De la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal a la Presidencia Legítima: Las raíces de la Cuarta Transformación (2000-2006)

Víctor Iván Gutiérrez1

Ese hombre que por hechos o por dichos
es escuchado tanto,
ese hombre que por dichos o por hechos
es contemplado tanto,
recuerde por qué, por qué es que le quieren;
recuerde que ha partido de sí
en pos de otros seres. 

Silvio Rodríguez (Ese Hombre, 1977)

I Introducción

La Cuarta Transformación es el nombre que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) asignó al proceso político que se encomendó a sí mismo -desde el seno del Estado mexicano- la responsabilidad de llevar a cabo una transformación que, desde su perspectiva, sería comparable en profundidad con tres momentos previos: la Independencia, la Reforma y la Revolución mexicana2.

Desde su perspectiva, si la primera transformación consistió en alcanzar la independencia política de la corona española, la segunda en separar el poder de la Iglesia del Estado y la tercera en conquistar la propiedad colectiva de la tierra, la rectoría estatal del petróleo y diversas mejoras sociales para los trabajadores, la Cuarta Transformación se propuso dos modificaciones estructurales fundamentales: la construcción de una sociedad posneoliberal -lo que implica aspirar a recuperar la soberanía relativa del Estado mexicano frente al capital y a Estados Unidos- y la consolidación de una sociedad democrática, entendida no solo como la existencia de procesos electorales confiables, sino también como la capacidad de dotar de contenido popular, nacional y de justicia social a las políticas públicas3.

Considerar a la Cuarta Transformación como un proceso que se circunscribe exclusivamente a su paso por la presidencia representa una visión incompleta. Por ello resulta necesario reconstruir la compleja trayectoria histórica de este proceso. Desde una perspectiva general, sus antecedentes pueden rastrearse a partir de la resistencia al desafuero de 2005, en las dificultades suscitadas durante 2006, en el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) y, por supuesto, en su crecimiento extraordinario durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012-2018). No se omite mencionar que esta trayectoria no se desarrolló de forma lineal ni ascendente. Por el contrario, fue un proceso marcado por avances, retrocesos, victorias parciales, así como numerosas derrotas.

De acuerdo con el flujo que dictaban sus diversas circunstancias históricas, Andrés Manuel López Obrador fue denominando al movimiento de distintas formas: desde Movimiento Civil de Resistencia Pacífica, Convención Nacional Democrática y Presidencia Legítima, pasando por la Cuarta República y Movimiento de Regeneración Nacional, hasta llegar recientemente a su denominación actual: la Cuarta Transformación.

Estas denominaciones presentan un desafío interpretativo, ya que desestabilizan un conjunto de creencias que no capturan con detalle la complejidad del proceso: aquellas que lo reducen al liderazgo exclusivo de su figura central, las que lo ven como una experiencia puramente electoral o las que lo imaginan como un proceso homogéneo, carente de tensiones, contradicciones y rupturas. De este modo, resulta importante historizar la Cuarta Transformación, porque permite ubicar los límites de las creencias que sostienen muchas de las valoraciones -tanto favorables como críticas- que se hacen sobre este movimiento. En particular, aquellas que sobredimensionan el papel del liderazgo individual de AMLO, reducen el proceso a sus contradicciones internas visibles entre legisladores, gobernadores, funcionarios públicos y militantes del partido Morena, o las que sostienen que cualquier diálogo o concesión al gran capital implica necesariamente una claudicación o, en el peor de los casos, una traición.

En el marco del veinte aniversario de la elección de 2006, y con el propósito de identificar tanto la raíz popular, plebeya y nacional de la Cuarta Transformación como también sus dimensiones electorales, demagógicas y oportunistas, este texto se propone ubicar el primer antecedente de la 4T: el proceso electoral de 2006.

II. López Obrador: de funcionario público a líder social (2000-2005)

El nacimiento del liderazgo político de López Obrador con alcance nacional se gestó en el torbellino de acontecimientos que marcaron sus cinco años como jefe de gobierno del entonces Distrito Federal (2000-2005)4. En ese periodo se erigió como una alternativa clara a lo que representaba la presidencia de Vicente Fox Quesada.

A finales del sexenio del primer gobierno de la alternancia, era ya notoria la caída en los índices de aprobación del presidente Fox. Sectores importantes de la sociedad no percibían cambios significativos en la agenda de transformación que él mismo se había planteado: la mejora de las condiciones económicas, la resolución del conflicto en Chiapas y el fin de los viejos vicios de la clase política tradicional. Por el contrario, eran muy notorios los escándalos que rodeaban a la presidencia, como el caso de la compra de toallas de lujo a 400 dólares o la grabación de una conversación telefónica con el presidente de Cuba, Fidel Castro, en la que Fox le solicitaba retirarse de la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo en Monterrey (marzo de 2002) para evitar un encuentro con el presidente estadounidense George W. Bush. También era evidente el acercamiento entre la presidencia y el priismo, en particular con gobernadores, numerosos legisladores e incluso expresidentes como Carlos Salinas de Gortari, quien en 2003 regresó del extranjero para asentarse permanentemente en el país. Igualmente, notoria fue la alianza que Fox estableció con la Iglesia católica y con los principales representantes del empresariado hegemónico mexicano.

En el plano internacional, aunque México no se sumó a la coalición liderada por Washington que intervino en la Guerra de Irak (2003), el gobierno foxista fue uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región, convirtiéndose en uno de los promotores más activos del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) posicionándose como contraparte frente a la creciente influencia de los gobiernos llamados “progresistas” en América Latina y el Caribe, encabezados por Hugo Chávez en Venezuela y acompañados por Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina) y Tabaré Vázquez (Uruguay)5.

Justo en ese contexto, un gobierno que se diluía entre promesas incumplidas, represalias focalizadas contra diversos movimientos sociales y una clara subordinación a los dictados del presidente George W. Bush (2000-2008)-, la figura de López Obrador desarrollaba una gestión de gobierno que muchos consideraban exitosa. A través de una inversión público-privada en infraestructura, rehabilitó el Centro Histórico del Distrito Federal, construyó el Segundo Piso del Periférico, diversos centros de salud y un número importante de obras adicionales. Estas acciones contribuyeron sin duda a fortalecer su visibilidad y exposición mediática, no sólo en la capital sino a nivel nacional. Dicha exposición se reforzaba día a día con sus conferencias matutinas en el Palacio del Ayuntamiento, las cuales le permitieron contrastar su agenda política con la del gobierno federal, aglutinar apoyos entre sectores de la sociedad que veían en su administración un claro contraste con la decepción que Fox comenzaba a representar, y “robar la nota” al presidente, quien -a diferencia del político tabasqueño- no acostumbraba a dar declaraciones a tan temprana hora.

Este contraste se volvió aún más pronunciado cuando, desde el gobierno de la capital, López Obrador impulsó la creación de programas sociales emblemáticos que, con el tiempo, fueron replicados por gobernadores de distintos partidos y que constituyeron los antecedentes de los programas sociales de los gobiernos de la Cuarta Transformación. A esto se sumó la creación de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), así como la fundación de dieciséis nuevas preparatorias en las distintas demarcaciones de la capital. Además, algunos sectores de la clase media capitalina no veían con “malos ojos” la figura del jefe de gobierno, gracias a la apertura a la inversión privada en colonias céntricas (como la Roma y la Condesa), la reconstrucción de diversos distribuidores viales y la construcción del segundo piso del Periférico.

Para finales de 2005, López Obrador había dado indicios muy claros de que sus planteamientos políticos no se limitaban a la conquista de una democracia plena y auténtica -que, desde su perspectiva, había sido traicionada por el presidente Fox-. El problema que se vislumbraba era más profundo. Se trataba de un político que se perfilaba como uno de los enemigos más visibles del modelo económico aplicado en el país desde la década de los ochenta, tal y como lo ponía de manifiesto en sus conferencias matutinas, en diversas entrevistas y, de forma más notoria, en su libro Proyecto alternativo de nación (2004)6, donde desarrolló la tesis de modificar el modelo neoliberal por uno a favor de agendas soberanistas, nacionales y populares.

Gracias a estos contrastes, comenzó a articularse una masa de simpatizantes a lo largo y ancho del territorio del entonces Distrito Federal. Sin embargo, estos apoyos, en estricto sentido, no eran necesariamente el reflejo de los grupos organizados que controlaban las diversas corrientes del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Se trataba de adultos mayores, amas de casa, pequeños comerciantes, trabajadores de la construcción, jornaleros y campesinos de las zonas rurales de la capital, aunque el movimiento no estaba conformado por jóvenes como en los procesos electorales de 2012 y 2018. Asimismo, se empezaban a observar claras muestras de que el apoyo al jefe de gobierno del Distrito Federal no se limitaba a la capital y a su zona conurbada. Eran ya patentes las muestras de respaldo en estados como Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Michoacán y Tlaxcala, visibles tanto en los mítines de la gira informativa que López Obrador realizó en 2004 para denunciar los video-escándalos, como -con mayor intensidad- un año después, en plena efervescencia de la resistencia al desafuero7.

Y con relación a los “video-escándalos”, estos consistieron en una serie de vídeos que se difundieron en algunos programas de Televisa en marzo de 2004, donde aparecían el secretario de finanzas del DF, Gustavo Ponce, y el líder de la Asamblea del Distrito Federal, René Bejarano, en presuntos actos de corrupción: el primero jugando en un casino de Las Vegas y el segundo recibiendo un portafolio con dinero en efectivo. Si bien ambos personajes fueron procesados penalmente posteriormente, lo significativo fue que esos vídeos fueron grabados por el empresario argentino Carlos Ahumada Kurtz después de que la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal iniciara una investigación por fraude de 31 millones de pesos en agravio del gobierno capitalino, en la que resultaban involucrados funcionarios y empresas vinculadas con Ahumada8.

López Obrador fue especialmente hábil no solo para salir inmune de ese caso y del linchamiento mediático, sino también para salir fortalecido, al señalar con claridad que esos acontecimientos habían sido ideados por sus enemigos políticos, a los que mencionó Carlos Salinas de Gortari y Diego Fernández de Cevallos, además de numerosos abogados cercanos a estos personajes. Tiempo después, el mismo Ahumada reconoció -previo a su extradición de Cuba- que la publicación de esos vídeos tuvo móviles políticos, tal y como López Obrador había denunciado constantemente9.

Sin embargo, la verdadera explosión política se originó en la primavera de 2005 con el juicio de desafuero. La Procuraduría General de la República (PGR) solicitó a la Cámara de Diputados la supresión del fuero de inmunidad del jefe de gobierno debido a una supuesta desobediencia a un juez que le había ordenado suspender la construcción de una calle de acceso a un hospital. El mismo jefe de gobierno denunció que ese proceso -al igual que el ocurrido año atrás con el Paraje San Juan- había sido fabricado con el objeto de detener su candidatura presidencial y de impedir el proyecto alternativo de nación10. Luego de acaparar la atención mediática, López Obrador compareció ante la Cámara de Diputados el 7 de abril de 2005, donde impartió un discurso en el que denunció a Vicente Fox, al procurador de la República Rafael Macedo de la Concha y a la complicidad de los priistas como los autores intelectuales de aquella fabricación política.

Tras su comparecencia, López Obrador perdió la inmunidad para ser procesado penalmente.

Justo en el contexto del juicio de desafuero que sufrió AMLO, vale la pena traer a colación la serie de resistencias que López Obrador y el PRD emprendieron para visibilizar este tema. Entre ellas destacó el llamado del propio López Obrador a utilizar un moño tricolor como señal de protesta contra la intervención del gobierno federal para descalificar a un candidato que no cumplía con las expectativas de la clase política tradicional. Como bien menciona Héctor Alejandro Quintanar, también se multiplicaron los folletos, volantes y pancartas en las concentraciones que comenzaron a desarrollarse de manera espontánea, además de la organización de numerosos círculos de estudio en la ciudad y en algunos municipios del área conurbada. Igualmente, relevantes fueron las conferencias matutinas que continuó realizando una vez despojado de su cargo, ya no desde el antiguo edificio de la sede del Ayuntamiento, sino desde el parque de Copilco, en el vecindario sureño donde residía11.

Con el objeto de denunciar el proceso del desafuero, el 24 de abril de 2005 se realizó la Marcha del Silencio, del Auditorio Nacional a la plaza de la Constitución. Según algunos cálculos, se estimó que cerca de un millón y medio de personas se adhirieron a esta protesta. La marcha congregó no solo a militantes del partido del político tabasqueño, sino también a ciudadanos sin partido, intelectuales, activistas diversos y a mucha gente que no necesariamente simpatizaba con su persona o su proyecto de país12. Luego de esta impresionante muestra de repudio, y tras un breve encuentro en la residencia presidencial de Los Pinos con López Obrador, el presidente Fox dio marcha atrás a esa cruzada “jurídica” y, en cadena nacional, señaló que no impediría el ejercicio de los derechos políticos del exjefe de gobierno, permitiéndole participar como candidato a la presidencia un año después.

III. 2006: de las elecciones a la presidencia legítima

La suerte ya estaba echada: se confirmaba que López Obrador era el candidato puntero en las encuestas para la presidencia de 2006. La simpatía que había logrado concentrar no se limitaba ya a las redes territoriales que trabajaba en las dieciséis demarcaciones del Distrito Federal, sino que se había convertido en un fenómeno político de alcances nacional cuya identidad no podía definirse únicamente como un fenómeno electoral. Este movimiento aglutinaba a beneficiarios de los diversos programas sociales, a sectores ciudadanos que nunca habían participado en partidos políticos, a algunos grupos de clase media descontentos con la apuesta política foxista e, incluso, a sectores del mundo de las artes y de la intelectualidad que paulatinamente pasaban de una simpatía lejana a un involucramiento activo en las acciones encabezadas por López Obrador. Así, entrado el año electoral de 2006, figuras como Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, José María Pérez Gay, Jesús Ramírez Cuevas, Jesusa Rodríguez y Raquel Sosa fueron identificadas no solo como simpatizantes, sino como militantes activos de este movimiento naciente13.

El fenómeno de López Obrador ya no se visualizaba únicamente como un asunto de carácter político -es decir, como la existencia de una simpatía creciente por un actor que realizaba una buena gestión gubernamental- ni, en estricto sentido, como un fenómeno ciento por ciento electoral (pues su fuerza ya trascendía el calendario y la agenda del PRD). Lo que comenzaba a vislumbrarse era un respaldo multitudinario de sectores importantes de la población que veían en su discurso, en sus acciones y en sus planteamientos políticos la posibilidad de apoyar a un actor que contrastaba notoriamente en lo mediático, económico, político y social con la clase política tradicional, incluida, para decepción de muchos, la del propio Vicente Fox.

A inicios de 2006, las encuestas mostraban una cómoda ventaja de López Obrador sobre Felipe Calderón Hinojosa. Sin embargo, la campaña no sería un “día de campo”. El PRD carecía de estructura territorial nacional, existían fuertes tensiones internas entre sus “tribus” y las relaciones de AMLO con figuras como el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas o la corriente de los “chuchos” (encabezada por Jesús Ortega, a quien paradójicamente nombró coordinador de campaña) no eran las mejores14. A esto se sumaba la abierta intervención del presidente Fox, quien utilizó todos los recursos a su alcance para impedir la victoria de la alianza Por el Bien de Todos.

Consciente de estas limitaciones, AMLO impulsó las Redes Ciudadanas -redes de simpatizantes que debían suplir la falta de estructura territorial del PRD-. Estas redes iban a estar coordinadas por el exregente del Distrito Federal, el expriista Manuel Camacho Solís, y por el exgobernador de Zacatecas, Ricardo Monreal. Estas designaciones no fueron bien recibidas por algunos sectores del PRD, sobre todo la de Camacho Solís, por su pasado vinculado al expresidente Carlos Salinas de Gortari. No existen elementos suficientes para afirmar que esta haya sido la “causa” del distanciamiento entre el ingeniero Cárdenas y López Obrador15, pero resultaba incómodo para los sectores simpatizantes de Cárdenas compartir la responsabilidad de consolidar la organización territorial de la campaña con uno de los principales funcionarios del salinismo. No obstante, también es importante mencionar que la cercanía de Camacho Solís con Salinas de Gortari había quedado muy atrás en el pasado, ya que desde que renunciara al PRI tras su papel como Comisionado para la Paz en Chiapas en 1994, Camacho había seguido un camino independiente, al grado de convertirse en candidato presidencial por el Partido del Centro Democrático (PCD) en 2000 y de acercarse posteriormente a López Obrador para apoyar su candidatura como jefe de gobierno en 2000, con la declinación de Marcelo Ebrard.

La campaña de Andrés Manuel López Obrador contó además con otro ingrediente de gran relevancia: la creciente división con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). A mediados de 2005, el EZLN publicó la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, donde denunciaba que el proceso electoral que se avecinaba solo significaría una simulación entre las principales fuerzas políticas y anunció “La Otra Campaña”, una gira nacional para construir alianzas con colectivos, movimientos sociales y organizaciones independientes. Esta iniciativa dividió a los simpatizantes de la izquierda mexicana: mientras algunos la veían como una muestra auténtica de una izquierda social que iba más allá de los tiempos electorales, otros la consideraron desafortunada en un momento en que existía una oportunidad real de que una fuerza cercana a las causas populares accediera a la presidencia.

La jornada electoral del 2 de julio de 2006 resultó extremadamente cerrada: poco más de 244 mil votos de diferencia (0.58 %) a favor de Felipe Calderón. Se documentaron numerosas irregularidades antes, durante y después del proceso: intervención del Ejecutivo, “guerra sucia” financiada por organismos empresariales, el polémico contrato del Instituto Federal Electoral (IFE) con la empresa Hildebrando (propiedad del cuñado de Calderón), “embarazo” y robo de urnas, inconsistencias entre actas y conteo oficial, y cuestionamientos al comportamiento del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP)16. Aunque no es propósito de este texto analizar en detalle esos pormenores, resulta innegable que la presidencia, el oficialismo, los órganos electorales, la clase empresarial y el poder mediático jugaron un papel significativo para dificultar el triunfo de la oposición.

Merece especial atención el tema de Estados Unidos, pues sobra decir que un triunfo de un candidato -con estas características- en un país estratégico como México habría representado un problema mayor para Washington en un momento en que el giro progresista en América Latina vivía su mejor momento. Por las evidencias disponibles, la Embajada estadounidense siguió de cerca el comportamiento de AMLO en el proceso electoral, documentando la campaña electoral, su relación con el empresariado mexicano, analizando su personalidad e ideología política y documentando la participación de informantes ante funcionarios de la embajada de algunos personajes opositores al tabasqueño17. Con el paso de los años seguramente se desclasificarán más documentos que enriquecerán la interpretación de los historiadores del futuro. Sin embargo, a veinte años de distancia también es importante mencionar la cuota de responsabilidad que tuvo López Obrador al no saber administrar un triunfo que, para febrero de 2006, parecía casi imposible de perder. La prueba de ello fue no haber asistido al primer debate convocado por el IFE en abril de 2006 y, quizá, haber menospreciado el poderío de la guerra mediática que estaba provocando mella en los sectores sociales más atrasados y en amplios sectores de la llamada “clase media”, que veían con profundo recelo, distanciamiento e incluso miedo la retórica contestataria del candidato de la coalición Por el Bien de Todos.

IV. De la Resistencia Civil Pacífica a la Presidencia Legítima

El periodo comprendido entre julio y diciembre de 2006 fue clave para la consolidación del Movimiento de Resistencia Civil Pacífica. Posteriormente a que el IFE declaró ganador a Felipe Calderón el 6 de julio, López Obrador convocó a una asamblea informativa el sábado 8 de julio en el Zócalo capitalino. Ante una plancha abarrotada, informó los pormenores de lo que consideraba un fraude electoral, llamó a resistir la imposición -que veía como una regresión para la naciente democracia-, anunció que pediría al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) el conteo voto por voto y convocó a formar comités de difusión a lo largo y ancho del país. Además, reiteró el carácter pacífico del movimiento y en ese mitin surgió la emblemática consigna: ¡Voto por voto, casilla por casilla!

Una semana después, el 16 de julio se realizó una segunda asamblea informativa. López Obrador continuó denunciando las irregularidades del proceso electoral y, antes de su intervención, el escritor Carlos Monsiváis leyó un texto del recién galardonado Premio Cervantes de literatura Sergio Pitol (2005), mientras una enorme manta con obras de los artistas plásticos José Luis Cuevas, Vicente Rojo y Gilberto Aceves Navarro cubría el templete. En esa concentración se hizo evidente que la resistencia involucraba no solo a políticos tradicionales, sino también a destacadas figuras de la cultura y las artes. Finalmente, AMLO llamó a realizar una marcha desde la Fuente de Petróleos hasta el Zócalo para el 30 de julio.

Precisamente la marcha y concentración del 30 de julio fue la más numerosa hasta ese momento. Bajo un sol implacable, López Obrador prosiguió argumentando por qué consideraba que la jornada del 2 de julio podía calificarse como fraudulenta, descalificó la cobertura de los medios de comunicación y, desde el templete, lanzó la pregunta decisiva a la multitud: si estaban dispuestos a quedarse en asamblea permanente en el Zócalo hasta que el Tribunal resolviera. La respuesta afirmativa fue inmediata y cargada de emoción:

Escuchen bien, amigas y amigos, lo que les voy a decir, quiero una respuesta sincera de ustedes. Les propongo que nos quedemos aquí, día y noche, hasta que se cuenten los votos y tengamos un Presidente Electo con la legalidad mínima que nos merecemos los mexicanos. Les aseguro que no será en vano nuestro esfuerzo y sacrificio.18

Ese día por la tarde-noche comenzó el plantón que se extendió desde la Fuente de Petróleos hasta el Zócalo, con una presencia cada vez mayor de contingentes del interior del país.

Durante los cerca de 50 días que duró el plantón de Reforma-zócalo (del 30 de julio al 15 de septiembre) se vivió un ambiente propio de una resistencia popular. Elena Poniatowska narra en su libro Amanecer en el Zócalo que el mega plantón se convirtió para los simpatizantes más fieles del lopezobradorismo en un centro de actividades artísticas, culturales, de conferencias y proyecciones de películas. A juicio de Poniatowska, se respiraba un clima de solidaridad, cohesión y compañerismo entre quienes pernoctaban en las calles del centro de la capital. Sin embargo, el mega plantón también generó rechazo y hartazgo en amplios sectores de la población por las molestias que provocaba. Incluso escritores cercanos al movimiento como Carlos Monsiváis y Sergio Pitol expresaron públicamente su desacuerdo con la continuidad del plantón, argumentando que podría desgastar el movimiento y erosionar las legítimas demandas del movimiento. 

En medio de un ambiente crispado, el 5 de agosto el TEPJF resolvió que, aunque existieron irregularidades antes, durante y posteriormente a la jornada electoral, estas no eran ni suficientes ni significativas para anular la elección y declaró presidente electo a Felipe Calderón Hinojosa. El 15 de agosto, desde el plantón del Zócalo, López Obrador convocó a la llamada Convención Nacional Democrática (CND) para el 16 de septiembre.

Cabe recordar que el clima de convulsión había llegado a tal punto que corría el rumor de que los simpatizantes del lopezobradorismo no permitirían que el presidente Fox diera el grito de independencia en el Zócalo. Por tal motivo, Fox decidió trasladar el grito a Dolores Hidalgo, Guanajuato, y a través de una negociación mediada por el jefe de gobierno, Alejandro Encinas, López Obrador accedió a levantar el campamento para permitir el tradicional desfile del 16 de septiembre en el centro del Distrito Federal.

Horas después del desfile, se realizó en la plancha del Zócalo la Convención Nacional Democrática (CND). En esa asamblea se acordó mantener los ejes del Proyecto Alternativo de Nación como plataforma de la Resistencia Civil Pacífica, impulsar un boicot simbólico a empresas hostiles al movimiento (Wal-Mart, Sabritas, Jumex, Televisa, TV Azteca, Telmex, entre otras) y nombrar a Andrés Manuel López Obrador Coordinador General de la Resistencia Civil Pacífica y Presidente Legítimo, cargo que asumiría el 20 de noviembre de 2006. Estas acciones fueron votadas por un millón veinticinco mil setecientos veinticuatro delegados de la CND.

Paralelamente a la resistencia callejera se articuló la resistencia institucional a través del Frente Amplio Progresista (FAP), que agrupó a legisladores de los partidos PRD, PT y Convergencia. El FAP buscaba frenar la toma de posesión de Felipe Calderón, oponerse a las reformas neoliberales que se avecinaban -principalmente la de la privatización petrolera-, disputar el relato mediático, impulsar leyes afines al Proyecto Alternativo de Nación y buscar “alianzas con las fuerzas políticas democráticas y progresistas del país”. Aunque representó un hecho inédito -la izquierda convertida en segunda fuerza parlamentaria con más de 14 millones de votos tras de sí-, pronto mostró contradicciones internas, particularmente entre sus coordinadores Jesús Ortega, Carlos Navarrete y Javier González Garza, y las corrientes más cercanas a López Obrador19.

El 20 de noviembre de 2006, en una plancha del Zócalo abarrotada y en un clima de crispación, Andrés Manuel López Obrador fue proclamado Presidente Legítimo y presentó su Gabinete alterno. Con el objetivo de evitar caer en la negociación, el Gobierno Legítimo planteó impulsar la renovación de las instituciones públicas, defender el derecho a la información, atender el grave problema migratorio, combatir la corrupción, buscar la consolidación de una austeridad republicana, impedir la consolidación de una reforma fiscal que gravara a los de mayor ingreso, impedir la privatización de la industria eléctrica y petrolera, y promover un Estado de Bienestar que diera protección y vida digna a todos los mexicanos “desde la cuna hasta la tumba”. 

En ese mismo mitin, López Obrador dio a conocer los integrantes del Gabinete Legítimo. Figuras como Bernardo Bátiz (Secretaría de Justicia y Seguridad), Octavio Romero Oropeza (Secretaría de la Austeridad), Claudia Sheinbaum (Secretaría de Patrimonio Nacional), José Agustín Ortíz Pinchetti (Secretaría de Relaciones Políticas), Gustavo Iruegas (Secretaría de Relaciones Internacionales), Luis Linares Zapata (Secretaría de Desarrollo Económico y Ecología), Asa Cristina Laurel (Secretaría de Salud), Laura Itzel Castillo (Secretaría de Asentamientos Humanos) y Bertha Luján (Secretaría del Trabajo) formaron parte de ese gabinete que tendría la condición de ser paralelo e itinerante, y destinado a defender los intereses nacionales frente a la amenaza de privatizaciones. A la par de este gabinete, López Obrador nombró un grupo de asesores que acompañarían los trabajos del gabinete paralelo: Elena Poniatowska, Rogelio Ramírez de la O, Federico Arreola, Ignacio Marván y José María Pérez Gay. Pero lo que le dio una identidad ciudadana a la figura del Gobierno Legítimo fue que los ciudadanos podían registrarse como representantes de este gobierno en un módulo de registro itinerante durante los recorridos que López Obrador comenzó a realizar por todos los municipios del país a partir de 2007, donde informaría sobre los trabajos de su gobierno.

Finalmente, el 1 de diciembre, en medio de un Congreso parcialmente tomado, Felipe Calderón entró por una puerta trasera para tomar protesta como presidente constitucional. Comenzaba una etapa histórica marcada por la profundización de las políticas neoliberales, el uso creciente de las fuerzas armadas y un largo proceso de resistencia social y política por parte del líder y del lopezobradorismo

V Conclusiones

Resulta imposible negar la importancia que tuvo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador en la coyuntura de 2005-2006 para construir, consolidar y conducir una fuerza política cuyas banderas serían distintas a las del bipartidismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del Partido Acción Nacional (PAN). No obstante, historizar este periodo revela que el proceso involucró un conjunto más amplio de factores: la aparición de un sujeto colectivo -el “lopezobradorismo”- que existía al margen de las estructuras del PRD, los diversos grupos opositores que amplificaron su discurso a escala nacional, el papel contradictorio del PRD y el protagonismo creciente de un grupo de intelectuales afines al movimiento.

Los primeros años del lopezobradorismo no pueden definirse exclusivamente como política electoral ni como mera política de movimientos sociales. Este fenómeno representó el surgimiento de una fuerza política compleja que articulaba el poder constituyente -expresado en movilizaciones, plantones y protestas- con el poder constituido -manifestado en el Congreso, ayuntamientos y cargos de elección popular-. Así, en el proceso electoral de 2006 se encuentran las raíces de la identidad paradójica que caracteriza a la Cuarta Transformación actual: la necesidad de cumplir con las exigencias de la vida institucional al mismo tiempo que las demandas de su base social más afín, a la que denominamos “lopezobradorista”.

Innegable fue el liderazgo de López Obrador, pero las categorías convencionales de populismo o autoritarismo resultan insuficientes para captar la complejidad del proceso. El año 2006 constituyó una confrontación entre la continuidad neoliberal y la posibilidad de una ruptura real, confrontación que puso en entredicho el relato oficial de la llamada “transición a la democracia” y evidenció la agudización de diversos caminos en los procesos de acumulación neoliberal que se prolongarían de 2007 a 2018. De este modo, López Obrador se configuró como una figura sui generis en la historia política contemporánea: funcionario eficiente, líder político-electoral y líder social al mismo tiempo, aunque con sus naturales diferencias respecto a otros liderazgos del primer giro progresista latinoamericano, análogo a Hugo Chávez y Lula da Silva.

El lopezobradorismo surgió al margen de una agenda alternativa de nación. Para sus simpatizantes, el fraude no se interpretó como una mera disputa entre élites por el control del presupuesto, sino como el impedimento para que una fuerza política de carácter popular accediera a la presidencia. Por tal razón, la Resistencia Civil Pacífica tuvo un efecto decisivo: a diferencia de 1988, las bases no quedaron con la sensación de que sus líderes habían negociado en los altos círculos. Por el contrario, esa resistencia prolongada permitió el desarrollo de una conciencia política en el sujeto lopezobradorista: su líder se había convertido en el portavoz de un sentir generalizado y compartido de que el país necesitaba ser transformado.

Contrario a lo que se pudiera haber pensado en un primer momento, el extraordinario desempeño de la izquierda electoral a través del PRD no significó principalmente un fortalecimiento del partido. Por el contrario, el avance fue sobre todo del movimiento, que se convirtió -si no en el más importante del campo popular mexicano- por lo menos en el más visible y mediático a partir de ese momento, respaldado por más de 14 millones de votos que no necesariamente fueron para el partido, sino para el candidato y para la agenda que este representaba.

Finalmente, coincidimos con la lectura del propio López Obrador en que el plantón y la Presidencia Legítima cumplieron una función muy significativa: ayudaron a canalizar y contener la indignación social en un momento en que existía un clima cargado de violencia latente, en el que muchos parecían esperar solo una señal para que se volviera a incendiar la pradera nacional.

Mixcoac, abril de 2026.

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  1. Doctor en Historiografía, Investigador del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). ↩︎
  2. López Obrador Andrés, ¡Gracias!, México, Planeta, 2024, 369. ↩︎
  3. Villafañe López Víctor, AMLO en el poder. La hegemonía política y el desarrollo económico del nuevo régimen, México, México, Orfila, 2020, 67-68. ↩︎
  4. El liderazgo de López Orador no comenzó en su gestión como jefe de gobierno del DF, sino desde los tiempos en qué fue delegado del Instituto Nacional Indigenista en Tabasco. Se recomienda la consulta de dos biografías: AMLO: vida privada de un hombre público de Jaime Avilés, así como ¿Y quién es AMLO?: Historia de un hombre enigmático de Blanca Gómez ↩︎
  5. Posteriormente se sumaron: Evo Morales en Bolivia (2006), Manuel Zelaya (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007), Fernando Lugo en Paraguay (2008) y José Mujica en Uruguay (2010). Serrano Mancilla Alfredo, América Latina en disputa, Caracas, Editorial El Perro y la Rana, 2015. ↩︎
  6. López Obrador Andrés Manuel, Un Proyecto Alternativo de Nación. Hacia un cambio verdadero, México, Grijalbo, 2004. ↩︎
  7. Bolaños Ángel y Gabriela Romero, “Ni autocomplacencia ni complicidad: Ejecutivo”, La Jornada, 5 de marzo de 2004. ↩︎
  8. Gómez, op. cit., 117. ↩︎
  9. Ahumada Carlos, Derecho de réplica. Revelaciones de la más grande pantalla política en México, México, Grijalbo, 2010, 144. ↩︎
  10. El caso del Paraje San Juan acaparó los titulares entre 2003 y 2004. Este caso, surgió a raíz de que un particular de nombre Enrique Arcipreste señalaba ser dueño de un predio en la ciudad de México y demandó al jefe de Gobierno del DF. Gracias a esta demanda, logró que la jueza Gabriela Rolón dictaminara que el Gobierno pagara a Arcipreste 1,810 millones de peso. Después de la resistencia de López Obrador ante este fallo y de denunciar que había sido orquestado para lastimar sus intenciones políticas, la Secretaría de la Reforma Agraria dio la razón al jefe de gobierno al “exhibir un documento que probaba que el predio era propiedad de la nación”. Quintanar Héctor Alejandro, Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional. Antecedentes, consolidación partidaria y definición ideológica de Morena, México, Ítaca, 2017, 95-96. ↩︎
  11. Ibidem, 108-109 ↩︎
  12. Bolaños Ángel, “Ni los más sucios políticos podrán manchar la política: López Obrador”, La Jornada, 25 de abril de 2005. ↩︎
  13. Otros intelectuales como Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Lorenzo Meyer, Luis Javier Garrido, Arnaldo Córdova, Bolívar Echeverría, Víctor Flores Olea y Octavio Rodríguez Araujo, aunque mantenían cierta independencia, también eran considerados parte de un círculo muy cercano al político tabasqueño. En 2011, Jesús Ramírez Cuevas coordinó la actualización del proyecto Alternativo de Nación realizada por los intelectuales cercanos al lopezobradorismo. Ramírez Cuevas Jesús (Coord.), Nuevo Proyecto de Nación. Por el renacimiento de México, México, Grijalbo, 2011. ↩︎
  14. Almazán Alejandro, Jefas y jefes. Las crisis políticas que forjaron a la Ciudad de México, México, Grijalbo, 2023, 104-105. ↩︎
  15. No se puede hablar de una “única causa” del distanciamiento entre Cárdenas y López Obrador, sin embargo, el mismo Cárdenas reconoció que la campaña que él encabezaba para la presidencia y la de AMLO se condujeron “cada una por su lado”, Cárdenas Cuauhtémoc, Sobre mis pasos, México, Aguilar, 2010, 360. ↩︎
  16. Diaz-Polanco Héctor, La cocina del diablo. El fraude de 2006 y los intelectuales, México, Planeta, 98-99. ↩︎
  17. Miguel Pedro, México en WikiLeaks. WikiLeaks en La Jornada. Memoria de una aventura periodística, México, La Jornada Ediciones, 2012. ↩︎
  18. Poniatowska Elena, Amanecer en el zócalo. Los cincuenta días que confrontaron a México, Booket, 2007, 28. ↩︎
  19. Bolívar Meza Rosendo, “El Frente Amplio Progresista”, Estudios Políticos, Núm. 18, septiembre-diciembre, 2009. ↩︎