A cien años del Fidel de siempre

En un texto de 2006, Néstor Kohan apunta que Fidel Castro representa la “máxima expresión de las rebeliones antimperialistas y socialistas del Tercer Mundo”. Las palabras de Kohan están enmarcadas en el contexto de la grave enfermedad que obligó al Comandante invicto a retirarse de los cargos gubernamentales de Cuba. Por entonces, el filósofo argentino hacía votos para que Fidel se recuperara de una operación y para que el Gigante de Birán siguiera siendo “el Fidel de siempre”. Es decir, el Fidel que “exaspera e incomoda al imperio más poderoso de la tierra”, capaz de horrorizar a “cuanto millonario anda por el mundo contando sus billetes” y escandalizar “a tanto burguesito bienpensante y «políticamente correcto»”. El Fidel Castro Ruz que “sigue predicando la rebelión mundial contra las injusticias” y, como nadie, “continúa promoviendo entre los pueblos el empleo de las armas, fundamentalmente las dos más poderosas que se han inventado: las ideas y los libros”. Libros, ideas, antiimperialismo y necedad son palabras, tan vitales como la Revolución misma, ligadas a la trayectoria y los apellidos del Comandante en Jefe de los humildes del mundo.

Como el Quijote que siempre fue, el 25 de noviembre de 2016 el amigo entrañable del Che decidió marcharse del planeta para desfacer entuertos y combatir injusticias allá donde otras tierras reclamaran el concurso de sus modestos esfuerzos. 

En esta realidad herida negada a cambiar para el bien de los más, su vida y su hacer no cesan de interpelarnos. En esta realidad en la que el imperialismo pretende conquistar hasta el más mínimo rincón de la tierra y la conciencia de los seres humanos, su legado y su ejemplo son más necesarios que nunca. 

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Los detractores de Fidel intentan minimizar, con una insistencia casi patológica, uno de sus principales pilares: el inmenso caudal intelectual que lo llevó a la acción revolucionaria. Lo caricaturizan y lo pintan como un simple aventurero, cuya finalidad fue, según se cuentan a sí mismos, hacerse del poder para convertirse en un tirano despiadado. Como se ve, la historia no es aficionada a las falacias. 

Además de una sensibilidad única para captar las inquietudes y las esperanzas más genuinas de su pueblo –quizá solamente Hugo Chávez, su amigo y pupilo más destacado, alcanzó a competir con él en este rubro–  Fidel sustentó sus haceres con ideas y estudio constante. Ignacio Ramonet, Gabriel García Márquez y Gianni Miná son algunos de los testigos de la incansable necesidad de estudio, de lo imprescindible que eran para él las lecturas, los libros, los periódicos y el análisis como herramientas del pensamiento crítico en serio. No por casualidad, el programa político del Moncada plasmado en La historia me absolverá caló profundamente entre los cubanos. La palabra de la cubanía expresada a través de su boca y su pluma anticipaba el porvenir. Por eso mismo, no fue una simple licencia poética señalar a José Martí como el verdadero responsable del asalto al Cuartel Moncada. Como nadie, Fidel cultivó el estudio del Apóstol en quien encontró una de sus principales fuentes teóricas, especialmente el sustento antiimperialista que a la larga caracterizaría también a la Revolución cubana. 

Jon Lee Anderson recuerda que en 1949, tras el fallido intento de llegar a República Dominicana para combatir contra el régimen de Leónidas Trujillo y después de estar presente en el famoso bogotazo luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaytán, Fidel organizó una protesta en la Embajada de Estados Unidos que derivó en una memorable golpiza policial. Marines estadounidenses, que hacían de La Habana Vieja su garito exclusivo, se treparon a una estatua de José Martí y la orinaron. Para el jovencísimo estudiante de Derecho, que rozaba los 23 años, la afrenta no podía pasar sin más, aunque fuese machacado a golpes. Como el propio Lee Anderson señala, la oposición activa al imperialismo yanqui de Fidel “constituyó la piedra angular de su carrera política”. Oposición, del suelo al cielo, sustentada en José Martí. 

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Un libro rojo para Lenin, el célebre poemario de Roque Dalton, está dedicado a Fidel. El irreverente salvadoreño definió al cubano como “el primer leninista latinoamericano”. La caracterización no es menor proviniendo del poeta más sabedor del ruso carita’e diablo que nuestros suelos hayan conocido. 

Si Marx y Engels fueron fundamentales en la construcción del pensamiento fidelista –es decir, en esa manera sin calco ni copia a lo Mariátegui y a lo Guevara de comprender las condiciones históricas de explotación y desigualdad en Cuba y Latinoamérica– el líder máximo de la Revolución rusa se convirtió en el indiscutido guía de la acción para el hijo pródigo de Birán. Lenin significó para Fidel la piedra de toque en el hacer revolucionario. En los preparativos del asalto al Moncada, aquellos muchachos que intentaron tomar el cielo por asalto caminaban con los libros de Lenin bajo el brazo. Ya en prisión, como anota Mario Mencia, entre los autores que Fidel tenía a mano figuraba el bolchevique mayor. El preso 3859 escribió en marzo de 1954 que “Con la manga en el codo he acometido el estudio de la historia universal y de las doctrinas políticas”. Un mes después confesaba “Son las 11 de la noche. Desde las 6 de la tarde he estado leyendo seguido una obra de Lenin, El Estado y la Revolución, después de terminar El 18 brumario de Luis Bonaparte y Las Guerras civiles en Francia, ambos de Marx, muy relacionados entre sí los tres trabajos y de un incalculable valor”. Sobre los autores, anotó: “Tanto él [Marx] como Lenin poseían un terrible espíritu polémico y yo aquí me divierto, me río y gozo leyéndolo. Eran implacables y temibles con el enemigo. Dos verdaderos prototipos de revolucionarios”. 

En el discurso del 22 de abril de 1970, al cumplirse los 100 años del natalicio de Vladimir Ilich Ulianov, Fidel destacó cuatro elementos trascendentales del celebrado: 1) la comprensión e interpretación de las ideas de Marx, porque “Nadie, como él, fue capaz de interpretar esa teoría y llevarla adelante hasta sus últimas consecuencias”, 2) Lenin fue “no sólo un teórico de la política, un filósofo de la política, sino un hombre de acción, un hombre de práctica revolucionaria constante e incesante”, 3) el autor del ¿Qué hacer? era “un infatigable investigador, un incansable trabajador. Y puede decirse que desde que tuvo conciencia política no descansó un solo instante a lo largo de su vida, no descansó un sólo instante de investigar, de estudiar y de trabajar en el camino de la revolución”, y 4) era un gladiador de las ideas, porque nadie libró “más combates ideológicos que los que libró Lenin. Es asombrosa la cantidad de batallas en el campo ideológico libradas por él”. Sin saberlo, sin proponérselo, Fidel encontró en Lenin los mismos elementos que lo describen cabalmente a él. Roque Dalton tuvo razón de sobra cuando escribió lo que escribió. 

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Quienes nunca quisieron a Fidel, desde los francamente opositores hasta los ataviados con un aura de izquierda bien portada y políticamente correcta que en el fondo lo despreciaban más bien mucho, lo acusaron de izar la bandera de la necedad. Y era cierto, pero esa necedad estaba menos fundada en su carácter –según la astrología, nació bajo el signo zodiacal de Leo y de ahí también su nulo oído musical, como bromeaba con él Tomás Borge– que en la razón y la verdad como principios revolucionarios. Su necedad, la de asumir y encarar al enemigo sin un milímetro de duda, encontró en la razón su simiente y en la historia su cimiento. ¿Por qué no habría de intentar cambiar por la vía de las armas y las ideas el dominio imperial norteamericano en Cuba que tuvo en Fulgencio Batista a su más sanguinario servidor? ¿Por qué la Revolución cubana tendría que renunciar a sus conquistas más sagradas como la salud, el acceso a las manifestaciones artísticas, la educación, el deporte y la tranquilidad para complacer a quienes hacen de ellas jugosos negocios alrededor del mundo? ¿Qué elementos de desarrollo de la dignidad y la libertad humanas pueden encontrarse en el capitalismo que encarcela, explota, humilla y aniquila a millones de seres humanos? 

La necedad del gigante para continuar en la senda del socialismo fue más una estrategia de existencia digna que un aferre desmedido y sin sustento. Cuba, lo nieguen a rabiar sus opositores o lo acepten con la mirada al piso, es vanguardia educativa, artística, deportiva y en materia de salud no a pesar del sistema socialista, sino gracias a éste. En la titánica tarea de resistir a los cantos de sirena del mundo libre, Fidel fue el primero y más tenaz guerrero: en cada una de sus batallas contra el imperialismo volvió siempre con el escudo. 

En 1992, al hablar sobre la caída de la URSS en una entrevista con el propio Tomás Borge, aquel poeta y dirigente sandinista nacido también un 13 de agosto, el hijo de Ángel Castro y Lina Ruz señaló que “El socialismo no muere de muerte natural: se produce un suicidio, se produce un asesinato del socialismo”, por eso, al hacer un balance de su actuar y de los pasos de la Revolución socialista cubana hasta ese momento, agregó “Hemos cometido errores tácticos, me puedo arrepentir de errores tácticos cometidos. Pero tengo plena conciencia de que no hemos cometido ningún error estratégico a lo largo de la historia de la Revolución que no hemos cometido ninguna violación de principio”. Según la historia del mundo, los procesos socialistas que arriaron banderas y abrieron la puerta a las caricias del capitalismo no sólo no mejoraron, sino que empeoraron enormemente las condiciones de vida y desarrollo social de su población. 

En estos días difíciles de Nuestra América, conviene no olvidar las enseñanzas del Comandante invicto: Cuba es libre y soberana porque el socialismo y el antiimperialismo garantizan su libertad y su soberanía.  

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A decir del Che, Fidel dialogaba con el pueblo como si de una sinfonía telúrica se tratara. Esa forma de explicar una a una las dificultades, los avances, lo complejo, los obstáculos, los matices y los puntos más relevantes de cada paso de la Revolución era no sólo pedagógica, sino también una manera de hacerse uno con los suyos. En 1973 Vania Bambirra, en un texto clásico sobre la Revolución en la mayor de las Antillas, señalaba lo siguiente:

Es interesante observar que, por lo general, ninguna decisión importante se toma sorpresivamente. Al contrario, siempre supone una preparación previa de la conciencia revolucionaria del pueblo cubano. Se podría incluso decir que las medidas más avanzadas son siempre una solución lógica resultante de un profundo convencimiento y entendimiento entre el pueblo y su vanguardia. En este sentido, si se analizan detenidamente los discursos de Fidel del primer período revolucionario, se observa como en ellos se prepara y se anuncia siempre el período posterior más avanzado. Y cada nueva etapa surge de la anterior, como un parto absolutamente normal e indoloro.

La autora brasileña no se equivocaba. Cuando la era estaba pariendo un corazón, Fidel fue quien mejor supo explicar cada bocanada de vida. En 1970 Ernesto Cardenal presenció uno de los discursos más sinceros y desgarradores pronunciados por el hijo más adelantado de Martí. En honor a la verdad, la crónica no tiene una sola letra de desperdicio. Tras el fracaso de la zafra de los 10 millones, el nicaragüense retrató los gestos del líder cubano, el quiebre en la voz y la sinceridad alejada, según lo reconoció también Cintio Vitier, de la demagogia y el cliché. 

Cardenal, después de anotar una cantidad de temas que iban de la vivienda a la producción de cemento pasando por las toneladas de harina necesarias para el abastecimiento de pan y un centenar de problemáticas y obstáculos más, quedó gratamente impactado al escuchar del gigante “El camino es difícil. Sí. Más difícil de lo que parecía. Sí, señores imperialistas: es difícil la construcción del socialismo”. La realidad y las dificultades no tenían por qué esconderse, ni maquillarse. Para enfrentarlas, no había mejores remedios que la sinceridad, la verdad y la confianza en el pueblo cubano. En ese mismo discurso, al hablar del papel de los dirigentes revolucionarios, Fidel dijo: “Ninguno de nosotros, como hombres individuales, ni sus honores, ni sus glorias interesan absolutamente para nada, no interesan ni valen nada. Si un átomo de algo valemos, será ese átomo en función de una idea, será ese átomo en función de una causa, será ese átomo en unión de un pueblo”. 

Esa manera de hablar con los suyos, por los suyos y entre los suyos no cambió jamás y le permitió la consolidación de un liderazgo único. Desde los tiempos de Sierra Maestra entendió la importancia de comunicarse con honestidad y sin rodeos con la cubanía. Desde aquellos años, junto al Che, fue quien mejor supo escuchar a los cubanos para hablar con ellos sin echar tanta muela, con la verdad como un bien revolucionario. 

Y la verdad, así pretendan negarlo los más férreos y conspicuos anticastristas, es que Fidel dialogaba en serio y desde la raíz con los humildes, por los humildes y para los humildes de Cuba y de Latinoamérica. Por eso, el pobrerío de todos los costados del planeta dice que Fidel es Fidel, el de siempre. Así, en presente.  

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En Caliban, ensayo imprescindible para Nuestra América por discutidor y certero, Roberto Fernández Retamar afirmó que la cultura latinoamericana solamente podía ser “hija de la revolución, de nuestro multisecular rechazo a todos los colonialismos; nuestra cultura, al igual que toda cultura requiere como primera condición nuestra propia existencia”. Para llegar a dicha conclusión, Fernández Retamar reparó en dos personalidades de innegable alcance intelectual y liderazgo político: José Martí y Fidel Castro. Si bien existieron rebeliones y resistencias anteriores, el ensayista y poeta trazó una línea de continuidad entre Martí y Fidel, es decir, la del combate sin tregua al imperialismo en los tiempos del primero y el paso victorioso en los tiempos del segundo, habida cuenta de la epopeya de Sierra Maestra y la derrota de los mercenarios que desembarcaron en Playa Girón en 1961. Iniciando con Martí y siguiendo con Fidel, Cuba y Latinoamérica conquistaron su derecho a la existencia gracias a la batalla sin concesión contra el dominio imperial; gracias al carácter peleón de Fidel Castro Ruz que se convirtió, por méritos propios, en el símbolo viviente de la cultura latinoamericana a partir de 1959 y hasta la fecha.  

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Esa enorme figura de líder de los desposeídos del mundo que fue, que es, Fidel tiene varios componentes, pero hay uno verdaderamente impactante: la capacidad de adelantarse a los acontecimientos históricos; su habilidad para ver diez pasos más adelante que cualquier jefe de Estado o cualquier experto en geopolítica. El continuo análisis, su punzante crítica y autocrítica, el estudio incansable de la historia como columna medular del conocimiento y su atención quisquillosa y a ultranza de los más mínimos detalles, lo proyectaron como una fuente obligada de consulta sobre las posibilidades de futuro en el planeta. Lo que Fidel decía y escribía era digno de tomarse en cuenta, tanto para sus seguidores como para sus opositores. 

Muy poco afecto a la imaginería, Fidel se convirtió, sin desearlo siquiera, en una especie de nigromante rojo. Por dichos y por hechos, se transformó en oráculo para la izquierda del mundo. Los acontecimientos más recientes en el planeta no lo saben desmentir.

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La Cuba socialista, rumbera y alegre de Fidel vive días complejos. El representante del imperialismo, con una rabia desquiciada y más que enfermiza, apunta sus baterías hacia la Isla mientras bombardea, acompañado por el sionismo israelí, a Irán. Quizá en el desquicio total, Donald Trump cree que puede devorar a Cuba como si fuese una fruta madura. Pero se equivoca. Apenas nueve días después de la partida física del líder del Ejército Rebelde y del Movimiento 26 de julio, en La Habana, en Cuba entera, resonaba la consigna “Yo soy Fidel” surgida de entre los jóvenes. Esas tres palabras no forman una frase movida por la conmoción de la muerte, ni es, mucho menos, una formulación vacía e inocua. Al contrario, se trata, como bien señaló Fernando Martínez Heredia, de una concepción profunda de lo que la historia y el pensamiento radical de Cuba significaba. Fidel supo hacer teoría desde la práctica y práctica desde la teoría; para ello abrevó de una larga tradición de pensamiento crítico y radical sin olvidarse, ni una centésima de segundo, de quién era el enemigo principal de los desposeídos del mundo. En ese sentido, el compañero Martínez Heredia escribió:

De Fidel hay que decir que durante toda la vida combatió al imperialismo norteamericano, y supo vencerlo, mantenerlo a raya, obligarlo a reconocer el poder y la grandeza de la patria cubana. Pero, sobre todo, enseñó a todos los cubanos a ser antimperialistas, a saber que esa es una condición necesaria para ser cubano, que contra el imperialismo la orden de combatir siempre está dada […].

Con Cuba, Donald Trump no se enfrenta a otros procesos políticos quizá menos desarrollados, sino a todo un pueblo fidelista, antiimperialista y combativo que, como el propio Comandante en Jefe, hace suyas las palabras de Antonio Maceo “Quien intente apoderarse de Cuba sólo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”. Cuba y los cubanos, sus ancianos, sus mujeres y sus jóvenes son Fidel. 

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En el mejor curso sobre subdesarrollo y dependencia en el Caribe al que asistí como estudiante de la Licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Tatiana Coll, especialista en el estudio de Cuba, nos contaba una anécdota devenida en consejo para los alumnos y en ley de vida para el autor de estas líneas. 

En una comparecencia ante la prensa internacional, un periodista le preguntaba a Fidel qué le podía recomendar para entender lo que pasaba en el planeta, tan dado a las guerras y a las desigualdades económicas, sociales y culturales. El gigante respondió que era necesario hacer tres cosas: “Leer al Che, leer al Che y leer al Che”. 

Estoy seguro que Tatiana Coll coincidirá conmigo en el hecho de hacer extensivo el consejo y convertirlo también en ley de existencia para quienes buscan claves de comprensión y acción ante el actual contexto histórico. Para entender el mundo de hoy, resulta imprescindible hacer tres cosas: leer a Fidel, leer a Fidel y leer a Fidel.

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Néstor Kohan no se equivoca. La figura de Fidel Castro Ruz es inconmensurable. Poco a poco la iremos conociendo más y la valoraremos en su justa dimensión. Mientras tanto, vale la pena celebrar su centenario y homenajearlo del mejor modo posible: luchando, desde todas las trincheras disponibles de la acción y el pensamiento, contra el imperialismo que agobia al mundo, lo hunde, lo destruye y lo desquicia entre bombas, muerte y dolor. 

Homenajear al Fidel de siempre es tratar de entenderlo en sus diferentes facetas: la del estratega guerrillero, la del intelectual con altura de miras y la del líder sagaz de la Revolución de los humildes y para los humildes de todas las latitudes del mundo. 

Mucho merecen ser celebrados los cien años del Fidel de siempre, el Fidel nuestro, el revolucionario incansable: el nunca derrotado y más tenaz enemigo del imperialismo.