Enrique Rajchenberg S.1
Facultad de Economía-UNAM
Terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945, los pueblos descubrieron con horror lo acontecido durante los diez años precedentes en Europa y, sobre todo, en los últimos tres o cuatro antes del fin de la contienda bélica durante los cuales se consumó el proyecto nazi de eliminar a la población judía, a los gitanos, a los homosexuales y a todos aquellos que no se ajustaran a los parámetros de la “raza aria” y que, por lo tanto, pertenecían a razas degeneradas dignas del exterminio. Muchas y muchos quedaron consternados, pero también, forzoso es reconocerlo, muchas y muchos supieron en tiempo real, como suele decirse actualmente, adónde se dirigían los trenes de la muerte y qué destino deparaban a sus pasajeros que habían sido vecinos incómodos o indeseables. No impugnaron la política del Reich, no sólo por temor a la represión y a sufrir una suerte semejante a la de los deportados, sino que coincidían con ella. La derrota del nazifascismo entre 1944 y 1945 estigmatizó socialmente cualquier referencia elogiosa al capítulo recién concluido de la historia del siglo XX. Actualmente, el genocidio en la Franja de Gaza se comparte profusamente por todos los medios: nadie puede alegar su desconocimiento, pero no muchos se inmutan ante el dramático holocausto.
La presencia de grupos de extrema derecha2 durante la segunda mitad del siglo fue incuestionable: movimientos que reivindicaron el nazismo alemán y el fascismo mussoliniano siguieron presentes en Europa y en el continente americano. Se agregaron a otros, más antiguos incluso, como los que reivindicaron el supremacismo blanco, los que se opusieron ferozmente a la Revolución Cubana a partir de los años sesenta de la mano de los grupos impulsados por la jerarquía católica en nombre de la defensa de la religión y de la familia. Hicieron su aparición pública esporádicamente, muchas veces con acciones violentas, pero mantuvieron grados distintos de clandestinidad. Esta estrategia y sus idearios condujeron frecuentemente a subestimarlos por las fuerzas políticas participantes del orden republicano, tachándolos de cavernarios, retrógradas, etc., como si fueran vestigios nostálgicos de un pasado irrepetible e indeseable3.
No obstante, con el inicio del nuevo siglo XXI, la extrema derecha llegó al proscenio político en varios países: Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, Victor Orban en Hungría, Giorgia Meloni en Italia, Donald Trump en Estados Unidos, Nayib Bukele en El Salvador, la Nueva Alianza Flamenca en Bélgica y más recientemente José Antonio Kast en Chile. En otros países, la extrema derecha no ha alcanzado aún la cúspide del poder político, pero ha ascendido un número importante de peldaños en puestos de representación popular. Son los casos de Vox en España, de Rassemblement National en Francia y de Alternative fur Deustchland. O sea, aunque no exclusivamente, han dejado de organizarse en agrupaciones mantenidas en la oscuridad que proporciona la secrecía, sino que además logró mayor notoriedad política utilizando los mecanismos institucionales de las democracias representativas. Para efectuar esta transición, la derecha radical tuvo que abandonar o silenciar ciertas consignas que se habían vuelto políticamente impresentables, para reformularlas y revestirlas con otro lenguaje. El antisemitismo, propio de las derechas extremas en todo el mundo durante la primera mitad del siglo XX y luego sólo de sus facciones más duras y violentas, ha sido borrado de sus propagandas. No obstante, hay otra que remplaza al antisemitismo pero que pertenece a la misma matriz ideológica. Se trata en el caso europeo, pero de manera menos contundente en Argentina y más abiertamente en Chile con el electo presidente Kast en diciembre de 2025, de la población inmigrante señalada como culpable de los males que aquejan el orden económico y social.
¿Estamos ante un fenómeno inédito o ante una reconfiguración y reinvención de propuestas políticas de larga data? Anticipo que la respuesta que aquí proporcionaré no será concluyente porque si bien hay ingredientes novedosos, hay otros que tienen un aire de familia añejo, aun si los creíamos desterrados. Por ello mismo, considero que es pertinente y necesario tematizar la problemática con base en las principales contribuciones que se han realizado por lo menos en la última década. Tres temáticas serán expuestas: la caracterización de las extremas derechas actuales, las principales ideas de éstas y, por último, las razones de su ascenso.
En México, el fenómeno de auge mundial de las derechas radicales parece no intervenir en las preocupaciones de la clase política y de la ciudadanía en general, sobre todo porque las amplias victorias electorales de Morena constituirían un resguardo contra cualquier protagonismo de ellas. En Argentina y en Chile se pensaba igual y muy rápidamente la situación sufrió un cambio drástico, aparentemente inesperado.
- ¿La resurrección del fascismo?
La controversia que más tinta ha hecho correr concierne al rigor y precisión teóricopolítica de denominar fascistas a estos gobiernos llegados a la cima del poder en años recientes así como a los movimientos que están en su base. El concepto de fascismo nos remite mentalmente a la experiencia atravesada por Europa a partir de la década del veinte del siglo pasado y con la que aparentemente no hay ninguna similitud4. De manera lapidaria, un investigador refirió que hablar de fascismo en la actualidad es síntoma de pereza intelectual5. Pero otros han sido más cautelosos y han preferido hablar de posfascismo.
Hay tantos que rechazan tajantemente el concepto de fascismo para referir a la extrema derecha actual, como quienes lo sustentan y también quienes lo matizan. Robert Paxton sostiene que denominar fascista a Trump opaca su libertarismo económico y social. El poder ejecutivo no sometido a controles es indicativo de una dictadura más que de un fascismo. Paxton se inclina por otro término, el de plutocracia6. En contrapartida, Michael Lowy confirma el carácter eminentemente fascista de los partidos de extrema derecha europeos, tanto por el pasado intrincado de sus fundadores de franca colaboración con el Tercer Reich como por la diversidad de posturas ideológicas que sustentan, a saber, la xenofobia, el racismo, el odio a los inmigrantes y a los gitanos, el antisemitismo, etc.7
Gaspar Miklos Tamás argumenta que “la hostilidad a la ciudadanía universal es la principal característica del fascismo”8 aunque se inclina por el concepto de posfascismo. La ciudadanía dejó de ser, según él, una cualidad aplicable a todo ser humano para devenir el privilegio de las personas de algunos países, “mientras que la mayoría de la población mundial no puede ni siquiera aspirar a la condición cívica y ha perdido la relativa seguridad de la protección preestatal (tribu, parentesco)”. Actualmente, prosigue Tamás, el posfascismo no requiere embarcar a los no ciudadanos en trenes de carga para conducirlos a la muerte. Sólo requiere evitar que los no ciudadanos se suban a los trenes que los llevarían a los países ricos.
Más allá de esta tétrica metáfora, aunque real, no queda claro por qué Tamás utiliza el prefijo pos. ¿Es acaso para indicar simplemente que el fascismo del siglo XXI es posterior al del XX? Enzo Traverso también opta por designar a las nuevas derechas como posfascistas, aunque como precaución lingüística. Es un recurso provocado por la incertidumbre que suscita concebirlo como una reiteración de la experiencia de la primera mitad del siglo XX: “…Prefiero hablar de posfascismo. […] Por un lado, ya no es fascismo; por otro, no es completamente diferente de este: es algo a medio camino”9. Hay que indicar que Traverso escribió este texto hace cerca de diez años y que a la luz de los más recientes giros de la política mundial su incertidumbre se haya tal vez disipado.
¿En qué se basa el rechazo a la denominación de fascista? Cuatro rasgos serían definitorios de acuerdo a esta postura. En primer término, la intervención del Estado en la economía durante los regímenes fascistas clásicos, es decir, los de la primera mitad del siglo XX que contrastaría con el retiro actual del Estado de la actividad económica en virtud del dogma del libre mercado y sus inviolables leyes que no admiten la intervención político estatal. En segundo lugar, el acceso de éstos al poder obviando los procedimientos electorales consignados por el orden democrático liberal. Un tercer argumento consiste en el afán de expansión territorial de los fascismos históricos que hoy ya no se verifica. Por último, un rasgo ausente hoy en día, a saber, el de la corporativización de la sociedad, vale decir, la incorporación de las organizaciones de la sociedad civil al Estado mediante su oficialización y, en contrapartida, la represión y persecución de aquellas que resisten su estatización.
Respecto a la primera objeción, se omite que el intervencionismo estatal tuvo lugar en el momento del estallido de la guerra, vale decir, cuando se instaló una economía de guerra. Aun así, Hitler no confiscó o expropió los grandes consorcios alemanes fundados durante la segunda mitad del siglo XIX; muy al contrario, estableció una relación simbiótica con ellos que les permitió la obtención de enormes ganancias. Una prueba de ello es el envío de trabajadores en calidad de esclavos provenientes de los países ocupados por el nazismo a las grandes fábricas alemanas10. En 1922, Mussolini, por su parte, declaró en genuina prosa liberal: “Se trata de arrebatar al Estado atribuciones en las que no es competente y en que se desempeña mal. Pienso que el Estado debe renunciar a sus funciones económicas y sobre todo a aquellas que se ejercen con monopolios porque en este ámbito el Estado es incompetente”.
En contraposición a la segunda objeción se argumenta que la violación de las reglas democráticas y la instauración de los regímenes totalitarios tuvieron lugar posteriormente al ascenso al poder, mismo que tuvo lugar respetando la legalidad instituida tanto en Alemania como en Italia. Algo semejante acontece en la actualidad: “El Neoemperador no es sólo un jefe de Estado que ha surgido de un proceso electoral, o mejor dicho, ha surgido así, pero toda la construcción de su agenda tiene como una de sus funciones borrar este hecho. …Su función estratégica es producir una situación ‘aceleracionista’ donde el capitalismo se separe de la democracia”11.
En referencia al tercer argumento, en efecto, hace una decena de años o incluso menos la objeción era válida, pero a la luz de las ambiciones de Trump sobre Groenlandia o del gobierno israelí de creación del Gran Israel que abarcaría territorios al este de sus fronteras actuales, ya no posee los mismos fundamentos.
Finalmente, un rasgo, sin embargo, está ausente hoy en día, a saber, el de la corporativización de la sociedad. La pauta dominante de las derechas radicales hoy es, en consonancia con los postulados del neoliberalismo, el individualismo que disuelve las pertenencias colectivas y comunitarias. Empero, otras formas de agrupamiento estrechamente vinculadas a gobiernos de la derecha llegan a recrear comunidades que constituyen configuraciones societales de apoyo a aquellos sobre todo en coyunturas electorales. Es el caso de las iglesias evangélicas en Brasil. No obstante, estas experiencias no son equivalentes a las organizaciones corporativas del fascismo histórico.
Este breve recorrido a través de las múltiples definiciones y precisiones conceptuales que procuran caracterizar adecuadamente a las derechas extremas del siglo XXI tiene una intención más allá de la controversia lexicográfica. Denominarlas fascistas posee una eficacia política porque invoca la abominable experiencia del siglo XX que no quisiéramos ver repetida, aun si muchos la replican de otro modo. Se trata sobre todo de precisar si el capitalismo en su fase actual requiere, al igual que el capitalismo de los años veinte y treinta, de un régimen fascista para salir de la crisis y reestructurarse. De ser así, las palabras de Max Horkheimer tendrían mayor validez que cuando las formuló en 1939: “Quien no quiera hablar de capitalismo debería callar también sobre el fascismo”. Tiene además una consecuencia relevante sobre la relación entre capitalismo y democracia que muchas veces fue considerada estructural. Goran Therborn, en un célebre artículo12, recusó esta tesis demostrando que fue recién en el siglo XX cuando los regímenes políticos en el seno de las sociedades burguesas fueron reformándose al calor de luchas democráticas de las clases subalternas. ¿Será entonces que en vez de concebir los regímenes autoritarios, eventualmente fascistas, como paréntesis políticos de una era democrática deben ser pensados de manera inversa?
- Las ideas compartidas por las derechas radicales.
Las derechas no constituyen un bloque monolítico, sino que están constituidas por grupos con biografías político ideológicas diversas y con una antigüedad también disímil13. El nacionalismo con una fuerte raigambre católica que enfatiza la salvaguarda de la tradición y de una supuesta esencia identitaria no parece compatible con los postulados libertarios. Sin embargo, uno de los rasgos de las últimas décadas consiste en la capacidad que tuvieron esas organizaciones para articularse con diferentes grados de cohesión en torno a programas comunes y así alcanzar la cúspide del poder político.
Ciertos tópicos como el antisemitismo, característico de movimientos de la primera mitad del siglo XX y de las décadas de los cincuenta y sesenta tuvieron que ser ocultados porque fueron explícitamente condenados por resolución judicial o porque la alianza con fuerzas aliadas a Israel así lo impedían. Ello no significa que hayan quedado deterrados de las agendas ideológicas, sino que hayan pasado al ámbito de lo que James Scott denominó el discurso oculto. De este modo, se constituye un repertorio de principios que parecen aglutinar a las nuevas derechas.
- Oposición a la ideología woke: de acuerdo a estas derechas, ésta comprende un vasto número de posturas que habrían ido ganando espacios importantes en las instituciones públicas, particularmente en las universidades. Se trata del derecho al aborto, del reconocimiento del matrimonio igualitario y de la homosexualidad, lo que en el léxico de las derechas queda consignado como ideología de género. Pero también queda incluida dentro de la ideología woke el ambientalismo y las reivindicaciones ecologistas. Es el gurú del libertarismo, Murray Rothbard, quien expuso más sistemática y crudamente los argumentos contra la ideología woke. Respecto a la llamada ideología de género, formula la pregunta siguiente: “¿Por qué han sido los hombres quienes han dominado la cultura durante eones de tiempo? Seguramente esto no puede ser un accidente. ¿No es quizás evidencia de la superioridad masculina?”14. Igualmente arremetió en contra de los ecologistas aduciendo que si los recursos naturales quedaran enteramente en el ámbito de la economía de libre mercado automáticamente se generaría un “grado apropiado de conservación”15. Por ello propuso la privatización de los océanos.
- La defensa a ultranza de la propiedad privada: éste es un punto en que el conservadurismo de añeja raigambre y posturas más recientes encuentran confluencias menos problemáticas de conjugar aun si las razones que llevan a uno y a otras a sostenerla pueden diferir. Va de la mano de la siguiente idea.
- La limitación de la intervención del Estado: la iconografía más publicitada y más aplaudida por las derechas radicales es la de Javier Milei portando una motosierra con la que supuestamente destrozaría todo el aparato burocrático estatal porque ahí se localiza la casta, es decir, el personal político parásito de la sociedad y causante de todos los males existentes. No hay en ello ninguna propuesta original, sino que es la recuperación de uno de los postulados más significativos de la escuela austriaca para la cual la acción estatal impide el cálculo económico y por lo tanto la formación de precios además de cercenar la libertad individual, valor fundamental de todo el edificio filosófico de von Mises y de Hayek16. Esta cuestión constituye el eslabón que conecta al neoliberalismo con los libertarios. Así como éstos se pronunciaban por el derecho al aborto, por un mercado libre de venta de órganos, por el libre consumo de drogas, etc. , vale decir, por una restricción de la normatividad estatal, el neoliberalismo generaliza estas exigencias al ámbito económico. Todo ello no excluye el uso del poder del Estado para realizar negocios privados como lo demuestra el proyecto “New Gaza” impulsado por Trump en territorio palestino y el caso Libra promovido por Milei. Cuando las derechas arriban al proscenio político toman distancia respecto al recorte de la presencia del Estado en la sociedad y la economía. En efecto, si bien aplican severas limitaciones al gasto en educación, en salud y, en general, a los programas sociales, se incrementa el gasto en defensa o en el caso de un país imperialista como Estados Unidos para financiar la guerra, lo cual conduce al incremento de impuestos que gravan más a sectores populares y medios que al gran capital y a las fortunas patrimoniales.
- La xenofobia: éste es un tema caro a las derechas más rancias. La construcción e invención de un enemigo externo o interno forma parte del andamiaje ideológico de los nacionalismos de derecha. Los judíos fueron el blanco favorito en la Europa de la segunda mitad del XIX y despúes de la Segunda Guerra Mundial lo fueron los inmigrantes de las colonias, luego ex colonias, y de los países africanos y del Medio Oriente. Más allá de la designación específica del enemigo, el denominador común radica en la similitud del sentido que ordena el discurso identitario que divide el nosotros de los otros y que los culpabiliza de todos los males padecidos por los genuinos ciudadanos. Una dimensión peculiar de la xenofobia en las nuevas versiones de las derechas radicales consiste en la conjugación de ésta con la incorporación del ambientalismo a la agenda de estas últimas. Aunque el negacionismo de Trump respecto al cambio climático persiste en su segundo mandato presidencial, en el caso francés, Marine Le Pen incorpora la temática alegando que “la inmigración es una amenaza para el ambiente local o nacional ante la escasez de bienes naturales y la creciente contaminación”17.
En América Latina, la relevancia de la xenofobia dependió de la magnitud del flujo migratorio. En Argentina, que recibió a un número significativo de judíos de Europa oriental, el sentimiento xenófobo contra esa población fue importante. En cambio, en México lo fue mucho menos. Actualmente, ese odio se desplazó en América del Sur hacia latinoamericanos migrantes, como es el caso en Chile donde el discurso francamente xenófobo apareció en la retórica electoral de los candidatos de partidos de derecha y en los últimos años y de manera importante en Costa Rica en contra de los inmigrantes de la vecina Nicaragua. En México, el tránsito de migrantes latinoamericanos hacia la frontera norte para luego intentar cruzar la línea hacia Estados Unidos dio lugar a algunos lamentables episodios xenófobos pero no fueron aparentemente impulsados por movimientos de derecha ni instrumentalizados por ellos.18
En Europa forma parte del nacionalismo que procura definir una identidad excluyente que denuncia la presencia invasora de elementos culturales amenazadores del genuino ser nacional. La islamofobia ha remplazado de esta manera al antisemitismo explícito. En Estados Unidos muy particularmente, los inmigrantes serían los culpables de la criminalidad y del uso indebido y exagerado de los servicios públicos que deberían estar reservados para los ciudadanos exclusivamente. Son, por lo tanto, responsables de los déficits públicos y del deterioro de los servicios sociales proporcionados por el Estado, amén del deterioro salarial y del desempleo. La alta receptividad de estas temáticas ha llevado a que agrupaciones de izquierda u otras de signo centrista que viven una profunda crisis desde 1989 las incorporen en sus plataformas para procurar reconquistar electorados que han emigrado hacia la extrema derecha.
- El elogio de la desigualdad: la naturalización de la desigualdad y, consiguientemente, su abordaje ahistórico es constitutivo de los discursos de las derechas. Si en todas las sociedades humanas puede ser registrada e incluso en el universo natural, resultaría inútil y contraproducente combatirla, como ya vimos que planteó Murray Rothbard. Pero además la desigualdad no es un mal social, sino una prueba fehaciente de las capacidades y de los esfuerzos individuales que deberían ser recompensados y no estigmatizados o penalizados con un régimen impositivo progresivo, por ejemplo. Simultáneamente, toda acción estatal encaminada a la reducción de la desigualdad debe ser desmantelada puesto que contraviene una legalidad natural y distrae innecesariamente recursos presupuestales.
Resulta interesante la argumentación que desarrolla Alberto Benegas Lynch (hijo), denominado por Milei héroe del liberalismo: “Las diferencias se hacen necesarias para producir subas generalizadas del ingreso. Las satisfacciones más preciadas y más escasas naturalmente deberán estar en manos de quienes puedan pagar más. […] Para que muchos tengan pan es menester que algunos tengan caviar”19. El correlato lógico del carácter natural de la desigualdad es la innecesaria intervención del Estado que lleva a instituir “pseudoderechos o aspiraciones de deseos que infringen (sic) daños irreparables al orden jurídico”20. El único remedio a la desigualdad es entonces la caridad: “Existe un estrecho correlato entre libertad y caridad que es la inclinación natural a la solidaridad con el prójimo”21. O sea, es la reiteración del contenido de la encíclica papal Rerum Novarum de 1891.
- ¿Por qué el ascenso y éxito de las derechas?
En 2019, en una amplia y atiborrada avenida de Santiago en Chile, una multitud se congregó ante un templete en que el conjunto Inti-Illimani cantaba la icónica canción “El pueblo unido jamás será vencido”. Coreaba entusiasta el estribillo cuya letra es el título de la canción. Seis años después la sociedad chilena votó a José Antonio Kast para la presidencia. Hechos como éste han suscitado perplejidad por la incongruencia de episodios que en un breve periodo de tiempo conducen a conductas sociales y políticas tan dispares. Una tentadora respuesta consiste en atribuir el ascenso de las extremas derechas a la crisis financiera de 2008 y sus efectos socioeconómicos, agravados años después por la pandemia de Covid-19. Se replica de este modo la explicación del ascenso del nazismo por las consecuencias de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, las sanciones que recibió de parte de las naciones vencedoras y la crisis de 1929. No hay duda de la determinación económica de las conductas políticas, pero no es teóricamente correcta la aplicación de una causalidad mecánica entre lo económico y lo político: “Los efectos de las condiciones económicas están mediados por representaciones y expectativas socialmente constituidas, diferenciadas en función de grupos sociales, de los sexos, de las generaciones, de las pertenencias culturales y religiosas, pero también de las especificidades de las biografías individuales”22.
El sugerente título del libro de Pablo Stefanoni, ¿La rebelión se ha vuelto de derecha?, es una fecunda pregunta para intentar contestar dónde radican las claves del despliegue de las derechas actualmente. La mayoría de los análisis sobre el éxito de las extremas derechas se ha volcado al estudio de las estrategias construidas por los dirigentes de los movimientos, pero son muchos menos los que indagan los cambios habidos en la sociedad que la han hecho permeable a esas estrategias.
Acaso las derechas son beneficiarias involuntarias de la crisis de las izquierdas? O bien, ellas mismas son causantes de dicha crisis? ¿Qué estrategias comunicativas han construido tan exitosamente? Por último, ¿por qué sus relatos encontraron una recepción en la sociedad?
Las izquierdas no ocuparon el escenario político completo, salvo en contadas ocasiones, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y durante las dos primeras décadas del XXI. El llamado progresismo latinoamericano adoptó prácticas políticas muchas veces contradictorias con el ideario de izquierda y acogió en sus amplias y laxas alianzas a personajes que estaban muy lejos de identificarse con dicho ideario. Pero, en realidad, el progresismo fue o es una pálida expresión de lo que la izquierda pretendió ser durante todo el siglo XX. En Europa, los llamados partidos de izquierda, los socialistas y los socialdemócratas, adoptaron tempranamente los programas neoliberales. De hecho, las izquierdas extraviaron su horizonte utópico, sin el cual no hay movilización social, desde la década del ochenta del siglo pasado. El discurso emancipatorio que había proyectado tantos escenarios futuros dejó de ser verosímil. Las nuevas derechas ocuparon el vacío dejado por las izquierdas y que ellas mismas aceleraron. El capitalismo de la posguerra había entrado en crisis y su prédica parecía acomodarse mejor a las nuevas coordenadas económicas. El neoliberalismo que llevaba más de cuarenta años madurando logró finalmente su victoria y desde el poder fustigó duramente a todas las alternativas político económicas, desde el keynesianismo y los Estados de bienestar hasta los gobiernos populistas de izquierda y otros más radicales y a las agrupaciones populares, instaurando el pensamiento único. Sin embargo, ello no implicaba aún colonizar plenamente los imaginarios sociales. El neoliberalismo se franqueó el paso a través de medidas de fuerza: en Gran Bretaña y en Estados Unidos, infligiendo duros golpes a los sindicatos; en América Latina, instaurando dictaduras militares.
Desde mi punto de vista, ahí es donde se halla la eficacia político social de las nuevas derechas, fascistas, neofascistas o posfascistas o como se opte denominarlas. A pesar de las derrotas políticas de las dictaduras, su legado persistió al lograr desbaratar los vínculos societales de solidaridad y de acción colectiva instaurando una filosofía del individualismo. De este modo, las nuevas formas de trabajo y su encuadramiento jurídico pudieron ser admitidas e incluso legitimadas por los propios trabajadores en lo que se denominó desde un punto de vista crítico precarización. El Estado constituyó una entidad innecesaria, parásita, lo que Javier Milei llama constantemente la casta. La prosperidad podía ser alcanzada con el esfuerzo individual sin tener que recurrir a los serivicos públicos ni a las instituciones sociales cuyo deterioro era cada vez más notorio23. Las entrevistas reseñadas por Pablo Semán y Nicolás Welschinger a jóvenes trabajadores de plataformas dan cuenta de ello. No es sólo el descrédito a las políticas sociales, sino también y como correlato la estigmatización de quienes reciben algún apoyo del Estado, por una parte, y la alta valoración de quienes como ellos y ellas se las arreglan para sobrevivir sin ese apoyo con base en lo que consideran su esfuerzo personal: “Sus experiencias, arraigadas en ciertas condiciones sociales, han constituido una sensibilidad con la que un conjunto de discursos políticos conecta mejor”24. Es aquí donde resulta interesante la interpretación de algunos investigadores que refieren la original estrategia.
Las derechas capitalizan lo que Alejandro Grimson denomina una “nueva sensibilidad”: “Por motivos tecnológicos, económicos, laborales y de todo orden se ha transformado el modo prevaleciente en que las personas piensan, sienten y ven el mundo”25. La incertidumbre que reina y que produce “sentimientos de miedo, de alerta y de máxima precaución” encuentra un alivio en la narrativa de las nuevas derechas que identifican las causas de la incertidumbre y que prometen combatir: son los pobres, los inmigrantes, la casta26. Los “nuevos paisajes emocionales” constituyen el terreno abonado de las derechas. Agustín Laje, una de las figuras más connotadas de la nueva derecha y con mayor proyección continental, teorizó el camino que tenía ésta que surcar. Con base en un sinfín de referencias a los clásicos de la filosofía política, incluidos Marx y Gramsci, sostiene que “en un sistema posindustrial, más que antagonismos económicos en términos de clase, lo que se genera y destaca son antagonismos culturales”27. La cultura, prosigue, es “una dimensión en la que se puede emprender la búsqueda de voluntad de lucha, resistencia, rebelión” (Id.). Con base en ello, retoma la propuesta de Byung-Chul Han, de la pérdida de relevancia de la racionalidad en favor de la emocionalidad en el capitalismo de la emoción”28. Es precisamente las iglesias evangélicas, a las que me referiré ulteriormente, las que más eficazmente han logrado movilizar e instrumentalizar las emociones: “El fenómeno evangélico se ha convertido, como una condición para su expansión, en un fenómeno mediático y de entretenimiento. …Es la comunicación mediatizada de las emociones lo que permite una eficaz transmisión del mensaje”29.
La batalla cultural puede alcanzar la reconfiguración de la memoria a través de la reescritura de la historia. Por supuesto, están las narrativas negacionistas de las dictaduras de los años setenta y ochenta, pero también propuestas más amplias. Destaca la labor de Unión, editora española de extrema derecha. Dos publicaciones de un mismo autor son ejemplos fehacientes. La primera se consagra a demostrar que el Santo Oficio, o sea la Inquisición, no fue un tribunal tan despiadado como se divulgó durante tanto tiempo. Para ello compara la benignidad de esa instancia eclesiástica con “el comunismo cubano (que) será casi tan sanguinario como el estalinista” y con la actuación en su seno del Che Guevara denominado “El Carnicero” o bien con las torturas aplicadas por el ERP argentino a sus cautivos30. La segunda intenta revertir la llamada leyenda negra de la conquista de América afirmando que los regímenes prehispánicos eran mucho más autoritarios que el implantado por los españoles mediante comparaciones anacrónicas: “Bajo estos absolutismos teocráticos jamás existió la libertad de conciencia ni expresión ni la pluralidad de partidos políticos ni elecciones libres ni el derecho a protesta. …¿Beneficios? ¿Horas extras? Nada de ello existió jamás en estos imperios sedicentemente socialistas”31.
La batalla cultural, sin embargo, implica la resignificación no sólo de la memoria histórica, sino también del lenguaje compartido durante todo el siglo XX, o sea, una remodelación del sentido común: “El trabajador registrado, el que tiene indemnización, el que negocia colectivamente, deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en un privilegiado que le cierra la puerta al pibe que busca su primer empleo. La bronca se desplaza del patrón al compañero. El enemigo ya no es el que te explota, es el que tiene algo que vos no tenés”32. Otro tanto sucede con el dirigente gremial que pasa a ser quien, mediante el cobro de una cuota sindical, reduce el ingreso del trabajadora y ya no el monopolio comercial que aumenta los precios de los productos básicos.
Aunque el arraigo de las iglesias evangélicas en América Latina es muy diverso en función de la fortaleza de la fe católica, no hay duda de su crecimiento en la región. Brasil es el caso emblemático por la cantidad de feligreses y por el respaldo que le ha brindado al presidente Jair Bolsonaro durante su mandato presidencial. La agenda de las iglesias evangélicas se corresponde con los temas favoritos de las nuevas derechas: oposición a los derechos reproductivos, demonización del adversario y culto al esfuerzo personal33.
Además hay que destacar la potente red internacional de las iglesias evangélicas, cuyo vértice es también Estados Unidos que, aun si logran recaudar ingentes cantidades de dinero con las contribuciones de los creyentes, proporciona un respaldo económico y político considerable.
Si bien las estrategias de comunicación de las dirigencias de las derechas han demostrado gran eficacia, no se puede ignorar las redes internacionales que las fortalecen, entre otros, mediante el financiamiento de sus organizaciones, la difusión profusa de sus documentos y el patrocinio de sus iniciativas. Destaca Atlas Network cuya sede se encuentra en Estados Unidos. Su publicación del verano 2025 se dedica entre otros a Argentina. El artículo viene ilustrado con un dibujo de Javier Milei triunfante y sonriente cargando una motosierra. El texto repite la falaz y engañosa referencia histórica esgrimida por Milei de un país que a inicios del siglo XX era uno de los más ricos del planeta, pero que tras décadas de políticas peronistas y corrupción, sucumbió en la pobreza, el hambre, el desempleo y la hiperinflación. En contraste, un año de reformas de libre mercado han invertido esa situación.
Destaca el apoyo que Atlas Network proporcionó a la Fundación Libertad y Progreso de la que forma parte Benegas Lynch a lo largo de varios años durante los que difundió el credo ultraliberal. Celebra los cambios en la legislación laboral que han tenido lugar desde la llegada de Milei a la presidencia: “Gracias a la Fundación Libertad los empleadores tienen ahora mayor flexibilidad para trabajar con subcontratistas y freelancers, sin tener que registrarlos como ‘empleados’”. En cambio, deplora la situación en Colombia “bajo el socialista Gustavo Petro” cuyas políticas redistributivas de la tierra erosionan las garantías constitucionales de la propiedad privada. El Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga cobijado por Atlas Network estaría logrando revertir esa tendencia, afirma Atlas. Asimismo, se celebran reuniones internacionales que convocan a personalidades del universo derechista. Destaca la CPAC34. En México, Eduardo Verástegui quien ha tenido más éxito en telenovelas que en la política también intentó la internacionalización de su agrupación que lleva la impronta del conservadurismo más rancio en el enunciado de sus principios doctrinarios: Dios, patria, vida, familia y libertad.
A modo de conclusión: las izquierdas ante el desafío de las nuevas derechas
Las derechas extremas de hoy no constituyen una radicalización de los partidos de derecha convencionales, aun si algunos de sus miembros emigran hacia aquellas35. Su despliegue tiene sus causas en otros sitios de la geografía política. Es más, son muy críticas de esos partidos a los que acusan frecuentemente de haber sido voluntaria o involuntariamente cómplices de las victorias electorales de la izquierda que serían las causantes de las crisis económicas y sociales que vive el mundo. Sin embargo, cierto progresismo sólo tiene en la mira a los viejos partidos de la derecha porque parecen ser los únicos que le pueden disputar los resultados en los comicios36. El caso de Argentina es icónico de este error estratégico: apenas unos meses antes de las elecciones de 2023, La Libertad Avanza, la agrupación de Javier Milei, contaba con apenas un 15 % de las preferencias y logró en ese breve lapso de tiempo atraer a las opciones de la derecha no libertaria y quedar como facción dominante de aquella alianza. Pero aun así, no es el momento electoral el único en el que se disputa el poder y ello requiere de muchos otros géneros de acción política porque el peligro fundamental que representan las nuevas derechas reside no en la gestión de la cosa pública aun si pretenden nulificarla, sino precisamente en el tipo de sociedad capitalista que posibilita su ocupación de los espacios de poder, vale decir, el de la catástrofe ecológica, el de la privatización de los bienes comunes, el de la des-ciudadanización.
Para ello, las izquierdas están obligadas a reinventarse. Ello no significa abandonar lo que fue su brújula identitaria desde el siglo XIX, sino articular a muchos otros sujetos sociales que, con planteamientos emancipatorios, han hecho presencia en la vida social y política aun si los lugares donde se expresan y manifiestan no es el institucional. Como acertadamente ha dicho Enzo Traverso, el marxismo, pero no únicamente, siempre ha tenido problema en conjugar clase, etnia y género. Es tiempo de rebasar esa barrera epistemológica y política. ¿Será preciso construir una batalla contracultural?
En un libro póstumo, Eric Hobsbawm dijo refiriéndose a los inicios del nuevo milenio que se trataba de una era de la historia que miraba hacia el futuro sin un mapa y con perplejidad. Ese es el desafío que se presenta a las izquierdas: a la manera de los cartógrafos, el de volver a dibujar el mapa para que la perplejidad no conduzca a la inacción.
- Una versión abreviada de este artículo fue publicada en la Revista Común en febrero de 2026. ↩︎
- A lo largo de las páginas siguientes me referiré indistintamente a la derecha radical, a la nueva derecha o a la extrema derecha. ↩︎
- Mario Santiago Jimenez ha dedicado su labor de investigación a estos últimos grupos, particularmente el Yunque y el MURO. ↩︎
- Empero, se llega a comparar a Trump con Hitler por “la retórica agresiva, el odio a las minorías raciales y étnicas, la xenofobia, la violencia de los mítines de Trump, la hostilidad hacia la discusión” (Corey Robin, La mente reaccionaria. El conservadurismo desde Edmund Burke hasta Donald Trump, Madrid, Capitán Swing, 2021, p.306). ↩︎
- “La noción de ‘fascismo’ (o de neofascismo) me parece tener más inconvenientes que ventajas intelectuales y políticas. El uso de los términos ‘fascismo’ y ‘neofascismo’ tiende a orientar la mirada hacia la repetición en detrimento de condiciones y características nuevas. Favorece por lo tanto una suerte de pereza intelectual” (Philippe Corcuff, La grande confusion, París, Editions Textuel, 2020, p.215). “Estas nuevas derechas radicales no son, sin duda, las derechas neofascistas de antaño, dice por su parte Pablo Stefanoni. Cada vez parecen menos nazis” (¿La rebelión se volvió de derecha?, Buenos Aires, Siglo XXI ed., 2021, p.39). ↩︎
- “American Duce. Is Donald Trump a fascist or a plutocrat”, Harper’s Magazine, mayo 2017. ↩︎
- “Dix thèses sur l’extrême droite en Europe”, Lignes 2014/3 n° 45, Éditions Lignes ↩︎
- “On Post-Fascism. The degradation of universal citizenship”, Boston Review, junio 2000. http://bostonreview.net/world/g-m-tamas-postfascism. ↩︎
- Las nuevas caras de la derecha. Potencia y contradicciones de la etapa posfascista, México, Siglo XXI ed., 2025, p.15-16. ↩︎
- Stephan Lindner, Au coeur de l’IG Farben. L’usine chimique de Hoechst sous le Troisième Reich, París, Les Belles Lettres, 2005. ↩︎
- Jorge Alemán, “La nueva máquina de guerra de la ultraderecha”, Página 12, Buenos Aires, 31 de enero de 2026. ↩︎
- “Dominación del capital y aparición de la democracia”, Cuadernos Políticos no.23, México, Ed. ERA, enero-marzo 1980. ↩︎
- Un diálogo interesante sobre el tema entre Soledad Vallejos y Pablo Stefanoni se encuentra en ¿Cómo operan las nuevas derechas? https://www.youtube.com/watch?v=Gp3sgD1Xv6w.
“Dentro del campo tienen lugar interacciones cooperativas, pero también de competencia y en ocasiones de conflicto abierto. .Y si bien los miembros de una familia no son idénticos, comparten rasgos, actitudes y vínculos que los distinguen de otros elementos que a su vez conforman otra familia que, sin embargo, también está dentro del campo de las derechas.” (Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi, Historia de las derechas en Argentina de fines del siglo XIX a Milei, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2025, p.14). ↩︎ - El igualitarismo como rebelión contra la naturaleza, Madrid, Innisfree, 2021, p.154-155). ↩︎
- Idem, p.172. ↩︎
- “La inquebrantable devoción de Mises al libre mercado, su oposición a todo estatismo, se deriva de su análisis de la naturaleza y consecuencias de individuos que actúan libremente, por un lado, frente a la planificación e intervención coactiva de los gobiernos, de otro” (Murray Rothbard, op.cit., p.216). ↩︎
- Maristella Svampa, “Extremas derechas: entre el negacionismo y el ecofascismo”, Nueva Sociedad no.319, septiembre-octubre 2025. Svampa denomina esta postura ecobordering o ecofrontera en que la problemática ecológica sirve de legitimación para reforzar la política antiinmigrante: la tierra, anclaje del identitarismo esencialista, estaría contaminada por elementos extraños a los verdaderos franceses. Por lo tanto, expulsar a los inmigrantes o impedir su ingreso al país sería una acción ecologista. ↩︎
- Stiven Herrera, “El populismo autoritario como respuesta a la crisis de la ‘excepcionalidad’ costarricense”, Nueva Sociedad no.320, enero 2025. ↩︎
- Socialismo de mercado. Ensayo sobre un paradigma posmoderno, Ameghino Editora/Fundación Libertad, Rosario, 1997, p.81-82, en cursivas en el original. ↩︎
- Idem, p.115. ↩︎
- Idem., p.115 ↩︎
- Phillippe Corcuff, op.cit., p.215. ↩︎
- “Durante el gobierno de Mauricio Macri [2015-2019] se exacerbaron las narrativas meritocráticas y comenzó a resquebrajarse el lenguaje de derechos en favor del lenguaje de las oportunidades, el esfuerzo y el mérito: núcleos configuradores de una cultura ‘emprendedora’” (Melina Vázquez, “Los picantes del liberalismo. Jóvenes militantes de Milei y ‘nuevas derechas’”, Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?, Siglo XXI ed., Buenos Aires, 2024, p.116). ↩︎
- “Juventudes mejoristas y el mileísmo de masas. Por qué el libertarismo las convoca y ellas responden”, Pablo Semán (coord.), op.cit., p.183. ↩︎
- Los paisajes emocionales de las ultraderechas masivas. ¿La gente vota contra sus intereses?, Quito, FLACSO Ecuador, 2024, p.16. ↩︎
- Id., p.52. ↩︎
- La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha, México, Harper Collins, 2022, p. 213. “Tenemos que infiltrarnos en la cultura, que es lo que la izquierda viene haciendo hace décadas”, dice una joven entrevistada argentina de una agrupación política de derecha (Melina Vázquez, op.cit., p.100). ↩︎
- Id., p.220 ↩︎
- Ariel Goldstein, Poder evangélico. Cómo los grupos religiosos están copando la política en América, Buenos Aires, Ed. Marea, 2020, p.204. ↩︎
- Cristian Rodrigo Iturralde, La Inquisición. ¿Mito o realidad?, Madrid, Unión Ed., 2020, p.410. ↩︎
- Cristian Rodrigo Iturralde, Fin de la barbarie. Comienzo de la civilización en América, Madrid, Unión Ed., 2019, p.102. ↩︎
- Mariano Quiroga, “La operación secreta para que los trabajadores festejen su propio ajuste”, Diario Junio, 19 de febrero de 2026. ↩︎
- En una alocución , el pastor de la Iglesia Catedral de la Fe decía en 2019 en Buenos Aires: “Para prosperar debo ser un emprendedor. El emprendedor es una persona proactiva”(Ariel Goldstein, op.cit., p.113). ↩︎
- Conferencia Política de Acción Conservadora, cuya sede se localiza en el estado de Maryland. Entre otros participaron en alguna ocasión Ricardo Salinas Pliego, Patricia Bullrich y Eduardo Bolsonaro. ↩︎
- Las derechas radicales critican precisamente a los partidos tradicionales de la derecha. En la serie española Salvador, Dávila, un empresario mafioso y patrocinador de grupos fascistas, denomina a éstos “la derechita cobarde”. ↩︎
- Una mirada crítica desde la izquierda del progresismo latinoamericano en Mariano Schuster, “La izquierda atrapada: pasado reciente, ¿futuro ausente?, Entrevista a Aldo Marchesi y Vania Markarian”, Nueva Sociedad, febrero 2026. ↩︎