João Pedro Stédile, líder del Movimiento de Trabajadores sin Tierra de Brasil (MST), expresó en cierta ocasión: todos tenemos como horizonte el socialismo, pero de lo que se trata es de debatir qué proyecto tienes para el país ahora, que permita superar la crisis existente rumbo a una opción libertadora.
En correspondencia con el modo de pensamiento dialéctico, no especulativo, legado por los clásicos del marxismo y el leninismo fundacional, no tendría sentido ni significado político real la presentación dicotómica de las categorías capitalismo/socialismo. Esta contraposición abstracta empobrece el espectro de alternativas intermedias que permitan subvertir el orden enajenante del capitalismo salvaje y avanzar en dirección de una alternativa progresista ajustada a la historia económica, política y cultural de cada país y región, así como a sus tradiciones históricas de lucha.
El proyecto histórico que propone la izquierda emancipatoria nuestraamericana se identifica con la construcción de una alternativa social-política contra el dominio del neoliberalismo conservador de rasgos fascistas, el cual pretenden imponer en nuestra América las oligarquías y el imperialismo, con la colaboración de la derecha regional e internacional.
Considero que este es un tema de urgente debate teórico y político en la izquierda y el movimiento social-popular latinoamericano y caribeño.
No existe una receta unívoca para aplicar en cada proceso de lucha, pero sí se pueden plantear rasgos comunes que identifiquen dicha alternativa, como es el ejercicio pleno de la soberanía política del pueblo, defendida por un gobierno comprometido con las luchas del movimiento social-popular.
Para América Latina esa alternativa se concreta en la propuesta de construir un país productivo, próspero, justo, inclusivo, equitativo y solidario, que convoque a todos los actores que conforman el tejido económico social y político de la nación a contribuir en la conformación de un nuevo bloque histórico de sujetos constituyentes de esa alternativa progresista. Se comprende que ese proyecto no puede ser elaborado desde un gabinete al margen del movimiento social popular.
Para la izquierda, constituye una prioridad la generación de diálogos políticos que contribuyan a la emergencia de una nueva hegemonía social-popular.
Pistas para el debate
La primera pista es la necesidad de desdogmatizar, dialectizar, la teoría de la revolución y el socialismo de Marx y Lenin, deformadas en la trayectoria del marxismo-leninismo de raigambre neoestalinista, responsable de una formalización empobrecedora del pensamiento fundacional de ambos gigantes revolucionarios. De esta manera, la teoría aparentemente revolucionaria y científica, devino en una preceptiva incapaz de dar cuenta de los escenarios contradictorios en los que se desarrollaban las luchas revolucionarias. Un ejemplo es la generalización de una lectura dogmática de El estado y la revolución, que llegó a entronizarse en cierta izquierda, según la cual el socialismo se presentaba como una estación de trenes, a la que se arriba, luego de alejarse de la revolución democrática. En un texto preterido de Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, el artífice de la Revolución de Octubre, ajeno a todo etapismo mecanicista, estableció que el socialismo no es otra cosa que el desborde de los procesos de democratización en la revolución democrática; en otras palabras, revolución democrática completa, como proceso zigzagueante e ininterrumpido.
Otro pista tiene que ver con el déficit teórico de la izquierda de no asimilar creativamente la fundamentación leninista de la llamada Nueva Política Económica, la NEP, aplicada en Rusia para salvar la revolución ante la crisis del comunismo de guerra. Esta estrategia fue posteriormente profundizada en nuevas condiciones históricas por Deng Xiaoping, y enriquecida en las reformas china y vietnamita.
Este déficit favorece la aparición de estereotipos pseudo-socialistas, tanto de matriz trosko-radical, como de grupos nostálgicos del llamado socialismo real.
La importancia del tema aconseja no perder de vista el deslinde epistemológico entre la herencia del marxismo clásico y sus desarrollos posteriores durante el siglo XX, y la teleología evolucionista y positivista que usurpó sus créditos y desnaturalizó un pensamiento fundacional que rechazaba para sí el carácter de “pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general” y cuya “suprema virtud consiste en ser suprahistórica”1.
Por otra parte, avanzar en la conceptualización del socialismo supone, de inicio, el abandono de la imagen teleológica sobre la sociedad de llegada. Utilizamos el término para designar aquella actitud que confunde la teorización sobre el socialismo con su formalización empobrecida. Durante buena parte de su desarrollo, en el marxismo posleninista, domina una preceptiva que incluye definiciones congeladas de socialismo, construidas sobre la base de la yuxtaposición de algunos rasgos empíricos de experiencias particulares.
Parafraseando a Marx, lo concreto-sensible fue elevado directamente al plano de lo concreto-pensado sin depurar lo específico. Lenin, como se sabe, se opuso a esa propensión apriorística cuando lo conminaron a dar una definición lapidaria del socialismo: “…no podemos dar una definición del socialismo; cómo será el socialismo cuando alcance sus formas definitivas, no lo sabemos, no podemos decirlo, decir que la era de la revolución social ha comenzado, que hemos hecho tal y cual cosa y nos proponemos hacer tal otra (…) pero en cuanto a cómo será el socialismo en su forma definitiva, eso ahora no lo sabemos”2.
El neoliberalismo conservador, con rasgos neofascistas, potencia el sistema de dominación múltiple del capital, exacerbando la discriminación patriarcal y la depredación ambiental por el vértigo de un capital enloquecido, que no se detiene ante nada con tal de maximizar sus ganancias, aun a costa de la destrucción de la vida en el planeta.
De este modo, se ensancha el sistema de sujetos-actores sociales interesados en soñar, pensar y construir futuros no capitalistas, que están en la búsqueda de un nuevo tipo de bienestar, no centrado en el consumo impositivo depredador; esto es, ajeno a la mercantilización de la vida que es inherente a la barbarie capitalista globalizada.
La izquierda está llamada, en estos nuevos escenarios, a construir un nuevo modo de articulación política no tramposo con el movimiento social-popular. El principio es el siguiente: que cada cual traiga todo lo suyo, sus sexualidades, identidades étnicas, raciales y de género, sus saberes, sus discursos, sus modos de acumulación política y de confrontación con los poderes globocolonizadores que nos explotan, oprimen y discriminan a todos y todas por igual.
Debemos superar la soberbia verticalista y autoritaria que desconoce o subvalora la autonomía de las organizaciones populares y los movimientos sociales. No debemos juntarnos para decir qué le falta a éste o aquél, sino para identificar qué podemos aprender e incorporar a nuestra praxis liberadora de unas y otras experiencias y visiones alternativas.
La articulación social-política es un proceso de aprendizaje. También de disfrute de las sensibilidades entrelazadas. Como expresaba el educador popular gaditano Fernando de la Riva, es la erótica colectiva para cambiar el mundo.