La esposa de don Benito fue, y es, paradigma de virtudes hogareñas y cívicas. Con la dignidad que da el cumplimiento de los deberes y la abnegación, imprimida en los actos, su menuda figura se agiganta, a medida que se conoce el coraje con que supo ayudar, muchas veces silenciosa al esposo en la lucha titánica que el gran reformador libró, con amigos y enemigos en las horas más terribles, que decidieron y pusieron el cimiento de nuestra soberanía.
¿Cómo Juárez encontró a la compañera insustituible de su vida, a la que soportara todos los rigores de la lucha y le fuera adicta en todos los momentos sin quejarse, sin lamentar ausencias, ni pobrezas? Supo de la existencia de Margarita, desde el día que ella vio la luz primera, en la bella y perfumada atmósfera de la ciudad de Oaxaca el 29 de marzo de 1826 (él había llegado ocho años antes a la ciudad, buscando a su hermana Josefa, sirviente de los señores Maza). La vio crecer dentro de una familia austera, educada en rígidos y severos principios morales, sin que se descuidara la instrucción que se daba a la mujer. Conoció su concepto sobre el cumplimiento de los deberes y la fuerza para resistir los dolores. En ese ambiente se forjó en principio, un lazo de sencilla y afectuosa amistad, que floreció en el amor que los unió toda su existencia. Celebraron su enlace en la ciudad de Oaxaca el 31 de julio de 1843.
En la intimidad de la vida matrimonial maduró la conciencia de esta joven, dulce, tierna y valerosa; fue acertada consejera en los momentos difíciles, colaboradora eficaz en los menesteres familiares y las empresas políticas. Soportó serena casi siempre la pobreza, la miseria, a pesar de los altos puestos que el esposo desempeñó. Uno de sus biógrafos, refiere al respecto: «un día los visitó José, el hermano mayor de Margarita, un poco después de la hora en que acostumbran comer. Le invitaron los esposos a comer aunque ellos ya habían concluido; José, tenía apetito, les dijo:
—»No se molesten por mí, porque ya saben que en comiendo coles fritas quedo conforme.
Juárez y su esposa se miraron mortificados; ese día, en efecto, no se había podido poner bitualla, ni por consiguiente coles en el puchero, y no lo habían hecho por pobreza. Juárez era entonces, gobernador de Oaxaca».
El primero de los grandes dolores que ha de sufrir como madre, en donde ha de hacer constar la absoluta adhesión a las convicciones liberales del compañero de su vida, lo relata Héctor Pérez Martínez en Juárez el impasible, con estas líneas: «Si antes sus palabras fueron a manera de faro, ahora sus actos serán lecciones inolvidables para el pueblo. —Su hija Guadalupe —aquella mestiza que saltó en las rodillas del indio y acarició con torpeza la máscara cobriza del padre— muere en 1850, y aunque la ley que prohibía el enterramiento de los cadáveres en los templos, exceptuaba a la familia del gobernador del Estado, «no quise hacer uso de esa gracia, y yo mismo llevé el cadáver de mi hija al cementerio de San Miguel, para dar ejemplo de obediencia a la ley, que las preocupaciones nulificaban con perjuicio de la salud pública.»
«Margarita Maza llora con lágrimas amargas tal empeño legalista. Contempla cómo por la esquina se pierde la figura negra de su esposo llevando bajo el brazo un pequeño cajón pintado de blanco. Y se está en una silla hasta que los pasos seguros del indio resuenan de vuelta. Juárez llega en silencio a su esposa, la besa en la frente y sale a recibir una comisión de indios de su sierra. Desde este momento, con ese juicio de la mujer, hará síntesis del marido: «Es muy feo, pero es muy bueno».
En 1853 Santa Anna desató la persecución contra Juárez, Margarita vigilante y solícita acudió a prevenirlo, mandó a uno de sus hermanos con el aviso; pero Juárez no pudo escapar a sus aprehensores; fue detenido, confinado en Jalapa, más tarde llevado a Tehuacán, internado en San Juan de Ulúa y desterrado. Buscó refugio en Nueva Orleans en donde vivió año y medio.
La esposa quedó sola y sin dinero, hizo frente a la situación para sostener a sus hijos, tejía fajillas, bordaba, cosía ajeno. Soportaba sola la muerte de su hija Amada, sexta de los hijos habidos en el matrimonio. En esta dolorosa situación la tiranía que padecía el país, no conforme con perseguir a Juárez, lo hizo con la familia. Margarita salió con sus hijos de Oaxaca, acompañada sólo por su fiel criado Juan Lazcano, para emprender a pie por intrincado camino, la fuga y burlar al conservador Cobos. Se escondió en la hacienda de su amigo don Miguel Castro. Pero hasta allí la siguieron los esbirros, y a pie con los hijos más pequeños en brazos de los mozos de la hacienda, llegó al pueblo de Santa Anita. Por la noche guiada por raro presentimiento, dispuso continuar la marcha apenas con el tiempo preciso para burlar a sus perseguidores que al fin la perdieron. En la hacienda de Santa Gertrudis, también propiedad de Castro, halló refugio seguro; allí permaneció la señora Juárez con sus hijos, algunos meses. Cuando el peligro de la persecución cejó, volvió a Oaxaca. La situación económica era desesperada; el general Ignacio Mejía le propuso que se fuera con todos sus hijos a Etla, en donde él le pondría un tendejón; ella aceptó y por algún tiempo vendió pan y cigarros, ayudándose con tejidos y costuras. Apenas si con las exiguas ganancias de aquel comercio comían. Sabía que Juárez en el exilio debía padecer hambre y privaciones, no sólo por el poco salario que ganaba, sino porque él, junto con los otros desterrados proseguían la lucha incansable; con el mayor esfuerzo ahorró y le envió en una ocasión dos dólares para que los empleara en sus necesidades más urgentes.
Juárez regresó en 1855 al país; el partido liberal ganaba terreno y acabó en el poder. La normalidad en la vida familiar del estadista no llegó a consumarse, el ritmo de la batalla contra la reacción sólo le dejaba breves y fugaces instantes para sus seres queridos. El gobierno afrontó la guerra civil y finalmente la Intervención francesa en 1862. Al declararse la guerra contra los extranjeros Margarita asumió su puesto en la retaguardia. Llamó a las mujeres para arbitrar fondos a la instalación de hospitales de sangre, organizó funciones a beneficio de los heridos y las familias de los que morían. El gobierno de la República hubo de abandonar la capital. Carlos Obregón Santacilia en su delicioso librito Del Álbum de mi Madre, refiere cómo fue el éxodo de la familia Juárez.
«Corre el año de 1864. Han pasado muchos meses desde aquella negra tarde en que, teniendo a los franceses en las puertas mismas de la Ciudad de México y después de arriar serenamente la bandera nacional en la Plaza Mayor, el Lic. Benito Juárez, Presidente de la República, tuvo que dejar la capital y llevar su gobierno y su legalidad en una dolorosa y larga peregrinación, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, cada vez más al norte, hasta tocar la frontera con la espalda. No ha apartado, sin embargo, ni por un momento su mirada de la Nación, de su pueblo, de ese pueblo que él mismo encarna y al que nunca, ni con la muerte, dejará solo.»
Va con sus ministros en el viejo coche que le sirve de Palacio Nacional; allí traza planes y escribe proclamas; es el mismo coche del 58, aquel cuyo cochero al ser detenido e interrogado en las garitas respondía: es una familia enferma… va una familia enferma.
«La familia, después de varios días, hace un alto en el Saltillo; la esposa de Juárez va a dar a luz. Allí nace Antonio, el último hijo del Benemérito. Continúa el viaje y al llegar a Monterrey se ve obligado a hacer otro alto, para que nazca María, la primera nieta del Presidente, hija de Manuela su hija mayor y de Pedro Santacilia, su fiel y querido yerno y secretario, aquel que años antes, encontrándose con Juárez en Nueva Orleáns, ambos desterrados por luchar por la libertad de sus respectivas patrias, le había dicho al despedirse: ¿dónde nos volveremos a encontrar?, a lo que Juárez contestó: En México libre, o en la eternidad.
«Va Santacilia a la cabeza, único que podía haber acompañado en aquel trance a Margarita, la abnegada esposa de Juárez, a sus hijos pequeños y a los recién nacidos.
«Ella supo ya antes, de persecuciones: entonces, en las peregrinaciones, en los destierros, en la prisión, era cuando su espíritu prodigaba su perfume inagotable de ternura y de bien. Como el viejo soldado al oír el redoble del parche sonríe y se cuadra, así Margarita se transformaba en heroína cuando la desgracia tocaba las puertas de su casa».
Al arribar a Matamoros, la familia Juárez recibe muestras sinceras de simpatía, por muchas personas respetables del puerto. Allí hubieran permanecido algún tiempo. Esta vez el señor Santacilia tuvo el presentimiento de que algo los amenazaba y no estaba errado, pues tropas francesas estaban próximas. Salieron violentamente hacia Punta Isabel con el objeto de embarcarse para Nueva Orleans, en el vapor Clington, al pasar frente a la desembocadura del río Bravo vieron a lo lejos, en el Golfo, los palos de varios buques; después supieron conducían fuerzas francesas que acompañadas del general conservador Tomás Mejía ocuparon Matamoros.
Margarita permaneció en los Estados Unidos hasta la caída del Imperio; instaló su hogar en Nueva York. Mantuvo con dignidad y discreción la investidura de esposa del Primer Mandatario de la Nación. Sola aguantó la pérdida de dos más de sus hijos, Antonio y Pepe. Dolorida; pero no vencida por el sufrimiento, es ella la que consuela al esposo; él no esconde, como se ve en su correspondencia con Pedro Santacilia, el dolor terrible producido por la muerte de sus vástagos. Más como siempre su convicción patriótica, su pensamiento revolucionario son motivos centrales de su existencia que antepone a todo.
Margarita en los Estados Unidos, no pidió consideraciones, exigió y reclamó con su actitud, a los personajes que trató, el reconocimiento a la forma de Gobierno y legislación que su pueblo se había dado. Su conducta era la de una combatiente ideológica que expresaba su posición política en cuanta oportunidad encontró; como cuando el Ministro Seward dio una comida especial en su honor, con asistencia de todo el cuerpo diplomático acreditado ante el Gobierno Norteamericano. Entre los ministros que concurrieron se encontraban el español García Tassara, encargado de hacer directamente los honores en la mesa a la señora Juárez, intérprete entre ésta y Seward. En el salón en que se dio el banquete estaban dos grandes retratos, uno de Juárez y otro de Santa Anna, el ministro del Estado Norteamericano se dirigió a Margarita, por medio de García Tassara manifestándole: «—Mi mayor deseo es que pronto nos veamos en la Capital de la República como fundadamente lo espero; y tener la satisfacción de ir a saludar al patriota señor Juárez. Mi mayor gusto, sería ver unidos a mis dos amigos (señalando a Santa Anna) y ya olvidadas las rencillas de partido que hasta hoy los han separado».
Ella respondió:
«—Tendremos una gran satisfacción tanto mi esposo como yo en verlo por México, pero que no espere encontrar allí reunidos al general Santa Anna y a Juárez. Si uno de los dos está en la Capital, el otro tendrá que estar muy lejos, porque tratándose de principios políticos un océano los separa.»
Los dirigentes políticos de Norte-América —aparte su interés por impedir intromisiones de Europa en los países de habla latina, calibraron la voluntad indómita del pueblo mexicano a cuya cabeza se encontraba el Benemérito en la obstinada defensa del subsuelo y de los principios liberales—, comenzaron a manifestar con determinados actos su reconocimiento a la legalidad del Gobierno de la República. Ejemplo de esta batalla a muerte, irreductible en sus propósitos era la mujer sencilla iluminada en la seguridad del triunfo de los anhelos populares. Por eso una de las primeras manifestaciones, para externar la posición de ese gobierno fue la que ella, enérgica, había demandado.
Transcribimos de Ralph Roeder, en Juárez y su México, las líneas que ilustran esto:
«Fue Margarita a Washington en marzo de 1866 a visitar a la madre del embajador de México, Sr. Matías Romero, que se encontraba enferma; y «de repente se encontró con asombro suyo en plena actividad política; las tarjetas de visita, dándole la bienvenida a la capital, llenaron la antesala de su Legación; en la Casa Blanca se organizó en su honor una recepción, la primera función social celebrada en la mansión ejecutiva desde la toma de posesión del Presidente Johnson.»»
Carlos Obregón Santacilia en su obra citada; comenta ese cambio:
«Le ofrecieron cenas íntimas, la invitaron a visitar el Departamento de Estado, en donde el Ministro le enseñó los documentos históricos. El General Grant le ofreció un baile que produjo sensación en el mundo oficial; la prensa señaló la presencia del Presidente e inclusive la asistencia del Ministro Francés. En todo hizo un gran papel, dándose a su visita la categoría de un suceso diplomático».
Margarita escribió a don Benito para comentar los hechos y aclarar las exageraciones en que la prensa incurrió. Esta misiva pone al descubierto su claridad mental, criterio político y atinado juicio sobre las personas. Hasta ahora es la única carta publicada en la nutrida correspondencia que sostuvo con el cónyuge, contenida en la cuidadosa selección hecha por el Ing. Jorge L. Tamayo en el libro Epistolario de Juárez; fechada en Washington, el 28 de marzo de 1866.
CARTA DE MARGARITA
«Mi estimado Juárez: Mañana es el día terrible en que cumpliré 40 años y tendría mucho gusto en pasarlo a tu lado, pero no es posible y no hay más que conformarse como se conforma una con la muerte porque no hay otro remedio. Todos estamos buenos; yo todavía estoy por aquí, pero la semana entrante me voy para Nueva York. Antes de anoche me llevó Romero a la recepción del Presidente y como verás en el Herald dicen que estuve yo elegantemente vestida y con muchos brillantes. Eso no es cierto, toda mi elegancia consistió en un vestido que me compraste en Monterrey poco antes de salir, y con tantos cuidados y pesares no me había puesto el único vestido que tengo regular y lo guardo para cuando tengo que hacer alguna visita de etiqueta nomás; respecto de brillantes no tenía más que unos aretes que tú me regalaste un día de mi santo porque mis demás cositas las tengo en Nueva York. Te digo todo esto porque no vayan a decir estando tú en el Paso con tantas miserias yo esté aquí gastando lujo; todo esto lo ha hecho la novedad y que a ti te quieren y tienen simpatía por ti; aquí me han visitado muchas personas y la noche de la recepción me presentaron a muchas personas y al Sr. Hamersly que desde que llegamos a Nueva York nos ha visitado, como hacía aquí. Toda la enfermedad de mi hijo Pepillo, los más días, llevaba su tarjeta; él y su Sra. me estuvo paseando por los salones; en fin, lo que sí es cierto que las personas a quienes me han presentado y que me conocen me consideran bastante. Toda mi mortificación es no saber hablar, pero afortunadamente Margarita (su hija) que estuvo aquí conmigo habla ya regular.
«Mucho me alegro que los franceses se hayan retirado para que ustedes puedan ir a Chihuahua; allí tendrán más recursos. Dios quiera tengan un feliz viaje; yo temo mucho por el invierno porque tienen que pasar algunas noches en el desierto; cuídense cuanto les sea posible.
«Saludos a los tres Lerdo, Iglesias, Goitis, Posadas, Contreras, Zárate, Díaz y Novoal (?); a Salomé lo mismo dile que le agradezco mucho que te acompañe y te cuide; no se parece a Secun, que se manejó tan mal que tuve que echarla.
«Procura mandar una ordencita para que estos comisionados Carbajal y Santos Ochoa se vayan porque son tan inútiles, y el segundo tan necio, que yo creo por lo que he oído que a todos les ofrece millones como si fueran centavos; procura quitarlo de semejante comisión y procura mandar una persona que discurra, porque es una desgracia; hay aquí una percha de mexicanos que dan vergüenza que toda su fortuna es no saber inglés sino sería peor; para volver por nuestro honor perdido, manda una persona capaz de algo y no sigas mandando muchas.
«El único capaz es el Sr. Baranda y veo que saldrá pronto de aquí. El pobre de Carbajal tendrá muy buenas intenciones; no sirve, está hecho un viejo, encerrado todo el mundo sabe que está, pero él cree que está prestando un servicio muy grande estando encerrado. Se hace la ilusión que nadie lo sabe haciendo gastos, porque cada uno de sus hijos, están en distintos hoteles y él se los paga por supuesto, y también los muchachos creo no son ni parientes de los que inventaron la pólvora; no conozco más que a uno, pero me parece que su hermanito ha de ser lo mismo. Con esa percha de inútiles, que esperanza quieres que yo tenga en que hagamos algo; sólo Dios nos puede sacar de este atolladero. Ya que te he quitado bastante tiempo con mis sandeces que te entrarán por un oído y te saldrán por el otro como los consejos de Villalobos. Recibe expresiones de la familia de Romero y el corazón de tu esposa que te ama y desea verte. Margarita».
La discreción y decoro personal no son cosas que se adquieren al nacer, dependen del clima en que se crían y desarrollan los seres. Estas cualidades se ahondan a medida que se comparten los anhelos y problemas con las personas amadas. Margarita traía la semilla de su educación familiar, en su vida conyugal germinó y maduró dándole la medida de lo transitorio, de lo efímero, que suelen ser los halagos y homenajes rendidos a los hombres públicos y sus familiares. Por eso la ostentación no cabía en sus actos: Jamás hizo alarde, ni aprovechó, como no fuera para la empresa patriótica, el puesto en que el destino la colocó como esposa de un extraordinario estadista y pensador. Esto a pesar de amarlo tan profundamente, de estar tan orgullosa de su conducta, su manera de ser, se retrata en los detalles más intrascendentes, como este relatado por sus descendientes:
Margarita hacía las compras en un mercado norteamericano. En cierta ocasión, un vendedor de pescados estaba leyendo en el Herald noticias de México, referente a la guerra que sostenía el partido liberal contra el llamado imperio. Al ver llegar a Margarita y a su hija Manuela, a quienes aunque no conocía por sus nombres, sabía eran mexicanas, en un arranque de entusiasmo se dirigió a la señora Juárez y en un mal español le dijo:
«—Ustedes son mexicanas, ustedes deben tener el honor de conocer al gran patricio, al Presidente Juárez, ¿no es verdad?
«—Sí, lo conocemos, respondió con sencillez Margarita guardando modestamente el incógnito.
Al volver de los Estados Unidos, en el trayecto de Veracruz a la capital, se hizo una recepción apoteótica a la familia, en cada pueblo, se la detenía por lo menos un día. Juárez, pregunta, ante la tardanza ¿cuándo van a llegar? La esposa le responde: «Cuando se pueda».
Uno de sus biógrafos, E. M. de los Ríos, asienta:
«Es natural que a sus hijos impresionaran estas muestras de simpatía y las distinciones que se les dispensaban como reconocimiento a Juárez, Margarita cuidaba siempre de inculcarles la idea de que «Esas distinciones concluirían cuando por desgracia su padre muera… No se enorgullezcan de ellas, decía a las chicas, recuerden y no olviden nunca que la mujer vale sobre todo por sus virtudes y que la vanidad es uno de los más feos defectos en una señorita. Acuérdense de las épocas sufridas en la escasez y consideren que las adulaciones de hoy pueden trocarse en indiferencia y hasta en desprecios, si la suerte cambia».
«Invariablemente, cuando concurría a reuniones o festividades, advertía el motivo de su salida a los suyos con estas palabras: «Voy a una comida que dan al Gobierno… o a una reunión a que han invitado al Gobierno… voy a presidir una festividad para la que ha sido solicitada la presencia del Gobierno».
Ya en México, instalada en sus habitaciones del Palacio Nacional, si bien disfrutaba de la dichosa compañía de don Benito, en su hogar sufría la miseria que la guerra dejó al país. Angustiada no podía a veces cumplir los pequeños antojos de su nieta María, hija de Pedro Santacilia, como lo narra Carlos Obregón Santacilia en la obra que hemos citado:
«Una tarde María quiere unos dulces y se los pide a su abuela, pero en el Palacio Nacional no hay dinero para mandar comprar unos dulces para la niña y la abuela no sabe qué hacer ni cómo decírselo a su pequeña nieta, que seguramente no comprendería aquella mínima pero profunda situación. Uno de los colaboradores del Presidente se entera y pone el insignificante dinero necesario».
El 2 de enero de 1871, abandonó la vida dejando a Juárez sumido en la pena y la soledad más honda de su vida.
La muerte de Margarita causó consternación en todos los medios sociales. Los amigos del Benemérito que habían conocido su batallar y sabían de su profunda convicción liberal, hicieron pública su conducta ejemplar en semblanzas como la oración fúnebre de Guillermo Prieto, publicada en El Federalista de 5 de enero de 1871. Reproducimos a continuación algunos fragmentos de esa pieza oratoria.
«… ¡Oh! no, ¡no puede ser! sentirse amada, derramar ventura, tener cerca de los labios la copa de la vida rebosando en días felices generosa matrona, y disiparse y desaparecer, cuando se asían de tu cauda de Ángel del Señor las manecitas del niño que saludaba la existencia, cuando te retenía el amor del esposo desolado y de los hijos, cuando la amistad tendía a tus pies como un tapiz de flores sus afectos y cuando, como un himno perpetuo, te ensalzaban las bendiciones de los pobres mil a quienes socorrías…»
«Cuando lanzó sobre tu seno dardo emponzoñando la persecución inicua, castigando en ti el heroísmo de tu consorte, que enarbolaba en las playas de Veracruz la desgarrada bandera de la Reforma, por ensalzar la altura de su nombre, por no manchar con una sombra de debilidad la grandeza de su causa, atravesaste a pie, rodeada de tus niños inocentes, la fragosa sierra de Oaxaca y fuiste allí, donde ni lo mortífero del clima detuvo tu planta, ni los peligros mil te retrajeron del deber».
Ediciones de La Chinaca. México, 1967.