de realizar tales precisiones a estas alturas? Aunque el marxismo latinoamericano constituye una corriente de pensamiento plural y heterogénea con más de un siglo de tradición, los consensos acerca de qué entendemos cuando hablamos de los marxismos en América Latina son mínimos.
FENÓMENO SOCIOHISTÓRICO
El encuadre entre lo latinoamericano y el marxismo se comienza a producir formalmente desde el momento en el que participan delegaciones latinoamericanas [Chile, Argentina y Uruguay] en los congresos de la Segunda Internacional (1889-1920). Digo formalmente, ya que es bien sabido que estas delegaciones —de las cuales la argentina fue la más consistente— desempeñaron un papel secundario ante la prevalencia de una estrategia internacional todavía muy marcada por el eurocentrismo y los “problemas del primer mundo”. En estas fechas es cuando surgen los primeros partidos políticos socialistas en América Latina, cuando se dan las primeras manifestaciones espontaneas del movimiento obrero y cuando aparece una intelligentsia local que comienza a pensar las problemáticas latinoamericanas desde el materialismo histórico.
A pesar de estos antecedentes, las narrativas dominantes consideran que el marxismo latinoamericano surge realmente o en la década de los veintes del siglo pasado o durante los treintas, años en los que se dan ciertos sucesos de vital importancia. Durante los veintes: I. la incorporación efectiva de una estrategia revolucionaria para América Latina desde el VI Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista (IC) en 1926; y II. la estructuración de un pensamiento latinoamericanista a partir de la obra teórico-práctica de personalidades como Juan B. Justo [1865-1928], José Ingenieros [1877-1925], Aníbal Ponce [1898-1938], José Carlos Mariategui [1894-1930] y Julio Antonio Mella [1903-1929], por mencionar a los más representativos. Sobre el primer acontecimiento nos dice José M. Aricó que es en los preparativos del VI Congreso de la Comintern cuando: “[…] comienza a abrirse paso, y en virtud de condiciones muy especiales, la consideración más particularizada de la situación económico-social latinoamericana y de la necesidad de una estrategia diferenciada para la región latinoamericana”2. En torno al segundo punto, y en bastante sintonía con lo expresado por Aricó, Michael Löwy sostiene que en América Latina hubo: “[…] un periodo revolucionario de los años 20 hasta mediados de los años 30, cuya expresión teórica más profunda es la obra de Mariátegui y cuya manifestación práctica más importante fue la insurrección salvadoreña de 1932”3. Inconforme con tal postura, Agustín Cueva ponía mayor énfasis en los años treinta, al argumentar que:
Con frecuencia suele presentarse un panorama del desarrollo inicial del marxismo en América Latina dividido en dos fantasiosas etapas: a) una especie de edad de oro que se extinguirá con la muerte de Mariátegui, en 1930; y b) una supuesta edad oscura que se extendería desde ahí hasta 1959, año en que se produce la Revolución Cubana. Esta versión carece de toda seriedad. Es justamente a partir de los años treinta cuando cobra cuerpo un movimiento intelectual inspirado en el marxismo, y de tanto vigor y envergadura que bien podría considerárselo como el fundamento de toda la cultura moderna de América Latina. A él pertenecen poetas de la talla de Neruda, Vallejo o Nicolas Guillen, novelistas como Jorge Amado o Carlos Luis Fallas, pintores como los del muralismo mexicano y hasta arquitectos como el gran Niemeyer. Sin duda lo mejor de nuestra cultura4.
Desde entonces, los marxismos en América Latina entrarían definitivamente en la escena para fundirse con lo nacional, lo popular y lo comunitario, generando expresiones y significantes propios que más allá de la inspiración doctrinaria en que se nutrían (marxismo-leninismo, trotskismo, maoísmo, gramscismo), conformaban manifestaciones identificables con un programa, un modelo de organización y una cultura propia. Lo relevante pues, más que buscar los orígenes del marxismo latinoamericano —algo que sin duda posee un gran valor historiográfico— es comprender que se trata de un fenómeno que surge en un espacio y un tiempo determinado para responder a necesidades sociales ineludibles. Es decir, el marxismo latinoamericano no es un producto intelectual de mentes privilegiadas; es una tendencia que surge como consecuencia de la dominación imperialista en la región, el colonialismo y la persistencia de modalidades de acumulación de capital que no permiten ensayar relaciones sociales no sustentadas en la explotación.
PROCESO POLÍTICO
Si el marxismo latinoamericano es un fenómeno social con una historia propia, su eficacia y eficiencia no se cristaliza sino a través de un proceso político en el que se conjuga la teoría y la práctica en tanto fundamento de la posibilidad de cambios cualitativos notorios. Para reducir el riesgo de caer en posturas voluntaristas —aventurerismo revolucionario, cretinismo parlamentario, oportunismo, sin partidismo— considero conveniente pensar el proceso político bajo las siguientes directrices generales: I) Análisis del modo de producción y reproducción de capital dominante así como de la estructura de clases predominante; II) avistamiento del marco de acción política; III) tácticas y estrategias concretas de la lucha de clases; IV) prevención frente a los usos de la contrarrevolución; y V) la institucionalización de la revolución socialista.
Todo análisis genuinamente materialista comienza con un estudio del modo de producción dominante en cada región y/o formación social, pues a partir de ello se pueden delinear las constantes generales que determinan la distribución y lucha por el excedente económico. No obstante, los mecanismos de acumulación de capital no son nunca idénticos; hay patrones que aparecen y desaparecen cuando dejan de ser útiles mientras se modifica al mismo tiempo la estructura de clases. Mas allá de las llamadas clases fundamentales, en toda formación social latinoamericana hay fracciones de clase, estratos y categorías sociales que en ciertas coyunturas pueden llegar a ser esenciales por su efusividad.
Los marcos de acción política desde el marxismo latinoamericano son más ricos, complejos y heterogéneos que los que se practican en otro tipo de regímenes políticos, en muy buena medida debido al abigarramiento (René Zavaleta) o las suturas (Rosana Paulino) que nos caracterizan como sociedades latinoamericanas. La política no se reduce a su dimensión formal-institucional en la que los programas deben circunscribirse a los procedimientos electorales y a las instituciones políticas autorizadas por el gobierno. A parte de la política formal, hay una política de masas y una política subterránea, que trascienden y anulan lo meramente institucional. La política de masas se caracteriza porque desborda al Estado y a todo el entramado institucional mientras se autoafirma por sus propios medios, legitima sus significantes y es soberana en tanto expresión autónoma de lo político5. La política subterránea es aquella que se gesta en la ilegalidad y la clandestinidad, generalmente, cuando el bloque en el poder ve en peligro su capacidad de dominación política y traslada sus esfuerzos por asegurar la “razón de Estado” al aparato represivo. Estos tres marcos de acción política no son en lo absoluto contraindicados entre sí, aunque su complementariedad depende de eso que los antiguos griegos llamaban el Kairós o momento adecuado.
La lucha de clases no se puede operacionalizar sino es a través del diseño y puesta en práctica de una táctica y estrategia adecuada al momento histórico que se vive y coherente con los objetivos que se persiguen6. La Columna Prestes en Brasil, el Movimiento 26 de Julio en Cuba, la guerrilla urbana Tupamara en Uruguay, el Batir el campo senderista en el Perú, el partido-movimiento encabezado por el Movimiento al Socialismo en Bolivia, son algunos ejemplos de innovaciones táctico-estratégicas, que con independencia de sus resultados finales, lograron traducir los imperativos insurgentes del marxismo a las realidades latinoamericanas. La estrategia precede a la táctica, por lo menos en la hora cero de la acción política comunista, pero es la táctica la que pone a prueba la viabilidad práctica de los deseos.
Siempre que hay tentativas revolucionarias habrá contra tentativas de desactivarla, cooptarla o eliminarla desde arriba, lo que supone un uso pendular de medios que oscilan entre la legalidad y el terror contrainsurgente. Marx y Engels ya habían rastreado y descrito varios métodos de contrainsurgencia de su época en textos como La guerra de los campesinos en Alemania [1850] y Revolución y contrarrevolución en Alemania [1852], ambos de Engels, y el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte [1852] de Marx. Sin embargo, hoy la contrarrevolución es más sofisticada, y no por ello, menos violenta. El “Oenegismo”, el “lawfare” y la “guerra contra el narcotráfico”, forman parte de estas nuevas tecnologías instrumentalizadas incluso desde una para-estatalidad para desactivar las insurgencias.
La conquista del poder político no equivale a una revolución socialista, es apenas su primera fase. El éxito de una revolución socialista depende más bien del grado de institucionalización de sus políticas y su cimentación transgeneracional, pues de antemano, la ocupación temporal del gobierno no garantiza la gestión del Estado7. En dicho tenor, un programa socialista-comunista y sus objetivos finales —supresión de la ley del valor-trabajo a partir de la socialización de los medios de producción, eliminación de la propiedad privada burguesa, extinción de la forma-Estado— solo es materializable si se avanza en el largo plazo mediante intervenciones despóticas contra el capital. El proceso político tampoco es secuencial, sino indicativo de los momentos generales por los cuales el marxismo latinoamericano atraviesa como superación-negación del orden social existente.
CATEGORÍA ANALÍTICA
Si todo discurso teórico posee conceptos y métodos a partir de los cuales se busca explicar un fenómeno, el marxismo latinoamericano no es muy distinto. Con la salvedad que al esgrimir una concepción materialista de la historia la intención es entender objetos reales y concretos singulares8 a partir de la abstracción-deducción tanto de las categorías, como de los fenómenos concretos que dichas categorías captan. Dicho de otra manera, el marxismo latinoamericano es también una categoría analítica, es decir, un concepto teórico que posee una utilidad heurística para detectar, interpretar y sistematizar aquello que yace bajo su marco de comprensión.
En otro escrito sugerí que teorizar desde una determinada coordenada geográfica no es una condición suficiente, ni siquiera necesaria, para una auto confirmación de corte identitarista; o sea, que no por practicar o pensar dentro de los parámetros de la teoría marxista y desde América Latina, basta para velar por el marxismo latinoamericano9. Precisamente, hay cuatro ingredientes esenciales que perfilan y dotan de sentido al marxismo latinoamericano como categoría: I) pensar la realidad social latinoamericana desde una concepción materialista de la historia; II) aplicación de la dialéctica como método general de investigación; III) velar por la hipótesis comunista; y IV) empleo de un enfoque de análisis latinoamericanista.
A diferencia de otras tradiciones de pensamiento como el idealismo, el subjetivismo, el nominalismo, el empirismo, el escepticismo y el positivismo, el materialismo histórico nos enseña que no existe un “principio de razón”, como en las filosofías de la historia, y por ende, tampoco prevalecen esencias o sujetos predeterminados por algún imperativo teleológico. Del mismo modo, no hay objetos incognoscibles, o a los cuales solo podamos acceder ya sea fenoménicamente o penetrando mediante lo observable. Lo real se constituye por procesos históricos —no lineales ni unidireccionales— que van desdoblándose fundamentalmente por el conflicto entre clases sociales y que en algún momento engendran nuevas contradicciones después de la transformación revolucionaria de la sociedad. La dialéctica continúa importando porque si dejamos de hacer un uso abusivo y elástico de ella, más que brindarnos “respuestas lógicas” o de servir como una “teoría del conocimiento”, nos habilita la posibilidad de pensar esa realidad material que llamamos historia, navegando por diferentes niveles de abstracción del conocimiento sin tener que mantenernos en la marea que nos arrastra hacia determinada forma de encuadrar los acontecimientos filosóficos, culturales, económicos, políticos, etc.
El marxismo latinoamericano no se puede justificar a sí mismo como una mera teoría crítica del capitalismo y de la sociedad burguesa en su conjunto, pues la crítica marxista conlleva un carácter propositivo de aquello que se ha denominado comunismo o sociedad sin clases sociales y cuya ante sala es el socialismo10. La insistencia en el comunismo es un pilar fundamental del marxismo latinoamericano en tanto otras tradiciones marxistas han dejado en segundo plano o “pospuesto por motivos de estrategia política” el debate en torno a las vías y posibilidades de extinción del Estado, cuando además, América Latina ha sido históricamente abundante en ejercicios de comunalidad que van más allá del Estado. ¿Qué es lo latinoamericanista en el marxismo? En síntesis, aquellas posturas y posicionamientos que más que ser “calco y copia” —como alguna vez lo dijo Mariátegui—, procuran un rediseño y adaptación de las experiencias teórico-prácticas del socialismo científico a nuestra región, tomando en consideración los imperativos de integración continental en oposición al monroísmo estadounidense. Roberto Regalado lo explicó muy bien al recordar que:
[…] la dominación colonial, neocolonial e imperialista, la dependencia, el subdesarrollo, la existencia de etnias indígenas, la presencia de masas de descendientes de esclavos traídos de África, de descendientes de braceros chinos y de inmigrantes de otros orígenes, conformaron estructuras sociales y estatales, fundieron un mosaico étnico y cultural, y generaron contradicciones sociales distintas a las estudiadas por Marx, Engels y Lenin11.
ÚLTIMAS PALABRAS
Tratar al marxismo latinoamericano en su triple acepción es una manera más completa de ver lo que de otra forma sería una mera recopilación de carácter descriptivo y normativo respecto a sucesos de importancia histórica para la región, o, en el mejor de los casos, de un enfoque “teórico-metodológico” que por más riguroso que pueda hacer, nos conduce inevitablemente hacia las oscuras mazmorras del teoricismo. Dicho esto, los marxismos en América Latina no son unívocos ni tampoco certeros en el sentido de brindar un criterio de verdad infalible. La historia es joven y es preciso recordar que las batallas no se ganan en solitario o en el aislamiento. Los marxismos latinoamericanos permanecen abiertos y no hay equivocación alguna en compartir el campo de batalla con nuestros aliados naturales: los anarquismos, los feminismos anticapitalistas y los republicanismos radicales.
REFERENCIAS
Agustín Cueva. Entre la ira y la esperanza y otros ensayos de crítica latinoamericana. Colombia, Siglo del Hombre Editores & Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2008.
José M. Aricó. Marx y América Latina. México, Fondo de Cultura Económica, 2010.
Louis Althusser. Crítica a la exposición de los principios marxistas. Buenos Aires, Antigua Casa Editorial Cuervo, 1976.
Martha Harnecker. Estrategia y táctica. Chile, Ediciones Antarca, 1985.
Michael Löwy. El marxismo en America Latina. Antología, desde 1909 hasta nuestros días. Chile, LOM, 2015.
Nolberto Tlacaelel Acosta Pérez. 2024. “Introducción metodológica al estudio del marxismo latinoamericano”. Utopía Y Praxis Latinoamericana 29 (106), e12602095. https://produccioncientificaluz.org/index.php/utopia/article/view/e12602095.
Ralph Miliband. El Estado en la sociedad capitalista. México, Siglo XXI Editores, 1985.
Roberto Regalado. El marxismo y las luchas populares en América Latina. México, Ocean Sur, 2011.
Vânia Bambirra y Theotônio Dos Santos. La estrategia y la táctica socialistas de Marx y Engels a Lenin. Tomo 1. México, Ediciones Era, 1980.
V. I. Lenin. El Estado y la revolución. México, Ediciones El Caballito, 2015.
- Candidato a Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). ↩︎
- José M. Aricó. Marx y América Latina. México, Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 79. ↩︎
- Michael Löwy. El marxismo en America Latina. Antología, desde 1909 hasta nuestros días. Chile, LOM, 2015, pp. 9-10. ↩︎
- Agustín Cueva. Entre la ira y la esperanza y otros ensayos de crítica latinoamericana. Colombia, Siglo del Hombre Editores & Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2008. ↩︎
- Con “expresión autónoma de lo político” no se pretende velar por una desvinculación o abstracción de las prácticas de clase que se dan en el campo de batalla político de las expresiones ideológicas, jurídicas, morales, culturales, mucho menos de las situaciones estructurales expresadas en el terreno económico, tal y como proponen algunas posturas del posmarxismo. Esta expresión autónoma de lo político implica una sobredeterminación temporal en la cual lo político se eleva para reacomodar las relaciones entre las demás instancias. ↩︎
- Recordemos que para Vânia Bambirra y Theotônio dos Santos: “[…] el concepto de estrategia se refiere a la definición del carácter de la revolución, del enemigo principal, de los aliados y de las fuerzas con que cuentan el partido revolucionario y la clase que representan, para disponerlas en la lucha de la mejor manera posible a fin de alcanzar el objetivo final: la toma del poder. La táctica corresponde a las maniobras, alianzas, compromisos y movimientos parciales que estas organizaciones realizan con el fin de alcanzar los objetivos estratégicos que las orientan”. Vânia Bambirra y Theotônio Dos Santos. La estrategia y la táctica socialistas de Marx y Engels a Lenin. Tomo 1. México, Ediciones Era, 1980, p. 12. Es de una opinión similar Martha Harnecker, quien sostiene que: “[…] desde el punto de vista militar, la táctica está constituida por las distintas operaciones o medidas concretas que se adoptan para llevar a cabo el plan estratégico”. Martha Harnecker. Estrategia y táctica. Chile, Ediciones Antarca, 1985, p. 46. ↩︎
- Decía acertadamente Ralph Miliband, que: “[…] el tratar a una parte del Estado —comúnmente, el gobierno— como si fuese el Estado mismo introduce un importante factor de confusión en el examen de la naturaleza y la incidencia del poder estatal que puede tener grandes consecuencias políticas. Así, por ejemplo, si se cree que el gobierno es, en efecto, el Estado, también se puede creer que el asumir el poder gubernamental equivale a adquirir el poder estatal. Tal creencia, fundada, como lo hace, en amplios supuestos acerca de la naturaleza del poder estatal, nos expone a grandes riesgos y desencantos”. Ralph Miliband. El Estado en la sociedad capitalista. México, Siglo XXI Editores, 1985, p. 50. ↩︎
- Louis Althusser. Crítica a la exposición de los principios marxistas. Buenos Aires, Antigua Casa Editorial Cuervo, 1976. ↩︎
- Nolberto Tlacaelel Acosta Pérez. 2024. “Introducción metodológica al estudio del marxismo latinoamericano”. Utopía Y Praxis Latinoamericana 29 (106), e12602095. https://produccioncientificaluz.org/index.php/utopia/article/view/e12602095. ↩︎
- Recordemos que para Lenin el aspecto fundamental que separa a un marxista de un no marxista es que el primero ve como necesaria la transición socialista hacia la extinción del Estado, esto es, la dictadura del proletariado, mientras el segundo, aunque puede reconocer la “lucha de clases” cree que puede haber un camino pacífico a la democracia. V. I. Lenin. El Estado y la revolución. México, Ediciones El Caballito, 2015. ↩︎
- Roberto Regalado. El marxismo y las luchas populares en América Latina. México, Ocean Sur, 2011. ↩︎