Crisis política y movimiento bolsonarista: el neofascismo a la brasileña

Danilo Enrico Martuscelli1

Arthur Salomão2

No existe consenso sobre la mejor manera de caracterizar el fenómeno del bolsonarismo. En el sentido común del campo progresista se ha difundido ampliamente una crítica de carácter superficial que ora se refiere a Jair Bolsonaro únicamente a partir de sus rasgos individuales o psicológicos —como loco, psicópata, ignorante, intolerante, prejuicioso—, ora califica peyorativamente a sus seguidores como “rebaño”, sugiriendo con ello que respaldarían el liderazgo de Bolsonaro movidos por impulsos puramente irracionales. Esta crítica superficial también adopta la forma de otro reduccionismo que pretende explicar el bolsonarismo como la simple expresión de una conspiración familiar, conformada por el propio Bolsonaro, sus cuatro hijos (Carlos, Eduardo, Flávio y Jair Renan) y su esposa Michelle.

Si bien estas formas de caracterización cumplen una función de denuncia del liderazgo de Bolsonaro, de sus bases de apoyo y de su círculo familiar, pudiendo contribuir a cierto desgaste de su imagen pública, sostenemos que, al abstenerse de realizar un análisis riguroso del fenómeno, dichas caracterizaciones pueden llevar a muchos analistas a descuidar las causas de la emergencia del bolsonarismo y a subestimar, tanto la existencia de las bases reaccionarias de masas que sostienen el liderazgo de Bolsonaro, como la capilaridad político-social de la que el bolsonarismo goza en la política brasileña. De este modo, terminan desarmando al movimiento obrero y popular de las herramientas político-ideológicas necesarias para la lucha contra el movimiento bolsonarista.

En los espacios políticos y académicos se ha vuelto habitual definir el bolsonarismo como populismo de derecha (de extrema derecha o reaccionario), posfascismo, iliberalismo o derecha radical. Aunque tales definiciones remiten a significados distintos, es posible identificar dos características que les otorgan cierta coherencia analítica. En términos generales, la utilización de estas nociones aparece como una alternativa y, al mismo tiempo, como un rechazo al concepto de fascismo, considerado por muchos un fenómeno circunscrito a las décadas de 1920 a 1940 del siglo XX (argumento historicista) o bien irrelevante en la coyuntura brasileña y mundial contemporánea (argumento del fascismo como fenómeno residual). Estos analistas comparten la idea de que los movimientos y liderazgos autoritarios actuales, entre ellos el bolsonarismo, buscan obtener adhesión social a sus proyectos operando estrictamente dentro de los marcos de la democracia, incluso cuando tensionan sus fundamentos desde el interior y desafían la legalidad.

Conviene entonces plantear algunos cuestionamientos sobre los límites de estas interpretaciones: ¿La aceptación de las reglas del juego democrático se explicaría como una decisión deliberada de estas fuerzas autoritarias, o más bien como el resultado de una correlación de fuerzas todavía desfavorable para instaurar un nuevo ciclo de dictaduras en el siglo XXI? ¿Al sobrevalorar esa adhesión a las reglas del juego democrático, estas interpretaciones no estarían normalizando o incluso legitimando la presencia de tales fuerzas autoritarias en la política contemporánea, aun cuando pretendan presentarse como críticas de las mismas? ¿Por qué no concebir el fascismo como una posibilidad histórica inscrita en el funcionamiento del Estado capitalista, tal como lo planteó Nicos Poulantzas hace 55 años en su obra Fascismo y dictadura3?

En este artículo, nos proponemos a caracterizar al bolsonarismo como una de las manifestaciones del fascismo en el capitalismo contemporáneo, dado que: a) se constituye como un movimiento reaccionario de masas, organizado en una coyuntura específica de crisis política; b) cuenta con una base social orgánica vinculada a sectores relevantes de las clases intermedias (pequeña burguesía y clases medias) y del capital medio; y c) se encuentra orientado ideológicamente por una perspectiva radicalmente antiigualitaria. En lo que sigue, se procederá al análisis de cada uno de estos aspectos.

1. ¿En qué coyuntura específica de crisis política se forja el bolsonarismo como un movimiento reaccionario de masas organizado? 

En Fascismo y dictadura, N. Poulantzas presenta los factores que definen la crisis política particular del proceso de fascistización4. Armando Boito Júnior retomó esta discusión para analizar la emergencia del bolsonarismo como expresión de un movimiento neofascista en Brasil5. Esfuerzos analíticos semejantes fueron desarrollados por Ugo Palheta y por Daniel Feierstein para abordar, respectivamente, los procesos de fascistización en Francia y en Argentina en la actualidad6. A partir de tales análisis, concebimos que es posible detectar los factores combinados que permitieron el surgimiento del proceso de fascistización en Brasil, pero que, en términos generales, también pueden ayudarnos a comprender la emergencia del neofascismo como fuerza social en otras formaciones sociales de nuestra región y en otras partes del mundo. ¿Qué hizo posible la aparición del bolsonarismo como expresión de un movimiento reaccionario de masas de carácter neofascista en Brasil?

Los elementos constitutivos del proceso que desembocó en el golpe jurídico-parlamentario contra el gobierno de Dilma Rousseff (2016) pueden ser considerados fundamentales para entender el ascenso del neofascismo en Brasil. Señalemos algunos de los factores que permitieron la emergencia de esa crisis política y que contribuyeron a fomentar el proceso de fascistización en el país en la coyuntura más reciente.

En los años previos al golpe, se articuló en Brasil la colusión de una parte del Poder Judicial brasileño con los grandes medios de comunicación corporativos. Desde las investigaciones del escándalo del “mensalão7, iniciadas en 2007 y conocidas como Ação Penal 470, hasta la emergencia de la operación Lava Jato a comienzos de 2014, se consolidó en el país un fuerte activismo judicial de carácter persecutorio contra las fuerzas vinculadas a los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), con el objetivo de intervenir y definir el rumbo del proceso decisorio nacional. Dicho activismo judicial, el lawfare brasileño, tuvo una gran repercusión, pues estuvo acompañado por intensas campañas mediáticas contra la corrupción en los gobiernos petistas a lo largo de casi una década. Tales campañas resultaron fundamentales para fabricar una opinión pública antipetista que comenzó a asociar la corrupción política con el intervencionismo estatal, el neodesarrollismo, las empresas estatales y el propio progresismo en su conjunto. Aniquilar, en términos judiciales e ideológicos, a los gobiernos petistas y a sus fuerzas aliadas era la meta central de esa articulación entre Poder Judicial y grandes medios corporativos, profundamente comprometida con los intereses del gran capital financiero internacional y con las versiones más ortodoxas de la política neoliberal, contando además con segmentos de la alta clase media como base de apoyo.

Esta conspiración cobró fuerza cuando el propio gobierno de Dilma Rousseff cometió un estelionato electoral al aplicar el programa neoliberal de su adversario Aécio Neves. Esto ocurrió incluso antes de iniciar su segundo mandato, cuando designó a un reconocido economista vinculado a los grandes bancos privados nacionales, Joaquim Levy, como ministro de Hacienda, y aprobó disposiciones legales que dificultaban el acceso de los trabajadores al seguro de desempleo, contrariando así su discurso de campaña de que no alteraría los derechos sociales. Durante el segundo mandato de Dilma, Levy implementó el ajuste fiscal neoliberal, lo cual llevó al gobierno a distanciarse gradualmente de sus bases electorales y a debilitarse políticamente.

Desde el inicio, la oposición de derecha supo aprovechar las debilidades de este gobierno y tomó la iniciativa de rechazar los resultados de las elecciones presidenciales de 2014, denunciando la existencia de un supuesto fraude. La nueva composición del Congreso Nacional elegido en este contexto también resultó bastante desfavorable para el gobierno, ya que estaba integrada por legisladores más conservadores y opositores, encabezados por el nuevo presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha (PMDB), quien inicialmente logró bloquear varias propuestas del Ejecutivo y más tarde desempeñaría un papel fundamental en el golpe del impeachment. Fue también en las elecciones de 2014 cuando Jair Bolsonaro fue electo para su séptimo mandato como diputado federal por el estado de Río de Janeiro, con la diferencia de que en esa ocasión se proyectó como el diputado federal más votado de su estado, cuadruplicando la votación obtenida en la elección de 2010.

Al inicio del segundo mandato de Dilma, la oposición de derecha, con el auxilio de la colusión entre el Poder Judicial y los grandes medios corporativos, consiguió movilizar a la alta clase media en manifestaciones masivas contra el gobierno, las cuales fueron de importancia fundamental para derrumbar la popularidad y aislar políticamente a la presidenta. Cuando el Congreso Nacional decidió aprobar el impeachment alegando la existencia de supuestos crímenes de responsabilidad (decretos suplementarios y “pedaladas fiscales”) cometidos por la mandataria, la dinámica de un golpe exitoso ya se encontraba prácticamente consumada: las reglas del juego democrático habían sido quebrantadas por la Operación Lava Jato, por el Poder Judicial y por los partidos de oposición; los grandes medios corporativos habían intensificado la campaña política contra el gobierno; las calles ya estaban tomadas y dirigidas por la oposición de derecha; y la popularidad de Dilma se había desplomado, no sólo por ese conjunto de iniciativas, sino también por la propia decisión del Ejecutivo de implementar un ajuste fiscal neoliberal, medida que contribuyó decisivamente a profundizar un escenario de recesión económica al inicio de su segundo mandato8 y a contradecir los intereses de sus bases de apoyo político y electoral.

En términos generales, puede afirmarse que la crisis que desembocó en el golpe del impeachment estuvo asociada a una disputa por el control de la política de Estado, proceso que abarcó distintas dimensiones, tales como: a) la ofensiva del capital financiero internacional y de la burguesía a él articulada, que impulsaron la adopción de una política neoliberal ortodoxa en sustitución de la política neodesarrollista en crisis9; b) la constitución de una base social de masas conformada principalmente por sectores de la alta clase media, que brindaron un apoyo masivo al golpe en las calles y en las redes digitales10; c) la intensificación del activismo judicial sobre el proceso político, mediante las acciones de la Operación Lava Jato; d) la unificación de los grandes medios corporativos contra el gobierno de Dilma, medios que pasaron a ser apodados como el “Partido de la Prensa Golpista (PIG)”; y e) la formación de una amplia coalición opositora en el Congreso Nacional, elemento central para dar el golpe final contra el Ejecutivo y, al mismo tiempo, alimentar la tesis de que todo se había realizado dentro del marco constitucional.

Además, el golpe contra el gobierno de Dilma representó también una dura derrota para el movimiento obrero y popular, en la medida de que dicho gobierno constituía hasta entonces la única alternativa progresista electoralmente viable. Si bien es cierto que, entre 2012 y 2015, tuvo lugar uno de los mayores ciclos de huelgas en la historia del país, con conquistas significativas para los trabajadores, ello no se tradujo en un acumulado de fuerzas capaz de derrotar el golpe ni de frenar las contrarreformas y las políticas neoliberales implementadas en los años siguientes por los gobiernos de Michel Temer y Jair Bolsonaro. En síntesis, la coyuntura posterior al golpe colocó al movimiento obrero y popular a la defensiva e impuso sobre él una serie de derrotas sucesivas.

La incapacidad de los gobiernos petistas para avanzar en la promoción de reformas sociales orientadas a reducir las desigualdades, la propia aplicación del ajuste fiscal neoliberal durante el segundo mandato de Dilma y el deterioro de la situación económica y social en el país en aquel contexto crearon un terreno fértil para generar profundas frustraciones e insatisfacciones con el progresismo realmente existente en Brasil. Tales frustraciones e insatisfacciones fueron capitalizadas por la oposición de derecha, que logró dotar de una orientación conservadora y reaccionaria al malestar social predominante en ese período.

En los años posteriores al golpe, los principales arquitectos del impeachment en el plano partidario —el PSDB de Aécio Neves y el PMDB de Michel Temer— atravesaron una profunda crisis de representación, sufriendo numerosas derrotas en las elecciones municipales, estatales y, finalmente, nacionales de 2018. Además, parte de sus dirigentes también fueron perseguidos por la Operación Lava Jato, que se presentó como la gran —o incluso la única— iniciativa capaz de erradicar a los políticos corruptos, aunque en los hechos actuó siempre de manera sumamente selectiva y parcial, al punto de integrarse posteriormente a la base del propio gobierno de Bolsonaro, en el cual uno de sus principales mentores, Sérgio Moro, llegó a ocupar un ministerio.

A inicios de 2018, los militares irrumpieron abiertamente en la escena política y reforzaron el proceso de “burocratización pronunciada” inicialmente puesto en marcha por el activismo judicial de la Ação Penal 470 y de la Operación Lava Jato. La intervención federal en Río de Janeiro bajo el mando de Braga Netto, uno de los generales hoy encarcelados por golpismo, y el asesinato de Marielle Franco en el marco de dicha intervención; el tuit del general Villas Bôas presionando al Supremo Tribunal Federal (STF) para que no concediera un habeas corpus a Lula; la decisión favorable a la prisión de Lula decretada por el Tribunal Regional Federal (TRF-4) y ratificada por el STF; el paro patronal de los camioneros que contribuyó a alimentar la sensación de inestabilidad y caos en el país, permitiendo que en su desenlace aparecieran grupos que reivindicaban la intervención militar; la prohibición de la candidatura de Lula en las elecciones presidenciales de 2018, en un contexto en el que lideraba holgadamente las encuestas; y la reducida votación de la derecha tradicional en la primera vuelta de dichas elecciones, constituyen eventos clave que aceleraron el tiempo histórico de la crisis y permitieron la victoria de Jair Bolsonaro en la segunda vuelta, con cerca del 55% de los votos válidos.

De esta breve descripción de hechos relevantes que marcaron la coyuntura entre el golpe del impeachment y la victoria electoral de Jair Bolsonaro, es posible señalar algunos factores que crearon las condiciones para la emergencia del neofascismo como un movimiento reaccionario de masas organizado:

  1. El movimiento obrero y popular se colocó a la defensiva, no logró articular una resistencia sólida al golpismo y sufrió sucesivas derrotas con las contrarreformas neoliberales y las políticas de ajuste fiscal implementadas en este período. Además, con la crisis del frente neodesarrollista, del cual dicho movimiento formaba parte de manera subordinada, y ante la incapacidad del gobierno de Dilma Rousseff de avanzar en la implementación de reformas y políticas distributivas, se acumularon numerosas frustraciones e insatisfacciones respecto al gobierno petista. Este escenario permitió que el movimiento neofascista ganara terreno, apropiándose de dicho malestar social con fines esencialmente reaccionarios, aunque acompañado de la retórica camaleónica de la “ruptura”, que prometía días mejores con el fin o la eliminación de la era del PT, así como con la construcción de una supuesta alternativa frente a la “vieja política” representada por la derecha tradicional.
  1. La crisis de representación de los principales partidos de la derecha tradicional, el PMDB y el PSDB, constituyó un factor decisivo para detonar el proceso de fascistización. Estos partidos fueron perdiendo peso relativo frente al bolsonarismo, el cual, aun sin contar con vínculos orgánicos con partidos influyentes en la política nacional ni con acceso significativo a los tiempos de radio y televisión durante la campaña de 2018, logró proyectarse y elegir a Bolsonaro como presidente. En realidad, el principal “partido” del bolsonarismo fueron las redes digitales y también las iglesias evangélicas. Su influencia política se amplió en la medida en que la crisis de representación de los partidos tradicionales, y del propio PT, se transformaba, a su vez, en una crisis de hegemonía.
  1. Inicialmente, se produjo un fortalecimiento del activismo judicial y, posteriormente, del activismo militar sobre el proceso de toma de decisiones, lo cual fue alimentando gradualmente un ascenso de la representación burocrática autoproclamada en detrimento de la representación política electa en el marco de la crisis. Siguiendo el análisis de Poulantzas, podríamos hablar de una burocratización pronunciada del proceso decisorio, fenómeno que contribuyó a la degradación de la democracia representativa en los años posteriores. Este proceso se agravó con la designación de más de seis mil militares en cargos de alto nivel en el gobierno de Bolsonaro y con la elección del general Hamilton Mourão como su vicepresidente.
  1. Aunque fuera posible detectar contradicciones en el seno de la burguesía en torno a la política económica y exterior, en esta coyuntura se configuró un proceso de politización explícita del conjunto de la burguesía contra los intereses de los trabajadores y de los sectores populares. Esto se materializó en la conformación de un frente único contrario a las políticas y derechos sociales, cristalizado en la aprobación de las contrarreformas laboral y previsional, así como en la imposición del techo de gasto público. A ello se sumaron la persistencia de un sistema tributario regresivo, las amenazas de reforma administrativa contra el funcionariado público, la creación de obstáculos para la demarcación de tierras indígenas, el desmantelamiento de legislaciones ambientales, la contrarreforma de la educación secundaria, la fuerte presión reaccionaria contra docentes de escuelas y universidades públicas a partir del proyecto Escuela sin Partido, y contra agentes culturales vinculados al campo progresista, entre otras iniciativas. 
  1. La pequeña burguesía, la alta clase media y el capital medio se constituyeron como base reaccionaria de masas organizada y movilizada. Este proceso se inicia de manera embrionaria a partir de la segunda fase de las manifestaciones de junio de 201311, adquiere mayor impulso en las elecciones de 2014, se amplía considerablemente con las movilizaciones masivas favorables al golpe del impeachment (2015-2016) y se consolida con la emergencia de Bolsonaro como principal liderazgo del campo neofascista. Esto permitió su victoria en 2018 y la movilización permanente de los grupos neofascistas, ya sea para respaldar a su gobierno, ya sea para participar en actos antidemocráticos incitados por su liderazgo, o bien para desgastar y confrontar al nuevo gobierno de Lula, como quedó evidenciado en el episodio golpista del ataque a la Plaza de los Tres Poderes el 8 de enero de 2023. 
  1. La connivencia de los partidos de la derecha tradicional, de sectores de la burocracia estatal y de los medios de comunicación corporativos con las organizaciones, iniciativas y liderazgos neofascistas fue igualmente decisiva para la emergencia y consolidación del bolsonarismo como fuerza social. Esto garantizó, de manera paulatina, la normalización de discursos y prácticas previamente rechazados por la opinión pública, tales como: a) los discursos de apoyo y elogio a la dictadura militar brasileña de 1964-1985 (revisionismo histórico); b) los discursos y prácticas negacionistas relativos a la cuestión ambiental y climática, así como a la pandemia de COVID-19, que en este último caso resultaron en la muerte de alrededor de 700 mil personas contagiadas por el virus; c) los discursos y prácticas racistas, sexistas, machistas y homofóbicas, englobados en la retórica de lo llamado “políticamente incorrecto”. 
  1. Finalmente, otro factor a considerar en la emergencia del neofascismo en Brasil fue la crisis ideológica generalizada. El ex vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, ha sostenido la tesis de que vivimos mundialmente en un “tiempo histórico liminar”, en el cual ninguna hegemonía logra consolidarse de manera duradera por no alcanzar la construcción de un proyecto de futuro consistente12. Consideramos que este concepto de tiempo histórico liminar —o “interregno”, en los términos formulados por Gramsci en los Cuadernos de la Cárcel— se conecta estrechamente con la idea de crisis ideológica generalizada que atraviesa al conjunto de grupos y clases sociales en un escenario de crisis e inestabilidad política permanentes. Es precisamente de esta situación de crisis ideológica que el movimiento neofascista busca sacar provecho, presentando un horizonte político con pretensión rupturista, pero de profundo carácter reaccionario y, por lo tanto, funcional a la preservación del orden social capitalista y del modelo de acumulación neoliberal. Podría decirse que es justamente la ideología camaleónica del neofascismo la que mejor se ajusta al tiempo histórico liminar que define la crisis actual y que, en el caso brasileño, explica los avances y retrocesos sucesivos del bolsonarismo, sin que este movimiento político deje de actuar como una fuerza social de peso en la escena política.

En síntesis, la emergencia del bolsonarismo como fuerza social solo puede ser explicada de manera adecuada si se consideran en conjunto los factores combinados que propiciaron una crisis política particular, la cual engendró un proceso de fascistización en Brasil, sin que llegara a consolidarse una dictadura fascista. Con ello, queremos subrayar que la prehistoria de toda dictadura fascista está marcada por la existencia de un movimiento reaccionario de masas organizado y por el estallido de una crisis política que particulariza la constitución de un proceso de fascistización. Si dicho movimiento logrará instaurar con éxito una dictadura, ello dependerá en gran medida de la correlación de fuerzas. El hecho de que el neofascismo brasileño, y también otras experiencias neofascistas en distintas partes del mundo, siga actuando políticamente dentro de los márgenes de la democracia liberal no nos autoriza, de ninguna manera, a concluir que tales fuerzas se diferencian del fascismo clásico por una supuesta adhesión activa a los valores y a las instituciones democráticas ni que, por ello, renuncien a manifestarse abiertamente a favor de la construcción de una dictadura fascista. En realidad, hasta el presente no han cruzado el rubicón de la instauración de una dictadura porque la correlación de fuerzas aún no les ha sido favorable.

2. ¿Cuáles son las bases sociales e ideológicas fundamentales del movimiento neofascista?

El bolsonarismo es un fenómeno político complejo y multifacético, que no puede reducirse únicamente al personalismo de su liderazgo principal ni al programa político orientado a la defensa de los intereses de una sola y exclusiva clase social. Las raíces sociales e ideológicas del movimiento neofascista son más amplias de lo que suponen las evaluaciones del sentido común progresista y los defensores de la interpretación populista. Por su magnitud, resulta importante establecer una distinción, propuesta por Boito Júnior13, entre lo que sería el bolsonarismo como movimiento de masas y como campo político heterogéneo. En el primer sentido, se trata de una base social de apoyo compuesta por un conjunto de grupos y militantes comprometidos y activos en la organización, en la producción ideológica, en la participación en diversas formas de manifestaciones, en medios digitales y en las calles, así como en la difusión de ideas, intereses y valores del movimiento. En el segundo caso, se refiere a un amplio campo político, compuesto por clases, fracciones de clase y categorías sociales, cuyas inserciones socioeconómicas distintas implican intereses particulares y, en ocasiones, contradictorios entre sí. El personalismo del liderazgo político de Jair Bolsonaro, como representante de la lucha contra las políticas del progresismo neodesarrollista del PT, puede funcionar como uno de los vínculos de articulación entre el movimiento y el campo político, pero la intensidad de los lazos de adhesión política y la adhesión a las ideologías manifiestas varían en cada dimensión del fenómeno.

El movimiento precedió al campo político. Su origen se remonta a las grandes movilizaciones por el impeachment de Dilma Rousseff (2015-16), aunque no puede descartarse la participación de movimientos de derecha y la presencia de elementos ideológicos conservadores ya en las movilizaciones de junio de 2013, que contribuirían a la formación del bolsonarismo. La principal protagonista de estas movilizaciones, y también la base social más importante de la oposición antipetista, fue la clase media, más específicamente su fracción superior. El protagonismo de la alta clase media en las manifestaciones y en el antipetismo electoral puede verificarse a partir del perfil socioeconómico de quienes participaron en la campaña por el impeachment y del electorado de la oposición. La predominancia de personas con ingresos elevados, alta escolaridad, de color/raza blanca y en ocupaciones asalariadas con calificación señala la presencia sobrerrepresentada de la alta clase media. Este perfil continuó siendo notable en los eventos bolsonaristas y en el electorado de Jair Bolsonaro.

Durante el ciclo de gobiernos del PT, la alta clase media percibió una amenaza a su posición privilegiada en la jerarquía social. Las políticas sociales de los gobiernos petistas, de carácter igualitarista moderado al combatir distintas formas de desigualdad social, promovieron un modesto ascenso de las clases populares, redujeron la distancia social entre la clase media y los trabajadores manuales, y suscitaron el temor de desclasamiento social en la alta clase media. Desde la segunda fase de las protestas de 2013 hasta las movilizaciones bolsonaristas, las clases medias ocuparon las calles en grandes manifestaciones, en las que no solo estuvieron presentes en número significativo, sino que también asumieron el papel de polo de dirección ideológica de los eventos, imprimiendo a los actos características propias de su pertenencia de clase.

Las razones antiigualitarias de la reacción de la alta clase media se revestían, en su discurso, de tres elementos ideológicos principales, bien simbolizados en los lemas “Nuestra bandera jamás será roja” y “CorruPTos”: el antipetismo como actualización del anticomunismo, la lucha contra la corrupción y el apego a los símbolos nacionales. La prédica contra el peligro rojo cuenta con un número considerable de seguidores en Brasil, pero fueron especialmente la apropiación conservadora de los símbolos nacionales como marca de identidad patriótica y la instrumentalización del discurso anticorrupción, dirigido selectivamente contra el PT y parte del sistema político, los que amplificaron la revuelta de la clase media y aseguraron la adhesión de otros sectores sociales importantes.

Aunque no sean exclusivamente vocalizadas por las clases medias, estas banderas, especialmente el anticomunismo y la lucha contra la corrupción, en diversos momentos de la historia política brasileña, han sido instrumentalizadas por el discurso de la clase media tradicional en una posición política antipopular. En la coyuntura reciente, el discurso de moralización de la política, asumido en la retórica anticorrupción, y su relación con la radicalización de la defensa de los principios meritocráticos, indican un protagonismo de la alta clase media en la significación y difusión de estas banderas.

No obstante, sería un error caracterizar al movimiento neofascista como un mero y simple desarrollo de las posiciones políticas y de las orientaciones ideológicas expresadas por las clases medias en las calles brasileñas durante esos años. Es necesario reconocer que el movimiento neofascista: a) resultó de un proceso de depuración de la campaña a favor del golpe y de incorporación de nuevos integrantes, entre los cuales se destacan pequeños comerciantes, camioneros autónomos, la fracción de capital mediano de propietarios de tierras e industriales y porciones significativas de categorías sociales como militares y fieles neopentecostales; b) innovó en relación con la capacidad de movilización masiva de la derecha brasileña, articulando la presencia numerosa en manifestaciones callejeras con una organización digital de producción ideológica reaccionaria; c) radicalizó el programa político de la oposición antipetista, intensificando el anticomunismo y el autoritarismo político, atribuyendo un significado particular y reaccionario a la identidad del pueblo-nación y vocalizando la defensa de los valores morales tradicionales de la familia patriarcal y de la religión cristiana. En suma, aunque surgió de las movilizaciones por el impeachment, el movimiento neofascista representó un salto cualitativo hacia la radicalización reaccionaria de la derecha brasileña en el período siguiente.

Hasta la aparición del neofascismo, la oposición antipetista estuvo liderada por el PSDB, un partido de centroderecha que representó políticamente al campo neoliberal ortodoxo y que se constituyó como un ejemplo brasileño de lo que Nancy Fraser denomina “neoliberalismo progresista”14: una alianza capaz de combinar políticas de ajuste fiscal y de retiro de derechos sociales con el reconocimiento meritocrático de demandas progresistas vinculadas a las identidades de minorías sociales. Sin embargo, el PSDB estuvo lejos de garantizar una base social de apoyo sólida y, cuando su electorado de clase media adhirió al bolsonarismo y se radicalizó, el partido perdió su lugar como protagonista de la oposición al PT15. Por otro lado, la incorporación de un conjunto heterogéneo de sectores sociales al movimiento neofascista, algunos de ellos populares, amplió su alcance y permitió, por primera vez en la Nueva República inaugurada a finales de los años 1980, la emergencia de una extrema derecha movilizada, capilarizada y dotada de un contingente activo de seguidores.

Pasemos ahora a la unidad ideológica general del neofascismo bolsonarista. El enemigo central que debe ser combatido por todos los integrantes del neofascismo es el comunismo, concebido aquí de manera amplia y genérica, designando desde el PT y partidos de izquierda, de Brasil y otros países latinoamericanos, hasta movimientos sociales progresistas, como el feminista, quilombola, sin tierra, indígena, LGBTQIA+, y ambientalista. El término comunismo funciona, así, como una categoría aglutinadora de todo aquello que el movimiento neofascista rechaza16. No estamos, por lo tanto, ante el mismo anticomunismo del fascismo clásico, orientado al enfrentamiento con partidos comunistas de masas organizados, sino ante un movimiento y una ideología que se contraponen, en el contexto brasileño contemporáneo, a los efectos del reformismo superficial del neodesarrollismo progresista de los gobiernos del PT. En otras palabras, el neofascismo brasileño se opone fundamentalmente a las políticas neodesarrollistas orientadas, tanto a atender los intereses de fracciones de la gran burguesía interna y de parte de las clases populares, como a responder a las demandas derivadas de la politización progresista de la diferencia racial, de género o de orientación sexual. Esto nos permite caracterizar la ideología neofascista y su variante bolsonarista como una ideología que combina la naturalización de las desigualdades en términos de clase, raza/etnia, género y sexo con la movilización y radicalización de la política antiigualitaria.

Otro punto de unidad del movimiento neofascista es el autoritarismo político, que se constituye como la otra cara del antiigualitario radical del neofascismo. Aquí destacamos únicamente dos manifestaciones más evidentes en el discurso neofascista. La primera es el culto a la violencia como instrumento legítimo de resolución de conflictos agrarios y de seguridad pública en los centros urbanos. La flexibilización del porte de armas es una de las demandas originarias del bolsonarismo, atendiendo simultáneamente al propietario de tierra, amenazado por las ocupaciones de los movimientos sociales del campo, y a la clase media, que se siente vulnerable frente a la criminalidad urbana. La segunda consiste en un antidemocratismo reaccionario como medio necesario para contener la llamada dominación comunista, dado que la democracia, por su excesiva tolerancia, habría permitido el avance del comunismo. La exaltación de la dictadura militar brasileña (1964-1985), el intento de ejecución de un golpe de Estado, como ocurrió el 8 de enero de 2023, y los ataques reiterados a las instituciones de la democracia liberal en Brasil, en especial al STF, son algunas de las expresiones más evidentes del autoritarismo neofascista.

Por último, cabe mencionar el papel que el apego a los símbolos nacionales desempeña en la cohesión de los integrantes del movimiento neofascista. Aunque resulta controvertido afirmar que el neofascismo bolsonarista manifieste, de hecho, una apropiación conservadora de la ideología nacionalista, es innegable que la presencia de elementos propios de una simbología nacional permite al amplio conjunto de seguidores de Bolsonaro encontrar una identidad positiva para un movimiento que se define fundamentalmente en la negación de su antagonista. Acusando a la izquierda de dividir la nación —entre ricos y pobres, blancos y negros, mujeres y hombres—, los neofascistas proyectan una imagen de colectivo nacional homogéneo, compuesto por lo que denominan “patriotas”: ciudadanos de bien, conservadores, cristianos, defensores de la pureza nacional y anticomunistas. Nada es más evidente que los lemas “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos” y “Dios, patria, familia y libertad”.

Cabe señalar que no se trata de un nacionalismo económico defensor de la soberanía del Estado brasileño, sino de una ideología cuyo significado central reside en la concepción reaccionaria del colectivo nacional y del pueblo brasileño amenazados por la degeneración moral atribuida a los movimientos progresistas. En otras palabras, es una concepción reaccionaria que se expresa mediante la defensa de un nacionalismo profundamente sumiso al imperialismo estadunidense y por la adhesión a la política genocida implementada por el Estado de Israel contra el pueblo palestino. No es casualidad que la bandera brasileña haya sido empuñada junto con las banderas de Estados Unidos e Israel en los actos y manifestaciones bolsonaristas realizados en los últimos años, constituyendo una simbología que asocia al bolsonarismo con la internacional neofascista, la cual agrupa diversas expresiones de la extrema derecha neofascista en distintas partes del mundo.

Aunque estos elementos coexistan dentro del neofascismo, es importante destacar la existencia de variantes internas, cada una asociada a sus integrantes y a sus intereses particulares, y por lo tanto, marcada por la pertenencia de clase de la base social. En su unidad, los segmentos de la pequeña burguesía, de la alta clase media y del capital medio que mencionamos se percibieron como “sectores medios” amenazados por el favorecimiento al gran capital y por las reivindicaciones de los movimientos progresistas y de las clases populares17. A pesar de esta interpretación común de sectores medios supuestamente presionados tanto por las mejoras de los “de arriba” como de los “de abajo”, algo que remite al discurso típicamente fascista contra las grandes riquezas y los monopolios de las élites18, las motivaciones de cada uno de estos integrantes del movimiento neofascista revelan razones propias y diferenciadas.

Al profundizar en el análisis de esta cohesión interna, se observa que, aunque reconocen un enemigo común y comparten elementos ideológicos, los significados atribuidos por cada sector o fracción varían según los intereses y valores específicos, caracterizados por Poulantzas en Fascismo y dictadura como “subconjuntos ideológicos”. Por ejemplo: mientras que el comunismo representa, para los terratenientes, la amenaza a su propiedad privada provocada por los movimientos dirigidos por sin tierra, indígenas y quilombolas en defensa de la reforma agraria y la democratización de la tierra, para la alta clase media el peligro rojo significa la amenaza a su situación privilegiada en la jerarquía social, motivada por la reducción de su distancia frente a los trabajadores manuales y por la adopción de políticas que secundarizan los criterios meritocráticos de acceso a universidades, escuelas técnicas y cargos públicos en general (políticas de acción afirmativa). Asimismo,;para el capital medio industrial la amenaza comunista se asocia con políticas de valorización del salario mínimo, aumento de impuestos y ampliación de derechos laborales y previsionales, considerados como cargas sociales que dificultan la competitividad y sus negocios particulares.

En este sentido, los elementos ideológicos del movimiento neofascista funcionan como mecanismos de aproximación entre diferentes sectores sociales, sin eliminar sus especificidades socioeconómicas. Cabe también destacar que, en cada formación social, el neofascismo puede adoptar distintas formas, de modo que ciertas agendas ganen más relevancia en la lucha de ideas en detrimento de otras, como parecen ser los casos del discurso antiinmigración en Estados Unidos y Europa, y la retórica anticorrupción, anticasta y contra un supuesto autoritarismo de los gobiernos progresistas en América Latina. Si bien estos lemas se han difundido de manera desigual y diferenciada en las movilizaciones neofascistas contemporáneas, es necesario observar que su centralidad no surge desvinculada de agendas claramente clasistas, racistas/xenófobas, antifeministas, lgbtfóbicas y antiambientalistas.

Conclusión

“Tiene pico de pato, tiene plumas de pato, nada, camina y grazna como un pato, entonces probablemente debe ser un pato”.

Esta expresión, conocida como prueba del pato, sugiere literalmente que un objeto determinado —un animal como el pato, por ejemplo— debe ser definido por sus características intrínsecas y fundamentales. Curiosamente, este tipo de razonamiento no se ha empleado con rigor en el análisis de los fenómenos sociales contemporáneos asociados al ascenso de la extrema derecha. Hoy en día hemos presenciado la proliferación de neologismos que buscan presentarse más como marcas de distinción de los/as autores/as que los producen que como herramientas de explicación y conocimiento de los fenómenos analizados. La producción de neologismos o subterfugios categoriales se ha asociado con cierto fetiche por la novedad y el argumento historicista, procedimiento que tiende a particularizar en exceso la existencia coyuntural e histórica de ciertos hechos sociales e ignorar o subestimar los elementos invariantes presentes en el propio fenómeno, que permiten su reemergencia o su consideración como posibilidad histórica. No es casualidad que se difundan numerosas interpretaciones que tienden a negar la existencia del fascismo en pleno siglo XXI y adopten nociones sustitutas o alternativas como populismo, posfascismo, iliberalismo y derecha radical para caracterizar fenómenos como el bolsonarismo, el trumpismo, Milei, Vox, Le Pen, Meloni, entre otros.

Si bien, por un lado, reconocemos que el concepto de fascismo puede asimilarse en la lucha de ideas únicamente por sus funciones denunciativa y descriptiva, por otro lado, consideramos que es precisamente el concepto de fascismo el que mejor se adecua para caracterizar el bolsonarismo como una de las expresiones actuales del neofascismo. En el desarrollo de nuestro argumento, procuramos destacar tres dimensiones del fenómeno: la crisis política particular que engendra el fascismo y sus bases sociales e ideológicas. Adoptamos este procedimiento teórico-metodológico con el propósito de identificar lo más general del fenómeno del fascismo como posibilidad histórica, que se constituye en el marco del Estado y de las sociedades capitalistas, y como manifestación concreta, de la cual el bolsonarismo es una de sus expresiones más significativas. Fundamentalmente, nuestro objetivo ha sido analizar el bolsonarismo como resultado de una crisis política particular, como movimiento reaccionario de masas organizado y como ideología antiigualitaria radical y autoritaria. Desentrañar estas dimensiones es de importancia fundamental para todos aquellos que buscan construir un pensamiento crítico y que están comprometidos con los movimientos antifascistas orientados a combatir el neofascismo en Brasil y en otras partes del mundo.

  1. Profesor de Ciencias Políticas de la Universidade Federal de Uberlândia (UFU)/Brasil. Correo electrónico: daniloenrico@gmail.com ↩︎
  2. Estudiante de doctorado y máster en Ciencias Políticas por la Universidade Estadual de Campinas (Unicamp)/Brasil. Correo electrónico: amsalomao@outlook.com ↩︎
  3. Nicos Poulantzas, Fascisme et dictature: La IIIe Internationale face au fascisme, Paris, François Maspero, 1970. ↩︎
  4. Ibid. ↩︎
  5. Armando Boito Júnior, “O caminho brasileiro para o fascismo”, en Caderno CRH, Salvador, v. 34, 2021. ↩︎
  6. Ugo Palheta, La possibilité du fascisme: France, la trajectoire du desastre, Paris, Éditions La Découverte, 2018; Daniel Feierstein, La construcción del enano fascista: los usos del odio como estrategia en Argentina, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2023. Sobre los casos brasileño y boliviano, véase también: Danilo Enrico Martuscelli y Sávio Machado Cavalcante, “Efeitos políticos da terceira ofensiva neoliberal na Bolívia e no Brasil”, en Caderno CRH, Salvador, vol. 36, 2023. ↩︎
  7. Mensalão fue el término acuñado por un parlamentario y, posteriormente, ampliamente difundido por la prensa para designar un esquema de compra de votos de legisladores que habría sido organizado por el tesorero del PT, Delúbio Soares, con el fin de asegurar la aprobación de las propuestas del primer gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en el Congreso Nacional. ↩︎
  8. Para un análisis de esta relación entre ajuste fiscal y recesión económica en el segundo gobierno de Dilma, véase: Luiz Gonzaga de Mello Belluzzo y Pedro Paulo Zahluth Bastos (eds.), Austeridade para quem? Balanço e perspectivas do governo Dilma Rousseff, São Paulo, Carta Maior y Friedrich Ebert, 2015. ↩︎
  9. Véase: Armando Boito Jr., Reforma e crise política no Brasil: os conflitos de classe nos governos do PT, Campinas, Ed. da Unicamp; São Paulo, Ed. da Unesp, 2018. ↩︎
  10. Véase: Sávio Cavalcante y Santiane Arias, “A divisão da classe média na crise política brasileira (2013-2016)”, en Paul Boufartigue et al. (eds.), O Brasil e a França na mundialização neoliberal: mudanças políticas e contestações sociais, São Paulo, Ed. Alameda, 2019. ↩︎
  11. Véase: Arthur Salomão, Andréia Galvão y Sávio Cavalcante, “Junho de 2013: conflitos de classe e impactos no processo político brasileiro”, en Armando Boito Jr., Danilo Martuscelli y Nátaly Guilmo (eds.). Instabilidade e crise na política brasileira, Marília, Lutas Anticapital, 2025. ↩︎
  12. Álvaro García Linera, Izquierdas y neofascismo, Santiago de Chile, Pehuén Editores, 2023. ↩︎
  13. Armando Boito Jr., Fissuras do campo bolsonarista (partes 1, 2 y 3), A terra é redonda, 23/04 e 22/11 de 2024 e 05/08/2025. ↩︎
  14. Nancy Fraser, Capitalismo em debate: uma conversa na teoria crítica, São Paulo, Boitempo, 2020. ↩︎
  15. Para un análisis del PSDB en esta coyuntura, véase: Arthur Salomão, “Do PSDB ao lavajatismo: a representação política da alta classe média na crise política (2015-16)”, en Arthur Salomão y André Flores (eds.), Classes médias e pequena burguesia na crise brasileira, Marília, Lutas Anticapital, 2025. ↩︎
  16. Luana Forlini y Arthur Salomão, “Neofascismo urbano e rural: alta classe média e proprietários de terra como base bolsonarista”, en Armando Boito Jr., Danilo Martuscelli y Nátaly Guilmo. (edss.). Instabilidade e crise na política brasileira, Marília, Lutas Anticapital, 2025. ↩︎
  17. El capital medio no puede caracterizarse como una clase intermedia o un sector medio. Si bien puede reconocerse como una fracción desatendida por la política estatal, en la práctica se distingue de la pequeña burguesía y la clase media por su posición subordinada en el seno del bloque en el poder. ↩︎
  18. Nicos Poulantzas, op cit. ↩︎