Con ocasión del ya décimo aniversario de la partida de Eduardo Galeano (1940-2015), quisiera compartir tres motivos por los que le estoy agradecido a este gran uruguayo.
Como muchas personas, lo conocí como autor de Las venas abiertas de América Latina, que más de un cuarto de siglo después de su primera publicación recibió un nuevo impulso para ser leído, cuando el entonces presidente venezolano Hugo Chávez se lo regaló en abril de 2009 durante la Quinta Cumbre de las Américas al presidente estadounidense Barak Obama. Tiempo después y hasta ahora me ha fascinado Patas arriba: la escuela del mundo al revés, igual como lo hicieron durante años sus viñetas publicadas hasta 2003 en una sección titulada “Ventanas” en La Jornada: a veces más filosófico-reflexivas, a veces más satíricas, muchas veces fuertemente denunciatorias y siempre teñidas de un hondo dolor sobre este mundo de cabeza, cuyo análisis, empero, no paraliza, sino que mantiene la convicción de poderlo poner sobre sus pies.
Me han impresionado en sus textos dos aspectos, en cada uno de los cuales confluye el reto al intelecto con la evocación afectiva y el llamado ético-político. Uno: una perspectiva latinoamericanista genuina y radical, entre molesta y fúrica, pero nunca victimista, sino llamando desde el Sur global la atención sobre absurdidades, mentiras, ocultamientos e ideologías perniciosas en nuestro mundo. El otro: la capacidad de vestir el resultado de mucho estudio y lectura sobre un tema social, cultural o simplemente humano, en palabras corrientes, mas no superficiales, sino bien ponderadas, precisas, llegando al meollo del asunto.
Por ambos aspectos los libros mencionados –y probablemente otros que aún no conozca– se han convertido en lecturas obligadas en cursos de antropología y otras ciencias sociales y humanas interesadas en ahondar en los aportes latinoamericanos al análisis sociocultural. No porque Galeano sea repetible, pero sí porque podría ser imitable, y esto para no perder la brújula en el vértigo de las academias ofuscadas por las hegemonías y modas “norteñas”, y para seguir buscando vías para compartir los resultados del estudio científico con la gran mayoría de ciudadana/os quienes no tienen formación universitaria o no están acostumbrada/os a leer largos tratados, pero quienes igualmente se preguntan por las posibles salidas del desorden sociopolítico establecido.
El segundo motivo de mi agradecimiento a Galeano ha sido un breve texto muy citado sobre la utopía – aunque luego me enteré que el mismo Galeano aclaró que no es de su creación, sino la cita de una admirada expresión de Fernando Birri, cineasta argentino y gran amigo suyo1. Puede parecer ocioso hablar de utopía en un mundo, en el cual están atropellándose situaciones angustiantes y objetivamente preocupantes, como las derivadas del cambio climático antropogénico, de la escasez y la contaminación del agua dulce, de los mortíferos conflictos armados y el rearme acelerado, de los ríos de migrantes y de deportada/os en condiciones indignas, de la corrupción y el abuso de poder por doquier, de la persistencia del empleo mal pagado y de la economía informal para la mayoría de la ciudadanía carente de seguridades y derechos, de la extensión geográfica y de actividades del llamado crimen organizado. Pero: ¿no es al revés? ¿No es acaso cada vez más necesario soñar despierto para cultivar la contra-imagen de un mundo mejor, distinto y posible?
La propuesta que difunde Eduardo Galeano dice así: “Utopía. / Ella está en el horizonte. / Me acerco dos pasos, / ella se aleja dos pasos más. / Camino diez pasos / y el horizonte se corre / diez pasos más allá. / Por mucho que yo camine / nunca la voy a alcanzar. / ¿Para qué sirve la utopía? / Sirve para esto: / para caminar.”2
Lo anterior lleva a otro motivo más para estar agradecido a Eduardo Galeano. Y es que uno de los grandes estudiosos y, al mismo tiempo, animadores del pensamiento utópico, el filósofo alemán Ernst Bloch es conocido ante todo por El Principio Esperanza, obra que se basa en un extenso inventario de expresiones simbólicas y estructurales, tanto volátiles y cotidianas como dramáticas y memoradas de la historia europea de la utopía3. Posteriormente, Bloch publicó una especie de complemento del mencionado sueño utópico de una sociedad sin miseria, explotación y desigualdad socioeconómica, abundando en el sueño utópico de una sociedad sin imposición, jerarquías ni desigualdad de poder: “La utopía social diseñaba de antemano situaciones en las que dejan de existir los agobiados y oprimidos, mientras que el derecho natural construye situaciones en las que dejan de existir los humillados y ofendidos.”4
En consonancia con esto, Eduardo Galeano ha visibilizado una y otra vez a éstos últimos, las y los que no cuentan, por más que sean usada/os para incrementar la ganancia de las mal llamadas élites mediante su salario siempre incompleto y los precios de todo siempre al tope, para extraerles infaliblemente el impuesto al valor agregado y su voto, y para pedirles plegarias sedantes. Así caracteriza la gentuza: “Los nadies: los hijos de nadie, / los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, /…/ Que no son aunque sean. / Que no hablan idiomas, sino dialectos. / Que no profesan religiones, / sino supersticiones. / Que no hacen arte, sino artesanía. / Que no practican cultura, sino folklore. / Que no son seres humanos, / sino recursos humanos. / Que no tienen cara, sino brazos. / Que no tienen nombre, sino número. / Que no figuran en la historia universal, / sino en la crónica roja de la prensa local. / …”.5
¿Cómo no seguir necesitando a Eduardo Galeano aquí en el Sur global, donde “la vida humana se cotiza a precio de oferta”6, lo que se ratifica a diario en las estadísticas sobre las víctimas de la organización gubernamental del tránsito, en los conteos de las nuevas fosas clandestinas y de los cuerpos humanos desmembrados metidos en bolsas de basura, en el desprecio y la obstaculización de quienes los reclaman y buscan a la/os desaparecida/os? Sus textos sueñan con –y contribuyen a– que sean “reforestado los desiertos del mundo / y los desiertos del alma”7.
- Puede verse la aclaración correspondiente en <https://www.youtube.com/watch?v=QqbjH07DADo>. ↩︎
- En: Eduardo Galeano, Ventanas, p. 32. Ed. El perro y la rana, Caracas, 2012. ↩︎
- Una breve presentación de su obra se halla en E. Krotz, «Introducción a Ernst Bloch (a 125 años de su nacimiento)». En: En-claves del Pensamiento, n. 10, 2011, pp. 54-73. ↩︎
- Ernst Bloch, Derecho natural y dignidad humana, p. XI. Ed. Aguilar, Madrid, 1980. ↩︎
- En: Eduardo Galeano, Ventanas, pp. 22-23. Ed. El perro y la rana, Caracas, 2012. ↩︎
- Eduardo Galeano, Espejos: una historia casi universal, p. 327. Ed. Siglo XXI España, Madrid, 2008 ↩︎
- Así en “El derecho al delirio”, que forma parte de la sección final de la obra varias veces editada en diferentes formatos, Patas arriba: la escuela del mundo al revés. ↩︎