EL CHE EN EL CHURO

El tiempo resulta breve ahora, cuando se cumplen varios años de la caída de Ernesto “Che” Guevara, en la quebrada del Churo, lugar de matas quebradizas que la historia eligió para que hallaran remate los combates que discurrieron en la serranía de Ñancahuazu y las abras hacia Vallegrande, durante casi todo el año 1967. Es cierto que, desde entonces, han sucedido muchas cosas, desde la muerte de Barrientos y el colapso mundial de la política de Johnson, hasta el propio gobierno bonapartista de Perú, pero se trata, a la vez, de esa clase de acontecimientos que nunca quedan definitivamente atrás.

Desde mi posición, que es solamente la de un nacionalista revolucionario boliviano, tengo ahora interés en hacer no el análisis general de la teoría de la guerrilla, que tiene tantísimo especialista, y ni siquiera de la teoría que sirvió o fue utilizada por esta guerrilla, sino el caso concreto en su más exterior expresión, la práctica tal como fue el movimiento armado de Cordillera, Vallegrande y Chuquisaca, sin hacer caso del origen ideológico que tuvo o del que reclamaba para sí, que dan para mucho más. Se podría decir que el Che boliviano no siempre se atuvo a los cánones del Che como teórico en general y, en algunos momentos, hasta se podría escribir que este Che negaba las teorías generales del Che. Para saberlo bastaría un cotejo no muy ambicioso de los textos que escribió, con su magnífica prosa creciente, con los hechos en que fue actor en Ñancahuazu, pero ésa es la tarea que yo no me he propuesto.

Para la frustración de este extraordinario empeño actuaron algunos factores de la eventualidad que eran impredecibles en lo concreto, aunque previsibles en lo general, como el estallido prematuro de las acciones, la delación de algunos desertores, que eran quizás agentes de la seguridad, y la evasión política de los partidos comunistas bolivianos, que en esto no hicieron cosa distinta que seguir la línea política de sus iguales latinoamericanos. Pero también debemos considerar las buenas condiciones de tipo excepcional en el poder represor y su precaria eficacia, y a ello deben sumarse elementos de fracaso mucho más esenciales, los factores estructurales constantes dados por la geografía y el fatum demográfico pero, sobre todo, la básica desconexión campesina y minera de la guerrilla, que es sólo la prolongación de su soledad política y es ya resultado de su desdén por el pasado. Las reflexiones hechas acerca del incumplimiento de las normas de seguridad por la guerrilla de Ñancahuazu son exactas, pero también sospechosamente fáciles, y hay que cuidarse de las explicaciones sencillas, porque suelen ser no una explicación sino un consuelo. Es evidente, en grueso, que no era necesario sacar tantas fotografías ni redactar diarios tan taxativos, y lo es, asimismo, en un grado todavía más intenso, que la guerrilla se vio obligada a existir en las acciones cuando estaba dispuesta a existir solamente en la exploración y el asentamiento. Pero, desde otro punto de vista, es claro que éstas son emergencias a las que está expuesta toda guerrilla rural en su proceso de instalación, y parece que nada hay más prematuramente descubierto que el desembarco del Granma que, sin embargo, no significó el fin del movimiento cubano porque había un mar social que lo hizo sobrevivir.

Si es “socialmente necesario” que la rebelión exista, ella tiene más posibilidades de permanecer. En todo caso, de la lectura del Diario del Che se deduce que la precipitación de las acciones no fue vista por los combatientes como algo totalmente desgraciado. Por el contrario, se entra en ellas –en las acciones– con una dosis sorprendente de optimismo, lo que significa que el carácter prematuro de Ñancahuazu estaba previsto por los guerrilleros y que hechos similares lo están normalmente en cualquier empresa semejante.

Se podrían también mencionar las pretensiones de la cia que, siquiera indirectamente, ha querido dar a entender que la presencia del Che fue afectada por rayos infrarrojos que enseñaron que los fuegos prendidos a lo largo de sus 330 almuerzos en Bolivia tenían tan ilustre estirpe. Hay muchos fuegos en la selva de Bolivia, y en el fuego no hay señal digital, pero hay mucho en esta historia para convencernos de que se sabe el paso más furtivo de nuestra vida y que la más recóndita de nuestras intenciones está sin embargo bajo el infrarrojo de su mirada ubicua. El infrarrojo existe ahora, y creo que no existía en el tiempo de la Sierra Maestra, pero los medios en Bolivia no necesitaron ser tan sofisticados, y más de una vez la tradicional inoperancia del ejército boliviano hubo de sorprenderse de la incompetencia de sus asesores, ellos sí engañados por su propia sobreinformación. Éste, desde luego, tampoco es el tema que nos interesa.

El antecedente de 1949

“Ñancahuazu –dice Pombo en su informe de septiembre de 1966– es un cañón entre las serranías de Pirirenda al este y las serranías de Incahuasi al oeste”. Pues bien, para cualquier boliviano medio, Incahuasi es una palabra que tiene un significado. Es el apelativo con que se recuerda una de las mayores acciones libradas en la guerra civil de 1949: allá resistió el último bastión de los sublevados en un mes, allá la batalla que concluyó con varias centenas de muertos, campesinos de la zona en su mayoría armados apenas con lanzas de tacuara en un buen número. De Incahuasi, el ejército pasó a Camiri, donde fusiló a los presos más importantes (Mariaca y Zaconeta, entre otros) como corolario de la guerra civil en la que el mnr se apoderó de cinco de los nueve departamentos: Cochabamba, Santa Cruz, Potosí, Chuquisaca y Tarija. Las matanzas de Catavi, donde los mineros ultimaron en represalia a varios técnicos norteamericanos, el fin de la sangrienta resistencia de Potosí, cuyos alrededores fueron rodeados de cuerpos de mineros colgados en los postes de luz por el ejército, la espectacular toma de Chuquisaca y el enfrentamiento final de Incahuasi, son hechos muy conocidos en Bolivia.

El levantamiento fue concebido en términos de avanzar de la periferia al centro: Paz Estenssoro y su comando exiliado intentaron tomar Villazón, de donde debían avanzar hacia La Paz, distribuyendo las tierras entre los campesinos. El alzamiento fracasó en La Paz y en Oruro porque la policía lo descubrió; es decir, porque hubo delación, pero ni ella pudo impedir el movimiento por su dimensión que, como contenido de clase y como extensión geográfica, era realmente nacional.

El MNR, que demostraría después ser un partido heterogéneo al máximo y de gran hibridez ideológica, que es un conjunto acumulativo de hombres y un archipiélago clasista, logró sin embargo organizar un movimiento de envergadura semejante. Fracasó en 1949 sangrientamente, y sangrientamente alcanzó el éxito en 1952. La delación pudo poco contra la ancha fuerza de su proyecto, y se sabe que la movilización del país junto a los insurrectos fue de tal naturaleza que a veces los mecanismos policiales delataban a la policía, y no al revés. La pregunta salta sola:

¿Por qué el MNR, híbrido y sin otra coherencia que la de su ser masivo, pudo conspirar con éxito en Bolivia y con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que reunía sin duda a los hombres más puros del continente entero, que expresaban además una ideología ya sistemática? ¿Por qué el MNR es capaz, en 1949, de movilizar a los campesinos hasta llevarlos a luchar en la misma zona de Ñancahuazu e Incahuasi, en la que el propio Che no logró después sino laterales pruebas de apoyo campesino?

Hay aquí, sin duda, un vacío notorio, una desconexión flagrante, una falla en el terreno que tenemos que descubrir.

Carácter no decisivo de la separación del PC

Es una cuestión que incluye naturalmente la del fenómeno de la delación como tal, del descubrimiento policial como la vía de la catástrofe. Toda la inteligencia reaccionaria del mundo trabaja sobre el supuesto de que cualquier movimiento tiene su precio, y de que la delación es el método para alcanzarlo. Mientras no consiguen la delación, están luchando contra un fantasma. Pero el arte de la conspiración consiste en que la delación pueda poco; no en que el delator no exista, porque eso es imposible (es una tradición del hombre), sino en que no pueda detallar el alma de un asunto. Pero se dice: en Bolivia, la delación se volvió catastrófica porque el PC, al abandonar la guerrilla, la había hecho vulnerable a la delación. Entramos en lo que se puede llamar el carácter no decisivo de la deserción del PC boliviano. No hay duda de que los de Monje en Ñancahuazu eran argumentos no para luchar sino para no luchar. Es un viejo recurso de abogados hacer una mala oferta porque se quiere ser rechazado. Monje, por una razón probablemente más política que personal, pidió lo que no se le iba a dar, porque quería ser rechazado. Pero creer que la historia habría cambiado si el pc boliviano hubiera colaborado abiertamente con la guerrilla es también una inexactitud. Si la hubiera apoyado, el resultado habría sido casi el mismo, porque la existencia del pc en Bolivia es limitada: se reduce a una corta influencia sobre direcciones estudiantiles y algunos sindicatos. Pero, además, con el no de Monje o sin él, casi todos los militares proguerrilleros pasaron al ELN, y la verdad es que no eran muchos los que pasaron ni los que no pasaron. Lo que importa decir es que la guerrilla había logrado el máximo alcance que podía lograr dentro del contexto que se había fijado a sí misma, que era resultado de una visión exacerbada de la historia del continente y de una visión abreviada de la historia de Bolivia. Pero resulta siempre extraño que el Che, que fue tan lejos en la desconfianza hacia los aparatos partidarios clásicos y de los partidos comunistas en lo concreto, hubiera buscado nexos únicamente en el PC. Es algo que realmente llama la atención.

Las ventajas militares

No se trataba, empero, solamente de una desproporción. En el ánimo de la guerrilla trabajaron razones mucho más considerables: al fin y al cabo, éste es el único país del continente donde se ha rebajado a la mitad el salario de casi toda su clase obrera.

¿Acaso no muere aquí uno de cada tres niños que nacen? País además con experiencia armada, no sólo sus masas están oprimidas de modo absoluto, sino que han retrocedido con relación a su situación inmediatamente anterior: de alguna manera, eran masas que habían estado en el poder y lo habían perdido. Aparentemente, las condiciones no podían ser mejores. Pero 1967 es también la hora del mayor esplendor de la Restauración. El aparato militar imperialista dispone de un ejército en el momento de su mejor forma, que es una cuestión que no se compone solamente del número de fusiles: está dotado de unidad de mando y poder veloz de decisión y, finalmente, con una oficialidad todavía satisfecha, dispuesta a defenderse. La dictadura militar ha acabado por aplastar al MNR y al sindicalismo, sus rivales constantes desde el 41. Las modalidades clásicas de calentamiento popular están controladas: el disturbio de situación, que debe convertirse en motín de calles y desmoralizar al poder, tiene que enfrentar a los ovejeros alemanes de la policía, los gases vomitivos y a casi tantos represores como manifestantes, moviéndose con el orden pactado de una legión romana. La represión ha cambiado: los yanquis la han mejorado; pero el disturbio no se ha reajustado en cambio, y el motín conocido está como sorprendido, repitiéndose en el hábito de su fracaso. La huelga de los mineros, el instrumento sin el cual habría sido imposible la lucha del sexenio, el 49 y el 52, la huelga salarial, que debía pasar a ser huelga política y finalmente huelga insurreccional según la Tesis de Pulacayo, es ahora imposible porque en las minas el método es el de la ocupación militar permanente. Son un país enemigo. Allá, simplemente, todo hombre que hable de política desaparece. Al mismo tiempo, con un buen sentido de timing de la reacción social, dentro de un plan que es norteamericano y no local, se respeta la tierra campesina, pero se entregan todos los sectores estratégicos de la economía: el gas, el zinc, los desmontes minerales, el estaño. A lo último, el gobierno dispone de unos mil 400 millones de dólares adicionales, en cuatro años, sobre lo que recibió Bolivia en el cuatrienio 1958-1962, por ejemplo. El precio del estaño ha sido generoso en los últimos años, por lo menos en su estabilidad. El gobierno los utiliza no se sabe en qué, pero también en algunas obras urbanas, principalmente viviendas, destinadas a gratificar a ciertas capas medias.

Los militares salen del régimen de bajos sueldos a que los condenó el mnr, condenación que vista a la distancia resulta realmente irritante. En el fondo, ellos hicieron después con los mineros –al rebajarles los salarios– lo que el MNR con ellos durante 12 años. De algún modo, cada suboficial recibe una motocicleta; los subtenientes y tenientes, autos pequeños; y los demás, automóviles de gran costo; los generales, Mercedes Benz.

Se dice que hay más Mercedes Benz por mil habitantes en Bolivia que en Alemania, y esto advierte del hecho de que, aunque los sueldos se multiplican en 25 por ciento por lo menos, el enriquecimiento tampoco alcanza a todos los oficiales. Pero en el momento en que se producen las guerrillas, los oficiales sentían al luchar que estaban haciendo algo así como defender sus conquistas sociales. A la larga, porque la costumbre no es un éxito, deja de ser importante tener un automóvil o disponer de una casa propia, pero en lo inmediato eran el símbolo contrario de la guerrilla, que aparecía amenazado con volverlos al amargo estatuto antimilitarista. La guerrilla facilitó la reacción de los oficiales al no discriminarlos de los oficiales, superiores, primero, y segundo, en su misma definición política, que no siempre era llanamente gorila: el capitán Henry Laredo, por ejemplo, que cayó en una emboscada guerrillera, había escrito en su diario, el día antes de morir, párrafos que merecen interpretarse como simpatía concreta por los motivos guerrilleros.

Para extremar las cosas, la imposición personal de Barrientos dentro del poder da al mando político, y también al militar, un sentido de unidad vertical que resulta ser eficiente. Barrientos se sabía respaldado, sostenido en términos personales por los americanos, en quienes confía ciegamente hasta su muerte. Ni el fuego de su muerte fue boliviano: murió lamiendo la llama de la Gulf. El poder se concreta y actúa con modalidades fulminantes, que corresponden a la índole patética de este hombre compulsivamente inferior. Quizá para compensar su inferioridad personal, la resolución se fundaba personalmente en él. Mandó publicar su diario, redactado por necios 24 horas antes, unos días después que se publicó y resonó el diario del Che, pero esta megalomanía delirante y casi graciosa no le impedía ser la voz de los crímenes, ordenar personalmente el fusilamiento de los guerrilleros, concitar las masacres de mineros cuando no eran necesarias sino para él sobrevivir en el Palacio y declararse además “personalmente responsable”, como riéndose del mundo. Pero la unidad del mando es un factor de eficiencia política, y ella no habría existido si los americanos no hubieran inventado, exornado, inflado y propagado la figura de Barrientos, que es por eso el caso de una existencia desde fuera. A su muerte no quedaron sino sus crímenes y su cuenta corriente, pero en 1967 era un factor real de poder.

La dificultad de la naturaleza

La cobertura farsesca del régimen era engañosa, pero no lo era menos la geografía en que eligió moverse la guerrilla.

Extensivamente, Bolivia es un país tropical: el verde cubre las dos terceras partes de su territorio, pero éste no es el territorio histórico, es decir, el territorio humano del país. La tierra en que no se producen hechos humanos es sólo un pedazo de mapa. Para generalizar en un solo aforismo, Bolivia es un país en el que donde hay hombres no hay árboles y donde hay árboles no hay hombres o, para decirlo en otras palabras, un país en el que la historia de los hombres no ha sucedido allá donde está la selva, por lo menos hasta hoy. Aunque esto no tiene las pretensiones de ser una postulación, vale la pena también considerar que en Cuba, donde la guerrilla ha tomado el poder, la densidad de la población es de 70 habitantes por kilómetro cuadrado, y en Guatemala, donde ha tenido un relativo éxito, es de 68. En Bolivia hay apenas cinco habitantes por kilómetro cuadrado, y en la zona en que la guerrilla ocurrió,1 en todo caso menos de uno. Dicho en cifras, esto apenas si impacta el entendimiento, pero hay que ver lo que es la vasta selva indescifrable sin hombres, el desconocido monte sin agua, lo que es vivir todos los días en un chaco2 que está a cinco o seis leguas del próximo ser humano. Aquí tenemos derecho a preguntarnos antes de nada si no será más grave la dificultad de la naturaleza que la explotación del hombre por el hombre y, puesto que el juego vital consiste en sobrevivir, quizá su relación con el suelo es la misma que la que tiene el árbol con la tierra o el animal salvaje con el agua de las fuentes: difícilmente puede llamarse a esto una relación social, pero es en cambio una relación de supervivencia; no se producen vinculaciones de clase, es decir, de identidad masiva de hombres con hombres, porque las clases existen allá donde los hombres se reúnen. Es una situación que vale en estos términos estrictos por lo menos para una buena parte de los contactos campesinos del Che.

El recuerdo reformista

Naturalmente, todo esto está dicho de modo metafórico, y vale sólo para los casos extremos. A decir verdad, esta zona, que está en la periferia de la periferia del país, ha sido a veces notablemente activa en la historia, y los lugares en que hay un mínimo de concentración han estado en la circunscripción de las viejas reformas del fin del siglo XIX y también en las del MNR. No hay duda de que Andrés Ibáñez, jefe de los “igualitarios” alzados contra los embotinados de Santa Cruz, alcanzó con sus reformas de 1978 la misma zona que sería después escenario de la guerrilla. Ibáñez suprimió, en efecto, en toda la zona cruceña el trabajo gratuito, la prestación de servicios personales, y distribuyó tierras, en la primera reforma agraria del país, habida cuenta de la frustración de la intentada por Bolívar. El propio presidente Daza encabezó la expedición punitiva que, propiciada por los gamonales de oriente y occidente, acabó por fusilar al noble Ibáñez. Pero ya no lograron volver a los campesinos a las condiciones anteriores; y ésta es la razón por la que, aislada o no, la zona era socialmente más avanzada, el patrón era un patrón  semicapitalista, y el salario la forma normal de la retribución, de un modo que en el occidente del país no ocurriría sino en 1952. De esta manera, había una larga tradición en la propiedad del suelo, que creó una mentalidad conservadora; por otra parte, podrían hablar de un campesinado irreclutable, y eso sería mecánicamente normal. Pero las cosas sucedieron al revés; este campesinado, que no tenía tanto por ganar como el del occidente, luchó sin embargo en una escala mayor, y lo que ganó fue el estatus organizado de participación en el poder, inmediatamente deformado por el caciquismo.

En cuanto a los obstáculos para el reclutamiento, es necesario considerar la cuestión del antecedente vital; cuando vino el MNR a llamar a la gente, venía detrás de lo que había ocurrido en Busch y Villarroel: era un heredero directo y de una historia que había sido conocida hasta en el último rincón del país. Esto valía por un programa, y el MNR lo explotó con un sentido efectista: fue un partido que vivió, se expandió y se acorraló al servicio de la táctica, de la que hizo un fin. La guerrilla, en cambio, no tenía nada que ofrecer a los campesinos sino la perturbación de su vida;3 no se sabía quiénes eran: los guerrilleros carecían de identidad política, y el propio país supo que el Che estaba en Bolivia sólo unas tres semanas antes de su muerte. Nadie se ocupó (o nadie pudo hacerlo) de decir a la gente por qué tenía que luchar junto a la guerrilla que, así, sólo tenía el valor de un desafío misterioso al poder.

Desconexión campesina de la guerrilla

Las razones de la esencial desconexión campesina de la guerrilla son, empero, más directas: los problemas del aislamiento, que son los de la asociación sobre las parcialidades remotas y la tradición democrática de Ibáñez, se sumaron al encuadramiento organizativo que impuso el año 1952. Es un tema mucho más importante que el desencuentro con el PC, por ejemplo, o que la delación, para explicarnos la perdición de esta experiencia.

Con un estilo que le es característico, Debray dice que “el campesino pobre cree en primer lugar en alguien que tiene un poder”. Pombo dijo más o menos lo mismo al llegar a Chile: los campesinos no nos apoyaron porque mientras el ejército era el poder real, nosotros no habíamos logrado convertirnos en ningún poder; éramos solamente seres peligrosos ofreciendo el peligro sin promesas. La guerrilla intenta un tipo de contacto campesino por la vía directa. En la práctica, un diálogo de persona a persona, una persuasión de hombre a hombre, modalidad que podía tener alguna perspectiva ante campesinos sin tierra ni organizaciones, largado a la soledad de su desgracia individual, por una reacción espontánea de sus intereses, pero que no podía prosperar en las condiciones bolivianas, en las que el campesino, desde 1952, se piensa a sí mismo en términos de organización, y vive en esos términos. Si no tiene a nadie, dice: tomo la única mano que se me da. Es distinto si tiene un sindicato.

Con el MNR, a partir de 1952 se produce la distribución masiva de las tierras por la vía de la ocupación pero, sobre todo, se organiza a los campesinos y se crean los sindicatos y centrales a todo lo largo y lo ancho del país, Ñancahuazu incluso, desde luego. La guerrilla encuentra esta situación, este estatus político previo que es en todo diferente de lo que se podría encontrar en Colombia o en Brasil, o donde se quiera en América Latina, excepto México. Hasta ese momento, el campesino se define con relación a la tierra y no con relación a la política en general; pero a partir de 1952 se define siempre junto con su organización, mientras ésta sirve a la defensa de la tierra.

La restauración resulta más consciente en este estatus político previo que la guerrilla en 1967, que no lo toma en cuenta en absoluto. Siguiendo el plan norteamericano que ocupa el país de los recursos minerales, pero no el país de la tierra, no se toca el estatus de la posesión del suelo, pero se halaga y corrompe a los dirigentes y, en algunos casos, al propio campesinado, respetando siempre desde luego el estatus previo. Su definición política es elemental, y por eso la verdad es que el campesino no está contra Barrientos porque Barrientos finalmente no le toca la tierra; tampoco está a su favor, porque no se la ha dado, a pesar de sus visitas y adulatorias. Los dirigentes pueden corromperse y las bases tolerar esta corrupción porque no se altera el quid de esta clase, que es la tierra, y se sabe que los pobres no pueden darse el lujo de ser muy complicados. El cacique o dirigente, que a veces es un caudillo, es también una autoridad, ahora más poderosa que el cura o el corregidor, en cada lugar. El corregidor mismo es elegido de acuerdo entre el gobierno y las gentes, es decir, el dirigente. Los campesinos no se alzan contra él porque no es la moral lo que les interesa y, a pesar de sus abusos, de sus concentraciones y sus ramas,4 la tierra está en sus manos y el patrón está lejos, generalmente para siempre. Si la guerrilla hubiera aceptado este hecho, se habría dirigido a la dirección de los sindicatos y no a los individuos que la acataban, a los de abajo.

Era preciso conquistar a los dirigentes, si eran reales, o distribuirlos si no lo eran. Quizá la guerrilla habría podido ser un medio para campesinos que no podían levantarse contra su propia dirección.

Lo único que no debió hacer e hizo fue omitir la existencia de las organizaciones. Quizá sencillamente no tuvo ocasión de buscar contacto de esta índole porque fue sorprendida, pero ahora hay que preguntarse qué categoría de acto es el de un campesino que va a buscar a su dirigente y a indagar cuál debe ser su actitud frente al grupo armado que le ha interceptado quizá en el monte, quizá en su chaco: ¿es una delación o es el comportamiento normal de un hombre organizado? Lo dirá el dirigente; pero el dirigente, se sabe, recibe dinero y prebendas y diputaciones del gobierno, y así está dicho todo.

La dimensión distante del Che

En el fondo opera un fenómeno de conciencia; la guerrilla está alucinada con la propia grandeza de su misión. El ciclo de los cambios políticos del MNR, que comprende desde la insurrección de los mineros como causa hasta las organizaciones campesinas como efecto, reúne todas las características de lo que la guerrilla desprecia. Es un hecho casi psicológico: no se presta atención a lo que se desdeña.

La revolución del MNR aspira a ser intermedia, y la guerrilla aspira a ser finalista; la revolución del MNR creyó hasta su caída en la negociación, y la guerrilla cree solamente en su triunfo total. El resultado de no pensarse a sí misma como un fin hace de la revolución del MNR un fenómeno impuro y extenso. La guerrilla, y aún más, el Che personalmente, que tenía una visión ética de la vida, piensan que el guerrillero es la forma más alta del ser humano y aspiran a crear el socialismo en el foco, destinado a expandirse como una onda hasta el país entero, y después abrazar el continente mismo. En esas condiciones, ¿debía la pureza apoyarse en la impureza, el heroísmo en la transacción, el socialismo en la democracia burguesa? El mecanismo de la repulsión los lleva a desdeñar todo el pasado en su conjunto, y allá donde buscaron campesinos en estado de desesperación espontánea encontraron campesinos encuevados en una organización tan impura como real.

Jamás se hizo eso que Debray llama un “trabajo de masas”,5 pero había un programa virtual en la guerrilla, por el solo hecho de existir. Cuando llegaba la guerrilla a los campesinos o a los poblados, ofrecía mejoras sanitarias o edificios escolares, caminos, trataba de explicar lo que sería el socialismo. Impúdicamente, Barrientos decía lo mismo, sólo que con el poder y sobornando además a los dirigentes. En cambio, el programa secreto de la guerrilla y, aún más que ello, su epopeya, podía impactar a los estudiantes y a los obreros, y así ocurrió, pero como un esfuerzo de la conciencia y no como un arranque directo de la vida. De ninguna manera era fácil conceptualizar hechos tan extraordinarios como los que trataba de comprender el pueblo.

Es una vieja regla política la que aconseja que el dirigente no debe estar demasiado cerca de los dirigidos, pero tampoco demasiado lejos. El Che, en aquel momento, venía ya con una historia grande a sus espaldas y era el tipo del dirigente que está lejos. Aun antes de su muerte, era ya un héroe. Esto producía varios problemas: en primer término, la gente que creía que la victoria estaba asegurada por la sola presencia del personaje superior, al que no se reconocía el derecho al error. Pero además, en términos ideales, lo deseable es que el dirigente crezca con la masa, que se defina junto con ella, y por esta razón Lenin advirtió alguna vez que el dirigente debe estar un paso adelante de la masa, pero sólo un paso. Aquí, en lo que se refiere al programa, se produce una nueva transgresión absoluta de la regla: “Bolivia –según la síntesis de Pombo– se sacrificará a sí misma de manera que las condiciones para la revolución puedan crearse en los países vecinos. Tenemos que hacer de América otro Vietnam, con su centro en Bolivia”. Con lo que tiene algo de juego de palabras (pero sólo un poco), se puede decir que los vietnamitas no se proponían ser un Vietman cuando comenzaron su lucha contra los franceses. Se proponían solamente liberar a su país, y si a Ho Chi Minh se hubiera hablado de una lucha en los gigantescos términos presentes, le habría parecido absurdo; un pueblo puede llegar a ser un Vietnam, pero no se propone serlo al comenzar su lucha porque quizás, así, no la comenzaría. En otras palabras, la sola presencia del Che y el programa que se llegó a enunciar a posteriori proponía a Bolivia, al comenzar su lucha en Ñancahuazu, el mismo programa a que ha llegado la Revolución Cubana 10 años después, y eso, viniendo de una revolución que se propuso en su principio nada más que elecciones y libertad de los presos y de un país en el que Fidel Castro creció, sin duda, como un verdadero dirigente, junto a su pueblo, siempre apenas un poco adelante de él. Se proponían, en suma, tareas demasiado grandes a un país que estaba dispuesto, al comenzar, sólo para tareas angustiosamente defensivas, contra la dictadura atroz que lo aplastaba. Los mineros de Bolivia, aunque probablemente no estaban con muchas ganas de pronunciar palabras tan mayores y sí en cambio de reponer sus salarios, sin embargo, intentaron un titánico esfuerzo de apoyo que la guerrilla nunca les había pedido: fue la matanza de la noche de San Juan. Los trabajadores declararon territorio libre al centro de Ctavi-Llallagua-Siglo XX y proclamaron su apoyo a la causa guerrillera. La respuesta fue la intervención masiva del ejército. Nunca se supo por qué la guerrilla prestaba tan lateral atención a este sector, políticamente el más definido de Bolivia, dueño de una tradición combativa enorme y el más perseguido por la Restauración.

Pero lo que ocurre generalmente en Bolivia, ocurre intensamente en sus minas, y lo de San Juan fue sólo el anuncio de lo del Churo. En todo caso, al margen de otra discusión, en este país es claro que la forma de guerra, y aun la forma de política que aspire a existir sin dar un papel de protagonista al proletariado minero, está destinada al sofocamiento. Contrasta mucho el sacrificado apoyo de los mineros con la falta de atención al hecho por la guerrilla, pero todo esto no era sino parte de una infortunada desarticulación.

Tal es, en términos sencillos, la desesperante historia de aquella trágica quebrada. En su ancho hombro minero, Simón Cuba (Willy) toma el peso del Che herido a lo largo de la empinada cuesta de los arbustos claros del Churo. Muere defendiendo hasta el último tiro la poca vida del jefe legendario y, sin duda, este simbolismo quiere decirnos que el pueblo de Bolivia pone en sus hombros la tarea de la revolución, como Willy la agonía sangrante del Che. El Che también muere como quería, en los hombros del pueblo. Es una tarea miserable analizar los errores técnicos de lo que es en cambio una epopeya verdadera, como lo habría sido denunciar los errores estadísticos de Bolívar sobre el esclavismo en América cuando estaba liberando a los esclavos todos y a los países enteros. La hora de los asesinos es a la vez la hora en la que el Che entra como Che en la historia de América, pero también en la historia de Bolivia con las características de un héroe nacional. Él mismo eligió para sí la patria de su muerte, o por lo menos la de sus peligros y su gloria, y los bolivianos no podemos olvidarlo. En el país se habla de la línea Busch-Villarro-el Che Guevara, y no sólo en la izquierda misma.6

Los ojos de los héroes miran la lucha de los militantes, y ya nadie podrá a partir de ahora hablar de la independencia de Bolivia sino bajo la invocación de los hombres que vivieron su gloria y engrandecieron su muerte en el cañón de Ñancahuazu. Podría escribir, como Sartre de aquel argelino, que “fue un valiente, sí, que hizo temblar a los arcángeles de la cólera”.

Oxford, 8 de octubre de 1969.


1 El hecho no es continuo. Al aproximarse a Camiri o a Gutiérrez, la guerrilla estaba en una zona más bien poblada, en términos orientales, y lo mismo cuando al final se acercó a la provincia vallegrandina. Su movimiento intermedio parece haberse movido en cambio por zonas vacías.

2 Chaco, o chaqueado, es el claro cultivable que logra el campesino oriental a la selva, tras haberla desmontado.

3 Francisco Herrera, campesino que era padre del corregidor de Jagüey, dijo: “No podemos seguir alimentando gratis a los soldados que a diario vienen en busca de víveres; se comen lo poco que tenemos y nos dejan sin nada, y todo por las correrías de esos guerrilleros”. “La última trinchera del Che”, un reportaje en el Churo logrado por el periodista cochambino Tomás Molina Céspedes para Punto Final, Santiago de Chile, 22 de octubre de 1968.

4 Rama es el tributo entregado al dirigente campesino.

5 “Para convencer a las masas hay que dirigirse a ellas; es decir, dirigirles discursos, proclamas, explicaciones… en resumen, realizar un trabajo político”. Régis Debray, ¿Revolución en la revolución?, La Habana, sin editorial, 1967.

6 A Luis Peñaloza Cordero, en el reportaje que le hizo Teddy Córdova para la edición de los 30 años de Marcha, de Montevideo. Peñaloza, dirigente de la derecha del MNR, es a la vez un hombre de muchos méritos militares y un combatiente experimentado. Resulta alusivo ver usada en él la asociación de los nombres de Villarroel y de Busch con el del Che Guevara, pero así se advierte hasta dónde es algo natural a los políticos bolivianos, mucho mejor que en cualquier declaración de dirigentes izquierdistas propiamente.