STONEWALL IMPORTA HOY

50 AÑOS DEL MOVIMIENTO GAY1

Stonewall fue no sólo un levantamiento por los derechos LGBT sino, también, parte de un movimiento más amplio que luchó contra el racismo, la guerra y la pobreza. Para ir más allá del tibio activismo gay de hoy, debemos recordar su anticapitalismo.

La redada policial en el Stonewall Inn de Nueva York hace 50 años en la madrugada del 28 de junio es vista como el hecho más crucial en la historia LGBT; generó un movimiento que llevó a millones en todo el mundo a “salir del clóset” y luchar por su libertad. Sin embargo, pese a su importancia, el movimiento lanzado por la rebelión de Stonewall de 1969 aún es poco entendido hoy, incluso por muchos miembros radicales de la comunidad LGBT que cantan sus alabanzas.

Los activistas de Black Lives Matter hoy reclaman que los “moderados” intentan neutralizar las ideas radicales de predecesores tan audaces como Martin Luther King Jr., Ella Baker, Malcolm X y el Partido de las Panteras Negras, distorsionando sus ideas o ignorándolas por completo. Del mismo modo, a 50 años de Stonewall deberíamos esperar un trato similar por las personas LGBT mainstream, liberales y conservadoras por igual, para quienes la conmemoración de la rebelión es ocasión de autogratificación vacía y desfiles de carrozas de cerveza y políticos con temática arcoíris.

Stonewall fue un acto profundamente radical, y no sólo porque un grupo multirracial LGBT se amotinó durante algunas noches contra la policía, poniendo de manifiesto un aspecto rutinario de la opresión antigay.

Desafió sin disculpas a generaciones de estereotipos de género, en contraste con el movimiento moderado “homófilo” previo. Mientras, los activistas de la generación que lo precedió se habían obsesionado con demostrar cuán “normales” y “no amenazantes” eran las personas LGBT para la sociedad, la generación Stonewall vio conscientemente a la sociedad como enferma y necesitada de una revisión radical.

Hoy sólo una minoría radical de los activistas LGBT denuncia la violencia racista de la policía y el ejército, y pide la abolición de ambas instituciones. Empero, durante la era Stonewall muchos activistas LGBT apoyaron al revolucionario Partido de las Panteras Negras porque se enfrentaba contra un campaña de violencia policial coordinada nacionalmente.

La mayoría de las organizaciones sin fines de lucro LGBT no tienen nada que decir hoy sobre las guerras de Estados Unidos de América (EUA) en el extranjero, y hasta se envuelven en el patriotismo de ése, mientas que las organizaciones locales de activistas de la era Stonewall adoptaron el nombre de Frente de Liberación Gay (GLF), en solidaridad con el Frente de Liberación Nacional de Vietnam y rechazaron el nacionalismo estadounidense.

En resumen, el movimiento Stonewall fue la antítesis de la política de respetabilidad y representó, por el contrario, una política radical contra la opresión que criticó a fondo toda la sociedad de EUA.

Stonewall no fue único

Pese a algunos intentos por blanquear este acontecimiento, la mayor parte de los relatos de primera mano notan que el Stonewall Inn era un bar de “mala muerte”, de clase baja y una clientela racialmente mixta, incluidas minorías sexuales de todo tipo. En los últimos años se han producido debates vigorosos sobre la identidad de género, raza y orientación sexual de quien arrojó el primer ladrillo en represalia por la redada policial, tratando de determinar si fue una transexual de color, lesbiana de raza no especificada, o alguien completamente distinto. Pero ese debate carece de sentido, pues los disturbios en Stonewall no fueron únicos.

Hubo al menos otros tres disturbios LGBT con reacción a las violentas redadas policiales en lugares frecuentados por la comunidad entre 1966 y 1969. Además, dado lo mal documentado del caso Stonewall, recogido sólo en un artículo sarcástico del Village Voice y en algunas fotografías, es probable que hubiese disturbios similares casi al mismo tiempo perdidos ahora en la historia.

Lo que hizo especial a Stonewall no fue la revuelta en sí sino el contexto histórico específico en que tuvo lugar y cómo éste, a su vez, llevó a las personas LGBT a comenzar a organizar un movimiento radical en las semanas y los meses siguientes. La organización posterior a los disturbios y no los disturbios le otorgó su estatus icónico en la historia.

El poder de los movimientos de 1968-73

El periodo 1968-73 es uno de los pocos y breves momentos en la historia moderna de EUA cuando no sólo las personas LGBT sino, también, activistas antibelicistas, personas de color, los movimientos ecologista y obrero y las mujeres hicieron avances con velocidad y profundamente radicales.

Si bien las ganancias legislativas del movimiento gay fueron escasas durante el periodo, la construcción del movimiento fue fundamental para todas las victorias posteriores. Por primera vez en la historia de EUA, el movimiento gay se estableció como una entidad pública y ampliamente reconocida a la que las personas LGBT recién autoasumidas podían unirse con facilidad y comenzar a organizarse. Fue un paso crucial para ayudar a millones a salir a la vida pública y expandir una comunidad autoidentificada como homosexual a millones más.

Las personas LGBT fueron parte de un gran fermento de activismo. Los activistas del poder negro, a través del ejemplo de los “programas de supervivencia” del Partido de las Panteras Negras, forzaron a cuadruplicar el programa de cupones de alimentos para los pobres. Como resultado, la administración profundamente racista de Nixon se vio obligada a introducir acciones afirmativas a escala nacional en una medida nunca vista, antes ni después. Un movimiento revitalizado de mujeres se organizó en las calles y violó la ley para tomar acción directa en proporcionar servicios de aborto, obligando con ello a un tribunal supremo pro vida y lleno de simpatizantes de Nixon a conceder un fallo favorable en el caso Roe V. Wade en 1973.

Las asambleas de base de los trabajadores automotrices, mineros y trabajadores postales sacudieron liderazgos sindicales escleróticos, viciosamente corruptos y anticomunistas, liderando huelgas contra jefes racistas y manifestándose contra la criminalización de activistas sindicales, haciendo de 1973 un momento cumbre en la historia del incremento de los salarios reales de los trabajadores, algo inigualado desde entonces. Un movimiento ambiental masivo nació de la noche a la mañana, obligando a la administración pro empresarial de Nixon a firmar una legislación ambiental que estableció la Agencia de Protección Ambiental y expandió con rapidez el poder de las leyes de aire limpio, agua limpia y especies en peligro de extinción.

Y por último, en alianza con los vietnamitas que luchaban por la autodeterminación y con activistas antibelicistas en todo el mundo, un movimiento contra la guerra penetró en casi todos los aspectos de la sociedad estadounidense, hasta en el ejército, forzando la derrota del poder imperial más poderoso de la historia. El “síndrome de Vietnam” evitaría que los presidentes que siguieron a Nixon lanzaran invasiones a gran escala contra otras naciones, salvo el caso de países pequeños, y con esto se salvaron millones de vidas.

Pero ninguno de esos movimientos pudo reclamar la victoria final. Hoy, muchos están vaciados y en desorden. Pero en su apogeo ejercieron un poder que forzó concesiones dramáticas del otro lado, logros que Trump y sus antecesores se han esforzado poderosamente por echar atrás.

A falta del derrocamiento revolucionario del viejo orden, todos los movimientos en la historia finalmente caen, pero nunca toman un curso lineal: a veces están marcados por profundas conmociones, como la rebelión de Stonewall en sentido positivo, y a veces de modo negativo, por eventos como la Gran Depresión y el triunfo del nazismo, que acabó con el primer movimiento mundial gay, centrado en la Alemania de la década de 1930. La mayoría de las señales hoy apuntan a que el movimiento LGBT en EUA alcanzó la cúspide hace varias décadas, antes que Trump asumiera el cargo.

En marcado contraste con los grupos voluntarios dirigidos por miembros de la era Stonewall, las organizaciones LGBT actuales son impulsadas por personal dependiente del dinero de donantes ricos que controlan su política, siempre asegurándose de no desagradar a sus poderosos patrocinadores. Sus “líderes” atraviesan una puerta giratoria interminable de organizaciones sin fines de lucro, fundaciones, consultorías y puestos del Partido Demócrata y sus campañas.

En lugar de las valientes organizaciones de la era Stonewall, el movimiento actual está dominado por organizaciones escénicas “sin fines de lucro” dirigidas por directores ejecutivos con salarios de seis cifras dedicados a galas negras. El radicalismo real ha sido reemplazado por el discurso radical de la “teoría queer” académica, el astroturfing “virtual”, y las redes sociales han sustituido la organización de base y desde abajo.

¿Debería sorprendernos que cada semana parezca traer otro ataque a los derechos LGBT, especialmente los de las personas trans?

Si realmente queremos cambios radicales pronto como el que trajo Stonewall, debemos preguntarnos ¿qué causó que esos activistas se organizaran de manera tan efectiva?

Compromiso masivo y disgusto bipartidista

Varios relatos del movimiento precedente a Stonewall señalan que una sección del antiguo movimiento homófilo, nacido a principios del decenio de 1950, estuvo cada vez más influida por el radicalismo de los crecientes movimientos negros, de mujeres y contra la guerra. Pero al notar esos influjos generales aún no se tiene en cuenta por qué los activistas cambiaron de rumbo de modo tan radical tras los disturbios de Stonewall, en contraste con la ausencia de tal radicalismo en el camino tomado después de los pocos disturbios LGBT ocurridos antes, como el motín de la Cafetería Compton de 1966, en San Francisco.

Los historiadores LGBT han señalado que varios de los principales activistas durante la era Stonewall habían estado presentes en otros movimientos, sobre todo en el pacifista. Pero no han mirado los debates de 1968-69 en el movimiento contra la guerra ni, mucho menos, los rápidos desarrollos en el movimiento de Poder Negro de 1968-69 que influyeron profundamente en estos activistas.

Por tanto, no explican la política adoptada por los jóvenes activistas en los frentes de liberación gay. En realidad, esta política fue de acción directa y autoemancipación, lo cual permitió que un movimiento LGBT masivo naciera tras Stonewall para transformar profundamente las percepciones de muchas personas LGBT de sí mismas.

El de 1968-1973 fue uno de los pocos breves periodos en la historia moderna de EUA cuando un par de factores esenciales e igualmente necesarios convergieron para producir los cambios más radicales y progresivos en la historia LGBT: compromiso social masivo y alienación masiva de los partidos políticos establecidos (elemento pasado por alto por los historiadores). Ambos produjeron la tormenta perfecta que originó los movimientos radicales de dicho periodo y, a su vez, forzaron su rápido progreso que hace de estos años un faro para las luchas de hoy.

Para entender por qué ocurrió esto debemos retroceder unas décadas el reloj. El compromiso político social masivo en el decenio de 1960 se remonta al periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Apenas terminada ésta, los veteranos negros que habían arriesgado la vida luchando por la democracia volvieron a la segregación de Jim Crow y a su violento racismo. La decisión de 1954 en el caso Brown vs. Junta de Educación de la Corte Suprema de Topeka prohibió formalmente la segregación, pero nada hizo para cambiarla; y terminó por traer a casa la mentira de que la democracia estadounidense se aplicó para todos.

Esa contradicción entre promesa y realidad fue la principal fuerza impulsora detrás del épico boicoteo de autobuses de Montgomery, Alabama, en 1955-56 y que lanzó a un reticente Martin Luther King júnior en su camino para convertirse en héroe de los derechos civiles. El movimiento obtuvo su poder no sólo del compromiso social masivo de la comunidad negra de esa ciudad sino de la profunda desconfianza del nuevo movimiento hacia los principales partidos políticos. Mientras que el padre de King y su generación de activistas negros habían abrazado abiertamente al Partido Republicano como el de la libertad desde la Guerra Civil, los activistas de la generación de King hijo se preguntaron qué había hecho ese partido por los negros desde la abolición de la esclavitud.

Como los demócratas eran el partido del Klan y de Jim Crow, ambos institutos presentaron un muro de ladrillos para los negros del sur deseosos de un cambio. Sus conclusiones apuntaban que su libertad tendría que venir por sus esfuerzos.

Con ese espíritu de independencia y emancipación los afroamericanos llevaron el movimiento a través de la gran Marcha de 1963 en Washington, donde ambos partidos se mantuvieron a distancia y los organizadores resistieron someterse a la demanda del fiscal general Robert Kennedy de suspender la marcha. De esta manera forzaron la legislación de derechos civiles de mediados de la década de 1960 y pusieron fin al apartheid formal en EUA.

Un espíritu similar de independencia y emancipación se impuso en el colectivo LGBT a través de actos importantes poco antes de Stonewall, por lo que la reacción a ese ataque policial fue muy diferente de las reacciones a la violencia policial anterior.

El 4 de abril de 1967, Luther King hijo se convirtió en héroe para el movimiento contra la guerra y los jóvenes activistas que luego poblarían el movimiento LGBT, tras pronunciar su histórico discurso de la Iglesia Riverside contra la Guerra de Vietnam. Por eso fue denunciado rotundamente en cientos de editoriales de periódicos. Los principales comentaristas liberales y conservadores y líderes de derechos civiles se manifestaron en su contra. Sólo los activistas de base y el incipiente movimiento contra la guerra estaban en su esquina.

Un año después, en Memphis, King fue asesinado mientras apoyaba a trabajadores de saneamiento en huelga. Los disturbios sacudieron prácticamente a todas las ciudades de EUA, como expresión de cuán profundamente alienada estaba la mayoría de los negros de la “democracia” estadounidense. Quien se había inclinado hacia atrás para permitir que el sistema se reformase había sido asesinado con violencia racista, dejando ver a muchos que el sistema político y sus partidos estaban en bancarrota.

Aún así, muchos jóvenes activistas blancos conservaron algo de fe en el sistema. En 1964, los Students for a Democratic Society, en su mayoría blancos, apoyaron a Lyndon B. Johnson, quien hizo campaña como candidato de “paz” frente al abiertamente proguerra y de derecha Barry Goldwater. A los jóvenes activistas gustaban los programas nacionales de Johnson, y rechazaban la guerra y creyeron en sus promesas de ponerle fin. Pero tras ganar las elecciones escalaría dramáticamente la Guerra de Vietnam. Cuatro días después King fue asesinado; y Robert Kennedy, dos meses más tarde. Éste se había renombrado candidato “contra la guerra”, electrificando a muchos activistas jóvenes, pero ahora estaba muerto.

Al entrar en la Convención Democrática del 26 al 29 de agosto de 1968 en Chicago, muchos jóvenes activistas antibelicistas aún tenían esperanza en que el sistema se corrigiese. Muchos se alinearon con el candidato demócrata “antibélico” restante, Eugene McCarthy. Mientras, el candidato en favor de la guerra, el vicepresidente Hubert Humphrey, no había ganado ni una sola primaria estatal. Kennedy y McCarthy habían acumulado 68.7 por ciento de los votos primarios demócratas. No había forma de que el candidato a la guerra pudiera ganar, ¿o sí? Fuera de la sala de convenciones, la fuerza policial del alcalde arrebató de la cabeza de los activistas antibelicistas cualquier esperanza restante en la democracia estadounidense.

La fe en la democracia y sus dos partidos políticos se había roto entre una gran sección de jóvenes activistas blancos y negros, muchos de quienes comenzarían a aumentar las filas de los grupos recién formados del Frente de Liberación Gay que surgirían por todo el país meses después. Con los políticos y sus partidos en bancarrota, la gente misma tendría que hacer un cambio.

En lugar de intentar engatusar a expertos y políticos para que “tolerasen” y “aceptasen” a las personas LGBT como había intentado el viejo movimiento homófilo, se proponía ahora rechazarlos y comenzar a construir una nueva sociedad. Los nuevos activistas proclamaron con orgullo “Gay is good!”, como los activistas de poder negro habían proclamado “Black is beautiful!”, y las mujeres celebraban “Women power”! ”Pese a toda su experiencia previa en la organización, pocos activistas del antiguo movimiento homófilo de los decenios de 1950 y 1960 hicieron la transición al nuevo movimiento radical.

Una división en el movimiento

La victoria de la igualdad legal formal para los negros en la década de 1960 provocó una división en el Movimiento de Derechos Civiles. En el apartheid, los negros de todas las clases fueron reprimidos y exiliados con dureza de los pasillos del poder político y económico, excepto por una pequeña minoría. Sin embargo, una minoría relativamente privilegiada de la comunidad negra aprovechó la oportunidad presentada por la igualdad legal formal para forjarse carreras como portavoces de todos los negros, a veces a expensas de sus comunidades. La única “igualdad” que buscaban era con otros de su clase socioeconómica. Toda su charla sobre diversidad nunca parece incluir a la clase.

Un proceso similar avanza entre las personas LGBT tras la victoria de la igualdad formal en muchas localidades del país durante la última década. Una minoría ha ganado posiciones poderosas en el Partido Demócrata, pero ese poder rara vez ha beneficiado a la mayoría de la comunidad. A veces sucede todo lo contrario.

Barney Frank, uno de los primeros miembros LGBT del Congreso, impulsó la infame legislación de 1993 Dont ask, don’t tell, conforme a la cual mucha más gente de la comunidad fue expulsada del ejército que en la política anterior se había incorporado. Junto a Nancy Pelosi, eliminó el proyecto de ley de elección libre de empleados en la administración Obama, vulnerando los derechos de la comunidad transgénero.

En lugar de respaldar la igualdad de derechos matrimoniales en virtud de que permiten acceso a servicios de salud para cónyuges y custodia legal segura de los hijos, Frank puso excusas a la administración Clinton cuando promovió la infame Ley de Defensa del Matrimonio, atacando los derechos LGBT. Cuando el alcalde de San Francisco, Gavin Newsom, de su mismo partido, comenzó a reconocer los matrimonios del mismo sexo en 2004, Frank y todos los demás líderes demócratas lo denunciaron.

Hoy no es difícil encontrar políticos LGBT seguidores de políticas directamente en desacuerdo con los intereses de la mayoría de la comunidad, como oponerse al aumento del salario mínimo, apoyar la gentrificación, atacar a las personas sin hogar o simplemente ser políticos de máquinas, pero con tono arcoíris.

Justo cuando cierta capa de afroamericanos abandonó el movimiento tras ganarse la igualdad legal formal, una facción de personas LGBT decidió, tras ganar la mayoría de los elementos de igualdad legal en las principales ciudades y los derechos de matrimonio a escala nacional, que se habían salido con la suya y abandonaron la lucha por una verdadera igualdad plena.

El abandono del movimiento por muchos homosexuales “de primera” ha provocado que algunos radicales LGBTQ estén abatidos. Mas no tiene que ser así.

El Movimiento de Derechos Civiles experimentó una transformación similar en el decenio de 1960; sin embargo, eso no evitó la explosión del Poder Negro en 1968-73. En muchos aspectos, esa división anterior fue requisito previo y agudizó los análisis del capitalismo estadounidense por las Panteras Negras, el Dodge Revolutionary Union Movement y otros grupos del poder negro.

Por mucho que quisiéramos desear la existencia de movimientos dinámicos e impresionantes como los de 1968-1973, el deseo y el trabajo duro por sí solos no bastan. Un conjunto particular de circunstancias históricas llevaron a los activistas a menudo anónimos de la era Stonewall a adoptar políticas que consideraban que la única fuente de su liberación provenía de ellos mismos, en lugar de los políticos, las celebridades y los ricos que se benefician del statu quo.

Estas políticas independientes, a su vez, encontraron terreno fértil entre gran número de personas “apolíticas”, disgustadas con ambos partidos, pero suficientemente optimistas sobre la posibilidad de un cambio.

Cuando en la década de 1950, los radicales que rodeaban a Harry Hay, en su mayoría ex miembros del Partido Comunista como él, refundaron el movimiento gay en EUA con la Sociedad Mattachine, lo hicieron en terreno pedregoso. Con las purgas de la era McCarthy de presuntos “rojos” y homosexuales, los tiempos fueron tan reaccionarios que ninguna fuerza de voluntad podría crear un movimiento homosexual masivo.

Un aspecto central de la política de Hays fue notablemente similar a la del movimiento Stonewall posterior: basado en su activismo contra el racismo antinegro, vio a los homosexuales como un grupo oprimido por la sociedad heterosexual que merecía la plena igualdad con no gays. Haciendo eco del lema “Gay is Good!”, la opinión posterior de Hays era que no había lugar para la autocrítica y los patéticos llamados de tolerancia de expertos y políticos que caracterizaron el movimiento homófilo que le siguió mientras él y sus colegas más cercanos fueron expulsados de Mattachine

Movimientos radicales y la cuestión de clase

Afortunadamente, las circunstancias hoy son en muchos aspectos más favorables para que surjan movimientos de masas. Por un lado, decenas millones de personas LGBT ya están fuera del armario y son conscientes de sí mismas en países de todo el mundo.

Así como el capitalismo pronegro dejó atrás a la mayoría de los negros a fines del decenio de 1960, también hoy podemos ver que el capitalismo pro rosa hace lo mismo para la mayoría de las personas LGBT.

Llegar a lugares políticos altos ya no se traduce en igualdad para los de la clase trabajadora, así como el triunfo individual de políticos negros no se vuelve igualdad para los negros de la clase trabajadora. Unos pocos símbolos en las suites corporativas y las leyes formales contra la discriminación no modifican el hecho de que persiste la verdadera discriminación laboral, especialmente contra los trans e intersexuales.

Muchos de nosotros nacemos en familias que odian quienes somos. Toda la igualdad legal formal en el mundo no ha hecho mella en la falta de vivienda de los jóvenes, las enfermedades mentales y el abuso de sustancias que con frecuencia resultan de esta situación. Además de los cambios provocados por las alianzas gay-heterosexuales dirigidas por jóvenes, se ha avanzado poco en convertir las escuelas públicas en espacios seguros y abiertos para los jóvenes LGBT, algo que se necesita con urgencia cuando los padres, tutores y otros adultos son hostiles.

Ya hemos obtenido la mayoría de las ganancias fáciles y económicas que el neoliberalismo estaba dispuesto a conceder: igualdad de derechos de matrimonio, de condiciones formales de vivienda y empleo en las ciudades principales, derechos laborales en el ejército, etcétera, pues tales concesiones cuestan poco o nada a nuestros “aliados” neoliberales. Esos cambios, monumentales, cuestan miles de millones en capital real y político, como vivienda para todos, incluida la juventud LGBT, desproporcionadamente sin hogar, educación afirmativa LGBT en todas las escuelas públicas, atención médica gratuita que satisfaga sus necesidades…, no son siquiera parte de la conversación.

Las lecciones de Stonewall hoy

Las tareas que tenemos ante nosotros parecen desalentadoras. La extrema derecha está en marcha en muchos países. El cambio climático potencialmente mortal para el planeta pronto puede volverse irreversible; 26 multimillonarios poseen tanta riqueza como la mitad de la población del planeta y, sin embargo, se desperdician recursos incalculables en la guerra y la “seguridad”. El fracaso de los demócratas neoliberales ayudó a allanar el camino para Trump. Otros políticos prometen algunos de los cambios radicales que necesitamos, pero sus compromisos con el dominio estadounidense de gran parte del mundo y el gasto militar que implica hacen una burla de estas promesas.

Sus promesas implícitas o explícitas de que el cambio masivo vendrá de arriba abajo al elegirlos a ellos y otros demócratas a fin de hacer los cambios para nosotros es la antítesis de los movimientos de la era Stonewall. En la historia LGBT, “reformar desde arriba”, como en la promesa de Clinton de poner fin a la discriminación laboral en el ejército y la ordenanza de igualdad de derechos del condado de Dade de 1977 en Florida, ha causado desastres en lugar de progreso.

La mayoría de las ganancias fáciles y económicas de obtener igualdad legal formal ha quedado atrás. Los costos mucho más desalentadores y costosos (vivienda para todos, atención médica gratuita para todos, educación pro LGBT en las escuelas públicas) requerirán un poder al menos igual al obtenidos por los movimientos de 1968-73. Esos movimientos mostraron que incluso un fanático racista, homofóbico y belicista como Nixon podría verse obligado a hacer concesiones masivas.

Las lecciones que nos dejan el movimiento Stonewall y sus expresiones hermanas en EUA de hoy son que el único mecanismo para los cambios masivos que necesitamos radica en las luchas de base. En el poder que las personas tienen para liberarse a través de sus esfuerzos y organizaciones.


Nota

1 Publicado en Jacobin Magazine, 22 de junio de 2019. Traducción de Perla Valero.