Marie Langer. Una extraña psicoanalista militante

Hay mujeres que luchan toda la vida…

Hay psicoanalistas que no luchan y no son buenos. Las hay quienes luchan toda la vida, esas son las imprescindibles. Esto, evidentemente, no lo dijo Bertol Brecht, pero se acerca mucho a lo podría parafrasear cualquier persona que conociese el trabajo intelectual, radical y militante de la psicoanalista austríaca Marie Lisbeth Glas Hauser, mejor conocida como Marie Langer. Ser psicoanalista y fabricar acción política son cosas que no se entrecruzan a menudo. Mucho menos en el árido espectro de la crema de la intelectualidad psicoanalítica. De hecho, cada vez con más ahínco, se precisa de contar con el movimiento de la militancia para intentar incomodar a lo apolítico del psicoanálisis. En Marie Langer encontramos una psicoanalista que logró semejante proeza. Por ello, resulta obligatorio atender su enseñanza en tiempos de la vorágine capitalista y su regulación psicologizante de la vida cotidiana. 

Muchas y muchos psicoanalistas suelen trabajar detrás de un diván y, de vez en cuando, manifestar alguna opinión política sobre algún tema en boga. Algunos más, muchas de las veces, se reconocen bajo las sombras como expertos en la psicologización de la vida cotidiana o expresan, incluso sin saberlo, una rara posición como intelectuales orgánicos de la salud mental excluyente. Pese a estas desgracias explicables, el dispositivo y la práctica del psicoanálisis constituyen un hecho coyuntural y esencialmente político. Hoy más que nunca, el método ingeniado por Sigmund Freud continúa siendo una bocanada de aire fresco ante las rancias astucias de las psicologías mainstream y el coaching. Esos solipsismos convenientes para las motivaciones neoliberales. 

Siendo justos con su historia, la mirada psicoanalítica puede ser una maquinaria trascendental para trastocar las políticas psicológicas imperantes. Los malestares psíquicos de la mayoría, pese a lo que nos cuentan, son un reflejo de la injusticia y el oprobio de la dominación. Funcionan bajo la fiscalización de los valores ideológicos y no se limitan al cuidado de los pensamientos o la conducta. La explicación de esto es simple: el sujeto padece de las relaciones sociales de producción y sus enconos. Sobrelleva sus condiciones históricas y su lúgubre adaptabilidad a una naturaleza social irredenta, entibada y desbordante. Son las condiciones de la estructura social las que hicieron surgir al psicoanálisis en el siglo XIX, el siglo del capital. De hecho, podría decirse que el psicoanálisis es el síntoma desvelador de la truculenta verdad del capitalismo.

Marie Langer, “Mimi” como le decían sus allegados que terminamos siendo también el enorme colectivo que le hemos leído, supo afiliarse en ese síntoma pues no fue ajena a una lectura política de su entorno y de los conflictos bélicos que le acontecieron. Pese a su condición burguesa y adecuada a las formas imperantes de una Viena que padecía los últimos coletazos de la hipocresía cultural victoriana, siempre tuvo claro que había dos dificultades elementales: “porque, aunque fuéramos ricos, siempre tenía presentes mis dos desventajas: ser judía y ser mujer” (Langer, 1981a, p. 9.). Hoy en día, esas dos incidencias siguen siendo travesías inciertas y complicadas. 

Siguiendo esa apropiación colectiva de Mimi reconozco que desde hace ya varios años he seguido su trabajo intelectual. Lo he revisado con un frenesí propio de quien descubre el cofre de ideas —supuestamente antiguas— que discurren entre las inquietudes marxistas juveniles y las aspiraciones profesionales comprometidas con la disidencia en la praxis política del psicoanálisis. Mi aproximación a su obra ha sido, por decir lo menos, sui generis y guarda profundas distancias temporales pues, cuando conocí su legado, Marie Langer había partido ya del malestar cultural de este mundo. Mi cercanía con su teoría ha sido siempre difusa pero muy prolija alrededor de la politización de los conceptos y la metodología propuesta y sostenida por Freud. Curiosamente, conocí su herencia no por ella directamente sino por un manuscrito de Enrique Guinsberg (2001) quien participara en un homenaje póstumo y sin solemnidad a su vida y obra. Guinsberg sugería recordarla sin fragmentaciones y aludiendo el carácter molesto de su quehacer psicoanalítico. Trayendo a la memoria “el esqueleto de su praxis” pues “el psicoanálisis que le importaba no era el tradicional, elitista, clásico y dominante de ayer y de hoy” sino el que “se preocupaba por el para quién y el para qué del psicoanálisis, negando las ficciones de neutralidad y reconociendo que toda práctica tiene un sentido que es preciso definir y recorrer”. 

Lo cierto es que una vez confrontada mi lectura del psicoanálisis en el terso abrevadero del pensamiento de Marie Langer nada volvió a ser lo mismo en mi visión de la teoría freudiana. No sólo por los avatares y los vericuetos teóricos que la autora precisa sino también por su mirada feminista cuando los psicoanalistas no alojaban —¿alojábamos?— un ápice de feminismo. Marie Langer, como relata Marta Lamas (1998), había construido un puente entre “el psicoanálisis y el feminismo, eliminando mucha de la agresión y desconfianza que flotaba entre ambos” (p. 328). Esta interconexión, ese pasadizo insólito cimentado ambiguamente en el vacío, aquel que también flota entre el psicoanálisis y el marxismo como señala Pavón-Cuéllar (2023), cuenta con una delimitación que gravita entre la insistencia de la praxis y la condecoración flemática de la teoría. Langer recuerda, tanto a los psicoanalistas como a los marxistas y a las feministas, insistir en que no hay teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria. Estas tres posiciones políticas confluyen en las fibras contundentes de los actos. Éstos, finalmente, recapitulan que la praxis no queda paralizada en el saber.

Este embrollo es frecuente, enfrenta a bandos, condena a la inhibición. Cierto es que una condición no excluye a la otra y tampoco es un asunto de complementariedad sino de ensayo y fracaso, de averiguación y avance. Marie Langer, siempre en la incertidumbre de esa brecha polisémica, logra revelar con profusa luminosidad que allí en donde el psicoanálisis se practica resulta imprescindible bordear y atravesar los conceptos, someterlos al tribunal de la razón y, sobre todo, hacerlos moverse en la negatividad de la producción cultural. Tres posiciones que confluyen en el Ethos y en un ensamblaje político siempre contingente. Un psicoanálisis politizado que persevera en la frugalidad, en el enigma de lo incierto de la llegada. No busca curarnos de la cultura sino resituarnos en ella sosteniendo, con cierta incomodidad, la debacle que hemos cimentado como seres afectados, desde siempre ya, por su circulación estructural y sus formas ideológicas de reproducción.  

Ante la pregunta: ¿Cree que es posible vincular el psicoanálisis a la política? Langer responde: “depende de lo que haces, de cómo lo haces. Depende mucho de la ideología del analista, de cómo transcurre el proceso de cambio que el propio paciente pretende” (Roig, 1982, p. 115). Ese cómo hacer no deja de recordar la insistencia leniniana del ¿Qué hacer?, manuscrito imprescindible del cual se desentierra ese dicho obstinado que certifica que “sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario” (Lenin, 1902). El cómo hacer de un psicoanalista se encuentra alejado de las consignas psicologizantes del curar, del aliviar los malestares. Invita, de forma certera, a dar lugar a la importancia de la praxis psicoanalítica y a la de la actividad política. Ambas envuelven una transformación constante de los fundamentos y de las reglas. 

Marie Langer, siempre con soltura, inquietó al psicoanálisis en su lógica doctrinal. Horadó sus políticas conservadoras y contumaces. Descubrió un psicoanálisis cercano a lo social que sobrelleva el dar de bruces con la falta de coherencia de algunas normas sociales insípidas y absurdas. El psicoanálisis, no sin consecuencias, enaltece que la única regla, desde la invención del método, es sólo una e implica la libertad política del sujeto. Freud la llamó: asociación libre. Una temeraria tensión libertaria que involucra la responsabilidad política del hablante ante el efecto de sus actos.

Militar, desde esta refracción, tiende a la asociación libre no sólo en el pensamiento sino en los hechos. El acto revolucionario, sin lugar a dudas, colinda con el acto analítico. Uno y otro están unidos en la libertad como pasaje indispensable de un recorrido insondable e imposible en el sentido lacaniano. La convergencia entre el psicoanálisis y la práctica revolucionaria siempre ha sido un problema que pocos psicoanalistas se atreven a indagar de modo serio. Preguntarse este asunto no es menor y alude, de modo casi siempre preciso, a confrontar la particular tranquilidad de los sepulcros neuróticos del capitalismo. Soporta incomodar la pluralidad finita del engaño psicológico de los fetiches de la mercancía en medio del fango de la estabilidad mental burguesa. 

No sólo muchas miradas marxistas han sido convenientemente abducidas por el capitalismo. El propio psicoanálisis ha sido políticamente derechizado por la fe de ciertos psicoanalistas a priorizar el espectáculo, el bien hacer y el negocio. Psicoanalistas cautos que hacen de la usura su modo corriente de funcionamiento. Marie Langer nunca optó por lo utilitario, permaneció en lo negativo, en la dialéctica propia del peregrinaje y el exilio. Fue una psicoanalista que incomodó desde los límites, miró con desconfianza la adecuación funcionalista. Por esas andanzas, imagino, escribió en el prefacio a ese libro descomunal llamado Psicología, ideología y ciencia, que “el psicoanálisis, paulatinamente, fue aceptado. Incluso fue absorbido por el sistema y llegó a convertirse en su aliado” (Langer, 1975a, p. xi). Queda preguntarse entonces si las y los psicoanalistas, pese a expresar su indignación, no han sido ya dirigidos por la médula del deseo capitalista. 

Una fotografía siempre llega a su destino: Marie Langer en La Habana

De forma paralela a mis ya señaladas inquietudes teóricas y debido a la invitación de un grupo de marxistas latinoamericanos y caribeños, hace algunos meses emprendí la escritura de una brevísima biografía —política y psicoanalítica— de Marie Langer para un vocabulario de pensamiento intelectual de marxismo latinoamericano. Mi precariedad, y sobre todo mi desfase en los tiempos, han hecho que sólo conozca la literatura de Mimi en formato PDF. Como siempre suele ocurrir, a veces se cuenta con cofrades que suelen tener obras, libros o mamotretos que a uno le interesan. Mi querida colega psicoanalista Nadina Perrés conserva, pese a todo y pese a las incógnitas, muchos de los libros de su padre, José Perrés, psicoanalista nacionalizado mexicano y cercano a Mimi. Un día, sin mucho más que la inquietud, le pregunté si podría husmear en la biblioteca de su padre si había algunos textos de Marie Langer y, generosamente, me prestó varios ejemplares. Uno de ellos era el conocido Cuestionamos. Volumen que recopilara las formas irredentas de muchas y muchos psicoanalistas intranquilos ante las vicisitudes represivas de la Argentina y de la dominación psicoanalítica del ala de la derecha en el cono sur.

Lo más curioso es que ese tomo tenía abonada la verdad. No era para menos. Yo había revisado partes de ese libro por descargas en internet, pero no lo conocía en completud. Cuando lo recibí, me dispuse a revisar el índice y, justo allí, en esa apertura de la belleza indómita de un libro, asomó una fotografía. Revelada en un vetusto papel fotográfico de la marca Kodak, aparecía Marie Langer acompañada Fidel Castro. No puedo describir lo que sentí al observarla. Como la encontré en medio del breve receso en clase que hago con mis estudiantes en la UAM, sólo atiné a compartirles el inesperado hallazgo. Quizás quede muy corto en mis palabras al mencionarles quien era Marie Langer y lo trascendente de esa fotografía. Sentí como si de algo real y raramente místico se tratara. Esa rara vicisitud por la cual un ingenuo estudiante impaciente ante la obra de Marie Langer y el marxismo fue a recibir ese acontecimiento justo cuando iba a escribir sobre la influencia de Mimi en el marxismo latinoamericano. Llegué a la fugaz conclusión de que ese encuentro llenaba, parcialmente, un vacío entre la agitación psicoanalítica y la praxis marxista. En cierto sentido era una innegable incitación material. 

Tal vez esa imagen pertenezca a lo que Juan Carlos Volnovich (1989, p. 23) narró de la recepción de Langer por parte del comandante en jefe:

Fidel la recibió abriendo los brazos enormes y apoyándola contra su pecho, mientras acariciaba sus cabellos blancos y reflexionaba sobre el honor que para él era “que una persona como tú simpatice con la Revolución Cubana. Tú que naciste en Viena, si hasta prima de Freud debes ser, que estuviste en el Partido Comunista Austríaco, que estuviste en la Guerra Civil Española, que eres la madre del psicoanálisis latinoamericano[…]”.

Menuda sentencia aquella que expresó Fidel Castro. Arrasó de tajo con los poseedores crematísticos de la historiografía. Expropió la verdad a esos fanáticos de la historia cronológica del psicoanálisis que se desagarran las vestiduras por saber qué médico o traductor varón fue el primero en acercarnos la peste freudiana. Allí estaba Fidel para recordar, con una buena dosis de ternura, que el psicoanálisis en Latinoamérica tenía una función nutricia antes que una tullida y fálica herencia médico-institucionalizada. 

La historia de Mimi como la madre del psicoanálisis latinoamericano fue la de una extraña madre poco ortodoxa. Durante su estadía en la Argentina, como relata Graciela Graschinsky (2002), Langer “fue acusada de moralista, rígida y egocéntrica por no compartir cierta obsesión elitista que reinaba en la comunidad psicoanalítica de Buenos Aires, que había alcanzado un sólido prestigio” (p. 71). La derecha siendo la derecha. Atacando con lo que ella vocifera y enaltece.

Sin lugar a dudas, la maternidad de Marie Langer puede leerse desde una posición crítica que da cuenta de que el psicoanálisis puede no desarraigarse del núcleo de complicidad con complejo psi normalizante como lo denomina Nikolas Rose (1985). Ese duro complejo que provoca que las ciencias del alma, de la mente o de la subjetividad, sea cual sea el teórico de cabecera, contribuyan a eclipsar los modos de resistencia y segreguen la inadaptación. El psicoanálisis, como cuenta también Paul Robinson (1971), “se ha inclinado hacia el lado conservador” (p. 12). Tan conservador como la pasión utilitarista por el dinero que no es sino “excremento sobrevalorado” (Langer, 1975b, p. 103). Militar en psicoanálisis, por el contrario, espolea a la comunidad de cofrades políticos. Incita a la posibilidad “factible” de que “trates con éxito a un compañero, a un militante, sin cobrarle, por el vínculo de solidaridad que une y que justifica que tú le dediques tu tiempo” (Langer, 1981b, p. 190). El psicoanalista trabaja gratis porque su pago no reside en la falsedad monetaria del dinero.

A modo de conclusión: Langer y su claridad de todo

De entre las cosas más impresionantes que percibo en Marie Langer es su claridad de todo.  Esa que Milner (2011) observaba en Sócrates y en Lacan. Ella, entre otras incidencias, concebía con franqueza el problema de la case en psicoanálisis que no competía sólo a las posibilidades de acceder a un trabajo psicoanalítico. Mimi advertía las limitantes de clase, la incomodidad inconsciente de la ideología burguesa ante su idílica acumulación. Langer insiste en la relevancia de la clase en el tratamiento de la enfermedad mental. Para ella no hay azarosidad, la dimensión conservadora enfermiza siempre está producida por las vicisitudes de la vida material y sus intercambios en un sistema de opresión que establece claves de sometimiento. En sus palabras: 

He aquí la raíz de porqué estas mujeres de clase obrera no encuentran en el trabajo su instrumento liberador y optan por una domesticidad que, aunque agobiadora, lo es menos que la explotación impuesta por el patrón. Esta aparente liberación en el hogar da origen a la patología que aquí analizamos. Tal el precio de las aspiraciones pequeño-burguesas de quienes, más que combatir, pretenden integrarse a la sociedad de consumo, sin advertir su canto de sirena (Langer, 1981b, p. 189).

Mimi evoca, de una u otra manera, que la práctica del psicoanálisis no queda remitida a profundizar en la falsa ontología que habita en la adecuación abstracta del pensamiento positivo. El psicoanálisis que clarifica Marie Langer da cuenta así de las modalidades que soportan el flujo de los placeres alrededor de las políticas de clase y subsunción en el capitalismo. Debido a su singular inscripción en el pensamiento de Marx, Langer (1971) sugirió que “Freud y Marx, cada uno desde su abordaje, crean nuevas ciencias que dan nueva conciencia al hombre. Ambos descubren, detrás de una realidad aparente, la materia y los procesos invisibles que son motor de su historia y de su ubicación actual. Freud en lo psicológico y Marx en lo histórico-social” (p. 71).

Langer (1971) expone, finalmente, que si a “toda pretensión de crítica y de cambio se le reduce a ‘resistencia’, el análisis se vuelve efectivamente cómplice del establishment, adaptativo en el peor sentido de la palabra, y constituye una racionalización por parte del analista de su anclaje en el pasado y de su apego a las ventajas que el orden establecido le ofrece” (p. 72). Conviene así mirar a Marie Langer no desde un horizonte resistente sino desde una extraña mujer que priorizó el acto y no la resistencia. Tal vez por ello, al leerla, uno no deja de recordar sus múltiples espacios de militancia. En conclusión y que se escuche fuerte y claro: eterna muerte al psicoanálisis ladino, larga vida a la compañera Marie Mimi Langer.

Referencias

Graschinsky, G. (2002). Histoire, migration et déracinement: le legs de Marie Langer. Topique, 80(3), 63-79.

Guinsberg, E. (2001). Marie Langer: ¿Una presencia molesta?, El Sigma

Langer, M. (1971). Psicoanálisis y/o revolución social. En J. C. Volnovich y S. Werthein (comp.). Marie Langer. Mujer, psicoanálisis y marxismo (pp. 65-76). Buenos Aires: Contrapunto.

Langer, M. (1975a). Prefacio. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal, Psicología, ideología y ciencia (pp. xi-xiii). México: Siglo XXI.

Langer, M. (1975b). Vicisitudes del movimiento psicoanalítico argentino. En J. C. Volnovich y S. Werthein (comp.). Marie Langer. Mujer, psicoanálisis y marxismo (pp. 97-111). Buenos Aires: Contrapunto.

Langer, M. (1981a). Nací en 1910. ¿Qué significa eso? Que casi pertenezco al siglo. En M. Langer, J. Del Palacio y E. Guinsberg, Memoria, historia y diálogo psicoanalítico (pp. 1-74). México: Folios.

Langer, M. (1981b). Conversaciones sobre psicoanálisis con Enrique Guinsberg. En M. Langer, J. Del Palacio y E. Guinsberg, Memoria, historia y diálogo psicoanalítico (pp. 75-212). México: Folios.

Lamas, M. (1998). Un recuerdo de Marie Langer. Debate Feminista, (17), 327-330. 

Lenin, V. I. (1902). ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento. Moscú: Progreso, 1981.

Milner, J.-C. (2011). Clartés de tout. De Lacan à Marx, d’Aristote à Mao. París: Vernier.

Pavón-Cuéllar, D. (2023). Sobre el vacío: puentes entre marxismo y psicoanálisis. México: Paradiso.

Robinson, P. (1971). La izquierda freudiana. Buenos Aires: Granica.

Roig, M. (1982). Marie Langer no es una dama. Triunfo, (21-22), 111-117.

Rose, N. (1985). The Psychological Complex. Londres: Routledge.

Volnovich, J. C. (1989). Marie Langer: Tan violentamente dulce. En J. C. Volnovich y S. Werthein (comp.). Marie Langer. Mujer, psicoanálisis y marxismo (pp. 13-23). Buenos Aires: Contrapunto.