LAS BATALLAS DEL FEMINISMO EN LA CUARTA TRANSFORMACIÓN

La amenaza del capitalismo sobre la reproducción de nuestras vidas, por muy violenta y profunda que sea, no puede domesticar nuestra rebelión: esta rebelión resurgirá una y otra vez, y aparecerá en la agenda de la humanidad hasta que se haya acabado con ella.
Silvia Federici

Las batallas por las que el feminismo mexicano ha discurrido son muchas, igualmente, varios son los estudios que dan cuenta de ello.[1] Por eso, el objeto de este texto más que hacer una revisión de ese  acometido busca contemplar dicha historia como una serie de luchas vigentes que nos reclaman, a las mujeres de aquí y ahora, por lograr al fin su cumplimiento; lo que nos interesa es la actualidad de esa historia, no sólo por las metas a alcanzar, sino por la posibilidad que este tiempo brinda para realizarlas. 

En este momento, nos encontramos con la oportunidad histórica de darle un giro a la lógica destructiva a la que lxs mexicanxs hemos estado expuestxs durante más de treinta años, estas luchas son de una relevancia mayor, ante todo por dos cuestiones: primero, porque en dichas circunstancias es posible lograr algunos de los fines más caros y urgentes por los que las mujeres han peleado y, segundo, porque el feminismo está siendo arrogado por fuerzas diversas, algunas de las cuales con oscuras intenciones y no únicamente respecto al gobierno de la cuarta transformación, sino contra los mismos movimientos feministas.

La historia, los acontecimientos decisivos para una lucha, no se dan de forma tersa, no corren solos, como decía el filósofo berlinés Walter Benjamin: el engaño es creer en el progreso, nadar con la corriente (Benjamin, 2008, Tesis XI).En el contexto actual se abre la posibilidad para los movimientos feministas de alcanzar algunas de las demandas largamente buscadas, pero para ello es indispensable fijar con claridad las metas y enfocar bien a los enemigos y sus variadas personificaciones o representaciones.

La lucha feminista es actualmente una rebelión de primer orden en todo el mundo, la vanguardia; pues ante el caos provocado por la mundialización neoliberal, las mujeres, sus derechos, así como aquellxs que por cuyo cuerpo feminizado comparten la misma suerte que éstas, se han convertido en víctimas de una violencia y explotación alarmante. La modalidad neoliberal del capitalismo ha sido altamente sexista. Mientras que, por un lado, el modelo neoliberal glorificaba el lenguaje de género, en la práctica sus medidas económicas, políticas y sociales dieron marcha atrás a triunfos alcanzados por los movimientos feministas (Solís, 2019). Esta actuación esquizofrenizante o esquizofrenógena[2]es una de las tácticas más comunes de la forma de hacer política de la hegemonía capitalista: en vez de enfrentar a un movimiento de masas, o “resolver” el conflicto reparando sus causas más acuciantes, lo coopta o desactiva, negociando lo que tiene poca importancia, aquello que no es hostil al sistema.

En el caso del feminismo hay análisis teóricos que abordan los efectos de neutralización o domesticación que produjo la institucionalización de la lucha feminista, (véase Gargallo, 2006; Solís, 2019; Tarrés2011 y Espinosa y Castañeda, 2011)a partir de los años noventa; cuyas “ganancias” más reconocidas han sido las llamadas políticas de género. Simultáneamente, los grandes organismos internacionales anunciaban con bombo y platillo sus “medidas” a favor de dichas políticas de género; dichas políticas neoliberales con “perspectiva de género”, sugeridas a todo el orbe, golpearon a la clase trabajadora femenina y permitieron (e inclusive alentaron) una nueva y virulenta ola de violencia contra las mujeres (véase Falquet, 2017).

La llegada del nuevo milenio encontró a México con un publicitado cambio de régimen que, después de 70 años de priísmo, vino a intensificar la ofensiva neoliberal, pero desde la derecha. El foxismo dio continuidad, entre muchas otras cosas, a la institucionalización del feminismo a través de los institutos de la mujer y llevando a cabo los mandatos de los organismos internacionales en dicha materia. Durante el periodo panista las llamadas políticas de género se cristalizaron a partir de la particular idea de género de este partido de derecha, dicho concepto es reelaborado “alrededor del valor de la igualdad entre los sexos para adaptarlo a una ideología que lo naturaliza al definir a la mujer como reproductora biológica y social e idealizar a la familia tradicional” (Tarrés, 2011, p. 411). Paralelamente, la reforma a la ley federal del trabajo refinó las formas de explotación de las mujeres mediante la llamada “Conciliación Vida Laboral/Vida Familiar para lograr igualdad de oportunidades en el ámbito laboral”, la cual, como bien expone Ana Alicia Solís de Alba, fue el ardid para conseguir el apoyo de las trabajadoras a favor de dicha reforma (Solís, 2019pp. 46-50). En estas contrarreformas, qué tanto daño han hecho a las mujeres asalariadas de este país, vemos el sello cultural de la política neoliberal de corte panista: “la idea conservadora de la maternidad como definición central de la condición de la mujer” (Solís, 2002).

En este contexto de conservadurismo y explotación, brotan y se reproducen como mediadoras por excelencia, entre el Estado y las mujeres, las organizaciones no gubernamentales (ONG), ahora llamadas organismos de la sociedad civil (OSC). Este tipo de organizaciones y asociaciones civiles venían ya desarrollando un amplio trabajo feminista, muchas de ellas en el ámbito del feminismo popular, indígena y civil; sin embargo, en los años noventa su expansión y multiplicación se potenció tanto por el flujo de financiamientos extranjeros como por la cuantiosa inversión pública, (Torres, 2007) lo que provocó, en la mayoría de los casos, una pérdida de autonomía. “No sólo eso: conceptos que en voz del feminismo y otros movimientos sociales tienen [o tenían] un sentido subversivo, como género, salud reproductiva, desarrollo sustentable, empoderamiento o derechos humanos, son apropiados, suavizados o inoculados por agencias multilaterales y gobiernos” (Espinosa y Castañeda, 2011).

Empero, lo más grave ha sido el papel ideológico y estratégico que estos organismos han jugado respecto a las luchas feministas: “Las ONG son neoconservadoras desde el momento en que asumen las premisas neoliberales del individualismo, el interés propio y la racionalidad, por lo que fomentan la autoayuda en reemplazo de la movilización colectiva y despolitizan amplios sectores de la población al individualizar las necesidades y las demandas” (Torres, 2007, p. 339). A las OSC feministas las ha caracterizado este talante aislado, pero con una retórica populista, es una forma de vinculación social que confunde a las mujeres que se acercan a ellas; ya que atomizan los esfuerzos, pues puede haber diversas OSC que funcionan como coadyuvantes de un mismo fenómeno, como en el caso de lxs desaparecidxs, los feminicidios o la violencia sexual, ello da lugar a modos anárquicos, inarticulados de perseguir lo que es una lucha común. Es importante hacer notar esta diferencia estratégica entre esas instancias mediadoras y los modos de organización feminista anteriores a los años 90, (Gargallo, 2006) pues las configuraciones que vemos actualmente en los movimientos y colectivas feministas son resultado de este cambio de estrategia.

Esta intervención de las OSC ha tenido un doble efecto dentro del movimiento feminista, por un lado, una atomización generalizada de las luchas y las demandas, las cuales, aunque mayoritariamente son justas, pierden su capacidad de convocatoria, de generar solidaridad hacia su causa y así articular amplios grupos mediante demandas comunes; pues éstas se particularizan en tiempo y lugar. Por otro lado, la mediación de las OSC ayuda tanto a desdibujar el papel del Estado, como a indefinir la responsabilidad de la iniciativa privada (Torres, 2007). Así, se pierden de vista aquellos mecanismos económicos, políticos y sociales, e igualmente los fundamentos históricos, que son la maquinaria de las relaciones de dominación.

Y esto es justamente lo que el movimiento feminista no puede perder de vista. Porque la historia común de las mujeres durante la forma de reproducción social capitalista es la historia del despojo. La expoliación resulta indispensable para su opresión. Este robo ha sido y es, en primera instancia, la apropiación del cuerpo de la mujer, apropiación que hunde sus raíces en la cultura patriarcal. El capitalismo ha usado al patriarcado, desde sus inicios, para establecer una lucha frontal hacia las mujeres. Mediante una violencia sin precedentes (Mies, 2019; Federici, 2016 y Merchant, 2019) las sometió a su estatus de propiedad del hombre. Dicha incautación del cuerpo y el trabajo femeninos se ha repetido en cada lugar en donde el sistema capitalista expande sus fronteras y cada vez que requiere de una nueva “acumulación originaria” (Amorós, 2019; James y Dalla Costa, 1977; Mies, 1981 y Federici, 2018).

Entender estos antecedes, este suelo común pero invisible que une la opresión femenina con el capitalismo resulta apremiante ante los embates que el nuevo gobierno de México está enfrentando por parte de la derecha opositora, pues la cuarta transformación, a pesar de no ser anti-capitalista, sí ha establecido una batalla contra el modelo neoliberal que por casi cuarenta años ha prevalecido en nuestro país. Por ello, el que varios grupos feministas estén dando los golpes más duros al gobierno de Andrés Manuel López Obrador hace indispensable aclarar ciertos puntos respecto a éstos y su potencialidad dialéctica en este momento.

En ese sentido, no está de más resumir aquí la contradicción de la política neoliberal acerca de las mujeres: por un lado, se consiguió una mayor visibilidad (lenguaje de género, transversalización de la perspectiva de género, etc.); se establecieron instancias oficiales dedicadas a las mujeres;[3] aumentaron los puestos de representación política (cuotas de género) y el financiamiento para las “causas femeninas” y, por el otro, se perdieron derechos ganados por varias generaciones de mujeres; se establecieron políticas económicas que incidieron en el desempleo, subempleo e informalidad para las mujeres; se aumentó la carga de trabajo no remunerado. Todo ello conforma el gran tinglado con el que se reconfiguró el feminismo en México durante el periodo de la globalización neoliberal.

Este es el escenario desde el que, proponemos, han de leerse estos nuevos y sin precedentes embates feministas en nuestro país, pues no debemos olvidar que la apropiación neoliberal del movimiento de mujeres y sus demandas lo resignificó a su favor para someterlas más. Debemos tener presente esto último, ya que uno de los problemas de las actuales manifestaciones feministas se encuentra en la forma misma de éstas: “Algunas de las manifestaciones que se destacan desde 2019 a la fecha se caracterizan por el ejercicio de acciones directas, como pintas y quema en edificios públicos, monumentos, transporte y lanzar diamantina rosa a autoridades”. (Cerva, 2020, p. 185) Ciertamente, las demandas de las mujeres que se manifiestan no sólo están justificadas, sino que son urgentes. Dichas protestas tienen a la cabeza a grupos conformados en su mayoría por jóvenes, cuyos principales reclamos se refieren a la creciente violencia hacia las mujeres, sobre todo el terrible flagelo del feminicidio y, por supuesto, la violencia sexual. Varios de estos grupos o Colectivas, tienen como base social o giran en torno a los grupos de madres o familiares de mujeres víctimas del feminicidio, que se han articulado gracias al apoyo que diferentes OSC les han dado. Estos organismos, como ya se ha mencionado más arriba, han resignificado las luchas, vaciándolas de su contenido histórico pero también de sus mecanismos estratégicos, dejando a los nuevos grupos feministas desarticulados y convirtiendo su lucha en catarsis y violencia. Paradójicamente, estas formas catárticas y violentas son reivindicadas por las Colectivas y quienes las apoyan como emancipadoras por sí mismas (Cerva, 2020, p. 179). Daniela Cerva también afirma: “el sentido emancipador que la organización feminista representa a través de la protesta y el ciberactivismo”. Hablamos aquí de una paradoja, porque (como han mostrado varios de los análisis más emblemáticos de la Teoría crítica) es justamente la catarsis y la violencia vistas como fin en sí mismo, dentro del contexto de la movilización social, lo que puede convertir fácilmente a estos elementos en represivos y retrógrados y, por lo mismo, proclives a ser utilizados por la derecha. Es la llamada “rebelión de la naturaleza”, ese dejar salir el impulso mimético, el cual en medio de la violencia y dominación capitalista reproduce justo estos aspectos. En El malestar en la cultura, Freud le llama el retorno de lo reprimido y de ello la derecha hace su agosto.

De ahí la importancia, en este crucial momento, de buscar aquellos elementos que vuelvan a unir la lucha de las mujeres por alcanzar sus más caras demandas, por ello es imprescindible retomar varios de estos objetivos históricos del feminismo, uno de los cuales: la despenalización del aborto a nivel federal o también llamada legalización de la interrupción del embarazo, puede ser uno de los principales estandartes de esta lucha. En lo que sigue trataremos de dar argumentos firmes del porqué de ello.

La prohibición y penalización del aborto condensa la minusvalía de las mujeres en la cultura patriarcal en un doble sentido, por un lado, ellas no pueden decidir sobre su propio cuerpo y con ello se quedan sin gobierno de su desarrollo vital pero, por el otro lado, si se atreven a hacerlo (además, por supuesto, de poner en riesgo su vida) merecen un castigo, son penalizadas, su conciencia debe de ser cambiada, deben de enfrentar su culpa por no desear la maternidad como un destino ineludible. Los hombres pueden omitir, olvidar, rechazar su paternidad, nada de su ser moral (ni físico, evidentemente) se ve dañado por ello, las mujeres en cambio tienen que ser castigadas y socialmente señaladas por hacerlo. Este es un ejemplo concreto que se reproduce en cada persona que nace mujer en México, exceptuando en la Ciudad de México y Oaxaca– de la apropiación del cuerpo de las mujeres como base de toda opresión ulterior hacia ellas. En ese sentido, como tantas feministas mexicanas lo han sabido siempre, desde Benita Galeana y Frida Kahlo hasta la fecha, la despenalización del aborto es un golpe al corazón de la cultura patriarcal, así como al núcleo capitalista, pues su mandato es claro: las mujeres deben cuidar y no pueden renunciar a ello, aun si quieren renunciar, aun si están agotadas, aun si esa tarea es producto de la violencia o de la coerción, deben ser madres (sobre la importancia esencial de la prohibición del aborto para el capitalismo véase Federici, 2016).

Además, perseguir la legalización de la interrupción del embarazo es un asunto de gran importancia organizativa para la lucha feminista. Tras su demanda se cohesiona la historia del feminismo mexicano, pero aún más, es el mejor filtro que se puede poner a los intentos de la derecha por hacerse de este movimiento. Los grupos conservadores que apoyan al feminismo se han centrado en la lucha en contra de la violencia, pues ésta puede ser reducida a un problema entre “particulares”, en el que el Estado tiene participación como proveedor de justicia, pero cuyos orígenes tienden a presentarse como difusos. La derecha puede apoyar supuestamente las luchas laborales, como sucedió durante el neoliberalismo, y terminar traicionando a las mujeres. Pero la derecha no estará nunca a favor de la despenalización del aborto y en ese sentido es medular enarbolar esa bandera con toda claridad.

Ahora mismo el peligro al que nos enfrentamos es que los grupos conservadores confronten las luchas contrahegemónicas que propiciaron el triunfo de 2018, con el feminismo, volviendo a ubicar a la lucha de las mujeres como un “peligro social”. Mediante este enfrentamiento la derecha intenta dividir en su seno a los movimientos sociales que han venido peleando por justas reivindicaciones. Su objetivo es desmembrar la enorme organización social mexicana que lleva años trabajando por cambios sustantivos en este país. Los grupos reaccionarios ven con temor esta organización social y los logros alcanzados por el gobierno que ésta impulsa. Para derrocarlo han puesto en práctica el viejo adagio: divide y vencerás.


Bibliografía

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* Lissette Silva Lazcano es doctora en Filosofía social por la UNAM, investigadora independiente. Recibió el Premio Norman Sverdlin de Filosofía. Autora del libro Entre el polvo del mundo. La irracionalidad, el pesimismo y la compasión en Max Horkheimer (2014).

[1] Hay por fortuna una amplia bibliografía académica que estudia al movimiento feminista en México, aunque para los efectos de este texto recomendamos especialmente: Espinosa, Gisela y Ana Lau Jaiven, 2011; Francesca Gargallo, 2006; Griselda Gutiérrez, 2002 y Solís, Ana Alicia, 2002.

[2] Es un término acuñado por la psicoanalista Frida Fromm Reichmann que se refiere a un comportamiento contradictorio o paradójico que puede causar confusión, daño o locura en quien lo recibe.

[3] El 12 de enero de 2001 se publicó, en el Diario Oficial de la Federación (DOF), la creación del Instituto Nacional de las Mujeres.