Luz larga: el sentido estratégico fidelista en la política cubana

La proyección histórica de la Revolución cubana resulta inseparable de la figura de Fidel Castro. Él lideró un proceso que rompió esquemas en todo el arco ideológico y dejó una huella en las luchas encaminadas a la superación del capitalismo, así como a la búsqueda de socialismos alternativos tanto en nuestra región como en el resto del Tercer Mundo. Esa repercusión, que incluyó los movimientos sociales y políticos en Norteamérica y Europa, estuvo siempre muy por encima de la escala atribuible a «una pequeña isla del Caribe».

El proceso revolucionario cubano y su impacto internacional también respondieron, desde muy temprano, al activismo de una política exterior global y a una visión estratégica creativa que rebasaba sus recursos de poder material. Al mismo tiempo, ambos estaban estrechamente ligados a la preservación del proceso mismo a nivel interno, cuyo carácter radical estuvo presente desde la toma y ejercicio del poder aun antes de que se adoptara el socialismo como bandera, así como lo estaban independencia, soberanía, desarrollo socioeconómico y una justicia social que aumentaba el nivel de vida e igualaba el acceso real a educación, salud, empleo y dignidad de todas las personas. A esa visión y esas políticas se sumaron, enriqueciéndolas y actuándolas, las de otros miembros del liderazgo, como fue de modo sobresaliente el Che, en camino a un socialismo distinto.

En la imaginación y práctica del socialismo fundacional lo interno y lo externo se ligaban estrechamente. Tal como la profundidad y velocidad de las transformaciones dependieron de la capacidad del liderazgo para construir consenso, la propia sobrevivencia del proceso y del poder que lo sostenía exigían políticas eficaces de convocatoria y movilización. Su viabilidad y sus límites, sus cambios y reajustes posteriores, incluidos algunos de mayor escala que abarcaron todo el sistema, también respondieron a esas exigencias.

Lo que sigue intenta extraer algunas cuestiones estratégicas fundamentales que les han otorgado sentido a las diferentes políticas de la Revolución y a las visiones de Fidel «en cada momento histórico».

La Revolución como salida a las trampas del desarrollo dependiente

El principal producto que Cuba ha podido mostrar y compartir con el mundo, el más raro y atractivo, ha sido la Revolución misma. Con marca de origen, único e irrepetible, no puede falsificarse ni replicarse, agotarse por sobreextracción ni dañar el medio ambiente Aunque sí, malentenderse, subutilizarse, despilfarrarse y, sobre todo, no apreciarse como fundamento para eludir las trampas del desarrollo dependiente por el predominio de lentes economicistas y cortoplacistas.

El sistema creado por la Revolución —y que produjo salud, educación, arte, ciencia, cultura para todos—, fue la tarjeta de identidad que tuvo reconocimiento universal, aun entre quienes no compartían la ideología ni el orden político que adoptó finalmente el socialismo cubano. Ese sistema generó un «capital humano» cuyo valor no se mide como mercancía o fuerza de trabajo, aunque ha generado divisas y contribuido a la balanza de pagos, sino como fundamento de un desarrollo nacional no dependiente. Ese proyecto fue la columna vertebral en torno a la cual se tejió el consenso por el socialismo en sus orígenes, no en el decálogo marxista-leninista ni en una utopía, según algunos lo perciben hoy. Entroncaba con el legado de las luchas sociales y movimientos progresistas que siguieron a la Revolución del 30, y que se plasmaron en la Constitución de 1940. Las raíces de la Revolución estaban en ese legado, frustrado por la politiquería republicana, y convocaba a todos los grupos sociales, empezando por los marginados y pobres, que habían dejado de creer en los cambios.

Pensar la Revolución desde una visión creativa fidelista, con audacia y determinación para romper esquemas establecidos, fue clave en la conquista del poder político tanto en la derrota de una dictadura varias veces superior en recursos materiales y militares, tejiendo alianzas con las demás fuerzas y movimientos, como en lograr el pacto posterior entre ellos para defender el poder conquistado; pero, sobre todo, en el consenso imprescindible para lanzar aquellas reformas que capturaron la imaginación popular.

Una visión creativa fidelista que socializaba lo estatal y lo privado en una nueva articulación estuvo en el origen del sector público de la Revolución, en experimentos como el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV), que convirtió la renta de la Lotería Nacional en la fuente de financiamiento de un plan de viviendas populares que no dependía del presupuesto de un ministerio y que brindaba la vía revolucionaria y realista para avanzar en la erradicación de los numerosos barrios marginales, de La Habana y otras ciudades, construyendo viviendas y edificios multifamiliares, cuya calidad constructiva ha resistido la prueba del tiempo.

El desgaste de aquel primer proyecto de desarrollo, en medio de la hostilidad de los Estados Unidos y del aislamiento hemisférico a la Revolución; las diferencias estratégicas (económicas, geopolíticas, ideológicas) con los dos grandes aliados socialistas, y las deficiencias de una administración inexperta y sujeta a sus propios errores no les quitan méritos ni valores a las visiones estratégicas de entonces. Repensarlas críticamente, con el beneficio del tiempo, es una tarea pendiente tanto para las ciencias sociales como para la política.

Una política de alianzas internacionales inteligente se construye sobre convergencia de intereses y valores, más que sobre identidades ideológicas

Washington no entendió la Revolución, ni antes, ni ahora. Su horror pretérito ante eventuales «otras Cubas» se cifraba en percepciones sobre amenazas cubanas como «exportar la Revolución» (la lucha armada) o replicar su modelo en otras partes. Sin «guerrillas en el poder» ni «modelos cubanos» esparcidos por la región, la Revolución, sin embargo, prevaleció. Para lograrlo, su régimen político demostró, ante todo, gran capacidad de convocatoria nacional para participar activamente en la defensa ante el enemigo externo, sin la cual no hubiera podido resistirlo y persuadirlo de no atacar. Pero también desarrolló, como rasgo de una particular inteligencia defensiva, la de conquistar el respeto e incluso la confianza de otros que no pensaban como los revolucionarios cubanos. Su amplia gama de aliados incluyó, desde muy temprano, ideologías, credos religiosos, tendencias políticas, movimientos sociales, países y organizaciones en los tres continentes de la periferia capitalista, y también en Europa y Norteamérica.

Esta política de alianzas basada en realismo y perseverancia, diálogo, explicación de sus intereses y valores compartidos con otras luchas y aspiraciones —según la visión estratégica de Fidel Castro— persuadió a otros de que el liderazgo revolucionario no era una secta iluminada, sino que estaba listo al encuentro, el entendimiento, la búsqueda de una convivencia basada en la autodeterminación y, muy especialmente, en la disposición a la concertación y el cumplimiento de los términos acordados. Cuba mostró ser, para estos actores, un aliado confiable.

Ni aun en la difícil e incierta concertación con su enemigo principal —y quizás especialmente ante él— esa estrategia defensiva cedió a la tentación cortoplacista de tender trampas, esconder la bola o inventar triquiñuelas para coger al otro desprevenido. Su contribución a ser percibido como un adversario capaz de cumplir sus compromisos resultó clave.

Una estrategia defensiva basada en acoplar principios y realismo

En lugar de victorias a bajo costo que alentaran el triunfalismo, la Revolución mostró apego a determinados principios no simplemente ideológicos, sino políticos. Entre estos, hay dos que han marcado los límites de su concertación internacional: no precondiciones, no doble rasero. Ninguno de ellos se asocia con un credo fundamentalista, un grito de guerra o un nacionalismo radical. Este rasgo ha tenido la ventaja de hacerla inteligible y predecible, clara en sus planteos, razonable aun para aquellos que no la comparten o incluso para los que preferirían hacerla desaparecer.

Al contrario del postulado ortodoxo —«solo dar batalla cuando nos favorece la correlación de fuerzas»—, la diplomacia cubana ha sido exitosa en la medida en que, desde el inicio de la Revolución, aprendió a navegar en minoría, a sortear el orden hegemonista construido por grandes potencias, a trabajar con otros para agregar fuerzas en desventaja y construir una mayoría alternativa, a escapar del aislamiento con imaginación y elasticidad, a no confundir realismo y pragmatismo, llevar una política de principios y «ser duro como el acero».

Ese activismo diplomático con principios, habituado a moverse tanto en el Movimiento de Países No Alineados (NOAL) como en los pasillos del Capitolio de los Estados Unidos, resultó un activo fundamental también para la política económica y la seguridad internacional cubanas y sigue desempeñando un papel clave en las actuales, inciertas circunstancias.

Defensas asimétricas, partidas simultáneas y juego estratégico

En el tiempo, la estrategia política revolucionaria se ha materializado en defensas asimétricas y simultáneas, respuestas no convencionales o lineales, a menudo jugadas en varios tableros a la vez y guiadas por una visión anticipada de movimientos y variantes. La no linealidad de la política exterior cubana y el juego simultáneo en varios tableros se ilustra claramente durante los años 80. El auge del conflicto con los Estados Unidos, bajo la administración Reagan, es inseparable del despliegue geopolítico en dos teatros tan distantes y de escalas tan diferentes como el suroeste de África y Centroamérica.

La búsqueda de una solución negociada a esos dos conflictos es muy anterior al fin de la URSS y no estuvo determinada por el incremento o la pérdida del respaldo soviético. Su contribución a la paz en Centroamérica, a través de su ascendencia política sobre los movimientos insurgentes en El Salvador y Guatemala, su alianza con el Frente Sandinista en Nicaragua y su estrecha colaboración con actores decisivos en la mediación entre los beligerantes, como es el caso particular de México, desempeñó un papel moderador entre los actores revolucionarios, así como también entre las guerrillas de las FARC y el gobierno colombiano.

El país que auspició la primera Conferencia Tricontinental (1966) en América Latina, así como la creación de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en 1967, supo convertir ese legado en un capital político que facilitó el entendimiento, respetando los intereses de todos los involucrados y sin el hegemonismo que practicaban China y la URSS, en lugar de convertirlo en una doctrina dogmática de la lucha armada. No hubiera podido hacerlo si los otros movimientos y gobiernos con que interactuó lo hubieran percibido como un protegido de la URSS u otra potencia. Cuando decidió repatriar tropas de donde las tenía desplegadas o asesores militares donde los hubo, tampoco respondió a sus relaciones con esas potencias, sino a haber cumplido el compromiso con los aliados y alcanzado sus objetivos. Es difícil encontrar otros ejemplos en que un pequeño país, sin recursos que ofrecer más que la colaboración civil y militar, los haya barajado en esos diferentes tableros y mantenido una cierta coherencia en sus alianzas y asociaciones internacionales.

En cuanto a visión anticipada de movimientos y variantes estratégicas, abundan los ejemplos que ilustran esta capacidad. Al final de la crisis por el caso del niño Elián González, Fidel Castro confesó que su estrategia para alcanzar el triunfo —a reserva de la justicia, legitimidad, fundamentos éticos de la causa cubana— se basaba en analizar y planear de manera muy anticipada la serie de sus posibles movimientos, de una manera que recuerda a la de un maestro de ajedrez analizando su partida.

Así pensada, la inteligencia defensiva ante los Estados Unidos ha implicado, antes y ahora, una visión que los pensadores de la geopolítica han llamado una gran estrategia, capaz de poner en función todos los recursos del Estado-nación, no solo los militares. En la situación de abrupta desventaja de la posguerra fría, esa gran estrategia potenció el activismo diplomático y la cooperación con resultados sorprendentes. Una segunda derivación de ella es que la defensa no se reduce al plano bilateral, ni se limita a la fuerza militar, sino que se construye como parte de una proyección más compleja, de la que forman parte amigos, aliados, socios e interlocutores. Desde esa visión, la índole de las relaciones con Rusia y China, la asociación con algunos países europeos, especialmente España, y con latinoamericanos como México, Brasil y Venezuela, son ejemplos de defensas asimétricas y de tableros simultáneos que tributan, en el mediano y largo plazo, a la seguridad nacional de Cuba y contribuyen al planteo estratégico ante la hostilidad renovada de los Estados Unidos.

La tercera lección derivada de esa gran estrategia se refiere a preservar el objetivo principal. ¿Le conviene al interés nacional cubano el boxeo con los Estados Unidos?. ¿Dejarse arrastrar al clinch con un contrincante de mayor peso?. ¿O evitarlo en todo lo posible, mientras que el otro se concentre en sus prioridades y se le acabe el tiempo antes de las próximas elecciones?.

El significado y uso de una diplomacia «pueblo a pueblo»

Aunque la diplomacia «pueblo a pueblo» puede considerarse una modalidad o ampliación de la gran estrategia, vale la pena considerarla por separado, dada su presencia en la estrategia fidelista desde muy temprano.

Ho Chi Minh hizo de este concepto un pilar de su estrategia para enfrentar una guerra de desgaste donde los Estados Unidos solo se ahorraron el arma nuclear. Desde su razón estratégica milenaria, los chinos enfatizan la necesidad de explicarles a los extranjeros la realidad de su país. Como ocurre con otros conceptos (sociedad civil, democracia, transición, derechos humanos), el de una diplomacia entre pueblos fue concebido por el pensamiento emancipador antes que por los redactores de la Cuban Democracy Act (Ley Torricelli, 1992). Al encriptarse en un objetivo desestabilizador —«provide assistance, through appropriate nongovernmental organizations, for the support of individuals and organizations to promote nonviolent democratic change in Cuba»— la idea misma del pueblo a pueblo cayó en el saco de las malas palabras.

Si de estrategia se trata, diferenciar entre imágenes creadas por el posicionamiento ideológico o por la ignorancia/desinformación también resulta clave. En el caso de la batalla por el regreso de Elián, Fidel reconoció la importancia de alcanzar a la opinión pública en ese país: «logramos que el pueblo norteamericano conociera nuestras razones, y fue a través de las cadenas de televisión, porque un desfile de seiscientas mil madres tuvo lugar en La Habana» (Castro Ruz, 2003).

Aunque hoy se haya reducido el número como consecuencia de las políticas de Trump-Biden-Trump, no hay que olvidar que, entre 2015 y 2018, visitaron Cuba 1,5 millones de norteamericanos, sin contar a los cubanoamericanos y a los que, sin serlo, viven allá. Una estrategia realista requiere asumir la interacción entre las dos sociedades como un hecho que escapa a la capacidad de calibración del flujo-reflujo de que han dispuesto ambos gobiernos en el pasado. Potenciarla y aprovecharla en función de fortalecer su desarrollo y proyectar la nueva realidad de la Isla implica una reconsideración de estrategia política mayor, que abra el camino a los visitantes para acceder, sin pausa pero sin miedo, a una sociedad y una cultura esenciales, y para que integre la condición de ciudadanía cubana a los residentes en el exterior, no solo en los Estados Unidos.

Visto como relación pueblo a pueblo, el encuentro con los emigrados tuvo, en la estrategia fidelista, un ejemplo de revisión autocrítica, flexibilidad y visión de largo plazo, y demostró el peso decisivo de tomar la iniciativa. La prueba de fuego estuvo en la determinación para concebirla y explicarla, fomentando un consenso imprescindible para poder aplicarla, aun a contrapelo de un legado ideológico creado por la propia política de la Revolución. En su discurso de seis horas ante varios miles de militantes del PCC en el teatro Karl Marx, casi tres meses después del primer encuentro del diálogo con la emigración el 22 de noviembre de 1978 (citado en Ramírez Cañedo, 2020), se puede encontrar ciertas piezas de esa política y su inserción en una visión estratégica, no en intereses economicistas o cortoplacistas. Parafraseándolas, esto fue lo que dijo Fidel en el Karl Marx el 8 de febrero de 1979.

El vínculo de la mayoría de esa comunidad con Cuba tiene un componente nacional (no ideológico), que por su propia índole, es afín a la idea del cambio, del progreso, o sea, está más cerca de la Revolución que del ingrediente conservador de la contrarrevolución. Incluso entre aquellos que no comparten el ideal socialista, la cultura política cubana es más parecida a lo que la Revolución ha rescatado como legado nacional. De manera que, por esta gravitación histórica, esa emigración está llamada a defender el interés nacional frente a cualquier otro.

Nos hemos acostumbrado a una política de combate, porque se nos ha impuesto, pero también porque «suscita emociones» relacionadas con el heroísmo, sobre todo «entre los temperamentos ardientes y apasionados». Así que una política de paz resulta bastante más difícil de construir y de imperar. Coexistir con el capitalismo, negociar con él, nos cuesta mucho más trabajo.

La estrategia histórica de la Revolución cubana ha sido, desde antes del triunfo, ganarse a los adversarios, no despreciar moralmente al enemigo ni juzgarlo cobarde. Así que «muchos soldados de Batista son hoy militantes de nuestro Partido», «trabajadores de vanguardia, trabajadores distinguidos». La Revolución consiste en un proceso de transformación de los seres humanos, a partir de sus virtudes y capacidades morales, desde las cuales «puede transformarse en un revolucionario».

La gran lección que se deriva de esa estrategia unitaria es que la «pureza» ideológica no es revolucionaria; en estado de asepsia, en una campana de vacío, donde no hay «ni la menor tentación, ni el menor contacto», no se prueba nada. «Un revolucionario no puede temer al contacto ideológico, a la confrontación». Creer que eso implica «enfangarse» es un error. Al contrario: solo el contacto y la convivencia pueden hacer que las virtudes revolucionarias brillen, se prueben, y, así, aspirar a una cierta pureza que sea legítima.

¿Qué sería de la revolución si no hubiese ganado para su causa a los adversarios, cuando nosotros éramos unos pocos, y todo era este partido, el otro y el otro, de todas clases, y no teníamos nada, éramos un puñado?. Se puede decir que todos eran adversarios nuestros. De modo que hay una larga tradición de la revolución en la lucha por captar a los adversarios. (Énfasis mío).

Como es evidente, la reflexión conceptual de Fidel resulta útil no solo para una política nueva hacia los emigrados, sino para replantear, en términos estratégicos, el problema capital de la unidad en la Revolución.

La estrategia defensiva en el campo de la cultura y las ideas

Desde el inicio, la política estadounidense trató de utilizar la cultura, la academia y los medios de comunicación para su guerra contra Cuba. Lo que hoy llamamos «subversión ideológica» y «guerra cultural» alcanzó su máximo apogeo en los años 60, como parte del cerco político creciente al socialismo cubano.

Graziella Pogolotti ha apuntado que el armamento ideológico y cultural no era ya una novedad cuando las guerras napoleónicas en Europa —o, podríamos agregar, cuando Julio César intentó someter a la dominación romana a las tribus de galos, británicos, visigodos, que hoy llamamos franceses, ingleses y españoles. Medir su significación real en la actualidad es clave para integrarlo a una estrategia defensiva eficaz.

En cuanto al impacto innegable de la cultura norteamericana en Cuba, debe recordarse que el liderazgo revolucionario surgió precisamente en una sociedad cubana expuesta por casi dos siglos, como ninguna otra latinoamericana, a esa cultura. Fue precisamente esa familiaridad la que le permitió a la Revolución, en sus inicios, utilizar la modernidad y recursos tecnológicos de origen norteamericano (la televisión, la publicidad, el know-how empresarial) como herramientas para diseñar un socialismo de punta, admirable en su creatividad, que no copió, pero sí aprovechó todo lo aprovechable, sin importar marca de origen.

Esa familiaridad con la cultura y manera de pensar norteamericanas permitió a Fidel Castro lidiar con ellas de manera más eficaz y previsora, es decir, más estratégica, que otros líderes socialistas. Fue con esos recursos de avanzada que la Revolución se alzó, y, en lugar de levantar un muro, consiguió abrirse espacios, en las peores condiciones, para construir alianzas también dentro de los países del capitalismo central y en los propios Estados Unidos. En el actual contexto de globalización y acercamiento entre la sociedad cubana y el exterior, la cuestión se plantea en cómo diseñar una política cultural e ideológica, según una lógica no lineal de la defensa del país, que responda eficazmente a los desafíos emergentes. Sin trasladar esquemas, otras experiencias pueden resultar útiles. Los chinos establecieron programas de intercambio con universidades norteamericanas, por las que han pasado decenas de miles de estudiantes. La mayoría de los graduados no se quedó en ese país, perdió su arraigo nacional o se convirtió en agente del capitalismo. Entre ellos, muchos dirigen hoy la nueva China. Esta no fue una consecuencia indeseada de las fuerzas del mercado, sino una política de Estado, que respondió a una concepción estratégica sobre su desarrollo. En cuanto al papel de la cultura en sus relaciones con «América», aun en los momentos más negativos de la imagen de esa nueva China en los Estados Unidos, las huestes de los guerreros de terracota recorrieron los museos norteamericanos, enfatizando la conexión con una cultura ancestral, la de la Gran Muralla y las dinastías imperiales, la de una «China eterna», inseparable de la actual.

Cuba no cuenta con guerreros de terracota, pero sí con la gran reserva de afinidades culturales que la liga al vecino del norte. Medir la fuerza de esa cultura con la misma aritmética aplicable a los efectivos militares o al PIB revela escaso entendimiento e ignorancia, cuando no subestimación de su capacidad para intercambiar, asimilar y, finalmente, cautivar a los que visitan la Isla.

Epílogo: el presente como problema político

Cuándo concluyó el proceso de la Revolución como acontecimiento histórico fijado en el tiempo puede ser útil como ejercicio académico. Por otro lado, la cuestión de hasta qué punto el referente político y cultural de la Revolución ha perdido sentido en la sociedad cubana actual suscita polémica. Ese debate a veces toma el cariz de una discusión bizantina, disuelto entre opiniones y posiciones ideológicas enfrentadas. Al margen de estas polémicas y de su utilidad, el problema de la Revolución, si se plantea en términos de pensar y actuar políticamente, adquiere un sentido actual muy concreto. Pensar desde la perspectiva de una política fidelista resulta clave para replantearse esa razón de ser actual de la Revolución como problema, aun si no existen figuras en el presente liderazgo, o en el que puede avizorarse, de la talla de Fidel Castro. La eficacia y el sentido de una política revolucionaria no depende solo de personalidades, de su genio y carisma, sino de su capacidad para recuperar y mantener la confianza de la gente y la autoridad que se deriva de interpretar sus deseos e intereses, y responder a sus problemas.

«Hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos», dijo Fidel en una frase cuya interpretación actual puede resultar clave. En términos políticos, la cuestión es si la Revolución puede seguir representando el interés nacional, aquí y ahora.

Si ese interés resultara inasible, imposible de formular y realizar en la práctica, ante el conjunto de la sociedad cubana, la Revolución habría perdido sentido real. Se habría reducido a un holograma del pasado, que se reproduce como fotografía, memoria, épica remota, gloria que se ha vivido, frases, iconos, que la normalizan y convierten en museo o, en el mejor caso, parque jurásico del socialismo. Verla como espejo del interés nacional, replicando lo que la hizo arraigarse en la sociedad cubana, conlleva actualizarla y legitimarla ante esta sociedad hoy.

En 1961, aun después de Playa Girón, en medio de la campaña de alfabetización y de la guerra civil con la contrarrevolución, Fidel no daba por sentado que los revolucionarios eran la mayoría. Más bien se planteaba que la Revolución tenía que conquistar la hegemonía, partiendo de que su mensaje llegara a los no revolucionarios, y que estos supieran que ella se hacía para todos, de modo que solo se excluía a los contrarrevolucionarios irremediables.

Esa recuperación de la Revolución también vale para el mundo exterior. Recolocarla en el centro de la imagen país, después de varias décadas de verse desplazada por mojitos, tabaco, sol, carros americanos y objetos de la sensualidad caribeña, requiere poder mostrar que más allá de una determinada ideología, o de una cierta ética socialmente igualitarista o asistencialista, la Revolución tiene un sentido vigente en la sociedad cubana, en cuyo centro está la visión de ese desarrollo.

Mostrar su corporeidad en su realidad palpable resulta particularmente difícil ahora mismo, dado el desgaste que la crisis ha traído consigo, no solo en el bienestar, sino en las creencias de la gente cubana. Aun si ese conjunto de rasgos que ha sido carta de identidad del sistema sigue siendo un bien escaso, particular y valioso para el mundo de hoy, saber que no lo van a encontrar en otra parte no basta para revivirlo entre los cubanos de hoy.

Reconocer ese desgaste, o que este es un mundo distinto a la circunstancia irrepetible en que ese sistema nació, o que dejó de existir el liderazgo de Fidel, no implica, sin embargo, resignarse a la imposibilidad de restaurarlo sobre nuevas bases. Recrearlo en un modelo socialista nuevo, que rearticulara el sector público (no reducido a lo estatal) con el mercado, la empresa privada, los diversos tipos de cooperativas, así como la planificación estratégica (no administrativa) con la descentralización del poder, la autonomía del gobierno local, el nivel de la comunidad y el control popular no burocrático sobre ese sector público requiere «pensar fuera de la caja», como dicen en inglés.

Contribuir a una cultura de esa manera de pensar, que aquí he identificado con una visión estratégica fidelista, requiere una revisión crítica de su pensamiento y su obra, a la cual puedan aportar, en toda su profundidad y sin ambages, las ciencias sociales.

Los temas de esa agenda son legión. Desde el significado del fidelismo en el marxismo revolucionario, junto a los de Lenin, Trotski, Gramsci, Mao, el Che, Ho Chi Minh y otros pensadores contemporáneos, pasando por sus visiones heterodoxas acerca del socialismo, hasta la asimilación de los valores de la fe y el credo religioso, o el ejercicio de una pedagogía política creativa como herramienta del consenso, o las lecciones de su larga interacción con los gobiernos y políticos estadounidenses, para lidiar con ellos hoy.

Si se miran bien, estas visiones tienen en común la revisión crítica de la gran estrategia de la Revolución como problema cultural; es decir, como recuperación de nuestra propia experiencia histórica y actualización de sus condicionamientos políticos internos/externos, en un contexto de cambio. Quizás más que nunca antes, la capacidad para navegar en los problemas de Cuba hoy y en los próximos años se cifre en esta renovación de esa cultura política, arriba y abajo. 

Referencias 

Castro Ruz, F. (2003) «Discurso de Fidel Castro en la Universidad de Buenos Aires», 26 de mayo. Disponible en <https://acortar.link/ zpqYKD> [consulta: 8 enero 2026]. 

Ramírez Cañedo, E. (comp.) (2020) Cuba y su emigración. 1978: memorias del primer diálogo. La Habana: Ocean Sur.