EL CRISTIANISMO AL SERVICIO DEL NEOLIBERALISMO

UNA LECTURA DE ALBERTO BENEGAS LYNCH (H) A LA LUZ DE HINKELAMMERT

En un par de ocasiones el libertario Javier Milei –hasta hoy candidato a la Presidencia en Argentina por la coalición La Libertad Avanza—, reafirmó lo que Jesús Huerta de Soto dice en “Anarquía, Dios y el Papa Francisco”: “Dios es libertario”[1]. Afirmación que en un análisis más cuidadoso y extenuante, nos señala la estrecha relación entre cristianismo y capitalismo. La pregunta que se abre es siempre la de ¿todo cristianismo se enlaza con los elementos que componen al capitalismo: defensa del individualismo, de la propiedad privada, de la competencia, del libre mercado y sus valores? 

A la que habría que responder con un rotundo no, pues al analizar la historia del cristianismo siempre se ha de encontrar una crítica interna y un intento de resemantizar el papel social de la Iglesia. Sin embargo, ¿por qué hay una hegemonía de aquella versión que considera a Dios como “creador” del capitalismo?, ¿en qué consisten tales vínculos? En las pocas líneas que siguen a continuación me gustaría adentrarme, de un modo incipiente e introductorio, a este tema. Para ello ocupó como referente un discurso brindado por Alberto Benegas Lynch (hijo) y el cual lleva por nombre “Algunas reflexiones sobre cristianismo y liberalismo”, teniendo como referente de análisis a Franz Hinkelammert. 

I. Dios y el Mercado

El vínculo del cristianismo con el capitalismo no es casual, pues es bien sabido que detrás del capitalismo subyace una teología, una secularización de una teología de dominio, que sirve como justificación divina para el despliegue y el actuar de los defensores del libre mercado. Por lo mismo, es innegable la relación que ha tenido cierta parte de la Iglesia oficial, cierta parte de su teología, con los teóricos neoliberales que han de hacerse de su pensamiento. Muestra de ello es el discurso mencionado en un principio, “Algunas reflexiones sobre el liberalismo y el cristianismo” pronunciado en 1981. ¿Qué se despliega en este?

El escrito comienza de la siguiente forma: 

Uno de los caminos más efectivos a que ha recurrido el totalitarismo en su batalla ideológica frente a los espíritus libres ha sido el de tergiversar el significado de las palabras a los efectos de dejar incomunicado al adversario. Ejemplo claro de este procedimiento son las confusiones deliberadamente creadas en torno al significado del liberalismo.[2]

Para Benegas Lynch (h) resulta de gran relevancia rescatar el sentido “originario” del liberalismo, para así alejarlo de cualquier forma de tergiversación. Pues liberal no es el libertino ni el izquierdista. Tampoco es el rousseauniano que se decanta por la voluntad general —siendo Rousseau, de acuerdo con Benegas Lynch, la semilla del populismo contemporáneo—. Por el contrario, el liberal no es otro que aquel que “es el partidario de la libertad”[3].

Si bien hasta ahora pareciera que no ha ofrecido algo novedoso, su discurso tras esta caracterización de lo que no es el liberalismo y lo que sí es, habrá de tomar otro giro. Pues el autor comenzará a hacer un breve desglose del origen de este, el cual no es otro más que Occidente y, en particular, su “grandiosa revolución moral del Cristianismo”. Esto en la medida en gracias a aquella “se han obtenido frutos de extraordinario valor en cuanto al respeto por el derecho, la dignidad del hombre, el bienestar social y la libertad como medio para la consecución de la felicidad, de la perfección, es decir, de Dios”[4].

Por eso la égida de la libertad, la égida por la dignidad del humano, únicamente la ha de poseer el liberal. Y en la medida en que el liberal se anteponga a sus posibles enemigos, es que ha de generar más y mayores libertades. Pero ¿cómo se ha de consagrar esto último? Nos dice Benegas Lynch (h), citando a Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales,lo siguiente: “Los principios que gobiernan a la naturaleza humana son las reglas y las leyes de Dios”. Y en la medida en que actuemos dentro de tales, “estamos promoviendo los medios más efectivos para promover la felicidad de otros y en este sentido podemos decir que estamos cooperando con Dios”[5]. Ante esto uno puede preguntarse lo siguiente: ¿qué es actuar conforme a “las reglas y leyes de Dios”? El propio Smith nos da la respuesta en su obra más famosa: Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Al respecto habrá de mencionar que: “El hombre (…) está casi permanentemente necesitado de la ayuda de sus semejantes y le resultará inútil esperar exclusivamente de su benevolencia. Es más probable que la consiga si puede dirigir en su favor el propio interés de los demás…”, pues sólo así no “nos dirigimos a su humanidad, sino a su propio interés, y jamás hablamos en este vecindades, sino de sus ventajas”[6]. En otras palabras, como lo expresa Milei, “la búsqueda del propio bienestar bajo una economía de mercado en la que opera la división del trabajo conlleva a la cooperación social que maximiza el bienestar general”[7].

Es a través de los intereses y el intercambio en el libre mercado, que la auténtica cooperación social ha de tener lugar. Por eso mismo el liberalismo, según Benegas Lynch (h), no es más que la defensa de las libertades, es decir, de la promoción del libre mercado, pues sólo a través de este es que se ha de lograr el “mayor bienestar material posible”[8].

En este sentido, para Benegas Lynch (h), como para otros neoliberales, todo lo hasta ahora mencionado subyace en el cristianismo y en los textos bíblicos. Por eso le es indispensable tener que recurrir a la Rerum Novarum (1891) —encíclica del Papa León XIII—, en el cual se despliega toda una teología que critica las desigualdades sociales existentes entre ricos y pobres, pero condena al “socialista” debido a que hacen uso del odio y rencor de los más necesitados para así terminar con la propiedad privada —la cual es un don divino e inherente al humano—, pues: 

Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad (…) se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones[9].

Como también ha de recurrir a la Motu Proprio del 18 de diciembre de 1903 del papa Pío X, la cual sacraliza la desigualdad económica y condena como ilusoria cualquier intento de desmantelar al capitalismo. Desde el primer punto puede leerse la sacralización de esto: “La sociedad humana, tal como Dios la ha ordenado, está compuesta de elementos desiguales, como desiguales son los miembros del cuerpo humano: hacerlos a todos iguales es imposible, y resultaría la destrucción de la sociedad misma”[10]. Pío X no condena en ningún momento un sistema caracterizado por la desigualdad o la explotación, todo lo contrario, considera que este es el mejor sistema posible, pero al cual únicamente habría que reformar para disminuir las desigualdades entre ricos y pobres, teniendo presente que la única igualdad posible es la igualdad de origen en tanto hijos de Dios. Por lo que la desigualdad es necesaria porque para Dios “debe haber príncipes y súbditos, patrones y proletarios, ricos y pobres, doctos e ignorantes, nobles y plebeyos, que, todos unidos por el vínculo del amor, se ayuden mutuamente a alcanzar su fin último en el cielo; y aquí, en la tierra, su bienestar material y moral”[11]. Por lo que invita a distinguir entre caridad —darle a otro por voluntad lo que es de mi propiedad— de la justicia. Y sobre esta última distinguirá dos tipos de obligaciones, en la que destaca la dirigida al proletario:

VII. Las obligaciones de la justicia, en lo que concierne al proletario y a los patronos, son éstas: rendir plena y fielmente el trabajo que ha sido libre y justamente convenido; no causar daños a la propiedad, ni ofender la persona de los propietarios; en la defensa misma de los propios derechos, a abstenerse de actos violentos, ni a convertirlos jamás en motines (Encycl. Rerum Novarum)[12].

De este modo, es que puede tener lugar la condena, desde el cristianismo, a toda lucha social y toda reivindicación de derechos. Manteniendo una fe ciega respecto a los capitalistas y apelando a su buena fe y voluntad, pues son ellos quienes pueden posibilitar una sociedad de bienestar guiada únicamente por el libre mercado.

II. Hinkelammert y la crítica a la transvalorización del cristianismo

¿Por qué, a partir de Benegas Lynch (h), se hizo tal caracterización? Porque en él, a diferencia de los Milei, de los Bolsonaro, sí existe una teorización más rigurosa sobre tal nexo entre cristianismo y neoliberalismo (aunque él le llame siempre liberalismo). Vínculo que, con anterioridad, había ya estudiado el filósofo y teólogo Franz Hinkelammert al leer y criticar a los padres del neoliberalismo. Por lo tanto, su obra nos hereda una excelente cartografía para rastrear este pensamiento, sus orígenes, sus características, su secularización del cristianismo. 

En este sentido, el libro de Sacrificios humanos y sociedad occidental: lucifer y la bestia, como otra gran cantidad de trabajos suyos, nos señalan las características epistemológicas e históricas del neoliberalismo. Sin embargo, este en particular desmonta el neoliberalismo para encontrar aquellos elementos “cristianos” que hay en su pensamiento y cómo fue que devino una herramienta de dominio para justificar y sacralizar desigualdades sociales, tal como hemos visto. 

Para Hinkelammert hay una transvalorización del mensaje cristiano, transvalorización que lo lleva a dejar de ser una religión enfocada en el cobijo (hospitalidad) del necesitado, el reconocimiento de Dios como autoridad moral que subyace en el otro —llevado a su radicalidad por Francisco de Asís—, el amor y la fraternidad; para pasar a ser una religión individualista, fundamentada en la autonomía, que sirve de justificante para el dominio, la conquista, el sometimiento de un pueblo sobre otro. Y es en la mal llamada Edad Media donde se ubica esto, porque es en este periodo donde hay una transvalorización radical del cristianismo. En este sentido, distingue algunos de los siguientes elementos:

  • Sacrificio: Nos dice Hinkelammert que el sacrificio de Cristo, su Crucifixión, es un sacrificio equivalente a los demás sacrificios, pero con la diferencia de que “posee un valor infinito”[13], por lo que ningún otro sacrificio podría satisfacer a Dios al ser su hijo el crucificado. Generando así una visión dónde el sacrificio ha de ser nulificado, pero que en la Edad Media se ha de invertir este sacrificio, pues cada nuevo sacrificio es una nueva crucifixión de Cristo y un desprecio a su figura: “Ahora se trata de someter a estos enemigos de Cristo para crear una nueva humanidad que no vuelva crucificarlo, sustituyendo su sacrificio finito por sacrificios nuevos y finitos”[14]. Por lo tanto, el sacrificio habrá de ser resignificado, pues implicará —pese a toda contradicción aparente—, sacrificar humanos para que así no haya más sacrificios humanos. Es decir, el sacrificio sería un medio para lograr un bien mayor, de ahí que sea necesario. Este circuito sacrificial habrá de continuar incluso en el neoliberalismo, en el cual se considera la necesidad del sacrificio de los pobres y de los enemigos del mercado, como un medio para alcanzar y afianzar el progreso de las libertades. Tal como decía el exministro de Hacienda de Brasil Mario Henrique Simonsen, puede minimizarse la desigualdad —como lo solicitaban Pío X y León XIII—, mas no ha de terminarse con “los sacrificios necesarios para el progreso”[15].
  • Deuda: Nuestro filósofo nos recuerda cómo para el cristianismo, “el perdón de las deudas es uno de los ejes de su mensaje”[16], pues si esta ha de ser impagable, como impagable es la deuda del humano con Dios, la misma ha de ser perdonada si perdona las deudas que otros tengan con él, pues la “deuda con Dios es una anti-deuda. No se paga, sino que se da satisfacción por ella”[17]. Por lo mismo, esta teología de la deuda suspendía la ley del Imperio, pues bien sabido es que el acreedor ante una deuda impagable podía subsumir al deudor al estado de esclavitud junto con su familia para así saldar la deuda. 

Este llamado a desobedecer la ley injusta fue la que impedía que el cristianismo fuese religión de Estado, religión del Imperio, por lo que tuvo que ser desechada. Ahora Jesús, como se ha mencionado anteriormente, se sacrifica “ante un Dios que busca la justicia en el cumplimiento de la ley”[18], es decir, ante el pago de la deuda. Sin embargo, será con San Anselmo que esto habrá de adquirir coherencia —nos dice Hinkelammert—, pues él ha de afirmar lo siguiente: “es culpable el hombre por no tener esa capacidad que recibió para evitar el pecado (…) ni pagar la deuda que debe a cuenta de su pecado.”[19]. Por lo que a partir de entonces, la justicia es pagar la deuda y el Estado ha de ser garante en el pago de la misma. De esta forma la suspensión de la ley ante causas injustas que atentasen contra la libertad del prójimo, tal como nos enseña la teología paulina, es desechada en beneficio de una teología que demanda el pago de la deuda aunque esta resulte impagable. Por lo que entonces, la culpa recae únicamente en el deudor y el perdón no es asunto del acreedor. 

De esta manera se legítima el dominio de los poderosos sobre los débiles, el dominio de los burgueses sobre el proletario y, por ende, todos aquellos que estén en contra de la ley estarían, hasta cierto punto, en contra de Dios. Tal como nos señala el propio Hobbes en el apartado del Estado Cristiano del Leviatán, donde la rebelión es calificada como un acto en contra de la soberanía de Dios, pero ya desde antes se ubicaba este tipo de pensamiento tal como nos recuerda Friedrich Heer: “Los soberbios (nos recordamos de la soberbia diabólica del diablo y de los hombres caídos en Agustín) son todos aquellos que hacen resistencia activa en contra de Roma y que hay que derrotar como rebeldes”[20]. Sólo por medio de la violencia, de una violencia justificada, es que ha de garantizarse la soberanía de Dios que se identifica con el Imperio. Soberanía que, para los neoliberales como Hayek y Benegas Lynch (h), es identificada con el Mercado, pues el Estado –en una reinterpretación a modo—se encuentra más ligado con el Diablo, tal como nos recuerda el pasaje de la tentación de Jesús en el desierto (Luc 4, 6-7) o el famoso pasaje de la moneda, que culmina con un “Den al César lo que es del César, y a Dios [el libre mercado] lo que es de Dios” (Mc 12, 17). 

Y en la medida en que la participación del Estado sea disminuida, en la medida en que el mercado abarque la vida en su totalidad, es que se ha de lograr una mayor solidaridad y una mayor libertad. Por eso toda reivindicación de derechos ante injusticias del mercado —que identifican como justicia social—, es catalogada como un crimen al despojar al propietario de lo suyo y en cuya base: “encontramos que estos se apoyan en el descontento que el éxito de algunos hombres produce en los menos afortunados, o, para expresarlo directamente, en la envidia”[21]; algo parecido a cuando León XIII condenaba al socialismo por esto mismo en la Rerum Novarum. Por ello no es extraño que, cuarenta años después de la encíclica, en su Quadragesimo Anno, el papa Pío X afirmara rotundamente que: “Socialismo religioso, socialismo cristiano, implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista”[22]. Frase a la que recurren frecuentemente Benegas Lynch (h), Milei y otros tantos neoliberales para asegurar que su postura no contradice a Dios y, todo lo contrario, se circunscribe en su voluntad divina. 


[1] “Dios es libertario y su sistema es el libre mercado” Javier Milei- 05/11/19. 2019, 15:46 https://www.youtube.com/watch?v=EGfaOksOQwI [Consulta: 1 de noviembre, 2023]. La ponencia de Huerta Soto puede leerse en https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/81/159

[2] Alberto Benegas Lynch, “Algunas reflexiones sobre el liberalismo y el cristianismo*” [En línea]: http://www.accionhumana.freeservers.com/algunas.htm [Consulta: 19 de septiembre, 2023].

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Citado en ibid.

[6] Smith, Adam, Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (trad. Carlos Rodríguez Braun). Tecnos Editorial S A, 2009, p. 105.

[7] J. Milei, op. cit.

[8] A. Benegas Lynch, op. cit.

[9] León XIII, “Rerum Novarum (5 de mayo de 1891)” [En línea]: https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.html [Consulta: 23 de septiembre, 2023].

[10] Pío X, “Fin dalla prima (18 dicembre 1903)” [En línea]: https://www.vatican.va/content/pius-x/it/motu_proprio/documents/hf_p-x_motu-proprio_19031218_fin-dalla-prima.html [Consulta: 7 de noviembre, 2023].

[11] Ibid.

[12] Ibid.

[13] Franz Josef Hinkelammert, Sacrificios humanos y sociedad occidental: Lucifer y la bestia. Ed. Departamento Ecuménico de Investigaciones, San José, 1. ed., 1991, p. 21 [Colección Teología latinoamericana].

[14] Ibid., p. 22.

[15] Citado en Jung Mo Sung, Deseo, mercado y religión (trad. Juan Carlos Rodríguez Herranz). Sal Terrae, Santander, 1999, p. 32.

[16] F. J. Hinkelammert, op. cit., p. 59.

[17] Ibid., p. 60.

[18] Ibid., p. 70.

[19] San Anselmo De Canterbury, “Cur Deus Homo ¿Por qué Dios se hizo hombre?” p. 49 [En línea]: https://mscperu.org/teologia/Padres/Anselmo_de_Canterbury_san/kupdf.net_cur-deus-homo-san-anselmo-de-canterbury.pdf.

[20] Citado en F. J. Hinkelammert, op. cit., p. 103.

[21] J. Milei, op. cit.

[22] “Quadragesimo Anno (15 de mayo de 1931) | PIUS XI” [En línea]: https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.html [Consulta: 7 de noviembre, 2023].