LÍMITES DE LA DEMOCRACIA LIBERAL

Una de las grandes lecciones de la historia es que las transformaciones sociales siempre se han acompañado de ampliaciones democráticas. Desde el antiguo sistema ateniense hasta el sistema liberal, las limitaciones en materia de inclusión han generado contradicciones imposibles de ignorar. En el primer caso, por haber sido un sistema erigido sobre la exclusión de la mayoría de la población (esclavos, extranjeros, mujeres), y –en el caso del sistema actual– por la permanencia de estructuras oligárquicas resistentes a cualquier avance que contribuya a un pacto social más incluyente.

Conocer la historia de nuestros pueblos es necesario para vivir en real democracia: tener claridad sobre el trazado de las complicidades y alianzas de las capas dominantes suele ser de gran ayuda para analizar argumentaciones dirigidas a legitimar las formas de exclusión social. De esto han echado mano pensadores como Aristóteles, Séneca o, para el caso de la ciencia moderna, Adam Smith quien, desde la economía política, deslegitimó el argumento fisiócrata de los terratenientes como únicos productores, al demostrar que, por el contrario, eran un sujeto improductivo. Sobre esto Carlos Marx y Federico Engels elaborarán su crítica a la economía política para desmitificar la figura del empresario capitalista, con la disolución de las falsas atribuciones que le han sido dotadas por los economistas burgueses.

Este brevísimo recuento sirve de inspiración para la tarea que nos demanda nuestro tiempo: elaborar argumentaciones ético-economicas que nos permitan avanzar para superar la sociedad neoliberal, pues aún están presentes fuertes manifestaciones de la vieja sociedad que no termina de irse, y quedan personas que no aceptan el cambio en lo económico, en lo moral, en lo intelectual y en lo político. 

Hay un ejemplo claro en los discursos imperialistas y su mañosa defensa en favor de la democracia, adjetivo que se explica pues en sus discursos no se expone claramente que su defensa es de un tipo específico de sistema: la democracia liberal: se pronuncian en favor de los contrapesos institucionales pero son incapaces de diferenciar el poder estatal del poder económico —pese a que una característica del neoliberalismo es que el poder económico (hoy transnacional) adelanta al poder estatal—, muestra del completo extravío al plantear lo que llaman contrapesos.

Quizá la mayor inconsistencia radica en la insalvable contradicción entre defender a la oligarquía económica al tiempo que, dicen defender las estructuras democráticas. De ahí que su presencia en la política nacional se reduzca a un simulacro democrático cargado de discursos demagógicos —expresión de la forma corrupta de la democracia— en favor de las constantes consignas clasistas y racistas que reflejan su inclinación por excluir a amplios segmentos poblacionales.

En este escenario es preciso aclarar que el neoliberalismo, como patrón de acumulación, significó la conversión de los bienes públicos en mercancías globales por medio de dos grandes formas de acumulación: una bajo formas financieras (no productivas); otra mediante la corrupción manifiesta en el saqueo de fondos públicos. Con esta segunda, las élites económicas globales quitaron al estado (mediante gobiernos elegidos bajo la democracia liberal) la planificación económica, que se transfirió al sector privado extranjero. De ahí el despliegue ideológico que señala a la administración pública como ineficiente, y elogios a las bondades del mercado bajo la creencia (jamás comprobada) de que el mercado es la mejor forma de administrar de manera justa y eficiente los bienes de una sociedad.

Como parte de la estrategia en contra de la planeación estatal se impulsó una campaña de desprestigio hacia los representantes públicos, al caracterizarlos como corruptos, como si no hubiera administradores privados con esta característica. La diferencia es que, a los privados, la ley no les demanda un ejercicio de transparencia, pues entre sus funciones no se encuentra responder a las necesidades sociales de forma directa. Esta falta de transparencia, elemento representativo de los esquemas de corrupción, fue igualmente adoptada por los cuadros políticos (formados durante el neoliberalismo) dotados de un alto margen de influencia en los procesos de decisión a escala nacional, quienes, con sueldos muy superiores a los de la media poblacional como pago por la legitimación de estas prácticas —por demás autoritarias—, contribuyen a probar que no hay bases sólidas para sostener que los tecnócratas son apolíticos, máxime si se han documentado los fuertes vínculos que tienen con estos grupos de élite, y su incapacidad de asumir las tareas democráticas que demanda la ciudadanía.

Como muestra, la reciente capacidad visible de convocatoria de grupos de oposición al gobierno actual, con marchas que a muchos han sorprendido pero que, en el análisis objetivo, se reconocen como una expresión más de lo que en las ciencias sociales se denomina lucha de clases, que se presenta en cualquier sociedad dividida en clases, y que resulta ser: 1) objetiva, al no depender de la voluntad de algunos individuos (o sería lucha de individuos), sino de los intereses en común que definen a una clase; 2) antagónica, pues se presenta y gira entorno al proceso de valorización (la valorización de una clase depende causalmente de la desvalorización de otra), de ahí que no pueda existir riqueza sin pobreza; 3) estructurante, al producir una racionalización/ideologización en función de la posición de una clase u otra.

Debido a todo ello, las y los economistas estamos frente al enorme reto de combatir la idea de ciencia económica emergida durante el neoliberalismo. Ya que durante las últimas décadas esta disciplina se desarrolló al margen de las necesidades humanas, con construcciones lógicas constituidas para naturalizar las condiciones de precarización de las y los trabajadores, y la imposibilidad de soberanía de los países. ¿Cuántos de nosotros no oímos hablar de las “bondades” que representarían para nuestro país las políticas de privatización y entrega de las funciones de planificación económica a las empresas multinacionales, sin considerar los efectos en la disolución del Estado social que traerían? Por eso, ahora que el neoliberalismo está en decadencia, es preciso puntualizar que las críticas que se realizan a esta forma de organizar la producción, distribución y consumo son de corte ético-político, y que la argumentación que durante años se tuvo para implementar instrumentos económicos, definidos por los tecnócratas como científicos, articulan la mentira de que sus políticas económicas son neutras (no responden a intereses económicos específicos).

Develada esta mentira, conviene marcar la diferencia entre un tecnócrata y un intelectual. Un verdadero intelectual se define como una persona con una sólida formación teórica y un elevado compromiso ético y social (Sánchez Vázquez, 1975), cuyo sentido de práctica es la mejora de su comunidad, y que no necesita exagerar la dificultad de su trabajo, ni el talento necesario para desempeñarlo. Es más, ni siquiera necesita agigantar la importancia de la educación formal, pues el intelectual que sabe de historia es consciente de la coincidencia que se presenta entre los principios tecnócratas y los principios militares, expresados en la legitimación de jerarquías: a mayor rango, mayor posibilidad de dirigir a las tropas.

Lo que viene después del neoliberalismo, sin duda, se está construyendo ahora. El futuro es contingente, es decir, no tiene un horizonte preestablecido. Hay que construirlo con una democracia distinta a la liberal. Que trascienda la esfera económica y que no se reduzca a la esfera política; que luche por anteponer el bien social al bien privado, esencia de una economía plural, opuesta a la neoliberal. Y una forma de avanzar en este propósito es a través de reconectar el campo con la ciudad, a los consumidores con los productores, al individuo con la comunidad, a la sociedad con la naturaleza, y al trabajo con la vida, en busca de fortalecer nuevas relaciones de propiedad donde el sector privado (capitalista) deje de ser el único sujeto protagonista del sistema económico, y se trabaje por la recuperación del papel protagónico del estado como creador de las condiciones necesarias para el impulso del sector público y de otros sujetos (como las cooperativas y las comunidades). Ello conduce a que el excedente ya no quede solo en manos de una élite, sino que se transfiera a otros sectores productivos. 

Referencias

Aristóteles. 1985. Ética nicomáquea. Ética eudemia. Madrid: Gredos.

Marx, Carlos y Federico Engels. 1973. Obras escogidas. Moscú: Progreso.

Sánchez Vázquez, Adolfo. 1975. Ética. México: Grijalbo.

Séneca. 2018. Sobre la felicidad. De cita beata. España: Verbum.

Smith, Adam. 2017. Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. México: Fondo de Cultura Económica.