El imperialismo yanqui es una bomba de tiempo

Georgette Ramírez Kuri1

El imperialismo yanqui entró en fase terminal. Se convirtió en una bomba de tiempo que detonará en cualquier momento, mientras va minando terrenos por el mundo con todo el desarrollo de fuerzas destructivas que acumuló durante décadas: el complejo industrial militar.  

En 1961, el republicano Dwight Eisenhower reconocía, en su discurso final como presidente de Estados Unidos, que era un hecho la creación de la industria armamentística, permanente y de grandes proporciones, en la que todos sus recursos y la propia estructura del país estarían implicados, advirtiendo el peligro de su potencial destructivo. 

Desde entonces y cada vez más intensivamente, El Estado norteamericano transfiere cuantiosos fondos públicos a las corporaciones armamentísticas para la defensa y seguridad nacional, articulando el capital financiero -estatal- con la industria militar -privada- en el complejo industrial militar que pronto se convertiría en el principal motor dinamizador de su economía. 

La demanda armamentística del gobierno se garantiza con el aumento progresivo del gasto militar, muchas veces presionado por el cabildeo o lobby de las corporaciones monopólicas fabricantes de armas. A su vez, el gobierno financia este sector industrial estimulando su desarrollo tecnológico -incluso IA-, empleos, manufactura, infraestructura, etc., que le sirve para hacer circular la economía aún en periodos de recesión y sin requerir de una base económica productiva.

La propia rentabilidad económica del complejo industrial militar depende del presupuesto que se le asigne y los contratos que se concreten; por lo tanto, depende de decisiones políticas y geopolíticas del Estado norteamericano. Mientras siga incrementando su gasto militar, se sostendrá la economía de guerra permanente del imperialismo yanqui. 

Evidentemente esta lógica produce contradicciones que hoy se expresan en la crisis estructural más severa de su historia. La más profunda de ellas es, precisamente, solventar la crisis interna en el exterior por la vía militar, en articulación con el capital especulativo destructivo sobre nuevos espacios de valorización que dinamicen la economía estadounidense: ocupaciones militares, genocidio, misiones humanitarias, guerras contra el terrorismo, guerras contra el narcotráfico, guerras por el gas y el petróleo, bombardeo de lanchas, robo de buques petroleros, secuestro de presidentes y asesinato de líderes para el supuesto cambio de régimen, por ejemplo.

Hoy la vía militar  y el modelo de seguritización de Estados Unidos alcanzó la guerra total: conflicto de escala máxima en el que se movilizan todos los recursos para la destrucción del enemigo. La guerra total se caracteriza por el rechazo a la negociación, la difuminación entre roles cívicos y militares, los mecanismos de control social y la ausencia de compromiso con el orden vigente. Pero, ¿cuál es el enemigo al que Estados Unidos intenta destruir?

Modernidad americana: Occidente y la guerra contra el Otro

Como producto estrictamente de la modernidad, la geopolítica emergió de Occidente y su concepción universalista del mundo. Desde esa postura es que se cartografió el planeta Tierra, se escribió la historia ‘universal’, se ‘descubrió’ América y se ejerce la dominación transhistórica de los pueblos barbarizados. La expansión occidental avanzó conquistando pueblos, evangelizando cosmovisiones, desconociendo civilizaciones e inferiorizando alteridades.

Tempranamente, Estados Unidos adoptó la vocación universalista occidental para emprender su propia expansión, comenzando por el norte de América hacia el sur del continente y de ahí mar adentro hacia los océanos que le rodean. Incluso alcanzó el corazón de Occidente, protagonizando el nuevo orden mundial de posguerra -tanto institucional como militar- a mediados del siglo pasado. 

Así, erigió su propio proyecto de modernidad, la versión americana que caracterizó el filósofo latinoamericano Bolívar Echeverría, imprimiéndole características propias relacionadas al mesianismo con el que se autoperciben, pero sin abandonar la visión occidental del Otro como objeto de sometimiento. Desde allí, la construcción del Otro enemigo quedó legitimada por la amenaza permanente que representaría algún proyecto alternativo: no occidental y no capitalista.

Parecía que tras la II Guerra mundial se había cancelado la geopolítica y las guerras imperialistas, pero bastó con las insurgencias revolucionarias en Guatemala (1944), Vietnam (1945), Cuba (1959), Congo (1960), Angola (1961), Nicaragua e Irán (1979), para que Occidente, principalmente Estados Unidos, revitalizara la guerra fría en las “zonas calientes” -por supuesto- de las periferias del mundo.

Desde entonces y hasta ahora, las guerras imperialistas se emprenden contra los proyectos alternativos del sur global para impedir que prosperen y evitar que usufructúen las grandes riquezas que yacen en sus territorios. El telón de fondo es el uso monopólico de recursos estratégicos que los países centrales o del Norte global reclaman para asegurarse el acceso y las cadenas de suministro -por herencia colonial- a los menores costos posibles y presionando para obtener las condiciones más ventajosas. 

La guerra total que Estados Unidos ejerce hoy contra el sur global opera desde múltiples frentes: el colonialismo de asentamiento e intervencionismo humanitario que ocultan la ocupación militar del hard power; las desestabilizaciones del presente mediante recursos del soft power como el lawfare, financiando a la oposición política, con series y productos de entretenimiento que reproducen la narrativa hegemónica, e impulsando liderazgos y medios de comunicación afines a sus intereses; el smart power que persigue cooptar subjetividades con algoritmos, noticias falsas y campañas masivas de manipulación mediática, incluyendo memes y demás innovaciones.

Para tanto, ‘se vieron obligados’ a crear el complejo industrial militar -como confesó su expresidente Eisenhower en el discurso referido anteriormente-, que se consolidó en la economía estadounidense y, con el paso de las décadas, se fue expandiendo hacia grandes mercados en todo el mundo a medida que los Estados incorporaron el modelo militarista seguritario y, en consecuencia, han ido aumentando su gasto militar. Fue la manera de alcanzar la hegemonía militar en el mundo e imponerla como vía predilecta para resolver todo tipo de problemas: garantizar el acceso a recursos estratégicos, asegurarse transferencias de valor, cooptar subietividades, ganar elecciones, resolver su crisis interna, dinamizar su economía, estirar lo más posible su dominio global.

En el continente americano la expansión del complejo industrial militar ha pasado por diferentes fases, siendo la migración y el narcotráfico los ejes narrativos de su operatividad en el presente, tal y como quedó asentado en la última actualización de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, publicada en diciembre de 2025 y conocida como Corolario Trump a la Doctrina Monroe. El documento también advirtió la reafirmación del dominio sobre el hemisferio occidental frente a la influencia de China y Rusia en el continente americano mediante tres mecanismos de ejecución: Presión económica y coerción; inteligencia y vigilancia; intervención militar directa.

A 3 meses de su lanzamiento, es evidente la celeridad con la que se ejecuta, intentando evitar el colapso de Estados Unidos bajo Trump. Los efectos son muy nocivos a todas las escalas: vulnera a la región de América Latina y el Caribe como zona de paz; recrudece el asedio multidimensional a los proyectos socialistas de Cuba y Venezuela produciendo los peores escenarios bajo presión máxima y de asfixia; incluso fronteras adentro ataca a las personas migrantes y comunidades latinas, afrodescendientes, árabes, asiáticas, etc. que viven en ese país; fuerza el retroceso al unilateralismo operacional en las relaciones internacionales e impone la guerra y sus consecuencias en los territorios y sociedades de todo el mundo, especialmente en el Sur global.

En el ámbito comercial y jurídico se expresa la guerra de aranceles que utiliza como chantaje político y geopolítico para imponer sus intereses. También en el campo de la diplomacia se han roto los protocolos más básicos de convivencia pacífica entre naciones. De la Carta de Naciones Unidas, destaca la amenaza de uso de la fuerza reforzando mayor jerarquía en el sistema interestatal mundial y el principio de soberanía estatal en asuntos internos. 

Todo esto ha significado la violación sistemática de Estados Unidos a las reglas internacionales que él mismo promovió tras la II Guerra mundial para imponer la modernidad americana y su modelo seguritario militarista. 

Es una guerra contra el Otro proyecto político y geopolítico, no capitalista y no occidental. Sin embargo, las propias contradicciones de la modernidad americana y el imperialismo yanqui pueden derivar en que caigan por su propio peso.

Estados Unidos: Contradicciones internas y crisis terminal

El rechazo a Donald Trump y a su política interior y exterior es creciente y evidente. En la primera Marcha No Kings, realizada en junio de 2025, 5 millones de personas salieron a las calles, mientras que en la segunda edición convocada en octubre sumaron 7 millones de manifestantes. En la tercera, el 29 de marzo de 2026, se registraron 8 millones de personas en las calles de los 50 estados del territorio estadounidense. 

Según varios testimonios de las personas manifestantes, el rechazo masivo obedece a las múltiples acciones militares, tanto dentro del territorio estadounidense -a manos del Servicio de Control de Inmigración y Aduana (ICE, por sus siglas en inglés), contra la población supuestamente migrante, reprimiendo fuertemente las manifestaciones en las calles, incluso asesinando a ciudadanos estadounidenses-, como internacionales -mediante el despliegue naval en el Caribe, la Operación Lanza del Sur que incluso alcanzó el Pacífico mexicano, el asedio a Venezuela, la guerra en Irán y contra gente inocente en Palestina, Líbano, Yemen, cuando menos. También en numerosas ciudades de todos los continentes del mundo hemos manifestado el rechazo a la unilateralidad y letalidad del imperialismo yanqui en plena crisis terminal, de la que Trump es el peor síntoma.

En su primer periodo de gobierno, cabe recordar, este personaje fue acusado de delitos graves como el mal manejo de documentos clasificados, además de declaraciones falsas y obstrucción a la justicia. ¿Cómo es que burló el Estado de derecho que Estados Unidos se jacta de ser? No sólo mostró su impunidad ante la ley, sino que volvió a ser galardonado como presidente electo y, ahora sí, legitimado por la mayoría de votos.

Continuando este precedente, las acciones militares ejecutadas por Trump son inconstitucionales y violan los poderes del Estado, específicamente al usurpar funciones del Congreso que es el único de los tres poderes que tiene la facultad de declarar guerras o autorizar el uso de las fuerzas armadas contra otro Estado. Respondiendo a esta extralimitación del Ejecutivo, a finales de 2025 el Congreso realizó el Shutdown o Cierre de gobierno más largo que se registrara hasta el momento, interrumpiendo el financiamiento del Departamento de Seguridad Nacional por 43 días y presionando aún más los signos de crisis económica y política en Estados Unidos. 

Apenas tres meses después el Congreso inició un nuevo Cierre de gobierno congelando el presupuesto federal que provocó la renuncia de cientos de agentes, además de dificultades logísticas en los aeropuertos del país y en la coordinación administrativa de diversas ciudades que serán sede de la Copa Mundial de Fútbol próximamente.

Con este mecanismo, el Congreso busca frenar las acciones militares limitando los recursos disponibles para su ejecución; por ejemplo, comprometiendo el pago de salarios a personal civil y militar; impidiendo nuevos contratos armamentistas; pausando la producción, logística y cadenas de suministro de insumos bélicos, entre otros. Hasta el 1º de abril de 2026 el nuevo Shutdown sumaba 46 días, rompiendo el récord histórico recientemente alcanzado por la misma administración. 

Sumado a esta inestabilidad política e impopularidad creciente, la crisis terminal del imperialismo yanqui se expresa en el deterioro social y económico de su población. Diversas fuentes coinciden en que los estadounidenses mantienen el primer lugar mundial en consumo de drogas, el 61% considera que su nivel de deuda es un problema, no tienen acceso a la salud porque el sector está privatizado, el desempleo sigue aumentando, los costos de vida son insostenibles, el 10% de adultos padece una enfermedad mental grave. 

A escala nacional, el año 2026 inició con la deuda pública superior al 120% del PIB, el acelerado consumo de hidrocarburos dejó su Reserva Estratégica de Petróleo en niveles mínimos, continúa la caída del dólar registrando una baja del 3% en una sola semana y, como cada año, mantiene déficit presupuestario desde hace más de dos décadas.

Esta  crisis también se manifiesta en la dimensión cultural: el modelo americano de vida es insostenible, ni el éxito individual, ni la libertad personal, ni los más altos niveles de consumo en el mundo trajeron la felicidad prometida. Muy al contrario, presenta secuelas y signos de agotamiento que exponen al imperialismo yanqui en su fase terminal. 

Se trata de un Estado antidemocrático que atenta contra la propia ciudadanía, que viola sistemáticamente los derechos humanos de la población migrante, que prioriza los impuestos de la gente en emprender guerras y mata personas inocentes -evidentemente- en detrimento del bienestar y la reproducción de la vida de las mayorías que le dieron el voto y a las que representa.

En la escala internacional, Estados Unidos se exhibe como país totalitario en contra del Estado de derecho internacional que intenta subsidiar la crisis estructural que tiene con la imposición de su hegemonía militar. Muestras de que el imperialismo yanqui está en quiebra son el militarismo, los crímenes de lesa humanidad y las violaciones sistemáticas al derecho en general. Estados Unidos asfixia, extorsiona, secuestra, roba, persigue, destruye, mata. Es una amenaza para la vida y para la humanidad.

¡Viviremos y venceremos!

El imperialismo yanqui no tiene límites en su proyección de dominio y explotación, pero el mundo sí. La finitud del petróleo, la destrucción de bases militares, de armamento y maquinaria bélica, la ‘baja’ de soldados, el tope del financiamiento, el rechazo interno contra el desgobierno de Trump, la desdolarización acelerada, la pérdida de hegemonía, el declive del Norte global, el desgaste en la OTAN, los efectos inmediatos en Medio Oriente y directos en Eurasia y África, las consecuencias en el deterioro ambiental por las detonaciones de bombas, la destrucción y las muertes, son pruebas contundentes del fracaso de la guerra. 

Existen límites materiales ineludibles que se imponen a la falta de voluntad política, al letargo burocrático internacional, a las fallas del Estado de derecho, al ocultamiento de la verdad, a la población inerme o anestesiada o a cualquier otra imposibilidad de parar la pulsión insaciable del imperialismo yanqui por el poder. 

Antes de esta cúspide de conflictividad mundial, en el Sur global veníamos construyendo otros horizontes, recuperando el sentido propio sobre cómo vivir, cómo relacionarnos como sociedad y como naturaleza frente a la crisis civilizatoria que hoy se expresa a todas luces. Hay que retomar la senda por la que veníamos caminando, desautorizar la geopolítica de guerra basada en el odio como política, en la prepotencia e impunidad, en la unilateralidad contra la humanidad, en las violencias y violaciones sistémicas a la vida y los derechos humanos, en el fascismo y la contrainsurgencia contra los pueblos. 

Es una tarea fundamental cancelar la guerra como posibilidad y defender las vías pacíficas de resolución de conflictos, la multipolaridad que hemos trazado desde la diplomacia de los pueblos y la geopolítica de paz. Retomar el internacionalismo, la cooperación Sur-Sur y el Estado social replanteando cuáles son los sectores y recursos que debemos promover como estratégicos para la reproducción de la vida y no la del capital: producción alimenticia, industria biomédica, soberanía energética, innovación tecnológica y su aplicación para beneficio de la humanidad y regeneración de la naturaleza, por ejemplo.

Para apropiarnos de esta crisis es necesario practicar otras formas de  relaciones sociales y gestiones estatales en las que recuperemos horizontes comunes, desde lo comunitario hasta lo internacional. Hay que reconstruir el orden institucional mundial basado en otro sistema de valores como la solidaridad, la hospitalidad, la cooperación, la soberanía y la autodeterminación de nuestros pueblos. Potenciar la dignidad rebelde y la esperanza revolucionaria, reanudar nuestros imaginarios de presente y de futuro. 

Internamente, la sociedad estadounidense puede presionar lo suficiente para destituir al ocupante del Ejecutivo mediante la figura del Impeachment como punición a la ilegalidad con la que está gobernando y amenazando la paz en Estados Unidos y en el mundo entero. Este proceso contribuiría a la administración de justicia y el restablecimiento del Estado mínimo de derecho, además de abonar a las garantías de no impunidad y no repetición, abriendo pauta para exigir resarcimiento de los daños. Un escenario así nos daría mejores condiciones de transición hacia el nuevo estado de cosas que deseamos y por el que luchamos.

La única batalla que el imperialismo agonizante puede ganar es la del sentido común: cooptar subjetividades con el discurso vencedor aunque sea evidente lo contrario. Por ello, es vital asumir lo nocivo que ha sido el imperialismo yanqui para nuestros pueblos, sociedades y territorios, para nuestra autodeterminación y nuestra paz, pero sobre todo para la vida en general. 

Esta bomba de tiempo es un punto de quiebre en la historia de la humanidad. Se abre la posibilidad de ruptura, de dejar atrás el orden de cosas tal y como lo conocemos y buscar la emancipación de nuestros pueblos. Aprovechemos la oportunidad de empujar transformaciones sociales que estén a la altura de los tiempos que vivimos. ¡Viviremos y venceremos!

  1. Doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y docente en dicha institución. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores mexicano, del Grupo de Trabajo “Marxismos y resistencias del sur global” del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) y de la Red de artistas e intelectuales en Defensa de la Humanidad (Redh) – Capítulo México. Correo: dra.kuri@unam.edu ↩︎