LAS UNIVERSIDADES, LAS PLATAFORMAS ELECTRÓNICAS Y EL PENSAMIENTO CRÍTICO 

A pesar de la presión de instancias federales y estatales para regresar después de dos años sin más a la anterior normalidad de la “presencialidad” en escuelas y universidades, la pandemia coronavírica significó también en México la llegada sin retorno de la plataforma electrónica a la docencia y a las más variadas reuniones académicas. Llama la atención, empero, que muchas implicaciones económicas y políticas y culturales de su uso siguen sin comentarse, acaso ocultas u ocultadas. ¿No deberían haberse convertido desde hace tiempo ya en tema de análisis y discusión en las universidades, siendo supuestamente los lugares donde se cultiva el pensamiento crítico? 

El requisito escolar de desnudarse ante una plataforma electrónica

Una de tales implicaciones se hacía visible durante más de dos años en un anuncio rutinario al inicio de cualquier curso virtual de licenciatura o posgrado, ya que para aprobar el curso había que “compartir” con una “plataforma” X, seleccionada por el aparato administrativo o por algún/a docente de la universidad, una enorme cantidad de datos personales. Entre ellos: nombre completo, correo electrónico, a menudo también teléfono celular para conectarse con una “red social”. A esto se agregaba la entrega de una formidable colección de imágenes faciales en situaciones anímicas cambiantes, videos de cara y/o medio cuerpo durante horas seguidas, estampas del entorno doméstico (ocasionalmente con presencia momentánea de otra/os residentes del mismo) y sonido de voz, siendo registrada automáticamente informaciones sobre ubicación, horario y las características del dispositivo electrónico en uso. 

Además, se acumularían todas las preguntas y comentarios, los resultados de estudio e ideas, críticas y propuestas que especialmente en los campos de las ciencias sociales y humanas abordarían no solo textos abstractos y conceptos, sino igualmente toda clase de problemas sociales y políticos, instituciones, conflictos y movimientos locales, nacionales y mundiales. Y todo esto podría ser grabado completa o parcialmente, con o sin consentimiento o siquiera con conocimiento de los participantes en el curso y sin saber quiénes de la administración universitaria y de los operadores y dueños de la plataforma en cuestión tendrían acceso y hasta cuándo a toda esta información. 

Si algún/a estudiante hubiera preguntado –¿alguna/o lo hico? – si tendría acceso al vasto material almacenado electrónicamente sobre sí mismo, sobre su vida y sobre sus pensamientos sobre los temas tratados en clase y si podría borrarlo en algún momento, ¿cuál docente hubiera podido darle una respuesta certera? 

En todo caso, si un/a estudiante hubiera estado en desacuerdo con dicho requisito (que muchas veces ni siquiera se explicitaba), se le hubiera advertido que, si pretendía aprobar la asignatura, no le quedaba alternativa que la entrega incondicional de toda esta información personal, creciente semana con semana, clase con clase, y sin saber a disposición de quién.

Se entiende tal vez que en la situación de emergencia causada por la suspensión abrupta de clases, reuniones y congresos presenciales, la/os directiva/os universitaria/os y la/os organizadora/es de eventos hicieran con respecto a la enseñanza universitaria en línea lo que el aparato sanitario con respecto a remedios y vacunas para enfrentar la pandemia coronavírica: adquirir y usar lo que fuera, al precio y bajo las condiciones que se pidieran. 

También se podría entender que en los casi tres años desde entonces hayan proliferado ante todo publicaciones en revistas y editoriales académicos sobre aspectos testimoniales de tipo psicológico-personal y familiar de personas afectadas o amenazadas por el Covid-19. Pero, ¿por qué parecen casi inexistentes estudios sobre los impactos de la pandemia en la vida académica, sobre sus efectos en la organización y los resultados de los procesos de enseñanza-aprendizaje y en la investigación social y humana y en la comunicación científica? Cuando se mencionan de modo marginal tales temas, parece tratarse a las plataformas electrónicas como un instrumento neutro, y limitarse a la constatación de algunas observaciones comunes sobre la pericia tecnológica o su falta entre la/os usuaria/os de tales plataformas, y sobre los efectos de las desigualdades de la/os estudiantes con respecto a condiciones habitacionales, acceso a electricidad, internet y dispositivos móviles.[1]

¿Por qué no se habla sobre las implicaciones del uso masivo de las plataformas electrónicas para la concepción de las ciencias sociales y humanas y su enseñanza e incluso para la difusión de una determinada concepción del ser humano en sociedad y de la dimensión sociocultural de la realidad? ¿Por qué tampoco se analiza el contexto del silencioso reforzamiento de las estructuras autoritarias en todas las administraciones estatales del orbe bajo la sombra del combate contra la pandemia (el predominio casi exclusivo de los poderes ejecutivos sobre los legislativos y judiciales), y sobre la réplica de este reforzamiento en las instituciones académicas y procesos pedagógicas?

La extracción sin control de información personal y científica 

Uno de los problemas clave de la situación descrita es que las instituciones de educación superior y los congresos y otros tipos de reuniones académicas en todo el mundo entregan a través de las plataformas electrónicas gigantescas cantidades de datos personales y científicos sensibles a empresas –generalmente transnacionales y en la mayoría de los países no legalmente reguladas con respecto al uso y la protección de estos datos–, cuyo modelo de negocios se basa precisamente en la acumulación de la mayor cantidad de datos posible sobre personas e instituciones, procesos económicos, sociales y culturales.

¿Tiene que ser una/o conspiranoica/o para encontrar en las espectaculares y duramente castigadas denuncias de Julian Assange, Chelsea Manning y Edward Snowden[2] suficientes advertencias alarmantes sobre el acopio y uso –legales e ilegales– de datos sobre ciudadanos de cualquier país por parte de poderes políticos, policíacos y militares? La dificultad de imponerles controles a los cinco consorcios gigantes que encabezan hoy por hoy las listas de empresas mundiales con mayor valor bursátil y poder informal, revela la importancia económica, política y militar creciente del binomio formado por gran cantidad de datos y capacidad física y matemática para analizarlos  –  sin participación consensuada de la/os proveedora/es de tales datos, y al margen de cualquier control democrático de su uso. 

Además, el uso de datos personales en numerosos procesos electorales evidenciado por la empresa Cambridge Analytica[3] en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y las noticias posteriores sobre la venta del padrón electoral mexicano[4] a compradores no identificados, son ejemplos de las opacas conexiones entre fuerzas estatales y capital privado para tener acceso a y poder aprovechar tales datos; a esto se agregan las repetidas informaciones sobre hackeos y filtraciones en beneficio de actos abiertamente criminales. La “Ruta de Seda digital”[5] instrumentada desde hace lustro y medio como otro paso más de los progresos científicos, tecnológicos y políticos de China, también demuestra el poder de dicho binomio en el marco de la actual etapa de globalización a manos de un gobierno famoso por el control de la ciudadanía por medios digitales de observación y sistematización de datos personales.

¿Domesticación a través de la tecnología versus pensamiento crítico? 

Conviene aquí recordar la colosal importancia de la invención del alfabeto para la civilización humana estudiada por la antropología desde hace tiempo.[6] Esta entonces revolucionaria forma de registrar y comunicar ideas cambió radicalmente los campos del conocimiento científico y filosófico, pero también del derecho, la religión, la economía y la política. Es sabido que a lo largo de tales cambios se consolidaron la primera gran división social del trabajo (manual/físico – intelectual/mental) y la forma urbano-estatal de estructurar las relaciones sociales. Unos miles de años después, al inicio de la Edad Moderna noratlántica, la invención de la imprenta condujo a un salto evolutivo similar. 

Desde hace unas pocas décadas nos hallamos ahora en la fase inicial de la tercera transformación civilizatoria de este tipo, causada por la digitalización electrónica (que incluye la capacidad cada más expedita de cantidades cada vez mayores de datos) y la diseminación global de los dispositivos móviles. 

A diferencia de las primeras dos transformaciones mencionadas, existe hoy día la posibilidad de monitorearla, analizarla, orientarla, dirigirla. Pero ¿quiénes y en función de qué intereses lo harán? O más bien: ¿quienes ya lo están haciendo? 

Se enfatiza la característica “fase inicial”, pues ¿no impresionan las nada ficticias posibilidades de combinar datos como los mencionados con los de otros inventarios construidos por las mismas empresas citadas, tales como la ubicación física en cualquier momento de las personas (a través de la ubicación de sus celulares, computadoras caseras y el uso de tarjetas electrónicas –y cada vez más mediante transferencia de datos biométricos– en comercios y transportes), los registros minuciosos durante las veinticuatro horas del día de toda clase de procesos fisiológicos (por ejemplo, a través de pulseras con sensores para ello), sus preferencias artísticas y políticas (a través de sus búsquedas de información en la internet, la manifestación de expresiones aprobatorias y desaprobatorias a través de “redes sociales” y la adhesión a corrientes de opinión), la intensidad y extensión de sus relaciones personales a través del uso de las “redes sociales” electrónicas, para no hablar de los acopios legales o no legales realizados a través de las compras electrónicas, las “asistentes personales” tipo Siri, Cortana y Alexa, y del llamado “internet de las cosas” – claro está, todo esto para “facilitar la vida” y “servir mejor al cliente” y, muchas veces también, para darle la impresión a dicho cliente de “estar en la onda”, “a la moda” o formar parte de un grupo social considerado respetable o deseable. 

Otro botón de muestra de las vías de extracción de información personal y de su posible uso es el algoritmo que promete registrar mediante el análisis de las expresiones faciales de la/os participantes en reuniones a través de plataformas electrónicas, su grado de atención en cada momento y sus actitudes de aprobación, desaprobación, empatía, desdén y aburrimiento.[7]

Un aspecto crucial de esta problemática, más allá de consideraciones específicas sobre la sociedad capitalista, ha sido anticipado en circunstancias tecno-económicas algo diferentes hace medio siglo por Iván Illich. Especialmente en sus trabajos sobre la “convivencialidad” convocó a reconstruir la sociedad industrial marcada ya entonces por una evidente degradación de la gran mayoría de los seres humanos al “rango de meros consumidores-usuarios”. Según el famoso pensador, se estaba sustituyendo la promesa esperanzada del uso de máquinas para mejorar la vida humana individual y colectiva por la bien disfrazada domesticación humana para lograr más y más conformidad con normas de conducta supuestamente ineludibles para el buen funcionamiento de las máquinas[8] – entre las cuales destacan hoy día cada vez las que son llamadas “inteligentes”… 

Un contemporáneo de Illich, que curiosamente –¿o muy entendiblemente?– poco suele estar presente en las imparables avalanchas sucesivas de “modelos educativos” en las instituciones educativas en México y otros países, fue Paulo Freire. Como es sabido, el brasileño propuso entender la pedagogía no como mecanismo para la transferencia impositiva de conocimientos consagrados, sino como incentivo para el pensamiento crítico. Éste último reconocería las causas de la realidad sociocultural insatisfactoria e inhumana en la que se encontraba la mayoría de la/os “educanda/os”, posibilitando así su cambio y animando a las personas a generarlo.[9]

¿No llama la presencia masiva de las plataformas electrónicas imperiosamente a monitorear y a analizar estos aspectos tecnológico-económicos clave del cambio civilizatorio que estamos viviendo?[10] ¿No debería abandonarse en nuestras universidades y centros de investigación el uso ingenuo, no problematizado, acaso domesticador, de las plataformas electrónicas que las trata como simples instrumentos técnicos, desprovistos de enormes significados y consecuencias sociales, económicas y políticas?[11]


[1]Una interesante excepción reciente es Leonardo Lomelí Vanegas y Hugo Casanova, coords., Universidad y futuro: los retos de la pandemia. Ed. Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación-Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2022.

[2] Información breve sobre las tres personas se encuentran en llamados de Amnistía Internacional:<https://www.es.amnesty.org/actua/acciones/eeuu-assange-libertad-feb20/>, <https://www.amnesty.org.uk/chelsea-manning-wikileaks> y <https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/temas/vigilancia-masiva/>.

[3] Ver la nota periodística “5 claves para entender el escándalo de Cambridge Analytica que hizo que Facebook perdiera US$37.000 millones en un día” (<https://www.bbc.com/mundo/noticias-43472797>). 

[4] Según la noticia periodística “Padrón electoral vendido en Internet sí tenía datos de 2021: Seekurity” (<https://noticias.imer.mx/blog/padron-electoral-vendido-en-internet-tenia-datos-de-2021-seekurity/>).

[5] Así Alejandro Marcó del Pont, “La Ruta de Seda digital”, en: Rebelión, 9 de agosto de 2021 (<https://rebelion.org/la-ruta-de-la-seda-digital/>).

[6] Una presentación clásica y bien accesible de este cambio civilizatorio sigue siendo Los orígenes de la civilización del arqueólogo australiano-británico Vere Gordon Childe (múltiples ediciones en la colección del Fondo de Cultura Económica), especialmente el capítulo VIII, “La revolución en el conocimiento humano”. 

[7] Ver la nota de Kate Kay comentada en varios medios hace aproximadamente un año: “Companies are using AI to monitor your mood during sales calls: Zoom might be next” (<https://www.protocol.com/enterprise/emotion-ai-sales-virtual-zoom>).

[8] Iván Illich, “La convivencialidad”, en: Iván Illich, Obras Reunidas, vol. I, pp. 369-530. Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2015 (2ª reimpr.).

[9] Ver, por ejemplo, el capítulo II sobre educación “bancaria” y educación “problematizadora”, de Paulo Freire, Pedagogía del oprimido.

[10] Puede verse para la concepción de la pandemia como incentivo para repensar la universidad Esteban Krotz, “Refrendar la pertinencia y la vinculación de la universidad con la comunidad”, pp. 116-119 (en: Universidades, n. 89, julio-septiembre de 2021, pp. 115-126; <http://udualerreu.org/index.php/universidades/article/view/571>). 

[11] Una propuesta en este sentido constituyó la Mesa Magistral “Plataformas electrónicas en las universidades: ¿controles del trabajo académico, extractivismo de información científica?” del VIII Congreso Nacional de Ciencias Sociales, Ciudad de México, 11 de noviembre de 2022, <https://www.youtube.com/watch?v=54ehoQVZHpU&list=PLrZEv5YLlUkdYkzXpYCj9UtIdTmrqr4jv>.