La mentalidad de la derecha y la vergüenza. Componentes de un encuentro irrealizable 

Edgar M. Juárez-Salazar1

La astuta mentalidad de la derecha

En su libro ¡Gracias!, Andrés Manuel López Obrador recuerda una historia que le contó Sergio Méndez Arceo, el Obispo Rojo, como lo denominaba la derecha mexicana, mientras cenaban. El relato narra la historia de un creyente que, asfixiado por sus carencias y limitaciones económicas, se acerca al altar de la virgen rogándole una solución a su precaria situación. La virgen, desde su lugar universal de resolutivos, le contesta: ¡Organízate!

Más allá de lo chusco que pueda parecer el cuento no deja de ser relevador por varias situaciones. La primera reside en la posición testaruda de una búsqueda de respuestas que se dejan a la bienaventuranza de quien, horadando en las ideas, pretende la resolución individual de su situación social y política. Por otro lado, aclara que para activar una alternativa a la subsistencia resulta indispensable la aparición de los demás; de las personas; del horizonte político; de lo colectivo, lo común y sus circunstancias. El devenir político no es algo que pervive en la mente individual de las personas.

Existen marcadas diferencias entre la mente, el alma y el espíritu o, incluso, el aparato psíquico o la subjetividad. Evitando hacer un rastreo voluminoso o insufrible, vemos que desde la modernidad europea se puede situar, con Rene Descartes, cómo la cuestión del pensar queda dividida en una extraña brecha entre lo interior y lo exterior; es decir, la aproximación de una cosa pensante y una cosa extensa. Descartes inaugura la empecinada fe en la razón. Situación reeditada y reformada en los siglos posteriores y, en el estructuralismo, bajo la fórmula del binario: significante y significado.

Agudizando la problemática, fue John Locke (1999) quien destacó la capacidad de las ideas como algo que escapa con lo innato. Magnificando la holgura abstracta de las mismas. En sus palabras, “la mente llega a surtirse de ideas y de lenguaje” que son “los materiales propios para ejercitar su facultad discursiva” (p. 29). Locke implantó, con ello, una lectura de la materialidad tan positiva y como ingenua. Bajo la lupa de esta dimensión, la mentalidad se convierte en una cualidad susceptible de ser medida. En una oportuna y paradójica cualidad cuantificable. Deviene como un componente muy adecuado para la gestión. Esta idea de mente, con algunas variaciones, se encuentra bien reconocida en el liberalismo y el neoliberalismo político ya que, para muchas personas, resulta indudable que la mente funcione como una insólita suerte de acumulación originaria, como una tabula rasa.

La elucidación de la mente es disímil entre la filosofía y la psicología. La primera da lugar a las cualidades, a las dimensiones negativas e incluso percibe las indeterminaciones o sus contradicciones inherentes. La segunda, muchas de las veces, se ha encaminado hacia los procesos cognitivos y sus avenencias con la conducta. Esto ha organizado una “economía de la existencia” la cual apunta a la reducción “positivista” de la realidad como lo observó el jesuita Ignacio Martín-Baró (1998, p. 56). Ambos elementos, positividad y conciencia, se aglutinan y confabulan muy bien en la administración de la vida política. Hay en ellos una relación intrínseca y excluyente que ha sido perfeccionada como un soporte eficaz y utilitario en la mentalidad de la derecha en la panacea del neoliberalismo. 

La positivización de la mente gravita, del mismo modo, en la justa medida propuesta por una creencia mitológica focalizada en lo comprobable, lo verificable y lo ajustado. De hecho, y en paralelo, desde la perspectiva de Gustavo Bueno (2021), “el término derecha comienza designando un concepto positivo, que asumirá más tarde un significado mítico” (p. 357). Es una mitología que vincula la mente y la acción de la derecha. La compaginación entre los valores propios del progreso y el desarrollo individual a merced del prisma de las ideas liberales que cristalizan en políticas reaccionarias. De esta manera, la mentalidad de la derecha, en su pragmatismo y su control, es una extensión de las ideas abstractas, de la racionalidad y la administración de los fines. Una dominación desde siempre ya sostenida en la significación de la vida política.

En el despotismo de los significados, de la res cogitans gestionada por los fines de la cultura en el capitalismo, anidan muy bien las formas tradicionales, conservadoras, religiosas y su esencia tiránica. Desde la mirada de Coley Robin (2017), “la mente conservadora es extraordinariamente ágil y presta atención a los cambios de contexto y de fortuna mucho antes de que otros se den cuenta de que ocurren” (p. 33). Bajo su fanatismo por administrar, la derecha interpreta mejor que nadie el uso del deseo, los placeres y los afectos. Los positiviza aprovechando la maleabilidad de lo significado en el signo ideológico. Que la derecha y sus vertientes más radicales sepan aprovechar de buena manera todo aquello que se produce desde la izquierda es un síntoma de su mentalidad autocrática. Capturando y beneficiándose así de íconos, expresiones y alcances de las masas. La torpeza intelectual de la derecha es de fondo, mas no utilitaria. 

La mentalidad de la derecha, en sus amplios caminos o encuadres, solo puede emerger por un proceso de abstracción real. Un movimiento que implica las metamorfosis materiales y la generación de categorías ideológicas. Es decir, representaciones e ideas encaminadas a la administración estructural de los cuerpos y sus afectos. No se trata, en consecuencia, de una falsa conciencia sino de la expresión de sentidos que intentan forzar la realidad a una serie de direcciones productivas y egoístas bajo el yugo de las ficciones políticas más ramplonas pero efectivas. 

El término mentalidad de la derecha define así los elementos básicos que se enquistan en el razonamiento, la fiabilidad y los modos de interpretar y entender la realidad de un modo plenamente empírico y demostrable. Es debido a ello que para el pensamiento de la derecha parece imposible concebir la diferencia y ésta debe ceñirse a los puntos porcentuales. Cuando la diferencia racial, familiar, política o ideológica es recibida, casi por regla general, termina siendo apropiada y amoldada en la tradición. 

De igual forma, los modos de mirar, percibir y sentir, de una u otra manera, terminan por acoplarse a los valores de la ideología dominante burguesa. Como lo menciona Donald Lowe (1986), “la estratificación de la sociedad burguesa por clases también fue una estratificación perceptual dominada por el triunfante campo de la percepción burguesa, […] el campo burgués de la percepción ejerció una hegemonía sobre las realidades percibidas de las otras clases y estratos” (p. 60).

En nuestros días, la dualidad izquierda-derecha ha sufrido evoluciones que alargan, considerablemente, los alcances represivos y antidemocráticos. Para Norberto Bobbio (2014), pensar en “diadas antitéticas”, como la derecha y la izquierda, refleja una imposibilidad para reflexionar sobre un “universo político cada vez más complejo como el de las grandes sociedades” (p. 24). Sin embargo, la agudización del pensamiento de derecha no deja de hacer subsistir mecanismos reiterativos de la división de oportunidades, de la cultura individualizante, de los alcances de la propiedad privada y del valor del trabajo como componente explotable por las dinámicas fascistas que tienden a combinar de forma sincrética diversas posiciones conservadoras (Eatwell, 1996). 

En consecuencia, la llamada ultraderecha ha ido adaptando su discurso a las expresiones colectivas y disidentes, siempre y cuando, éstas comulguen con la finalidad de movilización de la riqueza capital. La asociación entre la derecha y las nuevas modalidades del fascismo convergen en su adaptación y utilización de las diferencias sociales y en el extractivismo racionalizado de casi toda inconformidad política. Ya que “lo que caracteriza al posfascismo es un régimen de historicidad […] que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable, a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas” (Traverso, 2018, pp. 17-18).

Vemos, con todo lo anterior, que la mentalidad de la derecha establece no sólo una medida racional y utilitaria de los actos sino también una estandarización y aprovechamiento de todas las manifestaciones políticas. El pensamiento de la derecha no es ingenuo y mucho menos delirante. Todo lo contrario, la derecha conoce muy bien las intersecciones de lo positivo y lo racional. Por ello logra sacar buena tajada de los afectos y los malestares producidos por las mismas ideas que apuntalaron su libertad económica, social y política. 

La vergüenza. Entre la subjetividad reactiva y lo utilitario

De forma pavorosa, la vergüenza, y los afectos no han tenido el reconocimiento que merecen en las ciencias sociales cuando menos hasta la aparición del llamado giro afectivo. Pese a esa dificultad, estudiar la vergüenza puede dar muchas claves sobre la ordenación de las ideas en la mentalidad de la derecha sin caer en una psicologización o en enunciados predeterminados e insulsos que pretendan justificar el quehacer conservador de la misma.

Una cosa es clara: el capital se opone al interés común y afectivo. No logra elaborarlo o percibirlo pues es presa de lo abstracto y lo finito. Lo desprecia cuando lo comunitario no comparte los criterios neoliberales de desarrollo de la existencia. Con ello participa del rechazo de una realidad para convivir con la implantación de otra forma de acercarse a la vida. Esto lo puede hacer economizando lo afectivo y comunal por vía de la ganancia. Convirtiéndolo en mercancía muerta allí donde florecería lo colectivo. No es difícil adivinar que, ante la marca de lo comunitario, el capital y su mentalidad agazapada en la derecha, la vergüenza sea con frecuencia expulsada pues con ella, la mirada colectiva desestabiliza la certeza de la individualidad y propone otro rumbo ético ante la moralidad de la imagen subjetivizada.   

Para el filósofo Alain Badiou (2017), “el fascismo es una subjetividad reactiva”, ya que es “intracapitalista” y “no propone otra estructura del mundo” (p. 23). Ante la vergüenza aparece la reacción ya que la subjetividad fascista y de derecha evita todo aquello que convoca a lo inusitado, a las formas indeterminadas de la vida pública y lo común. Y, sobre todo, desplaza cualquier afecto que amenace lo fríamente calculado.

La vergüenza le recuerda al sujeto su fragilidad y le da cabida a la mirada del colectivo generando incluso una imposibilidad para nombrarla. Conlleva el “estremecimiento inmediato” que “recorre de pies a cabeza sin ninguna preparación discursiva” (Sartre, 1993, p. 292). Se trata de un afecto anómalo pues no puede medirse o controlarse. A causa de su carencia de infalibilidad, la vergüenza es un acto de recepción y sostenimiento. Escapa a la gestión y la rentabilidad y, sobre todo, nos acerca a las condiciones más apremiantes, nos dota de sensibilidad ante el sentir de lo colectivo y nos brinda un espacio para desubicar los pensamientos recordando su dimensión minúscula. Ya que, como menciona Simone de Beauvoir (1963), “un alma tan grande” solo sirve para soportar “la miseria ajena y nuestros propios privilegios” (p. 129). La vergüenza desintegra, en consecuencia, nuestra taimada sensatez y tranquilidad ante la desventura del mundo cuando nos acerca al sufrimiento ajeno.

La mentalidad de la derecha reduce la colectividad pues alarga las exigencias. Estándares de vida, scores de funcionamiento y, mayormente, competiciones que, para Jorge Alemán (2025), condensan “la aspiración de suturar la vida propia e intransferible de cada uno con las coerciones y exigencias, muchas veces imposibles de cumplir”. La medición de los afectos está asociada así a las claves y anhelos implantados del modo más deshonroso y aliado “estrechamente a la pulsión de muerte” (pp. 27-29)

Además, la vergüenza en lo colectivo remite también al honor. Desvela la imperfección de la divinidad pues recuerda que hay una política contingente de los seres hablantes. Desde su origen mitológico como Aidós, la vergüenza pervive en un fuerte lazo entre el honor y lo púdico. Sin embargo, la vergüenza es diferente del pudor debido a que este último obedece a la íntima corporeidad y, la primera, parte de la exterioridad y la introducción de la mirada.

Esta circunstancia exterior de la vergüenza es elemental en la organización política, en la ideología y en las formas de ejercicio del poder. No obstante, en muchas de las expresiones de la derecha —ya sea en su forma más tradicional o en sus bifurcaciones extremistas—, la vergüenza ha sido un factor excluido. La derecha enaltece el empuje de la fortaleza, lo grandilocuente de la carne en claves especistas, lo virilis, la demagogia adecuada y la democratización conveniente: las bases ineludibles del supremacismo. Esto provoca, entre otras cosas, que las situaciones oprobiosas sean desalojadas de su mentalidad pues reflejan sumisión ante la colectividad. 

Bajo ese imperativo de la magnificencia, la fuerza y el mandato divino, la mente de la derecha tiene una marcada lógica extractivista que enarbola la libertad generando un vocabulario que va de la reducción de los derechos sociales hasta la validación de la superioridad racial y económica. En la ultraderecha, se amplifica la apropiación de conceptos y sirve para echar andar una revalorización de la justa medida de la libertad; prioriza la responsabilidad ideológica de pautar las claves convenientes de la vida y las formas pretendidamente honorables de existir.

En consecuencia, la vergüenza y la derecha son circunstancias políticas mutuamente excluyentes. Entre la una y la otra hay un abismo que se ha fraguado y extendido de un modo vertiginoso desde cuando menos el siglo XIX a esta parte. En su sentido político, la vergüenza es un afecto que nunca pasa desapercibido. Sus aires alcanzan la cotidianidad; van de la moral imperante a la congoja y tropiezan con el pensamiento políticamente correcto. Por ello, la vergüenza es una estrepitosa ría en los linderos de la mente y sus pensamientos a la que hay que controlarla con diques. 

Sobra decir que los afectos y la mente siempre han tenido conflictos irresolubles y muy atrayentes. Tal vez parezca algo airado suponer que hay afectos más cargados hacia la izquierda y otros a la derecha con puntos excepcionales. No en vano, la palabra izquierda proviene del euskera y del céltico kerros: lo torcido. De tal suerte que, mientras en la derecha florece la positividad —el armado administrativo del pensamiento—, en la izquierda suele confluir lo negativo y pasional como una posibilidad de emerger de un modo diferencial. Mientras la izquierda apertura con el delirio, la locura y la indeterminación, en la derecha subsisten, con mayor frecuencia, el temor, el castigo y la culpa como sus afectos elementales. Es así como la vergüenza se inclina a la izquierda y remite la reelaboración de nuestra animalidad alienada. Es un remanente primigenio de la insistencia por hacernos de “algo propio” como lo percibió Jacques Derrida (2006, p. 19). Cuestión opuesta a “la irrupción de la extrema derecha” que promueve “la llegada de nuevos héroes cargados de fuerza y de razón” (Clua y Gómez, 2024, pp. 16-17).

Amarás a tu prójimo como a ti mismo: la igualdad oprobiosa

Además de tratar de ser evitada por su perturbación y su desestabilización, la vergüenza queda también relegada por encajar nuevas peculiaridades en el reconocimiento del semejante. Desde el siglo pasado, la preocupación por el otro se ha vuelto un imperativo y con ello genera una apertura desde los prismas simbólicos de la llamada alteridad. A pesar de esto, en la mentalidad de la derecha toda diferencia es vergonzosa debido a la rigidez de lo asumido como propiedad. 

En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber (2001) veía una “adecuación” entre la forma del capital y el espíritu que suministraba los matices racionales a la pulsión acumulativa [erwerbstrieb] y que determina, en paralelo, los alcances de la libertad en relación con los semejantes. Una pulsión que grabó el sacrificio de las pasiones por la reinversión y la circulación de la riqueza. De forma similar, la pulsión de muerte del capitalismo de nuestro tiempo asumió que la igualdad se explicaba en la neutralización oprobiosa de los afectos para evitar la deshonra ante el otro.

En el pensamiento de derecha se naturaliza, de un modo sinvergüenza, la relación con el otro para acallarla, menguarla y adaptarla. Amar al prójimo, como sentencia ineludible, considera la igualdad vergonzosa como corrección de la desigualdad. Una igualdad de la apariencia y del semblante, de la semejanza natural de la idea y no de la materia ya que, como refiere Anselm Jappe (2017), “en el discurso reaccionario, al menos en su versión clásica, es la naturaleza la que hace desiguales a los hombres y la que establece las jerarquías entre razas, clases y sexos” (p. 111).

La figura del prójimo está muy distanciada de la noción de otredad pues alojar al prójimo cumple con el requerimiento de hacer del semejante un ente muy parecido a ese uno mismo que fantaseó el espíritu del capitalismo. En nuestro tiempo se alude, con frecuencia, a la dominación del narcisismo, pero resulta complicado dar cuenta de que este narcisismo se expresa también en el intento ideológico de reproducir nuestra supuesta imagen —siempre ajena— en el resto de las personas. La igualdad que pregona la mentalidad de la derecha es la equivalencia denigrante en medio de la divergencia dominante. Las entrañas de esta desvergonzada, fútil y aparente similitud recuerdan que, en el capital y en la derecha, solo bajo el yugo del semblante hay correspondencia con el resto de las personas.

Esta sospechosa igualdad encuentra, en el pensamiento políticamente correcto, una continuidad de la regulación en la mentalidad de la derecha. La moral juega allí un papel imperioso que designa el camino de la ideología y la represión del pensamiento crítico, radical o irreverente. La moral conservadora continúa cavando la tumba de lo incómodo. Bajo su obstinación por el decoro burgués, en la mentalidad de la derecha, “la radicalidad ha sido barrida” y “hoy todo es blandura y componendas” que imponen un “canon de corrección” (Reyes Mate, 2005, p. 171). Es “la tiranía del decoro”, usando la frase de Philip Roth (2002, p. 195) en La mancha humana, que condena a la vergüenza y al ostracismo para regular el vínculo, siempre convulso y extraño, con el semejante.

La derecha y su mentalidad rechazan la crítica, igualmente, a causa de la apertura y la afrenta que conlleva la incertidumbre del yo individual. El pensador de derechas prioriza un yo dominante y desvergonzado, un yo que pretende ser amo en su propia casa, siguiendo la propuesta de Freud (2000, p. 261). De hecho, en la mente de la derecha resulta imperativo explotar la radicalidad sin un ápice de vergüenza. Así, en las aguas de la desvergüenza, el denuesto del Make America Great Again de Trump o la motosierra de Javier Milei son íconos de radicalidad cooptados con la fina intención de hacer confluir una anarquía capitalizable en la imagen de un yo cuasi omnipotente. Esta estructura es de imagen, de semblante, de exclusión de la reflexión y pretende sostener una reproducción en el hartazgo de algunos sectores de la población. Una igualdad radical del semblante y de la superioridad.

Es tan corrosiva y paradójica esa imposición imaginara que incluso “el lenguaje vulgar es casi exclusivamente prerrogativa de la derecha radical” y “la izquierda se halla en la sorprendente posición de defender la decencia y los buenos modales en público” (Žižek, 2018, p. 243). Una captura de la diferencia en el sistema cultural que puede reconocerse en la vergüenza de los actos políticos. Sinvergüenza es amplificar los odios, el consumismo especializado y la segregación de la diferencia bajo un semblante de inclusión.

Todo esto tiene, en última instancia, un soporte en la economía afectiva que Freud remitía a la distribución de la libido. Una economía que no es individual, sino que está tensionada en la existencia pública. La derecha, como es descrito por Amador Fernández-Savater (2024), “es capaz de leer los climas emocionales de rechazo, de daño, de resentimiento, poniéndolos al servicio de proyectos que los intensifican” (p. 107). Y, con ello, logra priorizar una divergencia con el proyecto común acrecentada por la pleitesía a un yo individual y soberano con el cual busca igualarse e igualarnos.

Una efímera conclusión

Desde Marx sabemos que la vergüenza es revolucionaria. Pero es preciso ser insistente: “De la vergüenza no nace ninguna revolución. Respondo: ¡la vergüenza es ya una revolución!” (Marx y Ruge, 1970, p. 46). No se trata de un afecto que suprima o aniquile. Por el contrario, en Marx pervive la insistencia por ir más allá de la indignación. La vergüenza no amplifica la indignación sino inscribe la sustancia que aceita la maquinaria de la acción. Es el fertilizante que hace florecer la cultura alejada del encuadre de las expresiones dominantes de los modos de pensar y subsumir el mundo. La mentalidad de la derecha, concentrada en clausurar los sentidos insiste, bajo el control de la vergüenza, en divulgar un control de los afectos y la estandarización de la vida con el semejante. Excluye la posibilidad de la inventiva reconociendo la mirada en el juicio del otro. Enaltece los valores de lo políticamente correcto para evitar ser presa de la vergüenza de la incorrección que, en muchos de los casos, es indispensable para reconocer lo que abruma a un semejante. La vergüenza, en efecto, es una caída del “imperativo absoluto” de “aparentar ante el mundo” (Gross, 2023, p. 63).

Finalmente, la vergüenza rechazada en la derecha se envuelve en el semblante propio de la puerilidad. En conjunto con la tristeza y su administración en el capitalismo, la mentalidad de derecha excluye la vergüenza para igualar la economía de los placeres y los pecados. El semblante y la imagen no pueden pasar por el oprobio pues ello desencaja, de forma rotunda, la univocidad de la mente y sus pensamientos. No es, en absoluto, un asunto de falta de capacidades. Por el contrario, la derecha prioriza las magnitudes cognitivas —algo diferente del pensamiento cultivado— para suponer que, con exceso de saber se podría salir airoso de los hechos vergonzosos o las circunstancias de afectividad negativa que, dicho sea de paso, son las condiciones más inherentes a la existencia. Elementos tan cercanos a la diferencia que recuerdan cuando Úrsula, en Cien años de soledad, “experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y piedad” que le produjo mirar al “primer hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba tan bien equipado para la vida, que le pareció anormal” (García Márquez, 2007, p. 35).

Referencias

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Badiou, A. (2017). Una perversión capitalista. En P. Brieger, et al., Neofascismo. De Trump a la extrema derecha europea (pp. 23-26). Clave intelectual.

Beauvoir, S. de (1963). El pensamiento político de la derecha. Siglo XX.

Bobbio, N. (2014). Derecha e izquierda. Taurus.

Bueno, G. (2021). El mito de la izquierda. El mito de la derecha. Pentalfa Ediciones.

Clua, A. y Gómez, D. (2024). De las Fake news al poder. Akal.

Derrida, J. (2006). L’animal que donc je suis. Galilée. 

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Fernández-Savater, A. (2024). Capitalismo libidinal. Ned.

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García Márquez, G. (2007). Cien años de soledad. Alfaguara.

Gross, F. (2023). La vergüenza es revolucionaria. Taurus.

Jappe, A. (2017). La sociedad autófaga. Pepitas de calabaza.

Locke, J. (1999). Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de Cultura Económica.

Lowe, D. (1986). Historia de la percepción burguesa. Fondo de Cultura Económica.

Martín-Baró, I. (1998). Psicología de la liberación. Trotta.

Marx, K. y Ruge, A. (1970). Los anales franco-alemanes. Martínez Roca.

Mate, R. (2005). A contraluz de las ideas políticamente correctas. Anthropos.

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Roth, P. (2002). La mancha humana. Alfaguara.

Sartre, J.-P. (1993). El ser y la nada. Losada.

Traverso, E. (2018). Las nuevas caras de la derecha. Siglo XXI.

Weber, M. (2001). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Alianza.

Žižek, S. (2018). El coraje de la desesperanza. Anagrama.

  1. Profesor-Investigador del Departamento de Educación y Comunicación de la UAM-X. ↩︎