MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES EN AMÉRICA LATINA. INTERROGANTES PARA SU HISTORIA, PRESENTE Y FUTURO

Con una escritura clara y contundente, el libro de Dip aborda más de cien años de historia de los movimientos estudiantiles en América Latina. El texto se organiza a partir de una batería de preguntas que se despliegan a lo largo de todo el documento y que indagan alrededor del ¿Qué son?, ¿Cuál es su importancia?, ¿Qué fue la Reforma del 18?, ¿Existió un 68 latinoamericano?, ¿Están vivos los Movimientos Estudiantiles?, ¿Lugares comunes?, ¿Todo concluye al fin?

Las preguntas planteadas por el escrito son sencillas pero imprescindibles. Este se convierte en un vademécum del quehacer de los movimientos estudiantiles en la región, despeja una serie de dudas que normalmente son las que se plantean quienes se acercan a leer alrededor del tema. En un vuelo rasante a lo largo de los más de cien años de historia de los movimientos en el continente, el texto de Dip también tiene bastante de documento cartográfico que sirve para ubicarte a lo largo del tiempo y en las diferentes geografías acerca del devenir de los movimientos estudiantiles. Aunque no por ello deja de abordar temáticas complejas, las mismas se convierten en la pluma de Dip en un producto de sencilla deglución debido al ejercicio intelectual del autor que se esfuerza por entregar un instrumento que facilite la divulgación y conocimiento acerca del tema.

Sin embargo, el autor rechaza la definición de manual que podría desprenderse de una lectura superficial del texto, enfatizando en que la constitución de los movimientos estudiantiles depende de cada contexto y circunstancia (2023: 20), aclara que sus formas organizativas no están determinadas de antemano, sino que cada época despliega sus propias maneras de aglutinación y estrategias en torno a las circunstancias que se le presentan.

Al abordar los paradigmáticos sucesos de Córdoba en 1918, el autor da cuenta de que en alguna medida las aproximaciones realizadas en torno a lo ocurrido en esas fechas contiene por lo menos ciertos errores y problemas, puesto que no era la primera vez que las demandas estudiantiles se hacían públicas y también se convierte en un problema porque las exigencias de Córdoba aún no han sido del todo resueltas, siendo, una problemática no muy bien remendada que cada cierto tiempo se vuelve a descoser, para mostrar las fisuras de una más de las desigualdades persistentes en el continente.

El escrito permite observar las maneras que de cuando en cuando se evidencian los estados de fuerza organizacionales estudiantiles y sus posibles aliados, a la vez que dejan ver los adversarios con los que se enfrentan y los argumentos que esgrimen para intentar llamar a la calma y así tratar de evitar que las y los estudiantes se organicen y conviertan en acciones sus legítimas demandas. Para luego ramificarse y extender las mismas por otros derroteros en los que se evidencia el interés estudiantil por ampliar el horizonte interpretativo hacia exigencias de carácter social en las que se expresan diversos elementos que dan cuenta de que los cambios universitarios no pueden tejerse sin estar a la vez enhebrados con cuestiones que consideren a la justicia, igualdad de oportunidades y a la democracia, como instancias que deben ir de la mano a la hora de tejer el mosaico de desigualdades de la que se componen las realidades latinoamericanas, mismas que a su vez se transforman en reclamos y propuestas que regresan de manera obsesiva para mostrar que aunque se ha hecho mucho por intentar acortar esas brechas, las injusticias también se reactualizan e incluso se incrementan, dando cuenta de que las demandas estudiantiles lejos de agotarse se reinterpretan y están a la orden del día en casi cualquier parte del tejido social latinoamericano.

Por otra parte, aunque en el mismo sentido, Dip, cuestiona esa lectura omniabarcante y eurocentrada que se le ha dado al año de 1968, al tratar de fijar esa fecha como exclusiva del mayo francés, en tanto exclusividad interpretativa occidental, el autor por su parte, resalta el clima de beligerancia social específico por el que atravesaban varias de las universidades latinoamericanas y convierte al 68 en un símbolo “que expresa una variedad de problemáticas y debates que atravesaron los movimientos estudiantiles latinoamericanos en las décadas del sesenta y setenta en su conjunto” (Dip, 2023: 32) vinculados además a “demandas sociales y a sectores populares más amplios” (2023: 33) a lo anterior se suma el incremento de la represión por parte del Estado.

Esto, a manera de hilos de diferente grosor, con distintas tensiones y nudos, en su conjunto atravesarían la realidad latinoamericana, tensando la relación existente entre el papel que juegan las y los estudiantes frente “a las protestas populares y en las apuestas revolucionarias” (Dip, 2023: 35) y “las disputas sobre el papel que debían cumplir los centros educativos y las universidades en el marco de la Guerra Fría” (2023: 35) dando como resultado nudos de conflictividad (muchas veces imposibles de desatar) que a su vez configuraban un sentido de época en el que muchos sentires y acciones convergían en varios entramados sociales para dar cuenta de esa urdimbre en la que se expresaban los intentos estudiantiles por enhebrar e intentar plasmar las utopías que flotaban en el ambiente.

Tomando en cuenta esos vasos comunicantes, muchas veces secretos y otras no tanto, el 68 se expande más allá de sus fronteras cronológicas, para convertirse en un símbolo de la protesta condensada en los intentos de unidad “obrero-estudiantil y la opción por la lucha armada” (Dip: 35), mismos que se expresaban en una miríada de organizaciones de diversa índole que tenían como objetivo cambiar la realidad prevaleciente, quienes evidenciaban una voluntad obsesiva por la articulación en un periodo de tiempo en el cual lo político, en tanto posibilidad de cambio, era aquello que intentaba soldar las relaciones cotidianas. Claro que todo lo anterior no se encontraba exento de rupturas, rearticulaciones y alianzas de distinta índole, lo cual mostraba también la fragilidad existente en la mayoría de agrupaciones.

En ese largo entramado temporal planteado por el autor, en donde se remarcan cada cincuenta años los hitos históricos correspondientes a 1918 y a 1968, se llega al año 2018 para realizar la pregunta que da inicio a este acápite ¿Están vivos los movimientos estudiantiles? Y esboza una primera respuesta tenue puesto que “el derrumbe de los socialismos reales y el predominio de las políticas neoliberales” (Dip: 40) hicieron la suficiente mella como para plantear dicha interrogante, sin embargo ¿Se puede hablar de decadencia de los movimientos estudiantiles?, ¿Es posible plantear un cambio en la configuración de las relaciones sociales, lo suficientemente profundo como para que se realicen transformaciones en la politicidad estudiantil? En cuanto a las respuestas planteadas por Dip, en relación con la primera interrogante, se puede contestar con una negativa categórica, ya que, al colocar varios ejemplos en diferentes momentos y geografías, se puede evidenciar claramente que la participación estudiantil y juvenil no ha cesado en su intento por tejer realidades diferentes, no obstante, la misma respuesta se encuentra condicionada por la segunda inquietud, debido a que los alcances actuales de los movimientos estudiantiles no permiten tener una lectura panorámica del mismo, a manera de un tejido completo que dé cuenta del estado de fuerzas de la región, lo que se tiene más bien es un collage con diferentes intervenciones a distintos tiempos e intensidades que redibujan los escenarios de conflictividad en las diversas latitudes.

Se podría afirmar que se pasa de una singularidad discursiva y unitaria en torno a un relato unificado del accionar del movimiento estudiantil, para transcurrir hacia una pluralidad categorial en la cual, más bien se puede afirmar que se estaría frente a movimientos estudiantiles que discurren de manera heterogénea. Por tanto, lejos de hablar de una decadencia de los movimientos estudiantiles, se estaría asistiendo a una reconfiguración acotada de los mismos en base a sus necesidades y especificidades espacio-temporales.

Organizados y mimetizados en base a demandas más amplias o específicas dependiendo de las circunstancias, así se tiene: movimientos antiextractivistas, defensores de la democracia y en contra de los autoritarismos, las dictaduras y de protección a los derechos humanos; en contra de la desaparición, el asesinato y la tortura; a la vez que, globalifóbicos, organizaciones territoriales en defensa de la tierra y a favor del acceso a la misma, movilizaciones indígenas de amplio espectro, movimientos identitarios; lo antineoliberal merece una consideración aparte puesto que los intentos de privatización u olvido, que atañen a las demandas universitarias, se alternan con las intenciones de acabar con lo público en términos generales, por tanto, estas luchas particulares se enhebran con demandas más generales que integran a la totalidad de lo social en lo referido a leyes laborales, seguridad social, acceso a salud, derechos, etc.

Lo propio ocurre con las experiencias estudiantiles feministas enfocadas en priorizar “las denuncias contra las violencias hacia las mujeres y las cuestiones de género al interior de los planteles educativos, en sintonía con movimientos feministas más amplios a nivel regional e internacional” (Dip: 50) Dando como resultado un amplio tejido de movimientos y movilizaciones que, si bien no colocan a lo estudiantil en el centro, su participación no deja de ser relevante, pues “la escena contemporánea evidencia la aparición de luchas estudiantiles que muestran creatividad, vitalidad e incluso trascendencia de sus propios marcos, cuando confluyen con movimientos de protestas más amplios y multisectoriales”, (Dip: 52) mostrando la vitalidad de los movimientos estudiantiles en tanto pluralidad. En este punto, el texto deja abiertas las posibilidades interpretativas y de acción en relación al futuro, pues no se debe dejar de recordar el acontecimiento Covid-19, mismo que marcó las experiencias de vida de prácticamente toda la población, generando con ello una reconfiguración en las sensibilidades y perspectivas de acción.

La última parte del texto, se organiza en relación a intentar desenhebrar en primera instancia, para luego hilvanar un mosaico que da cuenta a grandes rasgos de algunos olvidos en relación con la caracterización de los movimientos estudiantiles, lo que el autor denomina como los lugares comunes, con lo cual genera un listado acerca de las ausencias en lo que refiere a la manera en que se han construido dichos lugares comunes en lo referido a las miradas hegemónicas que invisibilizan el protagonismo de las mujeres o que reducen las identidades políticas de los activismos del estudiantado a las izquierdas, para llegar a diagnósticos que privilegian a ciertos países de la región en demerito de otros, a la vez que desestiman las experiencias contemporáneas por no adecuarse a las formas organizativas tradicionales -parafraseando a Dip- esto más que nada posiciona las omisiones como un elemento que debe necesariamente ser observado al momento de intentar construir lo que ocurre en los diferentes movimientos estudiantiles, para lograr mirar las ausencias o los espacios en blanco, aquello que dejó de ser visible debido a la circulación hegemónica del relato o del conocimiento, para dar prioridad a lo que se consideraba relevante, con el afán de resaltar ciertas cuestiones históricas por sobre otras.

El escrito también cuestiona la obligatoriedad de lo novedoso, en ese hilo invisible que relaciona más en tanto sentido común a lo estudiantil con lo joven y a lo nuevo, que de alguna manera a establecer líneas de intelección producto de investigaciones de amplio espectro. Constituyendo de esta manera lecturas “rupturistas” que intentan cortar marras con la larga tradición organizativa estudiantil existente, en función de priorizar ciertas aparentes novedades como serían: la participación directa, horizontal y por asamblea, que rehúye de liderazgos conocidos, mediaciones partidarias, uso de nuevas tecnologías, ampliación de derechos civiles, repudio a la violencia de género y la defensa de los derechos humanos, pasando del “militante integral” al “activista puntual”, lo cual explicaría que en varios casos pierdan centralidad las maneras clásicas y permanentes de representación estudiantil (Dip: 62-63) como bien plantea el autor, “la idea de ´novedad` oculta una trampa analítica que muchas veces impide pensar en perspectiva histórica el devenir de los movimientos estudiantiles” (2023: 63), de tal manera exaltar lo novedoso, lejos de generar nexos lo que hace es ocultar esa larga historia de los estudiantes buscando a su pueblo, y que sin dudarlo están dotados de profundos vasos comunicantes entre los diferentes activismos históricos y los del presente.

Entre los ecos provenientes de diferentes épocas y las intrincadas madejas de relación existentes, los movimientos estudiantiles no han dejado de aparecer, a veces de forma constante y en ocasiones de manera intermitente, los colectivos han seguido surgiendo muy a pesar del orden instituido.

En definitiva, es un texto que se recomienda revisar de principio a fin para quienes intenten tener una lectura contextual alrededor de este campo de estudio, pero el texto también tiene mucho de iniciático, pues posee un encanto escritural que hace que quieras buscar más información alrededor del tema. El abanico de interrogantes desplegadas a lo largo del texto, operan como estaciones de enlace para que las posibles personas interesadas en indagar acerca de lo ocurrido en diferentes latitudes y en diversos momentos de la historia, tomen algo y lo retroalimenten con sus propias inquietudes, estableciendo, además que al conocimiento hay que acercarse con interpelaciones incisivas y que cuestionen el supuesto orden de lo social. Las preguntas del escrito, en este caso operan como bisturíes que cortan finamente en algún aspecto de la realidad, en otros pasajes en cambio, se cercena con tajos anchos y profundos en aquellos momentos en los cuales determinados acontecimientos irrumpen en lo social, y fracturan la rutina de lo cotidiano, convirtiendo algunas coyunturas en un antes y un después, que no pueden explicarse si no es con esas grietas provocadas a partir del accionar estudiantil.