Élodie Ségal1
RESUMEN:
Este artículo examina el trabajo de cuidado como un régimen material y simbólico atravesado por relaciones de poder, desigualdad y conflicto, retomando el debate entre redistribución y reconocimiento planteado por Nancy Fraser y Judith Butler. A partir de esta discusión, se propone una lectura política del cuidado que rechaza tanto su reducción a una política institucional de redistribución como su absorción en un gesto simbólico de reconocimiento.
Nancy Fraser sostiene que las injusticias contemporáneas son bivalentes —económicas y culturales— y requieren soluciones transformativas que articulen redistribución y reconocimiento. No obstante, su enfoque tiende a disociar analíticamente ambas dimensiones. Judith Butler, por su parte, cuestiona dicha separación al señalar que lo simbólico y lo material se constituyen mutuamente, y defiende el conflicto como condición productiva de las luchas políticas. En este marco, el cuidado aparece como un terreno especialmente fértil para explorar las tensiones entre ambas perspectivas.
Desde una mirada situada, el análisis retoma los aportes de Helena Hirata sobre el régimen de género, y propone, a su vez, la noción de régimen de violencia extrema como herramienta conceptual para pensar el cuidado como eje estructurante de la reproducción social. Este régimen se analiza en tres niveles: el disciplinamiento laboral-sexual, la legitimación simbólica de las jerarquías de género y la violencia estructural que desborda los marcos normativos clásicos. Lejos de aspirar a una resolución armónica entre redistribución y reconocimiento, el texto defiende la politización del conflicto como vía para reconfigurar las condiciones materiales y simbólicas que sostienen la vida.
INTRODUCCIÓN
El debate entre Nancy Fraser y Judith Butler sobre redistribución y reconocimiento plantea interrogantes fundamentales para el pensamiento feminista y la teoría política contemporánea (Butler & Fraser, 2000). Fraser propone abordar de manera conjunta la justicia económica (redistribución) y la justicia cultural (reconocimiento), al considerar que ambas dimensiones están imbricadas y resultan indispensables para comprender las injusticias del siglo XXI (Fraser, 1995). Según Fraser, “la noción de comunidades bivalentes» permite pensar cómo lo económico y lo cultural se entrecruzan, evitando miradas reduccionistas. Sin embargo, Fraser reconoce que intentar abordar simultáneamente estas dos dimensiones puede generar tensiones profundas, por lo que propone una solución transformativa que modifique tanto el orden económico-político como el simbólico (Fraser, 2022).
Judith Butler (1997), por su parte, cuestiona esta aproximación al señalar que las injusticias culturales no pueden disociarse de las materiales, ya que ambas se constituyen mutuamente. Ejemplos como la homofobia muestran cómo las formas de reconocimiento —o la falta de él— tienen consecuencias legales, sociales y económicas (Butler, 2004). Butler también critica el enfoque normativo de Fraser, al considerar que intenta resolver o neutralizar los conflictos que, desde su perspectiva, son inherentes y productivos en los movimientos sociales. En vez de buscar una solución definitiva a las tensiones entre redistribución y reconocimiento, Butler propone mantener el conflicto como motor de transformación política.
Este diálogo permite reflexionar sobre los límites y alcances de los marcos analíticos para pensar la justicia social, destacando la importancia de no disociar las dimensiones económica y cultural. Asimismo, subraya el valor político del conflicto como elemento constitutivo de las luchas feministas contemporáneas, abriendo interrogantes sobre cómo articular demandas de justicia sin neutralizar las tensiones propias de los procesos emancipatorios.
El cuidado se inscribe en un campo de tensiones clave para el pensamiento feminista contemporáneo, particularmente en el debate entre Nancy Fraser y Judith Butler sobre redistribución y reconocimiento. Proponer una lectura materialista-política del cuidado no puede reducirse ni a una política institucional de redistribución ni a un gesto simbólico de reconocimiento. Más bien, el proyecto se sitúa en el intersticio conflictivo entre ambas dimensiones, al sostener que la precarización material y el borramiento simbólico de quienes cuidan están mutuamente implicados.
En esta perspectiva, el cuidado permite problematizar no solo la división sexual del trabajo, sino también los marcos analíticos desde los cuales pensamos la reproducción social. Conceptos como el régimen de género (Hirata, 2021, 2024) o el régimen de violencia extrema (Ségal, 2024) ofrecen claves para entender cómo se configuran —y se legitiman— las formas actuales de subordinación, precarización y explotación de quienes sostienen la vida. Lejos de buscar una resolución armónica, esta mirada se apoya en una lectura política y materialista del conflicto como condición misma de transformación social.
Por ello, el uso crítico de herramientas técnicas y participativas no debe leerse como una neutralización, sino como un gesto de apropiación situada, capaz de revelar y tensar los dispositivos que configuran —y a veces clausuran— lo común.
A lo largo de este artículo, se articularán tres líneas argumentativas: la tensión conceptual entre redistribución y reconocimiento (Butler & Fraser, 2000); la crítica feminista al régimen de cuidado desde la obra de Helena Hirata (2021, 2024); y, finalmente, el análisis del cuidado como eje de producción de violencia estructural, a partir de la noción de régimen de violencia extrema (Ségal, 2024).
I. El debate entre redistribución y reconocimiento: Fraser y Butler
I.1. Redistribución, reconocimiento y tensiones normativas en Fraser
Nancy Fraser propone una lectura articulada de las injusticias contemporáneas, evitando tanto el reduccionismo economicista como el culturalismo identitario. Su concepto de comunidades bivalentes permite pensar sujetos o colectivos que padecen simultáneamente injusticias económicas (como la explotación) y culturales (como la invisibilización o el desprecio). Desde esta perspectiva, Fraser plantea que la justicia debe abordarse en dos ejes: la redistribución material y el reconocimiento cultural. Ambas dimensiones son estructurantes y deben ser tratadas de forma conjunta, aunque no necesariamente con las mismas herramientas.
Sin embargo, Fraser advierte que las soluciones orientadas exclusivamente a una de las dimensiones pueden generar efectos perversos. Por ello, distingue entre soluciones afirmativas —que intentan corregir desigualdades sin alterar el orden subyacente— y soluciones transformativas, que sí buscan modificar los fundamentos estructurales tanto del orden económico como simbólico.
En su ensayo De la redistribución al reconocimiento, Fraser recurre a una estrategia analítica que combina tipos ideales y distinciones normativas inspiradas en Weber y Kant (Butler & Fraser, 2000). Esto le permite construir un marco para evaluar las formas de injusticia y orientar respuestas políticas. Esta metodología resulta problemática por su exceso de normativismo y la ausencia de un tratamiento dialéctico que permita captar la complejidad del conflicto. La propia Fraser admite que, aunque las dimensiones cultural y económica están “entrelazadas” (imbricated), las analiza por separado con fines heurísticos. Esta separación metodológica, aunque útil, deja preguntas abiertas sobre cómo pensar en la práctica los conflictos que surgen entre ambas esferas.
I.2. La crítica de Butler: conflicto, performatividad y coimplicación material
Judith Butler propone una intervención crítica a esta separación entre redistribución y reconocimiento. En su réplica a Fraser —particularmente en relación con el artículo titulado “From Redistribution to Recognition? Dilemmas of Justice in a ‘Post-Socialist’ Age” (Fraser, 1995)— Butler sostiene que lo material y lo simbólico no pueden pensarse como esferas distintas, ni siquiera con fines analíticos. Desde su lectura, el reconocimiento no es únicamente simbólico, sino que produce efectos materiales: legisla, habilita, excluye. La homofobia, por ejemplo, no es una cuestión meramente cultural, sino que estructura el acceso a derechos, salud, empleo, vivienda y ciudadanía.
Desde una ontología performativa del sujeto, Butler enfatiza que la constitución del cuerpo, del género y del estatus jurídico depende de normas culturales que son siempre materiales en sus efectos. De ahí su rechazo a cualquier marco analítico que intente “resolver” los conflictos entre redistribución y reconocimiento, ya que dichos conflictos —dice Butler— son constitutivos y políticamente productivos. En lugar de cerrar las tensiones mediante una solución normativa, Butler propone sostenerlas, performarlas y convertirlas en motor de transformación social.
Una de las contribuciones más potentes de Butler es precisamente esta afirmación del conflicto como principio político. En contraste con el enfoque de Fraser, que busca equilibrar dimensiones mediante categorías normativas, Butler reivindica la incompletud y el carácter abierto de las luchas sociales. Desde esta posición, no hay un punto de llegada armónico, sino un proceso continuo de politización de los márgenes, los cuerpos excluidos y las formas no normativas de vida.
I.3. Entre la justicia social y la crítica radical: lecturas complementarias
El debate entre Fraser y Butler ha sido leído como una confrontación inconciliable, en la que cada autora representa posiciones teóricas aparentemente irreductibles: redistribución versus reconocimiento, lo material frente a lo simbólico, o justicia estructural frente a performatividad identitaria (Honneth, 2003; McNay, 2008; Zurn, 2003). Desde una lectura situada, sin embargo, es posible identificar zonas de convergencia y tensiones productivas que permiten repensar la justicia social desde una perspectiva feminista crítica.
Ambas autoras coinciden en que el feminismo debe incorporar las dimensiones económicas y simbólicas, aunque difieren en su estrategia teórica. Fraser busca marcos normativos para intervenir políticamente; Butler, en cambio, pone en cuestión esos marcos desde su génesis misma. La primera se apoya en una sociología normativa, la segunda en una crítica radical del sujeto político.
Desde un punto de vista situado en América Latina, estas perspectivas pueden y deben ser leídas en clave crítica, reconociendo la necesidad de articular justicia material y reconocimiento simbólico sin olvidar las formas concretas de precariedad, violencia y resistencia que atraviesan nuestros contextos. El cuidado, como veremos en las secciones siguientes, constituye precisamente uno de esos lugares donde la redistribución y el reconocimiento colisionan —y donde el conflicto no solo no puede ser evitado, sino que debe ser asumido como principio organizador.
II. El cuidado entre producción y reproducción: la crítica feminista de Helena Hirata
II.1. Definiciones críticas del trabajo de reproducción
El concepto de reproducción social ha sido clave para la crítica feminista del trabajo no remunerado. A partir de los años setenta, autoras como Silvia Federici, Maria Dalla Costa o Selma James elaboraron una crítica feminista al marxismo ortodoxo, subrayando la centralidad del trabajo doméstico y reproductivo en la acumulación capitalista —un trabajo históricamente invisibilizado pero indispensable para el sostenimiento de la fuerza de trabajo (Dalla Costa & James, 1972; Federici, 2010; Federici & Dalla Costa, 2020; Federici & Mezzadri, 2019). Sin embargo, este marco inicial ha sido ampliado y problematizado por autoras contemporáneas como Tithi Bhattacharya, Cinzia Arruzza y Nancy Fraser, quienes han propuesto la categoría de teoría de la reproducción social para abarcar también la reproducción generacional, institucional y comunitaria (Arruzza, Bhattacharya, & Fraser, 2019; Bhattacharya, 2020).
En este contexto, Helena Hirata aporta una crítica singular que insiste en el carácter transversal y material del trabajo de reproducción (Hirata, 2021, 2024). En lugar de aceptar la separación entre producción y reproducción, Hirata propone analizarlas como dimensiones entrelazadas en la vida social y económica. Esta crítica se apoya en el análisis del trabajo de cuidado, definido como una actividad compleja, relacional, situada, marcada por relaciones de género, clase y etnia.
Hirata distingue diferentes formas de trabajo de reproducción: desde las tareas domésticas y de gestión cotidiana hasta el trabajo emocional, afectivo y sexual. Este conjunto de actividades —invisibilizadas, naturalizadas y feminizadas— constituye una forma de trabajo fundamental para la sostenibilidad de la vida, aunque no sea reconocido ni remunerado en los términos del mercado.
II.2. El cuidado como trabajo productivo y reproductivo
La perspectiva de Hirata parte de una tesis clara: el trabajo de cuidado es a la vez productivo y reproductivo (Hirata, 2021, 2024). Se produce en el cruce entre la producción para vivir y la reproducción de la vida, y no puede reducirse a una esfera secundaria, extraeconómica o afectiva. Esta doble dimensión del cuidado lo convierte en un punto crítico para comprender las formas contemporáneas de explotación, pero también para repensar los marcos conceptuales desde los que analizamos el trabajo.
A diferencia de las versiones más normativas de la teoría de la reproducción social, Hirata no acepta la separación funcional entre trabajo de mercado y trabajo reproductivo. Desde su mirada, esta separación reproduce una jerarquía ideológica que invisibiliza el aporte económico y político de las actividades de cuidado. En cambio, propone una definición amplia del trabajo que incluye tanto las tareas realizadas en el hogar como en el espacio laboral formal, desde una mirada interseccional.
El cuidado, entonces, aparece como un lugar de condensación de múltiples formas de subordinación: laboral, de género, étnica y legal. Las cuidadoras remuneradas (enfermeras, auxiliares, empleadas domésticas) encarnan esta intersección de vulnerabilidades, que se agrava en contextos de envejecimiento poblacional, crisis de las políticas públicas y privatización de los servicios sociales.
II.3. Crisis del cuidado y nuevas formas de delegación
En los países industrializados, la crisis del cuidado se manifiesta en fenómenos múltiples: mujeres que no pueden atender a sus familias por estar insertas en el mercado laboral; crecimiento de la población dependiente; profesionalización forzada del cuidado; y externalización de las tareas reproductivas hacia otras mujeres, generalmente migrantes o racializadas.
Hirata ha mostrado cómo este proceso da lugar a un régimen segmentado del cuidado: mujeres de clases medias o altas delegan sus responsabilidades sobre otras mujeres, que son mal remuneradas, sobrecargadas y frecuentemente expuestas a formas de violencia institucional o simbólica. Esta cadena de delegación revela la dimensión estructural del problema, y permite pensar el cuidado no como un gesto ético o personal, sino como un campo de poder, reproducción social y acumulación desigual.
La crisis del cuidado, por tanto, no es solo una cuestión ética ni únicamente una demanda de redistribución económica. Implica una transformación profunda de las estructuras sociales, de la división sexual del trabajo, de las políticas públicas y del orden simbólico que define qué es trabajo, qué vale y quién cuida a quién.
II.4. Implicaciones políticas: cuidado, conflicto y reconocimiento
En este punto, la lectura de Hirata permite conectar con el debate entre Fraser y Butler. Si Fraser podría ver en el cuidado un problema de redistribución estructural, y Butler un campo de disputa simbólica sobre la vulnerabilidad y el reconocimiento, Hirata propone una vía intermedia y materialista: pensar el cuidado como una relación social situada implica reconocerlo como un terreno de conflicto estructural, donde se entrecruzan el régimen de género y el régimen productivo. Redistribución y reconocimiento están mutuamente implicados, pero no pueden resolverse normativamente sin desatender las tensiones constitutivas que lo atraviesan.
Desde esta perspectiva, el cuidado no debe ser romantizado ni estetizado. No se trata de elogiar una supuesta ética femenina, ni de reconocer moralmente a quienes cuidan. Se trata, en cambio, de politizar el conflicto, visibilizar las cadenas de delegación, denunciar las condiciones de trabajo y poner en cuestión el régimen de género que naturaliza estas tareas como destino femenino.
El aporte de Hirata permite, así, articular una crítica feminista del trabajo de cuidado como régimen: régimen material, simbólico y político. En lugar de una política del reconocimiento que neutralice las diferencias, se propone una política situada que haga visibles las relaciones de poder y que permita nuevas formas de acción colectiva.
II.5. El cuidado como intersección crítica: apuntes para una lectura latinoamericana
Aunque el trabajo de Hirata está basado en estudios de Francia, Japón y Brasil, sus implicaciones resuenan con fuerza en América Latina. La informalidad laboral, la feminización de la pobreza, la racialización del trabajo doméstico y el debilitamiento de las políticas públicas hacen que el cuidado sea un terreno clave para pensar la justicia social en la región.
La crítica de Hirata se distancia tanto de las soluciones afirmativas como de las lógicas de reconocimiento abstracto. Lo que se propone es una lectura del cuidado como intersección crítica: un punto donde confluyen producción y reproducción, explotación y afecto, mercado y comunidad. Pero también —como se analizará en la siguiente sección— es un espacio donde se produce violencia. Una lectura situada en el Sur global permite visibilizar el cuidado como parte de un régimen de violencia extrema, en el que se entrelazan luchas identitarias, conflictos políticos y nuevas formas de dominación estructural (Ségal, 2024).
III. Régimen de violencia extrema y cuidado: crítica desde el Sur
III.1. Introducción: del cuidado al conflicto estructural
El trabajo de cuidado no puede ser comprendido sin atender a las estructuras materiales y simbólicas que lo configuran, regulan y explotan. En los contextos del Sur global, y particularmente en América Latina, el cuidado no solo se inscribe en lógicas de redistribución desigual o de falta de reconocimiento; se produce también en condiciones marcadas por la violencia estructural. El objetivo de esta sección es desarrollar la noción de régimen de violencia extrema, entendida como un entramado que articula relaciones de género, división sexual del trabajo y formas neoliberales de gestión de la vida (Ségal, 2024).
Partiremos del concepto de régimen de género, propuesto por Helena Hirata, para pensar los modos actuales de producción y reproducción social (Hirata, 2021, 2024). Sobre esta base, proponemos la categoría de régimen de violencia extrema, que permite entender cómo el cuidado —invisibilizado, precarizado y racializado— se vuelve un dispositivo de control, extracción y disciplinamiento.
III.2. Tres dimensiones del régimen de violencia extrema
La noción de régimen de violencia extrema que aquí se plantea busca articular las formas contemporáneas de subordinación, precarización y control que afectan de manera diferencial a los cuerpos feminizados, especialmente en los espacios del cuidado. En lugar de entender la violencia como un fenómeno externo o episódico, se trata de analizarla como una dimensión estructural de las relaciones sociales que organiza y legitima la explotación de ciertos cuerpos bajo el capitalismo. Este régimen se manifiesta, al menos, en tres niveles interrelacionados: disciplinamiento, reproducción simbólica y crisis de contención política.
a) La división sexual del trabajo como herramienta de disciplinamiento
En el contexto del capitalismo actual, la división sexual del trabajo no solo estructura la asignación diferenciada de tareas entre hombres y mujeres, sino que funciona como un dispositivo de disciplinamiento corporal y subjetivo. Las tareas de cuidado, históricamente atribuidas a las mujeres, no son reconocidas como trabajo en el sentido pleno del término. Esta desvalorización tiene efectos concretos: invisibiliza el esfuerzo, niega derechos laborales, justifica la ausencia de remuneración, y al mismo tiempo impone una ética de la abnegación y del “amor natural” como justificación ideológica.
El trabajo de cuidado aparece así como una zona de control social, donde se reproduce la lógica de la servidumbre femenina en nombre de la afectividad. Las mujeres —especialmente aquellas en situación de pobreza, racializadas o migrantes— son interpeladas para cumplir con este mandato de género, sin posibilidad real de negociación. Este disciplinamiento no solo es material (por la carga de trabajo), sino también simbólico: moldea la subjetividad en función de la disponibilidad, la paciencia, la presencia y la entrega emocional.
b) El mandato patriarcal como mecanismo de reproducción de la violencia
Tomando como referencia los aportes de Rita Laura Segato, propongo considerar la violencia de género no como un exceso o una desviación, sino como un mecanismo de reproducción central del orden patriarcal (Segato, 2003). En esta lectura, el cuerpo de las mujeres no es simplemente víctima de violencia, sino soporte estructural de una pedagogía de la crueldad. La violencia extrema —como el feminicidio o la explotación sexual— funciona como demostración pública de poder masculino, inscrita en una lógica de fratría, estatus y jerarquía.
Este mandato patriarcal opera en paralelo al disciplinamiento laboral: mientras las mujeres son sujetadas por el deber de cuidar, los varones son socializados para ejercer dominio, muchas veces convalidado por instituciones como la familia, la iglesia o el Estado. De esta forma, el régimen de violencia extrema no solo explota el trabajo de las mujeres, sino que lo mantiene bajo amenaza permanente, como parte de una economía del miedo y la sumisión.
c) La violencia inconvertible como expresión de la crisis de lo político
El tercer nivel del régimen de violencia se manifiesta en lo que Étienne Balibar (2010) denomina violencia inconvertible. Se trata de una violencia que no puede ser traducida en contrato, institucionalidad ni cultura común. Es la violencia que irrumpe cuando las formas tradicionales de contención —el derecho, el Estado, las normas— fallan o directamente se convierten en reproductoras del daño. Esta violencia marca el límite de lo político, en tanto hace imposible el tejido social y pone en crisis la legitimidad de los marcos normativos.
En América Latina, esta violencia se expresa en el desamparo estructural de quienes cuidan: trabajadoras del hogar sin derechos laborales, personal médico expuesto sin insumos, madres solas endeudadas para alimentar a sus hijos. Pero también se manifiesta en el descrédito epistémico de las voces que denuncian estas condiciones, en la patologización de la protesta, en la criminalización de los movimientos feministas que exigen justicia. Esta violencia inconvertible no es un resto del pasado, sino un síntoma del presente. Y su persistencia revela la incapacidad —o el desinterés— del Estado por reconocer a las cuidadoras como sujetas políticas, más allá del discurso retórico.
III.3. La economía de la muerte y la precarización del cuidado
En el actual modelo de acumulación, el capital se nutre no solo del trabajo productivo, sino de la precarización sistemática de los cuerpos. En este marco, el cuidado aparece como una de las principales formas de extracción de valor. La pandemia de COVID-19 expuso de forma brutal esta lógica: quienes sostienen la vida —trabajadoras del sector salud, cuidadoras, empleadas del hogar— fueron simultáneamente exaltadas y abandonadas, reconocidas discursivamente pero precarizadas en la práctica.
El concepto de economía de la muerte busca captar esta paradoja: el capital se valoriza a partir de la desprotección, la fragilidad y la pérdida (Ségal, 2024). Así como en otros contextos se ha hablado de “necropolítica”, aquí proponemos entender cómo el cuidado se gestiona desde una lógica de escasez, sobrecarga y despojo (Valencia, 2010). En México, por ejemplo, la falta de protección al personal de salud —mayoritariamente femenino— durante la pandemia reveló la indiferencia estructural hacia quienes sostienen el sistema sanitario. Esta violencia institucional no fue la excepción, sino la norma. Algo similar ocurrió con las trabajadoras del hogar, muchas de las cuales fueron enviadas a sus casas sin garantías laborales, a veces con pago, a veces sin nada, dependiendo de las condiciones particulares de los hogares donde trabajaban. La pérdida masiva de empleos en este sector evidenció la precariedad estructural que atraviesa las relaciones de cuidado en contextos de crisis.
III.4. La deuda, la vida cotidiana y la gestión neoliberal del cuidado
El endeudamiento cotidiano —especialmente entre mujeres— es otra forma en la que el régimen de violencia se inserta en las relaciones de cuidado. Como muestran Luci Cavallero y Verónica Gago (2021), la deuda funciona como una técnica de gobierno que convierte la reproducción social en un espacio colonizado por la lógica financiera. Las mujeres se endeudan para alimentar, cuidar, educar, sanar. La gestión del hogar se convierte en una gestión de la deuda (Gago, 2019; Gago & Cavallero, 2020).
Esto implica una reconfiguración de la economía política del cuidado: ya no solo se trata de trabajo gratuito o mal remunerado, sino de trabajo sostenido por endeudamiento, estrés financiero y subjetividad empresarial. El cuidado se privatiza, se terceriza, se convierte en una carga moral individual, en lugar de una responsabilidad colectiva y política. Aquí el régimen de violencia adquiere una dimensión económica directa: las condiciones materiales de la vida se deterioran y el cuidado se convierte en una zona de sacrificio.
III.5. Articulación feminista: politizar el cuidado como forma de resistencia
Frente a esta realidad, los feminismos del Sur han propuesto una politización radical del cuidado. No se trata de humanizar el capitalismo ni de reconocer simbólicamente a quienes cuidan, sino de desmantelar los dispositivos que sostienen la violencia estructural. Las huelgas de mujeres, las campañas por el reconocimiento del trabajo doméstico, las luchas por la seguridad social, la vivienda y el tiempo libre constituyen formas de resistencia a este régimen.
En esta perspectiva, el cuidado no es un lugar de armonía, sino de antagonismo. Es el punto donde colisionan la vida y el capital, la comunidad y el Estado, el cuerpo y la norma. Politizar el cuidado significa poner en cuestión las formas en que se organiza la reproducción social y disputar el sentido de lo común.
El conflicto, lejos de ser un obstáculo, se convierte en una herramienta crítica. Aquí retomamos la propuesta de Butler: sostener el conflicto como motor político. El cuidado, en tanto campo material y simbólico, constituye un espacio político en disputa, cuya interpretación no puede limitarse ni al deber moral ni a la lógica mercantil, sino que permite visibilizar su centralidad en los procesos de transformación social.
IV. Articulación conceptual y propuesta crítica
El recorrido desarrollado a lo largo de este artículo ha puesto en tensión tres marcos conceptuales que, si bien surgen de tradiciones distintas, permiten una lectura compleja y situada del cuidado como eje estructurante de las relaciones sociales contemporáneas: el debate entre redistribución y reconocimiento (Fraser–Butler), la crítica feminista al trabajo de reproducción (Hirata), y la noción de régimen de violencia extrema como dispositivo articulador de explotación, control y desposesión. Esta sección tiene por objetivo recoger esas líneas para formular una lectura integradora que no aspire a una síntesis armónica, sino a una propuesta crítica atravesada por el conflicto, situada en el Sur y atenta a las formas concretas de precariedad y resistencia que se juegan en torno al cuidado.
IV.1. El cuidado como punto de colisión entre redistribución y reconocimiento
Si seguimos la lectura de Fraser, el cuidado podría entenderse como una actividad marcada por injusticias económicas (baja remuneración, falta de derechos, sobrecarga) y culturales (desvalorización simbólica, invisibilización). Esta doble condición lo sitúa en el centro de una política transformadora, orientada a modificar tanto el orden económico como el simbólico. No obstante, abordar el cuidado exclusivamente desde un marco normativo e institucional implica el riesgo de tecnificar el conflicto, reduciéndolo a una dimensión operativa y despojándolo de sus condiciones materiales de producción, así como de su carga existencial e identitaria. Este desplazamiento tiende a neutralizar las tensiones constitutivas del cuidado, limitando su potencial transformador.
Butler, en cambio, nos permite leer el cuidado como una zona donde el conflicto es constitutivo: entre género y trabajo, entre vulnerabilidad y poder, entre dependencia y agencia. Su insistencia en no clausurar las tensiones, sino en sostenerlas como motor de transformación, resulta especialmente fecunda para pensar el cuidado no como espacio de armonización, sino como punto de colisión estructural entre redistribución y reconocimiento. En otras palabras, el cuidado no puede —ni debe— resolverse en un nuevo contrato social neutralizado, sino que debe ser politizado desde su conflictividad constitutiva.
En esa clave, el cuidado aparece como un espacio material donde lo económico y lo simbólico son indisociables, donde lo privado es eminentemente político, y donde el reconocimiento sin redistribución se vuelve vaciamiento discursivo, mientras que la redistribución sin reconocimiento perpetúa formas de dominación simbólica.
IV.2. El régimen de cuidado: entre extracción y subjetivación
La propuesta de Helena Hirata permite trasladar el análisis del cuidado desde una lógica moral o institucional hacia una crítica de las formas concretas de producción y reproducción. Su lectura del trabajo de cuidado como simultáneamente productivo y reproductivo cuestiona las categorías heredadas que escinden economía y afecto, empleo y servicio, salario y obligación.
Más aún, la noción de “régimen de cuidado” se revela heurística para pensar cómo el cuidado funciona hoy como un nodo de articulación entre modelo económico, división sexual del trabajo y configuración de subjetividades. Las cuidadoras no solo aportan fuerza de trabajo: producen afectividad, disponibilidad emocional, contención, escucha. Esta producción subjetiva es una de las formas más invisibilizadas de extracción contemporánea (Ségal, 2024). El capital no solo se apropia del tiempo y el cuerpo: también captura formas de presencia, sensibilidad y vínculo. En este sentido, el cuidado se convierte en un lugar donde se ejerce un poder que no necesita coerción directa: basta con convocar al amor, a la vocación o a la responsabilidad afectiva.
Esta dimensión de extracción subjetiva se articula con lo que he definido como régimen de violencia extrema. En efecto, el régimen de cuidado no es solo un dispositivo de sostenimiento de la vida: es también un dispositivo de extracción, de reproducción de jerarquías y de sometimiento estructural. Politizar el cuidado, entonces, no es simplemente reconocer su valor económico, sino interrogar las condiciones sociales, materiales y epistémicas que lo hacen posible, lo explotan y lo clausuran como lugar de poder.
IV.3. Contra la reconciliación: hacia una política del conflicto situado
En este marco, se propone leer el cuidado no como una esfera a proteger ni como un valor a universalizar, sino como un campo de disputa que debe ser pensado desde el conflicto. El riesgo de algunas políticas públicas y marcos institucionales contemporáneos es reconducir el cuidado hacia una dimensión reconciliadora, donde se enuncia la necesidad de “valorar lo esencial” sin transformar las condiciones estructurales que sostienen su desvalorización, precarización y violencia.
Frente a eso, se sostiene la necesidad de una política del conflicto situado, que no busque neutralizar las tensiones entre redistribución y reconocimiento, entre lo económico y lo simbólico, entre la vida y el capital, sino que haga de esas tensiones su punto de partida. Esta política reconoce que el conflicto no es una anomalía, sino una forma legítima de producción política. Reconoce que los cuerpos que cuidan —muchas veces empobrecidos, racializados, feminizados— no solo demandan visibilidad o justicia salarial, sino una transformación de los marcos que los hacen vulnerables.
Esto exige una mirada epistemológicamente situada. Desde América Latina, politizar el cuidado implica también reconocer que las condiciones históricas, coloniales y patriarcales que atraviesan nuestras sociedades configuran formas específicas de violencia y resistencia. No se trata de adaptar los modelos normativos globales, sino de construir categorías propias que nos permitan nombrar, entender y transformar las relaciones sociales desde nuestras experiencias.
CONCLUSIÓN
A lo largo de este artículo, se propone una lectura crítica del cuidado como campo de articulación —y de fricción— entre redistribución, reconocimiento y conflicto. A partir del debate entre Nancy Fraser y Judith Butler, se advierte que el intento de resolver normativamente las injusticias económicas y culturales puede desembocar en una neutralización de las tensiones estructurales que configuran las relaciones sociales. Butler plantea la necesidad de sostener el conflicto como principio político, más que a resolverlo mediante marcos normativos estables.
Este desplazamiento permite dialogar con las aportaciones de Helena Hirata, cuyas investigaciones sitúan el trabajo de cuidado en la encrucijada entre producción y reproducción, afectividad y subordinación, visibilidad y desposesión. Desde su propuesta, el cuidado no se concibe como un residuo ni una externalidad del sistema económico: es uno de sus núcleos constitutivos. Y es precisamente por ello que se encuentra atravesado por relaciones de género, clase y etnia que organizan no solo el trabajo, sino también la subjetividad y la expectativa moral.
Finalmente, desde una perspectiva situada en el Sur global, introducimos la noción de régimen de violencia extrema como marco para pensar las formas actuales de subordinación y extracción que afectan a quienes cuidan. Lejos de ser un gesto ético abstracto, el cuidado se inscribe en un entramado de desposesión, disciplinamiento y amenaza, donde el valor de la vida se decide bajo lógicas de acumulación, deuda y desigualdad estructural.
En este contexto, no hay salida armónica. Politizar el cuidado exige aceptar su conflictividad como punto de partida. Implica reconocer que no habrá justicia redistributiva sin reconocimiento de las violencias materiales y simbólicas, pero también que no habrá reconocimiento efectivo sin una transformación radical de las condiciones que permiten, reproducen y ocultan la explotación de quienes sostienen la vida.
En este contexto, el conflicto no constituye un obstáculo a superar, sino una forma legítima de producción política. Esta perspectiva cobra fuerza en las formas políticas del feminismo del Sur global, que adquieren hoy una relevancia internacional precisamente porque politizan la violencia, en lugar de naturalizarla o delegarla al plano privado o institucional. Su potencia radica en articular una respuesta situada frente a las nuevas formas de violencia que emergen de la crisis de lo político y de la descomposición del Estado-nación. Más que una reacción, se trata de una propuesta que redefine el horizonte del feminismo contemporáneo y da lugar a una nueva ola con impacto global.
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- Doctora Élodie Ségal; Profesora/Investigadora UAM Cuajimalpa, Ciudad de México; sociología del trabajo, modelos productivos, competencias y sociología de la extracción; https://orcid.org/0009-0008-1078-6197; segalelodie@yahoo.com ↩︎